El catecismo para sordos de Lorenzo Hervás y Panduro

ANtonio-GasconPor Antonio Gascón Ricao.

Barcelona, 2014.

Sección: Artículos, historia.

 

Resulta indudable que puestos a hablar en España de Catecismos, vendría a resultar que el más popular de todos ellos es, sin duda alguna, el del padre Ripalda.[1] Un jesuita español y autor del famoso Catecismo y explicación breve de la doctrina cristiana, cuya obra se editó por primera vez en Burgos, en 1591, y con una segunda edición en Toledo, en 1618. Obra de evidente carácter religioso que con el tiempo resultará ser la más impresa y difundida dentro del ámbito español, pues la última edición conocida  fue la de 1997.

Aunque anterior al Catecismo de Ripalda está el Catecismo de Gaspar de Astete,[2] otro religioso jesuita, que ejerció la enseñanza entre otras disciplinas de Filosofía y de Teología moral, y que se hizo muy popular, gracias sobre todo, a su obra más conocida: Catecismo de la Doctrina Cristiana, Catecismo al cual se le denomina de común por su apellido, el Catecismo Astete.

Ambos catecismos, elaborados bajo las directrices marcadas anteriormente por el Concilio de Trento, y por tanto, y hasta cierto punto, herederos del llamado Catecismo Romano o de Pío V, tuvieron la oportunidad de pasar impresos incluso a Latinoamérica, donde fueron traducidos a diversas lenguas indígenas. Así, de la obra de Ripalda se imprimieron diversas traducciones a algunas de las lenguas nativas mexicanas más populares, cuando menos al náhuatl, al otomí, al tarasco, al zapoteco o al maya.

Sin embargo, ninguno de aquellos dos autores, siendo ambos jesuitas, sintió la necesidad de tratar de difundir la doctrina cristiana entre el colectivo de las personas sordas. Inquietud que sí tuvo su hermano en religión, el también jesuita, Lorenzo Hervás y Panduro, que con la mejor voluntad del mundo intentó reparar aquella evidente desidia al imprimir dos Catecismos, que en puridad significaron uno solo.

El primero de ellos apareció formando parte del segundo tomo de su magna obra Escuela española de Sordomudos, editada en Madrid en 1795.[3] Obra que Hervás había empezado a escribir en 1792, durante su estancia obligada en Roma, y Catecismo al cual puso por título general Catecismo de doctrina cristiana, para instrucción de los sordo-mudos.

Por otra parte, aquel interés de Hervás por los sordos, también abarcó en sus dos volúmenes diversos campos, tales como un estudio sobre las causas físicas que daban lugar a la sordera, la situación social del “sordomudo” en las diferentes sociedades, y muy especialmente el estudio del origen del género gramatical que usaban los “sordomudos”. Cuestiones que quedaron explicitadas en su primer volumen, mientras que en el segundo trataba sobre la educación práctica de las personas sordas, entrando en la novedosa cuestión de que con ella se podían observar los indicios de la remota existencia de una gramática natural innata en el hombre,[4] volumen que se cerraba con el mencionado Catecismo.

Antes de continuar adelante se debería aclarar que el uso, durante más de dos siglos, del término, “sordomudo”, hoy desterrado, al considerarse “políticamente incorrecto”,[5] proviene directamente de una sugerencia lingüística de Hervás que tuvo la fortuna de ser aceptado entre la ilustrada sociedad oyente.

Así, Hervás decía:

El hombre, a quien comúnmente se da el nombre de mudo, y yo el de Sordomudo, es infelicísimo porque no habla, ni puede hablar, como lo sería el que habiendo hablado perdiese el uso de la lengua: mas esta infelicidad, aunque grandísima, es muy inferior a la que el Sordomudo experimenta por la sordera que le hace incapaz de oír a los que le hablan. Esta sordera, que es mayor mal que la mudez, de la cual es la causa, debe exprimirse con el nombre propio que pertenece, o se debe dar a los mudos por falta no de lengua, sino de oído: y por estoy (yo) les doy el de Sordomudos.” [6]

Regresando de nuevo al Catecismo de Hervás, se desconoce si aquel primer catecismo para personas sordas tuvo alguna repercusión en España, pues no consta, y si la tuvo debió ser en Barcelona, y de la mano del primer maestro barcelonés Juan Albert Marti, aunque francés de nación, con el cual Hervás colaboró durante su breve estancia en Barcelona en 1796, a la vuelta de su exilio.[7]

El mismo año que aparecerá en Madrid, por segunda vez, el Catecismo de Hervás, en aquella ocasión editado de forma individual en la Imprenta de Fermín Villalpando, un tomito en 8º compuesto por 182 páginas. La misma imprenta en la cual se había editado en el año anterior el segundo volumen de su Escuela Española, pero obra que en aquella ocasión estaba dedicada a la señora Manuela Hervás, de hecho su sobrina carnal, casada a su vez con su primo Antonio Panduro, y de ahí que su nombre de desposada fuera Manuela Hervás y Panduro.

Dicha dedicatoria obedeció al interés que Hervás tenía por la pequeña Romana, hija pequeña de aquel matrimonio, pensando que también podría servir para la instrucción de dicha pequeña, cuando menos así lo afirma en el prólogo de aquella edición. Catecismo del cual Hervás envió a su pueblo natal de Horcajo (Cuenca) una gran cantidad de ejemplares, con la intención de que pudiera servir para la instrucción de los niños de aquella población. Dicho Catecismo, siguiendo la moda de su tiempo, estaba escrito en forma de diálogos, de los
cuales, los tres primeros, eran la introducción a la doctrina cristiana, y el cuarto
contenía la  doctrina propiamente dicha.

Lo que muy poca gente reparó es que aquel Catecismo para sordos, de hecho muy novedoso en España, no lo era tanto en Francia, pues el abate Sicard, el discípulo más avanzado de L´Epeé ya había publicado cuatro años antes un primer Catecismo, titulado: Catechisme ou instruction chretienne à l’
usage des sourds- muets,
Paris, 1792, resultando de aquel modo ganador en aquella competición humanístico-intelectual.

De ahí que se pueda sospechar de que la idea de Hervás al respecto de aquel Catecismo podría haber partido al tener a la vista aquella edición francesa, o las noticias pertinentes sobre la misma, de hecho un avance muy significativo, puesto que hasta entonces nadie se había preocupado al respecto de aquella materia, en el caso de la educación de las personas sordas, al menos de aquella manera tan metódica.

Un hecho que continuara casi igual en España, al tenerse noticias de dos únicos intentos españoles más, aunque muy posteriores, y ambos en Barcelona, el de Francisco Simón Enrich, antiguo ayudante de Manuel Estrada, maestro de la escuela de sordos de Barcelona,[8] que quedó reducido a unas simples insinuaciones, aparecidas en el libro de Actas del Ayuntamiento de Barcelona, pero sin noticias de su posterior edición, y el del sacerdote claretiano Jaime Clotet i Fabrés,[9] que sí lo plasmó en su obra Catecismo de los mudos , Barcelona, 1870.

Aunque de hecho exista la sospecha de que en Barcelona corrió otro Catecismo anterior, en aquel caso posiblemente compuesto por el primer maestro, el francés Albert Martí, obra hoy por desgracia desaparecida,[10]

Al igual de lo acaecido con la de Francisco Simón Enrich, el antiguo ayudante de Manuel Estrada,[11] que en marzo de 1821, presentó al Ayuntamiento barceloneses un Catecismo titulado. “Breve Tratado de doctrina cristina, para enseñanza de Sordomudos, para que los sacerdotes sin radical posesión del idioma, puedan instruirlos y confesarlos”, catecismo que después de recibir las oportunas bendiciones, incluida la pertinente censura, le fue devuelto al autor en agosto de 1822, sin que jamás se llegara a imprimir.[12]

Regresando al Catecismo de Hervás, el de 1796, una cosa es cierta, la única persona que se interesó por él, dando una serie de detalles inéditos y nunca desmentidos fue el bibliógrafo conquense Fermín Caballero,[13] que en su bibliografía Conquenses ilustres, obra en cuatro volúmenes, dedico el primero a Hervás[14] explicando de aquel Catecismo de 1896, era caso idéntico al que había publicado en 1895, formando parte del segundo volumen de su Escuela Española…, y que a dos columnas abarcaba las 55 últimas páginas de aquel tomo. Pero haciendo hincapié de que por otra parte resultaba palmario de que se trataba de dos ediciones distintas:

“…porque es evidente que hasta la página 167 inclusive es la misma composición de caja, reducida al tamaño en dozavo (sic) separado y ajustando las columnas en cuarto, también es cierto que las quince páginas restantes son añadidas y ponen de nuevo las Obligaciones del cristiano, Padre nuestro, Credo, Mandamientos, Sacramentos, Artículos, Obras de misericordia, Pecados capitales, Verdades teologales, Sentidos corporales, hasta la Confesión general y el Acto de contrición.”[15]

Caballero denunciaba también que el librito que él había tenido en las manos, había sido uno de los ejemplares que Hervás había regalado a su pueblo, que tenía la particularidad de dos portadas exactamente iguales en las hojas segunda y quinta, rareza que le movió al estudio de aquel ejemplar, en busca de una posible explicación a aquella anomalía.

Así, según Caballero, la reimpresión de las 55 páginas en 4.º   de 1795, se efectuó al año siguiente en las 182 páginas en “dozavo” con su portada en la primera página. Realizada la tirada de aquella forma, llegó a manos del impresor, procedente de Italia, la dedicatoria de Hervás a su señora sobrina, que abarcaba dos folios que no podían colocarse tras de la portada del primer pliego, y por ello se resolvió repetir la portada con el propio molde, y añadir una anteportada, que completaba las cuatro hojas de los principios.

Y justificaba aquella explicación, al haber advertido aquellas anomalías tipográficas en la impresión, y para evitar equivocaciones entre los bibliógrafos, dadas las “truhanerías” interesadas de algunos “editores sin conciencia”.

En resumen, de hacer balance, en España sólo se imprimió un Catecismo para sordos, el de Hervás, pero sí existieron tres intentos más, y los tres en Barcelona, de los cuales solo se plasmó uno, el de Jaime Clotet en 1870, puesto que los otros dos no han aparecido, aunque buena muestra de la pujanza de la escuela municipal de Barcelona, a gran diferencia del Colegio Nacional de Madrid, pues dicho Colegio Nacional no aportó nada al respecto.

Notas

[1] Jerónimo Martínez de Ripalda (Teruel, 1536 – Toledo 1618).

[2] Gaspar de Astete (Coca de Alba, Salamanca, 1537 – Burgos, 1601).

[3] Escuela española de Sordomudos, Madrid, 1795, Catecismo de doctrina cristiana, para instrucción de los sordo-mudos, dividido en quatro (sic) Diálogos, de los que el quarto (sic) contiene la doctrina christiana (sic), y los tres primeros son introducción a ella, pp. 221-376

[4] Sergio Méndez Ramos, Lorenzo Hervás Panduro como filósofo, Antropología, ética, moral y política, Oviedo, 2013, p. 504.

[5] Muestra de lo anterior son algunos de los comentarios que corren. Por cierto, basados en conclusiones incorrectas: “Sordomudo es un término trasnochado e incorrecto que resulta molesto para este colectivo. Y es que tradicionalmente se pensaba que una persona sorda “aparentemente” era incapaz de comunicarse con los demás.”, Asociación de Personas sordas de los Pedroches, asorpe.blogspot.com/p/diferencia-entre-persona-sorda-

[6] Escuela española de Sordomudos, Madrid, 1795, Vol. I, p. 3.

[7] Antonio Gascón Ricao, Biografía de Juan Albert Martí, ver en wbiografiasyvidas.com/especial/educacion/marti.htm

[8]Antonio Gascón Ricao, “La influencia encubierta de Hervás y Panduro, en la labor pedagógica de Manuel Estrada, tercer maestro de la Escuela Municipal de Sordomudos de Barcelona”, www.cervantesvirtual.com/…/la-influencia-encubierta-de-hervas-y-panduro- en-la-labor-pedagogica-de-manuelestrada

[9] Jaime Clotet i Fabrés, Manresa, 1822 – Gràcia, Barcelona, 1898.

[10] Antonio Gascón Ricao, “Lorenzo Hervás y Panduro y Juan Albert Martí, o la educación de los sordomudos como negocio”, www.cervantesvirtual.com/…/lorenzohervas-y-panduro-y-juanalbertmarti– o-la-educacion-de-los-sordomudos-como-negocio

[11] Manuel Estrada Estrada, segundo maestro de la escuela Municipal de Sordomudos de Barcelona (1816-1843).

[12] Alfredo Saénz Rico Urbina La educación general en Cataluña durante el trienio constitucional, (1820-1823), Barcelona, 1973; pp.158-159.

[13] Fermín Caballero y Morgáez o Morgay (Barajas de Melo, provincia de Cuenca, 7 de Julio de 1800 – Madrid, 17 de Junio de 1876). Geógrafo, periodista, escritor, político y orador español.

[14] Fermín Caballero, Noticias biográficas y bibliográficas del Abate d. Lorenzo Hervás y Panduro, Madrid, 1868.

[15] Op. Cit., p. 106.

 

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