El secreto español para “hablar” a los sordomudos por el “remolino” de la cabeza, en la obra de Lorenzo Hervás y Panduro

ANtonio-GasconPor Antonio Gascón Ricao[1],

Barcelona, 2009.

Sección: Artículos, historia.

 

Introducción

De entrar a pie llano en cualquier obra impresa del jesuita español Lorenzo Hervás y Panduro, un hecho indudable es que el lector no se quedará indiferente, y menos aún si intenta profundizar en ella, puesto que sus obras siguen teniendo en nuestros días innumerables lecturas, dada la variedad y amplitud de los campos científicos que en su día abarcó, tal como sucede en el caso concreto que nos ocupa de su Escuela Española de Sordomudos, (Madrid, 1795),[2] obra de por sí muy compleja, que de normal se acostumbra a citar, pero haciéndose de ella, depende los casos, apresuradas lecturas y peores interpretaciones.

Por lo mismo, tratando de ser objetivos en la medida de lo posible, se comentará en plan sintético y extrayendo de dicha obra, más en concreto de su primer volumen, las cuestiones que en específico exponía Hervás y Panduro respecto a la medicina y los médicos, en especial, y bajo su particular punto vista, el estado en que se encontraban los conocimientos médicos de su época referidos a las enfermedades del oído, al ser dichas enfermedades las causantes directas de la sordera, cuya consecuencia subsidiaria daba y sigue dando como resultado la funesta discapacidad de la mudez.[3]

En paralelo, se incidirá en la evidente y demostrada preocupación de Hervás y Panduro ante la palmaria carencia que existía en su tiempo de estudios anatómicos concretos referidos al oído humano, y más aún en el caso sangrante de los sordos, denominados por él “sordomudos”,[4] término descriptivo de aquel colectivo humano que hizo fortuna en España al lograr mantenerse hasta hace muy pocas décadas, con seña específica incluida por parte de los propios sordos.

Hecho que obedecía, según la certera opinión de Hervás y Panduro, al estancamiento general que padecía aquel campo, supuestamente especializado de la medicina, y con él, la falta absoluta de posibles soluciones, las normales o las alternativas, a dicho problema general de la sordera.[5]

Incomodado Hervás y Panduro ante aquella desidia, decidió entrar en el campo de la que ahora denominaríamos medicina alternativa, y dentro de ella en las experiencias médicas realizadas, al parecer con éxito total, por parte de dos españoles del siglo XVII, según él, ambos médicos de profesión, tratándose en aquel caso concreto de Manuel Ramírez de Carrión (Hellín 1579 – Valladolid 1653), y de Pedro de Castro (Bayona (España?) – Verona? (Italia) 1661).[6] Personajes por fortuna recuperados en las últimas revisiones realizadas de la Historia de la educación de los sordos en España, pero por otro motivo distinto al campo específico de la medicina.[7]

De hecho, de situarnos aproximadamente un siglo y medio atrás de la publicación de la obra de Hervás y Panduro, el más conocido de ambos y durante aquel mismo siglo XVII era Manuel Ramírez de Carrión,[8] al haber sido en su momento un afamado y notable “desmutizador”, maestro a su vez de determinados personajes sordos, todos ellos miembros de la nobleza,[9] y con obra propia publicada en España. Mientras que el segundo, citado en extenso en la obra de Hervás y Panduro, era un gran desconocido en España, y así hubiera continuado como tal de no haber sido por las noticias que aportó sobre él Hervás y Panduro, puesto que en nuestro país nada se sabía hasta aquella fecha de 1795, sobre él o sobre su extensa obra escrita, carencia que se mantiene en la actualidad casi invariable.

 

La desidia médica frente al problema de la sordera

Como no podría ser de otro modo en el “hombre que sabía todo”, Hervás y Panduro, en aquella obra dedicada en exclusiva a los sordos, cuya trascendencia en España fue, habrá que reconocerlo, casi nula,[10] haciendo bueno el dicho popular “de que nadie es profeta en su tierra”, abordó primero las causas determinantes que según su opinión producían la sordera y con ella la sobrevenida mudez en el hombre.

Prueba del especial interés de Hervás y Panduro por aquella causa, es su afirmación de que había consultado más de cien obras escritas por los más famosos físicos (médicos),[11] afirmación creíble en él, sorprendiéndose Hervás y Panduro de que todos aquellos supuestos especialistas consultados por él estuvieran únicamente preocupados por la sordera producida a posteriori del nacimiento, y por tanto en edad temprana y por las causas más diversas, tanto físicas y a causa de enfermedades propias de la infancia como accidentales, pero ninguno de ellos por la sordera de nacimiento propiamente dicha, que actualmente denominaríamos, de forma coloquial, genética.

Constatación que llevó a Hervás y Panduro a la lógica conclusión de que aquella desidia médica se había producido dada la arraigada creencia antigua y generalizada que corría entre los físicos, por otra parte y en cierta medida falsa a la vista de los actuales avances, de que aquel tipo concreto de sordera era irreparable por vía médica, y por ello mismo habían decidido, de forma tácita, renunciar a cualquier tipo de investigación al respecto.

Conclusión de la cual se desprendía, aunque no lo dijera en explicito Hervás y Panduro, que en las academias médicas de su época, donde se cursaban los correspondientes estudios, por ejemplo, de anatomía, los docentes universitarios eran tan ignorantes o más que los propios alumnos que asistían a las mismas.[12] Hecho que motivó un mordaz e incisivo comentario por parte de Hervás y Panduro:

 “Esta suposición injuriosa al espíritu de perfeccionar la anatomía es la causa o el profundo manantial de errores, y de la ignorancia en que vivimos en orden a conocer los medios para quitar, o hacer tolerable la sordera de los Sordomudos”.[13]

 Profundizando en dicha carencia, Hervás y Panduro ponía el ejemplo de los ciegos de nacimiento, apostilla de la cual casi nadie ha tomado buena nota,[14] aduciendo que en la antigüedad, y en el caso concreto de la ceguera, se creía que aquella deficiencia física era totalmente incurable por vía del “arte” médico y en todos sus aspectos.

Sin embargo, Hervás y Panduro afirmaba en 1795 que se había conseguido “desarraigar” o “aplastar” las “cataratas”, en los casos de la ceguera producida por aquella causa, y que los afectados, tras el correspondiente tratamiento, habían podido recuperar la visión merced a dicha invención, y lógicamente a causa de una laboriosa investigación médica anterior en aquel campo oftalmológico. Ejemplo que Hervás y Panduro no dudó en extrapolar, como por otra parte ya era de esperar en él, al caso de los sordos afirmando:

“¿Pues por qué los Sordomudos por nacimiento no podrán esperar de la anatomía el medio de quitar las cataratas a sus oídos, o el impedimento no insuperable que les impida oír? La anatomía es el arte de ayudar a los Sordomudos está aún en su menor infancia: pierde el tiempo en averiguar muchas cosas inútiles, y se descuida en indagar la utilísima de procurar algún medio para quitar la sordera a los Sordomudos por nacimiento, el qual medio quizá fácilmente hallaría; pues probablemente algunos Sordomudos no oyen por causa de algún impedimento extrínseco, y no difícil de quitar.” [15]

 Hablando Hervás y Panduro de aquel impedimento “extrínseco” en concreto, según él no difícil de “quitar”, pero causante de provocar una sordera profunda, y que en aquella época empezaba a ser medianamente conocido en los medios, digamos, médicos, gracias a algunas publicaciones, destacaba el asunto del “humor viscoso”, vulgarmente “cerilla”, que hoy se sabe producida, de forma natural, por el propio oído.

Pero causa natural aquella, que en la época de Hervás y Panduro no era objeto de ninguna atención especial por parte de nadie, y menos aún por parte de los médicos en general,[16] o al no formar parte diríamos de la higiene diaria personal, y por tanto causa directa en muchos casos de sorderas más o menos severas, o de la proliferación de personajes conocidos y catalogados en general como “duros de oído”, o causa, según se mire la cuestión, de ciertos “milagros” al producirse después de años, de forma casual, la salida del consiguiente tapón cerúleo.

Asunto aquel en concreto, que Hervás y Panduro explicaba prolijamente con varios ejemplos incluidos, al ser en algún caso casi “maravilloso”,[17] “humedad” o impedimento, que se podía remediar, según el médico Pedro de Castro citado por Hervás y Panduro, destilando en los oídos “alguna gota de leche de perra, mezclado con un poco de miel virgen, y con otros remedios”,[18] pero que según el genial anatomista italiano Antonio María Valsalva,[19] aquel tipo de sordera, de hecho extrínseca, “podrá quitarse por el que es hábil y práctico en la cirugía, y anatomía”, según apuntaba de forma certera Hervás y Panduro:

“El mismo Valsalva hace mención de un viejo, a quien quitó la sordera que por doce años había padecido, y que provenía de la cerilla endurecida del oído. Esta sordera, advierte Valsalva, que es frecuente, pero que se cura raras veces, porque no se conoce.”[20]

 

El tratamiento de Manuel Ramírez de Carrión, puesto al descubierto por Pedro de Castro    

Pero el hecho más sorprendente, dentro de aquellas reflexiones de Hervás y Panduro sobre la sordera y la posibilidad de cura de la misma, y en todo caso sobre cómo poder hacer llegar directamente al cerebro del sordo, de algún modo experimental, el sonido directo de la palabra hablada, y conseguir con él la adquisición por parte del sordo de la voz y la subsiguiente palabra significativa, con independencia de que dicho sordo continuase afectado por aquella grave discapacidad, pues de eso al final se trataba, es que Hervás y Panduro daba por asentado y confirmado que en España había existido un personaje que lo había conseguido hacía ya muchos años atrás, personaje aquel por tanto único.

Ante aquel hecho en apariencia inaudito, y tras consultar Hervás y Panduro “lo menos cincuenta obras diversas de los más famosos anatómicos”, había descubierto, de nuevo con sorpresa, que ninguno de ellos describía la “anatomía” de la “cabeza propia” de los sordos.

Motivo por el cual, según la opinión de Hervás y Panduro, se hacía comprensible que no se hubiera llegado a descubrir los medios necesarios con los que poder paliar en parte o totalmente la sordera, o por lo mismo se había decidido descartar la posibilidad del uso de otros caminos alternativos, dentro de la propia cabeza y que no pasaran directamente por el propio oído, y más aún cuando se sabía a ciencia cierta que dicho oído estaba totalmente afectado, y por tanto que era totalmente irrecuperable, con la excepción del caso que pasaba a presentar, y que atañía a la hazaña lograda en su momento por el español Manuel Ramírez de Carrión, al cual y en determinados párrafos Hervás y Panduro calificaba directamente de “medico”, calificativo que en ningún momento se dio a sí mismo Ramírez de Carrión, y causa posterior de ciertos y determinados errores bibliográficos.[21]

“Aunque esta (sordera) en algunos casos no sea curable, porque se haya echado a perder el mecanismo del órgano en las orejas, no obstante no se debe desesperar, ni juzgarse imposible, que el arte pueda ayudarles con varias industrias. Entre ellas hallo una particular, la qual, aunque ya ha ciento y veinte años que se publicó,[22] no se, que después se haya perfeccionado, y aún usado. Las noticias que he podido recoger acerca de esta industria hallada en España por Manuel Ramírez de Carrión, son las siguientes.” [23]

 Después de aquel comentario final, Hervás y Panduro en lugar de presentar directamente a Ramírez de Carrión tal como prometía, inició dicha presentación dando a conocer en primer lugar al autor que, según él, había desvelado por escrito y con todo lujo de detalles la misteriosa “industria” de la cual se valía Ramírez de Carrión para que los sordos le “oyeran”, directamente, cuando procedía a su instrucción, y en aquel caso se trataba del médico español Pedro de Castro, personaje sobre cual se hablará en extenso más adelante.

 “El primer autor que he encontrado haber hablado de la industria, de que Ramírez de Carrión se valía para que los Sordomudos le oyesen quando los instruía, es el médico Pedro de Castro que hablaba así de ella”.[24]

 Sin embargo, aquella rotunda afirmación de Hervás y Panduro, respecto a que los sordos que trataba Ramírez de Carrión “oían”, cuando el personaje se dedicaba a su instrucción elemental, fue muy arriesgada por parte de Hervás y Panduro, y más aún al dar por validas todas y cada una de las afirmaciones de Pedro de Castro referidas al “arte” o la “industria” de Ramírez de Carrión, y cuando dicho personaje se había negado en rotundo a hacerla pública. Es más, constaba por escrito, de puño y letra del mismo Ramírez de Carrión, que hacía jurar a sus alumnos que jamás revelarían el “secreto” de su “arte”, negándole dicha información, incluso, al futuro rey español Felipe IV, detalle último que Hervás y Panduro precisamente no desconocía.[25]

 

Los antecedentes profesionales de Manuel Ramírez de Carrión

De hecho, todas las noticias anteriores referidas a la labor del propio Ramírez de Carrión, apuntan únicamente a su papel como “maestro de sordos”, al menos eso es lo que sobrentiende de los comentarios del propio implicado,[26] y por tanto no precisamente a su posible y hipotético papel de médico “reparador” o “experimentador” con sordos, tal como abiertamente recogió y escribió Pedro de Castro, afirmación que Hervás y Panduro no dudó en dar por buena.

Un papel hasta cierto punto posible, dado que la otra actividad conocida de Ramírez de Carrión pasaba por el estudio y práctica de la alquimia,[27] cuyos practicantes se denominaban a si mismos “filósofos”,[28] y en un momento en que la química como ciencia y con aplicaciones médicas estaba aún por nacer, y de ahí el título que daría a su única obra Maravillas de Naturaleza,[29] pero en ningún momento documentada como tal, salvo si no fuera por los comentarios sobre aquel supuesto “tratamiento” farmacológico que aplicaba Ramírez de Carrión a sus alumnos sordos, el mismo tratamiento que el médico Pedro de Castro se encargaría de dar a conocer.

Por otra parte, y dando por buena aquella noticia de Pedro de Castro, es lícito mal pensar que las bondades de aquel supuesto tratamiento no debería ser tantas ni tan perfectas, y menos aún vistos algunos de los resultados conocidos, con grave y evidente fracaso por parte del propio Ramírez de Carrión en el caso concreto del Marqués de Priego, de hecho su primer alumno reconocido, puesto que el personaje nunca habló vocalmente, salvo en los inicios de su educación, y gracias a la oscura labor pionera del monje franciscano Michael de Avellán,[30] pero perdiendo definitivamente la facultad del habla pocos años después. Circunstancia que se producía, según la versada opinión de Hervás y Panduro, a los cuatros años de decidir el sordo abandonar definitivamente el habla, en llano, de dejar de practicarla diariamente, por desidia propia y ajena o por comodidad, dado el gran esfuerzo que significa para cualquier sordo su práctica, tanto físico como mental.

Por lo mismo, a la llegada de Ramírez de Carrión a Montilla (Córdoba), lugar de residencia habitual del Marqués de Priego, en una fecha indefinida y con seguridad posterior a la labor anterior de Miguel de Avellán, Ramírez de Carrión, de creer a Pedro de Castro, debió intentar a buen seguro aplicar su “tratamiento” al marqués sin éxito alguno, [31] fracaso que se podría resumir y explicar de forma simple, de acuerdo con la experta opinión de Juan de Pablo Bonet, al pasar por dos hechos puntuales: la elevada edad del marqués y la pérdida absoluta de la necesaria habilidad en la lengua, atrofiado aquel órgano o músculo a causa de la falta de práctica. [32]

 Fracaso que debió motivar la reconversión de Ramírez de Carrión, con la consiguiente pérdida de su primer y principal papel en aquella casa como “desmutizador” y maestro de aquel sordo, pasando tal vez por aquel motivo a ser secretario e intérprete del marqués, dadas las graves deficiencias de todo tipo que al parecer sufría el personaje. Prueba de ello es que el marqués tenía que estar de forma constante rodeado de intérpretes, al entender y responder básicamente mediante el uso de la menguada lengua de señas de aquella época, tal como apuntaba el cronista aragonés Pellicer Abarca, [33] y en cierta forma o manera por escrito.

Historia aquella que Hervás y Panduro conocía perfectamente por la obra del propio Ramírez de Carrión, pero no por ello dejó de reflejar los siguientes comentarios de Pedro de Castro, que debió suponer daban razones para creer a pies juntillas su historia respecto a Ramírez de Carrión.

“El modo con que en tales infantes se puede curar su mal, es prodigioso, más no por esto dexa de sujetarse al ingenio humano. En España se ven muchos casos de infantes mudos por naturaleza, o por accidentes […] los cuales no obstante de haber ensordecido perfectamente, y de haber quedado mudos hablan claramente […] sin ninguna dificultad y tardanza: y solamente se conoce en ellos el efecto de la sordera: y otras muchas personas han recibido este singular beneficio de la habilidad de Manuel Ramírez de Carrión. Ese raro secreto lo aprendí yo, ya discurriendo con el mismo inventor, y ya filosofando con extraordinaria perseverancia, y he logrado bastante bien el intento: más aquí no revelaré el secreto, de que hablaré en mis lecciones varias, si Dios me diese tiempo”.[34]

 

Los fundamentos de la aparente credulidad de Hervás y Panduro

 Llegados a este punto concreto, cabe aclarar que la supuesta credulidad de Hervás y Panduro, respecto a Ramírez de Carrión y del mismo modo respecto a los comentarios de Pedro de Castro, pasaba por la idea ciertamente arraigada de que:

“Podrá suceder a algunos Sordomudos, que padezcan sordera de los oídos, y no de las demás partes de la cabeza, con la que tenga comunicación el órgano auditivo. Tiene este comunicación con el paladar, por lo que los viejos que ensordecen, suelen abrir la boca para oír bien, y tiene comunicación con otras partes de la cabeza, por cuyas comisuras puede penetrar el sonido, y hacerse perceptible.” [35]

 Y justamente, en el asunto de las “comisuras” de la cabeza citadas antes por Hervás y Panduro en aquel comentario concreto, conocidas hoy como suturas o fontanelas, se resumía toda aquella esperanza de Hervás y Panduro, al admitir como hecho cierto que por aquellos puntos anatómicos concretos había conseguido Ramírez de Carrión hacer llegar el sonido al cerebro de sus alumnos sordos y con él la palabra significativa, hablando a través de ellos y tras haberlos reblandecido previamente, y por aquel mismo motivo afirmaba Hervás y Panduro que sus alumnos lo “oían” en sus clases.

De hecho, hoy se sabe que el cráneo de un bebé está conformado por seis huesos craneales separados (el hueso frontal, el hueso occipital, dos huesos parietales y dos huesos temporales). Dichos huesos se mantienen unidos por tejidos elásticos, fibrosos y fuertes denominados suturas craneales, y los espacios entre los huesos donde están las suturas, denominadas algunas veces “puntos blandos”, reciben el nombre de fontanelas y son parte del desarrollo normal del bebé.

Es por ello que los huesos del cráneo permanecen separados aproximadamente durante 12 a 18 meses, luego se juntan o fusionan como parte del crecimiento normal y permanecen fusionados durante toda la vida adulta. De este modo, las suturas y fontanelas son necesarias para el desarrollo y el crecimiento del cerebro del bebé, ya que, por ejemplo, durante el parto, la flexibilidad de estas fibras permite que los huesos se superpongan, de tal manera que la cabeza pueda pasar a través del canal de parto sin presionar ni dañar el cerebro del bebé.

Pero una cosa es cierta, los conocimientos actuales respecto a aquel tema de las “comisuras”, no tienen nada que ver con los conocimientos que se tenían en la época de Hervás y Panduro, ya que el propio autor los resume en un único autor y obra,[36] de ahí que la propuesta directa de Hervás y Panduro fuera que:

“Será utilísima la industria de procurar enternecer los cascos de los infantes Sordomudos para que no se endurezcan sus comisuras, y poderles hablar por ellas. A este fin es necesario que los infantes Sordomudos tengan siempre cubierta la cabeza, para que de este modo sus cascos tarden mucho tiempo en endurecerse”.[37]

 Y justamente, y sobre aquel mismo fundamento se basaba también el supuesto tratamiento externo que al parecer aplicaba Ramírez de Carrión, de creer siempre en las confesiones posteriores del médico Pedro de Castro, encaminado a “reblandecer” mediante la aplicación previa de una serie de ungüentos, medidos y muy concretos, la parte superior de la cabeza del alumno sordo, y con la sana intención de hacerlo “oír” hablándole directamente por el “remolino” de la cabeza, fenómeno en el cual, según parece, Hervás y Panduro también creía por comentarios de terceros:

 “El médico Ramírez de Carrión ingeniosamente inventó el dicho secreto, previendo que podría darse sordera por los oídos, y no por otras partes de la cabeza, con que tiene comunicación el órgano del oído. Ya Schotti había dexado escrito, que un jesuita le había dicho, que a los moribundos, quando habían perdido el uso del oído, les hablaba por el remolino de la cabeza, y que le oían bien aunque les hablase con voz natural”.[38]

 

La revelación póstuma del médico Pedro de Castro

Con indiferencia de lo anterior, las tan prometidas revelaciones del medico Pedro de Castro, respecto a aquel tratamiento experimental que había aplicado tanto él como Ramírez de Carrión, Pedro de Castro nunca las hizo públicas en vida, tal como reafirma Hervás y Panduro, sino un personaje llamado Sachs de Lezvenheimb, gracias a tenerlas “en su museo” y al parecer por escrito y de mano de Pedro de Castro, y fue el mismo Sachs el que se encargó de enviarlas a la Academia alemana médico-física, la cual las imprimió en su primer tomo junto con las observaciones del mismo Sachs, dentro de la Miscellanea medico-physica academeae naturae curiosorum, impreso en Leipzing en el 1670, y cuando Pedro de Castro llevaba fallecido nueve años.

Antes de dar a conocer al lector la fórmula exacta de aquel tratamiento “inventado”, según Pedro de Castro por Ramírez de Carrión, habrá que clarificar una cuestión previa y fundamental.

De las dos ocasiones en que Pedro de Castro habla sobre aquel asunto, la primera aparece en una reedición de la obra La commare di Scipione Mercurio,[39] editada en Verona en 1642 a cargo del impresor Francisco Rossi. Edición “acrecentada” y “aumentada” con dos nuevas adiciones más, un Tratado del Calostro, obra de Pedro de Castro, donde aquel disertaba sobre las diversas enfermedades de los niños con las causas y los remedios, más otro tratado de “un gravísimo autor” ignoto, donde se habla del bautismo de los niños, con avisos espirituales “muy a propósito para las parturientas”.

Y fue justamente en aquella edición de 1642, donde Pedro de Castro cita por primera vez y en expreso los nombres de los beneficiados gracias a aquel “tratamiento”, citando a Ramírez de Carrión como su inventor, y donde promete, además, explicar algún día, “si Dios me diese tiempo”, el tratamiento experimental que utilizaba para ello el propio Ramírez de Carrión, año aquel de 1642 en que el personaje aludido estaba todavía en activo, puesto que morirá en Valladolid en el año 1653, y posiblemente al pie del cañón en casa de los Duques de Medina Sidonia, al tener aquella familia una hija pequeña sorda.[40]

Dicha obra volvió a reimprimirse en su totalidad, con las dos adiciones de 1642, en 1676 y en Venecia, de cuya edición sacó Hervás y Panduro las noticias de Pedro de Castro para su obra Escuela española de Sordomudos, y de nuevo en Venecia en 1680, 1686 y 1703. De esta forma, de aquellas cinco ediciones donde aparecía su nombre y sus comentarios, sólo la primera fue impresa en vida de Pedro de Castro, puesto que el personaje falleció en 1661.

En el caso de la segunda ocasión, y donde Pedro de Castro revela por fin el “secreto” de Ramírez de Carrión, viene a resultar que aquella revelación fue realizada a título póstumo, y gracias a la pluma y a la diligencia de Sachs, puesto que apareció en 1670, momento durante el cual Pedro de Castro se vuelve a reafirmar en los mismos detalles expuestos por él en 1642, afirmando que los sordos nobles españoles que “hablan claramente” y gracias a aquel tratamiento experimental inventado por Ramírez de Carrión eran:

“Un hijo del Serenísimo Príncipe Tomás de Saboya (Emmanuel Filiberto de Saboya), el Marqués de Priego (Alonso Fernández de Córdoba), el Marqués del Fresno (Luís Fernández de Velasco), que antes eran mudos, hablan ahora sin ninguna dificultad, ni tardanza: y solamente se conoce en ellos el efecto de la sordera”.[41]

 

Inconvenientes a determinadas afirmaciones de Pedro de Castro

Sin embargo, aquella rotundas afirmaciones de Pedro de Castro, que aparecen en ambas obras y respecto a aquellos mismos personajes, en principio, eran falsas, cuando menos en dos de los casos personales que citaba, y más en concreto en los casos de Emmanuel Filiberto de Saboya y de Alonso Fernández de Córdoba.

En el caso del primero, el del príncipe italiano Emmanuel Filiberto (1630-1709), de creer lo escrito en sus Mémories por Louis de Rouvroy, Duque de Saint-Simón (1675-1755), viene a resultar que el muchacho antes de conocer a Ramírez de Carrión en 1636 y en Madrid, tuvo dos maestros anteriores en Italia, según Saint-Simón, al francés apellidado Van Vangelas y al italiano Vincenzo Barini, y a pesar de su paso por la mano de tres maestros sucesivos, incluido el propio Ramírez de Carrión, siempre según la versión de Saint-Simón, Emmanuel Filiberto “podía hablar un poco, aunque con grandes esfuerzos”.[42] Y en el caso de Alonso Fernández de Córdoba, Marqués de Priego, tal como se ha visto anteriormente, era aún peor, puesto que no hablaba nada en absoluto, extremo que confirmaba su pariente el abad de Rute:

“Aunque con el impedimento natural de lengua y oído, valiéndose de ministros celosos del bien de aquella casa y estado, le gobierna hoy prudentemente, debiéndose la mayor parte del desempeño en que las rentas del se hallan y de la buena administración de la justicia, al licenciado Blanca de Cuerda, su administrador y juez de apelaciones, segundando el marqués sus intentos, ya que no de palabra por escrito, por cuyo medio entiende y responde con vivacidad notable a cuanto se le consulta.” [43]

 Pero en el caso del tercero, el de Luís Fernández de Velasco, Marqués del Fresno, resulta paradójico que Pedro de Castro adjudique aquella “maravilla” a Ramírez de Carrión, cuando existen una serie de indicios muy racionales que apuntan a que su digamos “desmutizador” había sido Juan de Pablo Bonet, autor de la Reducción de las letras, arte para ablar los mudos, Madrid, 1620, y en aquella época secretario del Condestable de Castilla, historia que confirmó Juan Pérez de Montalbán en su Para todos de 1632. [44]

Por tanto, “desmutizado” en primera instancia Luís Fernández de Velasco por Pablo Bonet, debió acaecer que el papel en aquella historia de Ramírez de Carrión quedase resumido y circunscrito a tener que hacer a posteriori de maestro complementario del muchacho durante casi cuatro años, y en particular de “maestro de primeras letras”, pero de un personaje que en su caso ya hablaba [45] y leía en voz alta cualquier texto, estuviera en el idioma que estuviese, y en los principios de su educación sin entender para nada lo que estaba leyendo o hablando, hoy diríamos, perdón por la expresión, que en plan “loro”,[46] pero con los lógicos y normales altibajos en la graduación de la voz propia en los sordos.[47]

Advirtiendo de paso que Luís Fernández de Velasco no era sordo de nacimiento, sino a causa de una enfermedad infantil, y por tanto relativamente fácil de educar tal como apuntaba Pablo Bonet en su obra de 1620, y más aún en aquellos casos concretos de sordos poslocutivos, y a la inversa, casi imposible en los casos de sordos de nacimiento o con impedimentos en la lengua, hecho que en cierto modo explicaría los éxitos o los fracasos del propio Ramírez de Carrión.

Visto lo anterior, habrá que incidir de nuevo en la buena fe de Hervás y Panduro, al dar por buena la historia de Pedro de Castro, de hecho, es de suponer, que sacada casi al pie de la letra de la obra de Ramírez de Carrión editada en 1629, obra que a buen seguro conocía al dedillo Pedro de Castro, o al creer Hervás y Panduro con la fe del carbonero los comentarios sobre el mismo asunto del propio Ramírez de Carrión, aparecidos en su obra de 1629, y cuando era más que evidente la “mudez” absoluta que padecía el Marqués de Priego, reconocida esta, incluso, en toda su crudeza y en dicha obra, por el propio y mismísimo Ramírez de Carrión,

De hecho, lo único que desconocía Hervás y Panduro sobre aquel asunto era el comentario puntual ya visto del cronista aragonés Pellicer Abarca de 1649, sobre la “mudez” absoluta del Marqués de Priego, dado que Hervás y Panduro no cita dicha fuente, desconociendo de igual manera los detalles que años más tarde aportará Saint-Simón respecto al estado lamentable y concreto de Emmanuel Filiberto de Saboya, puesto que la obra de Saint-Simón no verá la luz de la imprenta hasta 1858, pero teniendo en cuenta que Hervás y Panduro residía en Roma, y por tanto, es de suponer, que relativamente fácil de verificar al residir este en la propia Italia, pero investigación que no realizó.

 

El tratamiento previo para poder hablar a los sordos por el remolino de la cabeza

Conocido lo anterior, ahora sin más preámbulos, reproducimos sic el “tratamiento” que aplicaba Ramírez de Carrión a los sordos, con la intención de “hablarles” por el “remolino” de la cabeza, cuya descripción tomó Hervás y Panduro de la obra de Sachs, procedente a su vez de los papeles inéditos del médico Pedro de Castro:

     “En primer lugar la persona Sordomuda se debe purgar según su física constitución, o temperamento: y después se le debe dar una purga de eleboro negro; [48] la cantidad será de una octava. El autor tomaba tres onzas [49] de este cocimiento, y en él echaba tres octavas de agarico;[50] y habiéndolo colado añadía un siropo [51] de epitimo [52] en la cantidad de dos onzas. Evacuada la cabeza con esta medicina dos, o tres veces según la necesidad lo pedía, en la cima, o en el remolino de la cabeza se raen los cabellos dejando un espacio, como el de la palma de la mano, y a la parte raída aplicaba el ungüento, que debe constar de tres onzas de aguardiente,[53] dos octavas de salpiedra,[54] o de nitro purificado,[55] y una onza de aceite de almendras amargas. Esta composición se hace hervir hasta que se consuma el aguardiente; después se le añade una onza de nafta, [56] y se menea bien con una espátula para que se espese. Con este ungüento se unge dos veces al día la parte raída de la cabeza, y principalmente por la noche cuando el paciente va a dormir. Por la mañana después que el paciente haya purgado, o evacuado el humor del cerebro por los oídos, por las narices y por el paladar, y que haya mascado un grano de almaciga (o goma de lentisco) [57] o un poco de regaliz (o palo dulce), o lo que será mejor, un poco de pasta de almáciga, ámbar [58] y musco, [59] se le peinará con un peine de marfil, se le lavará la cara, y se le hablará por el remolino de la cabeza: y sucede el efecto admirable de oír el Sordomudo con claridad la voz que de ningún modo podía oír por los oídos.” [60]

 De intentar averiguar que había de cierto respecto a la autoría de aquel tratamiento, que Pedro de Castro adjudicaba de forma noble a Ramírez de Carrión, el único punto de referencia es la obra Maravillas de naturaleza escrita por el propio Ramírez de Carrión, y si en ella buscamos en el apartado correspondiente a la letra “R”, y donde se habla en concreto del “remolino de la cabeza”, causa sorpresa advertir que el autor no entra al trapo en el asunto de la sordera, pero sí en el de la medicina, puesto que se trata de su “experta” opinión dentro de la rama ginecológica, afirmando que en función de donde esté situado dicho “remolino” en la cabeza de un bebé, se podía saber a ciencia cierta si sería niño o niña lo que pariría la madre en el siguiente parto, sentencia que, cómo no, firmó con su seudónimo hermético de “Expertus”:

“Remolino de la cabeza de la criatura, si estuviere bien medio de ella, el parto siguiente de la madre será de hijos, si estuviera a un lado, o fueren dos será de hija. Expertus.”

 De la misma obra y autor, y de los siete aforismos que recoge Ramírez de Carrión sobre la naturaleza del “Aguardiente”, uno de los ingredientes utilizados en aquel mismo tratamiento ya visto, en uno de ellos en concreto se puede apreciar a la perfección su labor como alquimista o “destilador”, o su interés en que perviviera su nombre simbólico por los siglos de los siglos:

Aguardiente refinada, echando en ella un panel de miel, destilará junto por alambique, después echará otro en el agua destilada, y se volverá a destilar, haciendo lo mismo tercera vez, limpiando siempre las heces del alambique esta agua tiene fuerza, que puesto en ella un escudo de oro, lo disuelve. Expertus.

 Dentro de los componentes que Pablo de Castro también aconsejaba utilizar, y que debería masticar el sordo en el último momento previo al inicio de su “audición”, sorprende en principio lo que opinaba Ramírez de Carrión en sus aforismos sobre el mismo, al hablar, por ejemplo, de la “almaciga”: “Almaciga es goma de lentisco, mascada causa una hambre insaciable, de donde nació el proverbio que trae Luciano: Estás hambriento, y quieres mascar almaciga?”. Afirmación que en el caso supuesto de ser cierta, añadía un problema más, por si ya no tenía pocos, al pobre sordo y durante aquel “tratamiento”, en su caso un “hambre insaciable”.

Del mismo modo que se podría entender el interés que ponía Pedro de Castro en el uso del “regaliz”, ya que las “propiedades” que Ramírez de Carrión adjudicaba al humilde “regaliz” eran sumamente interesantes al venir al caso: “Regalicia (Regaliz), el zumo de sus raíces hace los efectos del aceite rosado: calienta las cosas, refresca las calientes, humedece las secas, y deseca las húmedas”. Y en su otra variante: “Regalicia su raíz refresca, mascada quita la sed.”, cuestión a pesar del porqué de su uso en aquel tratamiento concreto, de tenerse en cuenta que el sordo había padecido antes el impacto de dos brutales purgas sucesivas.

 

Comentarios aclarativos

De intentar aclarar el galimatías anterior, explicación durante la cual nos permitimos un cierto punto de ironía, pues no es para menos, aquel tratamiento tenía varias fases operativas. De este modo, antes de emprender aquella aventura experimental se tenía que tener a mano una serie de digamos “medicamentos”,[61] en algunos de los casos, elaborados previamente a mano, y siguiendo ciertas “fórmulas” magistrales preestablecidas de antemano, y más en concreto una purga específica y una, diríamos, cataplasma o emplasto.

En paralelo, se debería preparar al sujeto sordo convenientemente, pasándolo por las manos de un barbero, o en su defecto por las tijeras de cualquier aficionado, puesto que el tratamiento se iniciaba procediendo a raparle al sordo la “cima” o el “remolino” de la cabeza, dejando en ella un espacio del tamaño aproximado del de una “palma de la mano”.

Previamente se había procedido a elaborar un ungüento, que debería contener “tres onzas de aguardiente”, “dos octavas de salpiedra”, o “de nitro purificado”, al gusto, más “una onza de aceite de almendras amargas”. Hecha la mezcla, se ponía al fuego haciéndola hervir hasta que se consumía en su totalidad el “aguardiente”. Después se añadía a dicha mezcla “una onza de nafta”, meneando la misma bien con una espátula, hasta que quedaba espesada.

Con aquella mezcla en las manos del médico, se procedía entonces a embadurnar la parte de la cabeza rapada del sordo (la sutura coronal), dos veces al día, se sobreentiende que cada doce horas, una la mañana y la otra por la noche, y la segunda en el momento mismo que el sordo se iba a dormir, ignorando si después de aquella aplicación se procedía a envolver de algún modo la cabeza de la víctima. Aplicación de aquella especie de cataplasma que se supone tenía la clara intención de intentar “reblandecer los huesos superiores de la cabeza”.

Por la mañana, recién levantado de la cama, y sin que se diga que se hacía con el mejunje que debería “ornar” desde la noche anterior el occipucio del sordo, se le administraba una primera “purga”, cuya composición exacta no especificaba Pedro de Castro, con lo cual debería ser la común y clásica de su época, pero siempre en función de la constitución tanto física como “temperamental” (sic) del individuo.

Después, siguiendo al pie de la letra aquellas instrucciones, y se supone que tras hacer efecto la primera purga, se le suministraba por vía oral otra segunda purga, según Pedro de Castro, en dos o tres dosis y según la “necesidad del individuo pedía”, y que servía hipotéticamente para “evacuar”, no sólo las tripas del individuo anteriormente ya purgado a conciencia, sino también “la cabeza” (sic).

Purga la segunda, que previamente se había elaborado el día anterior, y que estaba compuesta por “una octava de eleboro”, del cual y realizado el correspondiente cocimiento, se tomaban “tres onzas”, para posteriormente echarle “tres octavas de agarico”. Una vez colado aquel líquido, no sabemos que tipo de “colador” requería aquella operación, pues Pedro de Castro no lo explicaba, se le añadía “jarabe de epitimo, en una proporción de dos onzas”, con lo que aquella purga quedaba lista y a punto para consumir.

Bien purgado el sordo con dos purgas distintas, la convencional y la elaborada aparte, y de creer los comentarios del médico Pedro de Castro, gracias a la segunda quedaba “bien evacuado el humor del cerebro por los oídos, por las narices y el paladar”, y suponemos que por otras partes del cuerpo que no se nombran, se le administraba entonces, para que lo mascara, “un grano de almaciga”, o en su defecto “un poco de regaliz”. En caso de no tener a mano el regaliz, siempre se podría sustituir aquel por una pasta compuesta de “almaciga, ámbar y musgo”, “chicle” elemental que a buen seguro resultaría repugnante y de dudosos por no decir nulos efectos terapéuticos.

Después de que el sordo hubiera “mascado“ una de aquellas tres porquerías, el regaliz y según el gusto del individuo, a lo mejor se podría salvar, se pasaba a peinarle el resto del pelo superviviente de su cabeza, tras la rapada previa que había sufrido el día de antes, cual tonsura eclesiástica, “con un peine de marfil”, ignorando, pues Pedro de Castro no lo explica, el por qué no se podía utilizar un peine elemental, por ejemplo, de madera, hueso, asta o metal.

Concluido el peinado, se le lavaba a conciencia la cara al sordo, ignorando de nuevo si solamente con agua cristalina o con la ayuda de un jabón, momento en que la víctima ya estaba lista y preparada para que el maestro le hablase por “el remolino de su cabeza”. Instante aquel que suponemos debería ser maravilloso y supremo, pues el sordo después de aquellas torturas sin fin, y según Pedro de Castro, oía con toda claridad la “voz” de su maestro, “que de ningún otro modo podía oír por los oídos”.

A modo resumen, lo más curioso es la forma o manera en que despachaba Sachs el modo de enseñar a hablar al sordo, en sus comentarios adicionales al texto anterior de Pedro de Castro, puesto que nada dice respecto al método específico que debería utilizarse, y menos aún sobre el necesario aprendizaje del alfabeto manual como complemento comunicativo fundamental, o sobre el polémico asunto de la lectura labial,[62] logrando “resumir” Sachs, en un simple párrafo, lo que a Juan de Pablo Bonet le costó explicar en su largo tratado de la Reduccion de las letras, publicado en su caso 50 años antes, pero obra española que al parecer desconocía Sachs.

“Si el Sordomudo no sabe leer, se le hará aprender el alfabeto; y cada letra de este se debe pronunciar varias veces hasta que el Sordomudo la pronuncia: y después se pasará a la pronunciación de las voces mostrando sucesivamente a su vista las cosas nombradas para que aprenda sus nombres: y últimamente se le hablará seguidamente para que sepa ordenar las palabras. En los primeros quince días el Sordomudo aprende maravillosamente tanto número de nombres, que sin memoria muy tenaz no podrá retener: la facilidad se adquiere con la práctica, y causa maravilla verle la ansiedad con que el Sordomudo se esfuerza para prorrumpir continuamente en voces.”[63]

 Y en este punto dejamos al lector juzgar la eficacia médica o no de aquel tratamiento o “industria”, del cual al parecer fiaba Hervás y Panduro, pero afirmando algo dubitativo que “no sé, que después se haya perfeccionado, y aún usado.”

Tal vez por ello, Hervás y Panduro, insistiendo en el posibilidad de la existencia de los supuestos “caminos” de dentro de la cabeza, que debería descubrir la “anatomía”, se dedicó a experimentar en Italia con un sordo de 24 años, poniéndole en la raíz de la lengua la punta de una trompeta, “con que se hablaba”,[64] significándole el sordo por señas que “dentro de la cabeza sentía alguna cosa”, experiencia de la cual Hervás y Panduro desistió, al ser muy penosa para el sordo, pero que de hecho le reafirmó en que:

 “En orden al oír por la boca, la anatomía demuestra, que desde el tímpano del oído va al paladar un canal llamado de Estatatio (sic), por el que entra el ayre en el oído interno, y se evacuan las humedades de este. El dicho canal al salir del oído es óseo, y membranoso al llegar a la boca, en cuyo fondo termina algo más abaxo del canal, que va al paladar (a un lado de la campanilla) hasta la nariz. Por el dicho canal de Eustatio se oye, y no dudo, que por él pueden oír algunos Sordomudos”. [65]

El misterioso médico Pedro de Castro

De pretender ilustrar de forma mínima a Pedro de Castro, una vez más se hace ineludible echar mano de Hervás y Panduro, personaje al cual dedicaba en su obra Escuela Española dos páginas y media,[66] pero iniciándolas sorprendido de que no existiera obra alguna española que hiciera referencia al personaje o a su obra, al constarle tras hojear multitud de libros. Constatación aquella por otra parte cierta, pues Pedro de Castro empezó a citarse en España a partir de los principios del siglo XX, en publicaciones exclusivas dedicadas a la educación de los sordos, y cuya fuente en todos los casos, se citara o no, era sin duda alguna Hervás y Panduro.

De ahí que todas las noticias personales que fue recogiendo Hervás y Panduro sobre Pedro de Castro, de forma diríamos que casi detectivesca, provenían de las propias obras del personaje, editadas todas ellas fuera de España, aunque dando razón únicamente de dos de ellas: Petri a Castro Bayonatis febris maligna punticularis aphorismis delineata, Patavii (Padua), 1686, y el Tratado del Calostro, ya visto, en su edición de veneciana de 1676 y dentro de la obra del italiano Escipión Mercurio.

Las otras dos fuentes de referencia de Hervás y Panduro fueron el trabajo ya citado de Sachs, donde aparece justamente el tratamiento anteriormente visto, y dentro de la misma publicación y formando parte igualmente del primer tomo de efemérides médico-físicas alemanas, “observación décima”,[67] los comentarios previos de presentación o pórtico, realizados en su caso por el secretario de la academia alemana, a un remedio “antipleurítico” inventado por Pedro de Castro, a partir de los cuales Hervás y Panduro, y al afirmar dicho secretario que hacía “nueve años ha que murió”, llegó a la conclusión de que Pedro de Castro había fallecido en un lugar indefinido, muy probablemente en Verona o Mantua, en el año 1661.

A la hora de resumir Hervás y Panduro afirmaba lo siguiente de Pedro de Castro:

“Sabemos pues según estas noticias, que Castro cuyo apellido es español, estudió y profesó la medicina en España, y que fue natural de Bayona: país equívoco, pues no lejos de Madrid, en donde Castro debió conocer a Ramírez de Carrión, hay un lugar llamado Bayona, otro hay en Galicia y en Francia hay la ciudad de Bayona. El nombre de la patria de Castro no nos dice, si él fue español: más no dicen claramente su apellido español, y haber estudiado y ejercido su profesión médica en España: y como español se cita por autores extranjeros”.

En medio del relativo largo texto que Hervás y Panduro dedica a Pedro de Castro van surgiendo otros pequeños detalles, que en cierto modo sirven para rellenar y ampliar un poco más su magra biografía, tales como que Pedro de Castro “hablaba en diversas ocasiones de su práctica de la medicina en España”, del mismo modo que afirmaba que “en muchos lugares de Francia he ejercido la medicina”, de ahí se explicaría el que figurara en su Tratado del Calostro su título profesional de “médico físico aviñonés”.

De Sachs y del secretario de la academia médica alemana proceden las noticias extraídas por Hervás y Panduro de que Pedro de Castro ejerció la medicina “en la provincia de Vizcaya y últimamente en Italia, noble médico de Verona, y después proto-médico del Duque de Mantua”, e igualmente de Sachs proviene la noticia referida a que Pedro de Castro había “curado a un Sordomudo en Vizcaya”, “desmutización” que al parecer tuvo lugar en Vergara y en dos meses, todo ello de creer siempre en la fuente.

Por otra parte, la arriesgada afirmación que hace Hervás y Panduro respecto a cómo y dónde pudieron conocerse Ramírez de Carrión y Pedro de Castro, “pues no lejos de Madrid, en donde Castro debió conocer a Ramírez de Carrión, hay un lugar llamado Bayona (en la actualidad posiblemente Mirador de Bayona)”, estaba basada en una hipótesis discutible.

Hipótesis que pasó por combinar Hervás y Panduro el posible e hipotético lugar de nacimiento de Pedro de Castro, con la existencia geográfica de un lugar llamado Bayona, situado según Hervás y Panduro en las proximidades de Madrid, ligando aquella posibilidad para justificar que por aquel motivo Pedro de Castro, y al ser hijo supuesto de aquel lugar de Bayona, había conocido a Ramírez de Carrión en Madrid, y en cierta medida dando también por supuesto que Ramírez de Carrión vivía de normal en Madrid, un hecho totalmente incierto.

De este modo, aquella posibilidad expuesta por Hervás y Panduro de que aquellos personajes se hubieran podido conocer en Madrid era muy relativa, ya que únicamente podía pasar, en el caso de Ramírez de Carrión, en el de Pedro de Castro se desconoce, por las posibles fechas de las estancias temporales de Ramírez de Carrión en Madrid, detalles que al parecer Hervás y Panduro desconocía.

Puestos en el terreno documental, Ramírez de Carrión, nacido en 1579 en Hellín (Albacete), aparece por Madrid, con motivo de su trabajo con Luís Fernández de Velasco, en unas fechas que oscilan, año arriba o abajo y a gusto de cada autor, entre 1618 y 1622, sin descartar que Ramírez de Carrión estuviera una corta temporada en la Corte durante el año 1615.

Del mismo modo, y por cuestión documental, existe constancia de que Ramírez de Carrión vivía en Montilla (Córdoba), como mínimo y contando ya con la respetable edad para la época de 37 años, en el año 1616, puesto que aquel año casó por primera vez, en agosto y en dicha población, volviéndose a casar en Montilla dos años más tarde, en octubre, al haber fallecido un año antes su primera esposa.[68]

Concluido su trabajo en Madrid con Luís de Velasco sobre 1622, Ramírez de Carrión regresó a Montilla, y no regresará a Madrid hasta octubre 1636, año en el que tuvo que hacerse cargo de la educación del príncipe italiano Emmanuel Filiberto de Saboya por orden del rey Felipe IV. Estancia última de la cual se desconoce la fecha de finalización de su trabajo, pero que como mucho no se alargaría más ya de tres años, y probablemente menos dados los problemas que tuvo aquella familia italiana con la corona española, y a causa de la traición del pater familia y progenitor de su alumno.

A todo esto seguimos sin conocer el por qué Hervás y Panduro afirmaba que se habían conocido en Madrid, pues de hecho y bien mirado lo único que decía Pedro de Castro respecto a aquella relación con Ramírez de Carrión era que: “Ese raro secreto lo aprendí yo, ya discurriendo con el mismo inventor, y ya filosofando con extraordinaria perseverancia, y he logrado bastante bien el intento”.

Cita de la cual es totalmente imposible extraer la conclusión del lugar exacto donde se pudieron conocer, y menos aún las circunstancias o el año concreto en que se dio aquel “encuentro”, suponiendo que se produjera, pues, de tener en cuenta que Ramírez de Carrión se negaba en redondo a hacer pública su “industria”, incluso, al futuro rey de España Felipe IV, o que hacía jurar sus discípulos guardar su “secreto”, recordemos que todos ellos eran caballeros nobles, se hace muy cuesta arriba creer al pie de la letra las palabras de Pedro de Castro, donde según él aquel “raro secreto lo aprendí yo […] discurriendo con el mismo inventor…”.

De ahí que quepa la sospecha, hasta cierto punto justificada, de que si ambos personajes se conocieron en un momento dado, sería harto dudoso que Ramírez de Carrión, sin más, proporcionara directamente a Pedro de Castro la “receta” de su “arte”, salvo que mediara por medio mucho dinero, puesto que el negocio con los sordos, y más con los sordos nobles, debió resultar muy rentable para Ramírez de Carrión, y por el mismo motivo era lógicamente tan celoso de su “secreto”, secreto que debió traspasar, como mínimo, a uno de sus múltiples hijos llamado Miguel Ramírez, y por tanto posible continuador de la obra de su padre.

Por lo mismo, se podrá entender que Pedro de Castro ejerciera en una sola y única ocasión aquella profesión de “reparador” y maestro de sordos, y, además, en Vizcaya, pero afirmando con boca pequeña que “he logrado bastante bien el intento”, expresión que equivale tanto como decir que medianamente bien, sin olvidar nunca que es su propia opinión y por tanto muy discutible, pero siguiendo todo el resto de su vida con la profesión de médico, aunque indudablemente con muchas y evidentes capacidades, tanto intelectuales como profesionales.

Cuestión que nos devuelve al principio, y de paso a la posibilidad de que aquella “receta” que nunca publicó en vida Pedro de Castro pudiera, incluso, ser propia, y no directa de Ramírez de Carrión, pero “receta” o “industria” que debió utilizar en cierta forma, a modo de reclamo, de su posible capacidad en aquel campo concreto de la medicina dedicada a los sordos, sin descartar que Pedro de Castro, al igual que Ramírez de Carrión, se dedicara también a la alquimia, hecho que explicaría su extraño comentario final de que había descubierto aquel secreto de Ramírez de Carrión “filosofando con extraordinaria perseverancia”.

Prueba de ello es el éxito que tuvo su “aceite antipleurítico”, se supone que obtenido y elaborado en laboratorio, y por destilación de ciertos compuestos, con el que “sacó de las gargantas de la muerte gran número de enfermos en Italia, en donde es tan común el mal pleurítico […] (y) vive aún la fama de la utilísima aplicación de aquel remedio”, como afirmaba asombrado el secretario de la academia médica alemana en 1670.[69]

Y en este punto concreto hubiera concluido la corta historia de Pedro de Castro de no haber aparecido seis obras impresas más del personaje, una de ellas reimpresión de las dos ya conocidas gracias a la diligencia de Hervás y Panduro, pero que a la vista de los lugares en que tuvieron lugar dichas impresiones, vienen a indicar la gran difusión o el evidente prestigio que tuvo en su época o en los años posteriores a su fallecimiento, no tan solo en Italia sino también en Alemania, obras que Hervás y Panduro no tuvo la suerte de poder localizar en su día.

En Italia (Venecia) apareció en 1640, dentro de una obra conjunta de varios y diversos autores, entre ellos Pedro de Castro, Theumenia simulachrum et imago Dei ostenditur animae inmortalitas. [70] En Padua y en 1654, Bibliotheca medici eruditi Petro a Castro, [71] y en Verona en el año 1657, Pestis neapolitana, romana et genuensis annorum 1656 et 1657.[72]

En el caso de Alemania, nos encontramos que la obra de Pedro de Castro, reeditada en Italia en diversas ocasiones, Petri a Castro Bayonatis febris maligna puncticularis aphorismis delineata, también se editó en Norimbergae (Nuremberg) en 1652,[73] pero lo más curioso es la obra Imber aureus sive chillias aphorismorum ex libris epidemion Hippocratis eorumque Francisci Vellesii commentaris extracta, cuyo autor es nuestro Pedro de Castro y donde hacía referencia a los comentarios del médico español Francisco Vallés, el Divino, protomédico de Felipe II, al libro de las epidemias de Hipócrates, obra que se editó en dos ocasiones, una primera en Italia y la segunda en Alemania. [74]

También en la misma Alemania, se sabe de la existencia de un opúsculo suyo titulado De loquela mutis, et auditi surdis reddito, editado en “Francofurti (Frankfurt) y Lipsiae (Leipzing)” en el año de 1684 y bajo el nombre en latín de Petri a Castro,[75] obra que volvió a ser referida con detalle en 1820, dentro de un repertorio de Ciencia y Arte Médica y Quirúrgica alemán, pero bajo el título de Mutis loquela data, et surdis auditus; cum addentis.[76]

Detalles que nos aproximan, cuando menos, a la auténtica dimensión profesional de Pedro de Castro, dando más razón si cabe a la sorpresa expresada por Hervás y Panduro ante la ignorancia a la cual se le tenía sometido en su propia patria, donde hoy no se conserva ninguna obra suya impresa, a diferencia de Francia y de su Biblioteca Nacional de París donde que conservan cuatro, pero puestas bajo el nombre francés de Pierre de Castro (médicis).

En resumen, el hecho evidente es que la fama actual que posee Pedro de Castro en España se debe, sin lugar a dudas, a la referencia que en su día dio sobre él el jesuita Hervás y Panduro, todo ello a causa de aquella curiosa y peregrina “industria” española encaminada de forma voluntariosa a intentar hablar a los sordos por el “remolino” de la cabeza.

Por otra parte, las esperanzas puestas por Hervás y Panduro en el futuro descubrimiento de otros “caminos” alternativos a la sordera, en cierto modo se han cumplido con el tiempo, pero reducidas hoy casi a la pura tecnología, que pasa de forma general por actuales audífonos y por los modernísimos y polémicos implantes cocleares, que en algunos casos de sordera profunda envían señales al cerebro, que al final era lo que pretendía Hervas y Panduro.[77]

Notas

[1] Este trabajo, que ha sido enviado por su autor a Cultura Sorda,  puede verse también en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-secreto-espaol-para-hablar-a-los-sordomudos-por-el-remolino-de-la-cabeza-en-la-obra-de-lorenzo-hervs-y-panduro-0/.

[2] Lorenzo Hervás y Panduro, Escuela Española de Sordomudos, Madrid, 1795, II Volúmenes. Ver Ángel Alonso Cortés, Lorenzo Hervás y el lenguaje de los sordos, http://www.ucm.es/info/circulo/no4/alonsocortes.htm; María Isabel Corts Giner y Eduardo García Jiménez, La enseñanza de los sordomudos en España en el siglo XVIII a través de la obra de Hervás y Panduro, http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=28530, y de los mismos autores, La enseñanza de los sordomudos en España en los siglos XVII y XVIII. Análisis comparativo de las obras de J. P. Bonet y L. Hervás y Panduro, http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=28402.

[3] Sobre el mismo tema, ver Manuel López Torrijo, La educación de las personas con sordera. La escuela oralista española, Valencia, 2005, pp. 86 y ss.

[4] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 3.

[5] Ángel Herrero Blanco, Mudo, sordomudo, sordo: viejas pócimas y nuevas denominaciones. Lingüística clínica y neuropsicología. Actas del Primer Congreso Nacional de Lingüística Clínica. Vol. I: Investigación e intervención en la patología del lenguaje, Valencia, 2006. Ver íntegro en http://www.uv.es/perla/1%5B17%5D%20HerreroBlanco.pdf.

[6] Hecho curioso resulta que en los actuales catálogos alemanes figure, como fechas de nacimiento y muerte de Pedro de Castro: “1603-1657”, pero sin que figure la correspondiente fuente de referencia.

[7] Antonio Gascón Ricao y José Gabriel Storch de Gracia y Asensio, Historia de la educación de los sordos en España, y su influencia en Europa y América, Madrid, 2004.

[8] Un detalle que sorprende es que Hervás y Panduro afirma que algunos autores confundidos nombraban por equivocación a Ramírez de Carrión citándolo con el nombre de Ramírez de Cortona (ciudad italiana situada en la provincia de Arezzo), “Manuel Ramírez de Carrión que algunos por equivocación llaman Ramírez de Cortona…”. Pero de hecho aquel error, como el mismo Hervás y Panduro explicará al final de su obra, provenía del autor de una nota enciclopédica aparecida en la primera edición francesa de L’ Encyclopèdie o Dictionnaire raisonne (1751-1772), y de su artículo “muet”, lugar donde por primera vez apareció aquella extraña referencia. L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 310 y 335. Mala referencia que en España se dio por buena en otro Diccionario posterior, añadiendo dos nuevos errores, al afirmar, además, que Ramírez de Carrión había ejercido como maestro de sordos “en” Cortona, detalle que a posteriori dará lugar a la leyenda italiana de su estancia en aquel país, y Pedro de Castro “en” Mantua, añadiendo que Ramírez de Carrión y Pedro de Castro eran “dos antiguos ex jesuitas españoles” (sic). Diccionario Histórico o Biografía universal compendiada, T. VII, Barcelona, 1832, p. 201.

[9] De creer las fuentes, Ramírez de Carrión había participado, en mayor o menor medida, en la educación de los siguientes personajes sordos: Alonso Fernández de Córdoba, Marqués del Prieto; de Luís Fernández de Velasco, Marqués del Fresno y hermano del Condestable de Castilla; del Príncipe de la Casa de Saboya, Emmanuel Filiberto de Saboya; de Juan Alonso de Medina, hijo de Juan Antonio de Medina, Veinticuatro de Sevilla, de Antonio Docampo y Benavides, Caballero del Hábito de Alcántara, y de Josefa Pérez de Guzmán el Bueno, hija de los Duques de Medina Sidonia.

[10] Prueba de ello es que el director del Real Colegio de Sordomudos de San Fernando de Madrid en Avapiés, abierto en 1795 y cerrado en 1802, a causa de su gran fracaso, el escolapio José Fernández de Navarrete, era discípulo del italiano Tommaso Silvestri, antiguo discípulo en París del abate francés L’Epée, al igual que lo fue su sucesor Camilo Mariani. Del mismo modo que el personaje que debería haber sido director del Real Colegio de Sordomudos en su segunda época (1803-1804), el francés Antonio José Rouyer, fue enviado para su formación a la escuela de sordos de París, en aquel tiempo a cargo del abate Sicart, sucesor del abate L’Epée. Similar situación acaeció en la Escuela Municipal de Sordomudos de Barcelona, puesto que salvo el primer maestro, el francés Albert Martí (1800-1802), al cual ayudó temporalmente Hervás y Panduro, el resto de los sucesivos maestros barceloneses impartieron métodos propios y personales, aduciendo en la mayoría de los casos que habían sido “inventados” por ellos mismos.

[11] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 32.

[12] De hacer historia de los descubrimientos referidos a la anatomía del oído, el belga Andreas Vesalius descubrió la existencia del martillo y del yunque en 1543, dos de los osículos que trasmiten el sonido que proviene del tímpano a la cóclea. El estribo, se descubrió pocos años después, y la cóclea sería descubierta por el italiano Gabriello Fallopio en 1561, pero creyendo erróneamente su descubridor que esta estaba llena de aíre y no de líquido, y que las vibraciones de dicho aire estimulaban los extremos del nervio auditivo, y hubo que esperar hasta 1851, para descubrir que la cóclea está estructura por miles de células pilosas que actualmente se sabe que son los elementos fundamentales del aparato auditivo, y que en honor del descubridor, el anatomista italiano Alfonso Corti, se denomina órgano de Corti, en vulgar, el caracol, que se enrolla a todo lo largo del conducto coclear. A. Herrero Blanco, o. c., pp. 232-233.

[13] L. Hervás y Panduro, o. c., pp. 32-33.

[14] La visión de Hervás y Panduro en el campo de la ceguera fue más allá, al proponer incluso un método de enseñanza para los sordos-ciegos, muy similar por no decir idéntico al que actualmente se utiliza. L. Hervás y Panduro, o. c., p. 264 y ss.

[15] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 33.

[16] Refiriéndose al asunto de la “cerilla”, Hervás y Panduro remite en nota a cierto autor diciendo “Véanse algunas observaciones curiosas sobre la cerilla de los oídos en la obra: Bibliotheca anatómica, edentibus Daniele Clorito, & I. Jacobo Magneto: Genovae 1699. 4. f. vol. 2. En el vol. 2 p. 3. pag. 262.” L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 33-34, Nota I.

[17] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 35-36.

[18] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 36-37.

[19] De aure humana tractatus: auctore Antonio Valsalva, Bononiae, 1704, L. Hervás y Panduro, o. c., p. 33, nota I; Antonio María Valsalva (Imola, 1666 –Bolonia, 1723) Anatomista italiano, fue discípulo de Malpighi en la Universidad de Bolonia, realizando después importantes estudios sobra la estructura anatómica del oído. Destaca su obra Tratado sobre el oído humano (1704), en la que estableció una división del oído en externo, medio e interno. Describió también en ella el experimento que lleva su nombre, “maniobra Valsalva”, consistente en la insuflación de aire en la trompa de Eustaquio y la caja timpánica a consecuencia de una espiración forzada con la boca y la nariz. La maniobra de Valsalva se usa hoy como técnica de igualación de presiones en las prácticas del Buceo y en los pasajeros de los aviones para evitar baro traumas en el interior de sus oídos cuando varía la presión externa.

[20] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 34.

[21] Un ejemplo de lo anterior, es que se lo creyó el valenciano Faustino Barberá, médico y profesor de sordos, y como tal lo reseña en su obra La enseñanza del sordomudo, según el método oral, Valencia, 1895, p.11. Otros de los muchos errores sobre la persona de Ramírez de Carrión, que figuran en afamadas enciclopedias extranjeras, son por ejemplo el decir que era “sordomudo” o “sacerdote”, hechos ambos absolutamente falsos.

[22] El comentario de Hervás y Panduro, haciendo referencia a que hacía 120 años que se había publicado aquella obra, y teniendo en cuenta que hacía referencia a un trabajo de Felipe Jaime Sachs de Lezvenheimb, publicado en Miscellanea medico-physica academeae naturae curiosorum, impreso en Lipsiae (Leipzing) en 1670, nos da la pista, gracias a una simple resta, de que su obra Escuela Española de Sordomudos, impresa en Madrid en 1795, fue redactada cinco años antes, concretamente en 1790. Cosa curiosa es que aquella Miscellanea medico-physica academeae citada por Hervás y Panduro, ha resultado ser la primera revista científica de medicina y de ciencias naturales, publicada en latín y dedicada en aquel momento al emperador Leopoldo I, publicación que ha conseguido pervivir hasta nuestros días bajo el título actual de Nova Acta Leolpodina. Neve Folge

[23] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 36.

[24] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 36.

[25] Manuel Ramírez de Carrión, Maravillas de Naturaleza, en que se contienen dos mil secretos de cosas naturales, dispuestos por abecedario a modo de Aforismos faciles, y breves, de mucha curiosidad, y provecho, recogidos de la leccion de diversos, y graves Autores, Montilla y Córdoba, 1629.

[26] M. Ramírez de Carrión, op. cit., Prólogo.

[27] Dentro de su única obra, donde Ramírez de Carrión recogió aforismos y sentencias, tanto clásicas como de su propia época, referidas a “cosas naturales” o de “naturaleza”, además, incluyó una cuantas procedentes de su propia cosecha, o de su propia experiencia como alquimista. Apareciendo por ello en varias de ellas comentarios tales como “hecha la experiencia se ha hallado ser falso”, o “como yo lo he experimentado”, “como enseña la experiencia”, o donde algunas de ellas figuran bajo la firma de “Expertus” / “Exp”, y en alguna ocasión como “Quidam expertus”. Por tanto, es de suponer que nombre simbólico o hermético que se había asignado a si mismo Ramírez de Carrión. Opinión que mantiene también el prologuista Fernando Rodríguez de la Torre, a la obra reeditada de Ramírez de Carrión, dentro de la Colección Clásicos Albacetenses, 4, Albacete, 1987, p. XXVIII.

[28] Aspecto aquel de Ramírez de Carrión, que en cierto modo descubre el mismo al dedicar su obra al Marqués de Priego: “Horas devidas al servicio de V. Excelencia gastadas en la lección de algunos Autores que escrivieron de cosas naturales, restituyo a V. E. en el fruto dellos, que son los dos mil secretos contenidos en este volumen”.

[29] Para poder entender en parte aquel asunto de las “Maravillas de Naturaleza” ver en la obra del erudito benedictino Benito Jerónimo Feijoo, el discurso dedicado a lo mismo. B. J. Feijoo, Teatro Crítico Universal, Tomo 6 (Madrid, 1734), Discurso 6, “Maravillas de Naturaleza”.

[30] Miguel de Avellán (1580-1650), franciscano de religión, fue el primer maestro del sordo Marqués de Priego, según consta por el abad de Rute. Noticia que aparece en su historia manuscrita de la Casa de Córdoba, pero comentario que una mano anónima se encargó de tachar, al sustituir el nombre de Miguel de Avellán por el de Manuel Ramírez de Carrión. Francisco Fernández de Córdoba, Abad de Rute, Historia de la Casa de Córdoba, Biblioteca Nacional, Madrid, Manuscrito. 3271, folio 151; Fernando Negredo del Cerro y Karen M. Vilacoba Ramos, Un franciscano andaluz al servicio del Rey, fray Michael Avellán (1580-1650). Curso de Verano El franciscanismo en Andalucía, VII Curso de Verano (Año 2001), VIII Curso de Verano (Año 2002), Tomo I, Córdoba, 2003, pp. 537-548.

[31]El primero debiera ser el marqués de Priego, mi señor, a cuya enseñanza, si no se cortara el hilo en la mejor edad, hablará vocalmente con mucha perfección, como lo comenzó a hacer en los principios de ella Pero con lo que su Excelencia lee, y escribe, ayudado con su gran entendimiento, gobierna sus estados de manera, que se le debe justamente el nombre de Príncipe cristiano y prudente”. M. Ramírez de Carrión, op. cit., Vol. I, Prólogo.

[32] Juan Pablo Bonet, Reducción de las letras y Arte para enseñar a hablar los mudos, Madrid, 1620, Libro Segundo, Capítulo Primero, “De que causas procede la mudez y en qué edad debe empezar a aprender a hablar el mudo que le sea más fácil la enseñanza”, pp. 109 y ss., edición 1930, a cargo de Jacobo Orellana Garrido y Lorenzo Gascón Portero.

[33] J. Pellicer y Tovar, Justificación de la grandeza y cobertura de primera clase del marqués de Priego, Madrid, 1649, fol. 41 v.

[34] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 38-39.

[35] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 43.

[36] Isbrandi de Diemerbroeck opera omnia anatomica, Genovae 1687. 4. lib. 9. anatomic. Cap. 4. p. 479, L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 43-44, nota I.

[37] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 43-44.

[38] La obra de Gaspar Schott en realidad es un tratado sobre la cifra secreta, basado en la obra anterior de J. Tritemius, Polygraphiae libri sex, Colonia, 1571, donde Tritemius hablaba de los diferentes lenguajes secretos. Ver la de Schott en: http://www.petitcolas.net/fabien/steganography/steganographica/index.htm; Gasparis Schotti e Soc. J. schola steganographica. Norimberg, 1665, 4. clasis 12. annot. 2. p. 339, L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 42.

[39] Gerónimo Escipión Mercurio (1550-1616), monje dominico en Roma, trataba en su obra sobre la obstetricia, y más en particular sobre la cesárea, especialidad médica que él no practicó, puesto que en aquella época, cuando se practicaba la cesárea, era siempre sobre cadáveres de mujeres embarazadas. Sin embargo, su tratado fue todo un éxito editorial al reimprimirse en numerosas ocasiones.

[40] A. Gascón Ricao y J. G. Storch de Gracia y Asensio, El testamento de Manuel Ramírez de Carrión, preceptor español de sordos en el siglo XVII. Ver en: http://www.es/info/civil/herpan/docs/Carrion.pdf

[41] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, p. 38.

[42] Alejandro Oviedo, Un príncipe sordo. La historia de Emmanuel Filiberto de Carignan (1630-1709), en: http://www.culturasorda.eu/4.html, apartado hitos sordos.

[43] F. Fernández de Córdoba, Abad de Rute, o. c.

[44] Juan Pérez de Montalbán (1602-1638) en su obra Para todos ejemplos morales humanos y divinos, (Madrid, 1632, Alonso Pérez) afirmaba lo siguiente: “El arte de enseñar a hablar los mudos, que es una enmienda casi milagrosa de la naturaleza, de que fue el autor el estudioso y prudente ingenio de Juan Pablo Bonet Barlet Servant, Secretario de su Majestad, es nobilísimo por la contemplación profunda que requiere juntamente con la noticia grande de las lenguas y nombres de las letras, cuya experiencia se vio ejecutada por el mismo Juan Pablo en un hermano del condestable de Castilla, supliendo con su diligencia y cuidado mucha parte de la defectuosa lástima con que este caballero nació.” Pero historia que intentó rebatir una glosa anónima a una edición póstuma de Para todos de 1645, (Sevilla, Francisco de Lyra), afirmando en una Advertencia al lector que “El doctor Juan Pérez de Montalván, en el día sexto de la semana de este libro, en el discurso que hace de todos los artes en común y en particular, o con siniestra información que tuvo, o con la equivocación de haber visto un libro que sacó a luz Juan Pablo Bonet de Hábito de Santiago, secretario de su Majestad, Arte a enseñar a mudos, atribuyó a ese caballero la enseñanza del marqués del Fresno, hermano del Condestable de Castilla, que padeció el impedimento de la mudez. Y porque a cada uno se lo dé lo que es suyo, se advierte que el verdadero maestro de esta enseñanza fue don Manuel Ramírez de Carrión, secretario de su Majestad que lo fue del marqués de Priego, duque de Feria y su maestro, hoy asiste en esta Corte, enseñando a hablar al Príncipe Emmanuel Filiberto Amadeo de Saboya, primogénito de los serenísimos príncipes de Cariñan Tomás de Saboya y María de Borbón, habiendo con su gran ingenio y singular industria, enseñado y comunicado la habla a otros muchos mudos, unos de nacimiento y otros por accidente, como mejor informado, tenía determinado de declararlo así doctor Juan Pérez de Montalván en esta impresión, si no lo atajara la muerte.” Nota tras la cual, es una hipótesis, se debería ver la mano negra del extravagante cronista aragonés Joseph Pellicer Abarca, y su inédita y venenosa Prefación a don Manuel Ramírez de Carrión, Secretario de su Majestad, Maestro del Serenísimo Emanuel Filiberto Amadeo II, de la Mayor Ciencia que es hablar, leer y escribir. Academia de la Historia, Col. Salazar Ms. N-12, 206.

[45] Historia que se conoce gracias al relato del viajero y diplomático inglés Kenelm Digby, con motivo de su visita a Madrid en 1623 acompañando al príncipe de Gales, y donde Digby, sin citar a Juan de Pablo Bonet, habla de su obra o de los resultados alcanzados por Luís de Velasco, en particular en el uso que hacía el joven de la “lectura labial”, asunto del cual Pablo Bonet en su obra se declaraba profano. Historia que recogió por primera vez en España Hervás y Panduro, citándola procedente de la obra anteriormente vista de Schotti, y donde Digby comentaba que Luís de Velasco era capaz de pronunciar, “no solamente palabras españolas, sino también inglesas y célticas del dialecto de cambro bretano (sic) en presencia suya y del príncipe de Gales”. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 308-309.

[46] Tal como apunta Pablo Bonet en su obra de 1620, el leer cualquier idioma en voz alta y por parte de oyentes que no entendía el significado de la lectura, era en su época un hecho normal y habitual, puesto que en su tiempo se veía en todas las universidades españolas, donde había excelentes “Lectores” de Latín o Griego, que no sabían ni un ápice de aquellos dos idiomas clásicos. Historia idéntica a la relatada por el abate francés Miguel L’Epée, fundador en París y en siglo XVIII de la primera escuela gratuita y universal para sordos, cuyos alumnos sordos eran capaces de leer en francés, en inglés, en italiano o en español, sin entender ni jota, puesto que según él lo importante era que aquellos “mudos hablaban”, lo que no era precisamente poco, y siempre con la esperanza puesta de que al final “entendieran” aquellas lecturas.

[47] A. Gascón Ricao y J. G. Storch de Gracia y Asensio, Historia de tres plagios fabulosos. Ver en: http://www.ucm.es/info/civil/herpan/docs/Carrion2.pdf.

[48] Eléboro negro, lat. elleborus, género de plantas ranunculáceas de raíz fétida.

[49] Onza, medida romana, duodécima parte de la libra romana, equivale 28,7 gramos.

[50] Agárico, especie de hongo comestible. Agárico mineral, silicato de alúmina y magnesia más ligera que el agua.

[51] Siropo, sirope, Galicismo por “jarabe”.

[52] Epitimio, planta parásita parecida a la cuscuta, que vive de preferencia sobre el tomillo.

[53] Aguardiente, diferentes tipos, bebida alcohólica que por mediación de la destilación se saca del vino y de otras substancias, aguardiente alemán, purgante obtenido macerando en aguardiente ciertas yerbas, aguardiente de caña, obtenido por destilación de la caña de azúcar.

[54] Salpiedra, en estado pétreo, sal gema.

[55] Nitro, lat. nitrum, Nombre científico del salitre o nitrato de potasio.

[56] Nafta, del griego naphta, cuerpo líquido que resulta de la mezcla de varios hidrocarburos, la nafta es una de los productos de la destilación del petróleo.

[57] Almáciga, resina aromática en forma de lágrimas que se extrae de una variedad de lentisco. Goma de lentisco, (masilla).

[58] Ámbar, resina fósil, de color amarillo, dura, quebradiza y aromática.

[59] Musco, lat. muscus, musgo.

[60] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 40-41. El siguiente autor español que reproducirá aquel procedimiento en un artículo, pero en su versión original redactada en latín, será Adolfo Bonilla y San Martín, Algunas consideraciones acerca de Fray Pedro Ponce de León y Juan Pablo Bonet, La Paraula. Butlletí de l’Escola Municipal de Sords-Muts de Barcelona, Barcelona, 1920-21.

[61] No deja de ser curioso que en la única obra de Ramírez de Carrión, Maravillas de Naturaleza, Córdoba y Montilla, 1629, donde entre otras cosas habla de “secretos naturales”, y teniendo en cuenta los componentes elementales de aquellos compuestos, ya fuera en la purga o en la cataplasma, viene a resultar que cuando cita algunos de ellos, nada dice respecto a sus aplicaciones en el tema de la sordera, y cuando se sabe a ciencia cierta que cuando menos en una ocasión intentó solucionar, aunque infructuosamente, la sordera sobrevenida de una monja del convento de Santa Clara de Montilla llamada Ana Enríquez de Ribera, en religión Ana de la Cruz, pariente por otra parte del Marqués de Priego. Enrique Garramiola Prieto, La noche oscura de Ana de La Cruz Ribera en Santa Clara de Montilla, Montilla, 1994, p. 91.

[62] La primera referencia que se tiene en España, sobre la existencia de un método de enseñanza de lectura labial es de 1620, obra de un desconocido llamado Dr. Rodrigo Moyano, que intentó inútilmente durante dos años que las Cortes castellanas publicaran su método, lo cual fue una verdadera lástima. A. Gascón Ricao y J. G. Storch de Gracia y Asensio, o. c., “Rodrigo Moyano y la lectura labial”, pp. 174-176.

[63] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 41-42.

[64] Debería ser una especie de “altavoz” rudimentario, al estilo de los que utilizaban hasta hace unos años atrás los feriantes llamado “bocina”.

[65] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 44-45.

[66] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 331 y ss.

[67] Miscellanea medico-physica academeae naturae curiosorum, Leipzing, 1670.

[68] Luís María Ramírez y Las Casas-Deza, El Maestro Ramírez de Carrión, Semanario Pintoresco Español, números 36-37, 1852, p. 94; Enrique Garramiola Prieto, “Maravillas de Naturaleza”, Nuestro Ambiente, Montilla, mayo de 1995, p. 15.

[69] L. Hervás y Panduro, op. cit., Vol. I, pp. 312-313.

[70] Theumenia simulachrum e imago Dei ostenditur animae inmortalita, splendor, divinitas, quantum martalitatis, obscuritatis, humanitatis possunt attingere conamina, impulsus, ausus. Paulo Bellonio… P. de Castro. , J. B. Vaglierinum, Venetiis, 1640.

[71] Bibliotheca medici eruditi Petro a Castro, J. B. Pasquati, Patavii, 1654.

[72] Pestis neapolitana, romana et genuensis annorum 1656 et 1657 fidele narratione delineata et commentariis illustrata, dicitante suis medicinae practicae studiosis Petro a Castro, Rubeanis, Veronae, 1657.

[73] Petri a Castro Bayonatis febris maligna punticularis aphorismis delineata, Denus edita, A. J. G. Volckamero, Norimbergae, 1652.

[74] Petrus a Castro, Imber aureus sive chillias aphorismorum ex libris epidemion Hippocratis eorumque Francisci Vellesii commentaris extracta, Veronae, Rubeanus, 1652, y en Ulmae, Kühnen, 1661.

[75] Pedro de Castro, De loquela mutis, et auditi surdis reddito, Francofurti y Lipsiae, sumptibus haer. Joh. Fritzchii et Joh. Gledtischii, 1684.

[76] Mutis loquela data, et surdis auditus; cum addentis Ros Lentilil. Ibid. Dec. I. A. I. 1670. p. 112. A. .2. 1671. Append. p. 10 Dec 3. A. 10. 1691. Append. p. 49. Repertorium Commemtationum a Societatibus Litterariis editarum. Digessit Jeremias David Reuss. Tomo XIV, Sciencia et Ars Medica et Chirurgica, Gottinge, 1820.

[77] En un oyente normal las ondas sonoras atraviesan el oído externo hasta llegar al tímpano, o membrana timpánica, la cual inicia su vibración y pone en movimiento la cadena osicular, formada por tres huesecillos: martillo, yunque y estribo. Éstos, a su vez, transfieren la energía hacia el oído interno; los fluidos contenidos en este oído interno entran en movimiento, provocando que las células ciliadas (del órgano de Corti; o sea, el “caracol”) transformen estas vibraciones en impulsos eléctricos, que se transmitirán a través de las fibras nerviosas auditivas al cerebro. En algunos tipos de sordera profunda, hay una destrucción de las células ciliadas. El Implante Coclear sustituye dichas células enviando señales al cerebro.

 

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