Crimen en el Colegio de Sordo-Mudos de Zaragoza

ANtonio-GasconPor Antonio Gascón Ricao.

Barcelona, 2013.

Sección: Artículos, historia.

 

En el mes de noviembre de 1910, con aquel mismo y llamativo título, pero bajo un subtítulo que afirmaba, “El director y la dueña de la casa acuchillados por un maestro”, fue la truculenta noticia que apareció entre las páginas del diario aragonés Heraldo de Aragón, publicación editada en Zaragoza (España).

Aunque de hecho aquella espeluznante historia, hoy en día nos servirá, entre otras muchas cosas, como excusa y pretexto para poder presentar al lector tanto a la supuesta víctima de aquel aparatoso suceso como a su antecesor en el cargo de dirección de aquella misma escuela zaragozana, ambos pioneros españoles de la educación de las personas sordas, pero en la actualidad, cosas de la modernidad, casi unos desconocidos y olvidados protagonistas de aquella historia.

De aquel modo, el primer director de dicha escuela de Zaragoza había sido el maestro Antonio Arellano Ballesteros, al cual se le supone nacido en Zaragoza, pero en una fecha indefinida. Años más tarde y tras su paso como alumno por el Colegio Nacional de Sordomudos de Madrid, y con su título en el bolsillo, Arellano consiguió abrir el colegio para sordos de Zaragoza, el 1 de julio de 1871, y sobre él recayó también la dirección del mismo.

Aquella nueva institución estaba subvencionada en parte por la Diputación Provincial o por el propio Ayuntamiento de dicha capital, pero contando con el apoyo moral que no económico, del cardenal Benavides, personaje que un tiempo después será nombrado arzobispo de Zaragoza. Noticias, las anteriores, que hoy conocemos gracias a que en su tiempo las recogió el también maestro de sordos, el valenciano Faustino Barberá.[1]

Por otra parte, deberíamos advertir que aquella pionera escuela zaragozana, a la inversa de otras similares, sería el primer colegio privado dedicado a aquella enseñanza singular, incluida en ella tanto la de sordos como la de ciegos, siguiendo de aquel modo el ejemplo iniciado por el propio Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos de Madrid, abierto el último, el de los Ciegos, el 20 de febrero de 1842.

En diciembre de aquel mismo año de 1871, Arellano, de forma muy hábil, dio a conocer por primera vez en Zaragoza la enseñanza especial para sordomudos y ciegos que tenía lugar en su colegio, para ello consiguió celebrar unos exámenes públicos, que tuvieron lugar en el paraninfo de la Universidad de la capital. Con motivo de la ocasión, el gobierno de la nación tuvo a bien condecorarlo con la Gran Cruz de Carlos III, dada su evidente dedicación a labor tan humanitaria.

Afirman las crónicas que Arellano, continuó en aquella, tanto de dirección como docente hasta 1909, eso sí, trabajando codo con codo con su esposa Modesta Valdecara y Saldaña, que en su caso se dedicaba a la enseñanza de las niñas, ya fueran sordas o ciegas.

Una cuestión puntual fue que aunque Arellano fue en su tiempo una persona apreciada y alabada, sin embargo, contó con muy poca ayuda por parte de sus convecinos, dándose la paradoja que era más conocido en Europa o en América que en la propia España o en el propio Aragón.

Prueba de ello, fue que en 1899, la Revista Internacional de Pedagogía, editada en París, hablaba maravillas de Antonio Arellano comentando sus novedosos métodos de trabajo. De igual modo que fue invitado a asistir a diversos congresos y exposiciones europeas, americanas u españolas: Exposición de Viena (1872), Conferencia de Milán (1880), Congreso de Bruselas (1882), etc., etc….

De igual manera fue galardonado con diversos premios en distintos certámenes: Congreso Pedagógico de Madrid (1882), Exposición Pedagógica de Río de Janeiro (1883), interesándose por él y su labor personalidades tan dispares como el Papa, Lucrecio Salcedo (ex ministro de Colombia), o el obispo de California. Desde 1885 fue admitido como miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural. Entre los muchos avances de aquella educación, por parte de Arellano, cabe destacar la creación dentro del Colegio de un Museo Didáctico e Industrial, “para el mejoramiento de los sordo-mudos y ciegos”, que en su tiempo fue considerado el mejor de España y el cuarto del mundo, de su especialidad.

Pero su final último, por desgracia quedó en las sombras, pues la última noticia que sobre él se tiene es de 1892, con indiferencia que en alguna Enciclopedia, como por ejemplo en la Aragonesa, figure como fallecido en 1909 ?.

De aquel modo, en aquella fecha de 1892, Arellano, declarándose Director del Colegio de Sordomudos y Ciegos de Zaragoza, solicitó al Ministerio de Ultramar español que se le concediera pasaje y destino para poder viajar a las islas Filipinas, donde al parecer tenía intención de dedicarse a aquel tipo de enseñanza, según consta en su solicitud.

Arellano, adjuntaba a su petición una copia del expediente instruido por el gobernador general del Archipiélago, en virtud del cual, y por una Real Orden del 24 de diciembre de 1892, se argumentaba la necesidad y conveniencia de establecer en la propia Manila un colegio de Sordomudos, colegio para el cual se proponía Arellano como director, y aquí se acabó la historia, puesto que se desconoce como concluyó aquella solicitud, siendo por tanto ésta la última noticia conocida al respecto del personaje.[2]

Sea como fuere, cuando en 1919 aparece la noticia de aquel crimen en el Colegio de Sordo-Mudos de Zaragoza, el director de aquel momento era Lorenzo Cáceres Gracia, personaje que unos años más tarde afirmará llevar ejerciendo aquel magisterio más de veinte años, es decir desde 1909, supuesto año de la desaparición definitiva de Arellano, al cual no menciona en ningún momento como su antecesor.

Cuestión que reafirma, Juan Diego Rueda en su trabajo,[3] al afirmar que Cáceres había sido nombrado director en 1909, afirmando también, aunque sin citar fuente alguna, que antes había estado como colaborador de Arellano, desde 1901. Rematando que Cáceres continuó en aquel puesto de dirección hasta 1930, contabilizando una enseñanza de 73 sordos, mayoritariamente de la provincia de Zaragoza, número de alumnos que entra en contradicción con el que el propio Cáceres dará en 1929. A remarcar que durante su mandato   y en los principios del siglo XX, Cáceres vio como nacía la competencia, en su caso el Colegio de La Purísima de Zaragoza, dirigido por las unas Religiosas Terciarias Franciscanas.

Pero de intentar calificar al nuevo director del colegio zaragozano, se le podría encasillar como otro maestro oralista más, que además se declarará públicamente como seguidor en todo del también aragonés Juan de Pablo Bonet, autor de La Reducción de las Letras y Arte para enseñar a hablar a los mudos, Madrid, 1620, el primer tratado pedagógico dedicado en directo a aquella particular enseñanza. Detalles todos que nos aportó el propio Cáceres en 1929:

“La grandiosa obra del inminente aragonés Juan Pablo Bonet, de Torres de Berrellén, en mi modesta opinión, interesa conocerla, no solamente a los que por dedicarnos a la enseñanza de sordomudos de ella sacamos frutos, que nos sirve de cantera inagotable, sino a todos los que simpaticen con los seres a quienes la mencionada obra va dedicada, y todos debemos divulgarla.

De mí diré que en veinte años que llevo dedicado a la educación ya la instrucción de sordomudos, durante los cuales pasaron por mi colegio 197, con frecuencia recurrí a la citada obra para nutrirme de sus sabias enseñanzas, pues el contenido de ella es tan excelente que al apreciarlo convence al más indocto”.[4]

Es de suponer que habrá sorprendido al lector que el comentario anterior, redactado por el propio Lorenzo Cáceres en 1929, y dentro de una obra de Miguel Granell, cuando al personaje se le daba por supuestamente asesinado en 1910, de ahí que aquel crimen tuviera un feliz epílogo, lo que no exime que les relatemos la noticia tal como apareció profusamente en la prensa de 1910.

Saliéndonos un poco del rebuscado lenguaje periodístico, muy al gusto de la época, y en particular dentro de las páginas de sucesos, el periodista del momento aporta abundantes detalles de la historia con datos tanto del propio Cáceres, como del colegio o de sus alumnos, apuntado con el dedo como autor del espantoso crimen al ayudante o profesor auxiliar de la escuela, un tal Ramón U. de 18 años, soltero y residente en casa de sus padres, al que califica de “sumamente corto de vista” y con los ojos cegados por las nubes que le envuelve la retina”, se desconoce si a causa de unas simples cataratas…

“Desgraciadamente, continúa la racha de crímenes en Zaragoza. En el piso segundo de la casa número 4 de la calle de Broqueleros, se halla establecido el colegio de sordomudos y ciegos que dirige el profesor D. Lorenzo Cáceres Gracia, de 31 años de edad, casado y domiciliado en la ribera del Ebro número 17, y en ese colegio, en una de las habitaciones del mismo y a presencia de varios niños, de tres o cuatro pobrecillos ciegos y sordomudos, se ha desarrollado el crimen que vamos a relatar, y el cual ha causado impresión penosa entre los vecinos de la calle.

Desde el mes de enero último, pronto hará el año, presta sus servicios como profesor auxiliar del colegio un joven llamado Ramón U., de 18 años de edad, soltero y que vive con sus padres en la calle de Aben Aire número 47. El joven auxiliar es sumamente corto de vista, tanto, que más que un miope, parece más bien que los ojos del desgraciado agresor están cegados perpetuamente por las nubes que envuelven su retina.”

Según el mismo periodista, las relaciones entre el director Cáceres y su ayudante eran buenas, pero el hecho curioso es el que la noticia apunta a que Cáceres era víctima de alguna enfermedad que no se específica, por las insinuaciones debería ser algo de la vista.

“Las relaciones entre el director Sr. Cáceres y su auxiliar fueron siempre cordiales, sin que nunca entre ellos surgiera el más leve motivo de riña o disgusto que entibiara el trato social de ambos. Es más; contaminados los dos por la desgracia, se había establecido entre director y auxiliar esa corriente especial de mutua amistad que liga a los seres enfermos.”

El siguiente comentario pone blanco sobre negro, otro asunto, lo corto del salario que perciben les obliga a tener que hacer de músicos de guitarra y bandurria en fiestas familiares o en los bailes públicos, actividad muy propia, en la época, de personas ciegas, Por el mismo comentario nos enteramos que la institución que mantiene el colegio es el propio Ayuntamiento de Zaragoza

“Lorenzo Cáceres y Ramón U. acostumbraban a tocar la guitarra y la bandurria en las fiestas caseras y bailes públicos, porque su pequeña retribución como profesores del colegio citado no era suficiente ni con mucho a cubrir las necesidades de la vida. El colegio recibe una modesta subvención del Ayuntamiento”

“Anteanoche Cáceres y U. estuvieron tocando en una casa, quedando citados para dar un concierto el domingo por la tarde en la torre del Abejar. Por la mañana se encontraron en el colegio el director y su profesor auxiliar, y el primero recordó al segundo el compromiso que habían contraído de tocar por la tarde.
-No te olvides, ¿eh? -dijo Cáceres a U.- ya sabes que hemos de ir hoy a la torre del Abejar, donde nos esperan.

-Pues irá usted solo -replicó fríamente el auxiliar-.-No, Ramón; iremos los dos, para lo cual te espero en mi casa.-Repito que yo no voy a tocar a esa torre.
-Eso no es formalidad, ni es quedar bien con los que nos han contratado.
-¿Qué dice usted de formalidad? -contestó Ramón algún tanto excitado-.
-Digo que a los hombres se les considera por la formalidad que tienen.
Entre Cáceres y U. se cruzaron algunas palabras de disgusto, poniendo término a la discusión la dueña de la casa donde se había establecido el colegio, doña Raimunda Berdejo López, de 36 años de edad, viuda y domiciliada en el mismo piso, destinado a la enseñanza de los sordomudos y ciegos.”

Gracias a la misma noticia, sabemos que la escuela estaba ubicada en una casa de alquiler, en la calle Broqueleros, muy próxima al río Ebro:

“Intervino, como decimos, la dueña de la casa, quien quitó importancia a la cuestión que debatían y evitó que la polémica se agriara en forma violenta.

Serían las nueve de la mañana poco más o menos, cuando llegó al colegio de la calle de Broqueleros el profesor auxiliar Ramón U. Los que le vieron advirtieron en su semblante y en sus frases algo de anormal; estaba inquieto y daba muestras de encontrarse en un momentáneo estado de nerviosidad y de honda preocupación y disgusto.”

Ese estado anormal de Ramón U. fue advertido prontamente por doña Raimunda Berdejo, quien indicó al señor Cáceres la conveniencia de que evitara toda cuestión con el auxiliar dado el estado de ánimo de U..

Pero uno y otro tenían que verse forzosamente en la clase. Entraron los niños en el colegio, y ya iban a dar comienzo las clases, cuando el profesor auxiliar se dirigió al director y le pidió explicaciones por las frases que pronunció el día anterior.
-Yo no tengo que dar ninguna explicación -contestó Cáceres- porque no creo que te falté en nada.-Usted dijo que tenía yo poca formalidad y quiero que me explique esas frases.”

Pero en aquella noticia, lo que más impacta es el relato de la agresión, hecho que periodista describe de una manera vívida.

“Se ignora a punto fijo lo que ocurrió después. El agresor dice que el Sr. Cáceres le dio una bofetada y que entonces él sacó un cuchillo del bolsillo y asestó al director varias cuchilladas, marchándose enseguida de la casa del crimen al escuchar los gritos desgarradores del herido y de doña Raimunda Berdejo, y las voces lastimeras de los pobrecitos sordos y ciegos, que aterrados se encontraban en un local inmediato y desde el cual se enteraron de la agresión.

Parece ser que al oír la dueña de la casa el altercado de Cáceres y U. intervino rápidamente para separar a los contendientes, resultando también herida de dos cuchilladas en el brazo izquierdo.”

Testigos mudos o ciegos de aquella carnicería fueron algunos de los alumnos, que asustados se refugiaron abrazados en un rincón de la estancia, con el consiguiente trauma para los pequeños. A destacar la viveza de la escena que describe el periodista.

“Dos o tres infelices criaturas fueron testigos de la agresión del maestro auxiliar al Sr. Cáceres. Los niños vieron a Ramón U. esgrimir el arma y cómo repartía cuchilladas a diestro y siniestro cegado por un furor brutal. Los niños corrieron a la estancia donde se encontraban sus compañeros con el terror reflejado en sus semblantes y dando lastimeras voces de auxilio. El miedo se apoderó de los pobres sordo-mudos y ciegos, quienes, temiendo sin duda la agresión del maestro auxiliar, se quedaron en un rincón de la estancia todos ellos juntitos y sin atreverse a huir de la casa.

La impresión no pudo ser más dolorosa para las criaturas, que pocos minutos después el suceso fueron trasladadas a sus respectivos domicilios.”

Cuestión curiosa fue que el agresor, teniendo en cuenta la magnitud de sus actos, cuando menos tuvo algo de vergüenza torera, al proceder a entregarse a las autoridades de forma voluntaria, pero pasando a relatar con una frialdad pasmosa, la sangrienta agresión que acababa de cometer.

“Una hora después de cometido el crimen se presentó en las oficinas de vigilancia de la calle del Cinco de Marzo un joven barbilampiño que preguntó tímidamente por el jefe de policía. -¿Qué se le ofrece a usted? -le replicaron.

-Pues vengo a presentarme porque acabo de matar a un hombre; aquí está el cuchillo, yo no tengo la culpa de lo ocurrido. El joven, que no era otro que Ramón U., hablaba con una serenidad pasmosa, con sencillez inexplicable. Relató el suceso en la forma descrita y esperó en las oficinas la llegada del juzgado. Vestía traje modesto de lanilla, boina y camisa de cuello bajo.

-¿Pues por qué lo ha matado usted? -preguntáronle los señores Fernández y Garbía.
-Porque me ha ofendido. Me ha dado una bofetada, señor. -¿Y cuántas heridas le ha inferido?
-No lo sé; deben ser varias, porque yo he pegado varias veces.Todo esto lo relataba el desgraciado U. con una tranquilidad pasmosa, rayana ya en el indiferentismo, como hombre que no concedía gravedad alguna a lo sucedido.”

 A la vista de aquel relato, el jefe de policía tomó la decisión de enviar unos agentes al colegio para que comprobaran si la historia era o no cierta, encontrado en el mismo una escena dantesca.

“El jefe de policía Sr. Fernández ordenó que fueran a la casa del crimen los vigilantes Francisco Montaner y Virgilio García.  En la casa del suceso se personaron enseguida de ocurrido el crimen los tenientes de alcalde D. José Macipe, que llevó consigo el botiquín de la Cruz Roja, que tiene en su establecimiento; Don Francisco Ager, delegados de la vigilancia municipal, señores Burgos y Catalán, y los guardias municipales números 25 y 44, Eugenio Abós y Dionisio Ferrer. En una habitación de la casa y tendido sobre la cama y bañado en sangre, se encontraba el señor Cáceres y en otra doña Raimunda Berdejo, con el brazo atravesado de dos cuchilladas. “

A la confusión reinante en escena se añadían los tremebundos gritos de los dos heridos, y por si no hubiera poco, se presentó la mujer de Cáceres, acompañada del hijo de ambos. Circunstancia que aprovechó el herido, para despedirse de ellos, en medio de terribles gritos, ante la que consideraba su muerte inminente, escena digna de un folletín de la época.

“Los heridos daban gritos desgarradores, sobre todo el Sr. Cáceres, que sentía fuertes dolores…
El Sr. Cáceres tenía dos terribles cuchilladas en el costado izquierdo, calificadas de graves por el doctor Ramón y Cajal, que auxilió primeramente al herido, y confirmadas después por los médicos del hospital civil. Minutos después del suceso se presentó en la casa colegio la mujer del herido con un hijo, desarrollándose una escena tristísima. El Sr. Cáceres se despidió de su esposa diciendo entre sollozos y gritos desgarradores: ‘¡Me muero, adiós, hijos míos! ¡Que Dios os proteja!’

Tras aquella horripilante y terrible escena, los heridos fueron traslados al Hospital, volviéndose a tomar declaración al agresor, que se volvió a reiterar en su primera deposición.

“La escena conmovió hondamente a cuantos la presenciaron. El Sr. Cáceres fue trasladado al Hospital en una camilla de la Cruz Roja, y doña Raimunda Berdejo en un carruaje de punto. El primero quedó en la sala de San Cosme y San Damián y la segunda en la de San José. Las heridas de doña Raimunda Berdejo, fueron calificadas de pronóstico reservado. La cura del Sr. Cáceres fue algún tanto dolorosa.  Actuó el juzgado de instrucción de San Pablo. En el hospital se personó inmediatamente el digno juez señor Saez con el actuario señor Munilla, no pudiendo tomar declaración al herido por el estado de excitación nerviosa y gravedad suma en que se encontraba. Después de oír algunas manifestaciones, muy pocas del herido, el juzgado se constituyó en las oficinas de vigilancia para tomar declaración al agresor. Ramón U. relató serenamente el suceso en la forma reflejada anteriormente.”

Como colofón a aquella sangrienta historia, el periodista informa del ingreso en prisión del agresor y del estado de los heridos, dándose por hecho el fatal desenlace de Cáceres, el cual comparte sala con otro herido por arma blanca en una reyerta de taberna que será conocida como “el crimen de las abarcas”, por su parte, la otra persona herida de aquella sangrienta refriega, la dueña de la casa, se espera salga muy pronto del hospital restablecida, y se supone que sin secuelas.

Terminada su declaración, Ramón U. fue conducido a la cárcel de Predicadores. El sangriento suceso produjo honda impresión en el vecindario de aquella parte de la ciudad, y la producirá en todo Zaragoza, justamente conmovida por la repetición de esta clase de hechos. Por la tarde recibieron los heridos algunas visitas.

Doña Raimunda Berdejo estaba todavía bajo los efectos de la impresión que le produjo la riña. Su estado, aunque grave, no ofrecía cuidado, y seguramente que, de no surgir complicaciones, será dada de alta en el hospital dentro de diez o doce días.

El estado del Sr. Cáceres es mucho más grave, temiéndose un funesto desenlace, dada la importancia de las heridas recibidas. El Sr. Cáceres ocupa la cama inmediata a la de Antonio Lago, el joven pastor a quien ‘Cuello de Auca’[5] dio una cuchillada en el vientre noches pasadas en la calle de Gavín. El herido se quejaba de intensos dolores.”[6]

De hecho y a la vista de aquella noticia habrá que reconocer que el asunto no fue para tanto, y con indiferencia de lo que debió sucederle judicialmente al autor de aquel intento de asesinato, detalle que ignoramos, lo cierto fue, tal como hemos visto, que 19 años más tarde el amigo Cáceres continuaba vivito y coleando, en su labor como director del Colegio de Sordo-mudos de Zaragoza. Pero historia que ha permitido una aproximación histórica a la educación de los sordos en Zaragoza.

Notas

[1] Francisco Barberá, La enseñanza del sordomudo, Valencia, 1895, pp. 18-25

[2] Solicitud de plaza para enseñar sordomudos y ciegos en Filipinas de A. Arellano Ballesteros, Archivo Histórico Nacional (AHN), Madrid, Ministerio de Ultramar (1863-1899) ULTRAMAR, 591, Exp.5.

[3] Juan Diego Rueda, El cine como herramienta didáctica: caso Práctico, La historia de la educación de los Sordomudos en España. El largo camino hacia una educación inclusiva: la educación especial y social del siglo XIX a nuestros días: XV Coloquio de Historia de la Educación, Pamplona-Iruñea, 29, 30 de junio y 1 de julio de 2009, p. 761.

[4] Miguel Granell, Homenaje a Juan Pablo Bonet, Madrid, 1929, p. 536.

[5] Alias de Antonio Orensanz Barraqué de 43 años de edad, casado, de oficio carrero y conocido por sus compañeros con el apodo de ‘Cuello de Auca’. El autor del apuñalamiento.

[6] La noticia íntegra la hemos recogido de la página Web, Tinta de Hemeroteca, a cargo de Mariano García, blogs.heraldo.es/tinta . A resaltar que el autor del blog, desconoce que Cáceres sobrevivió la agresión.

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