Implante coclear, lenguaje, lengua y habla

CarlosSanchezPor Carlos Sánchez,

Mérida (Venezuela), 2015.

Sección: Artículos, clínica y rehabilitación.

 

Introducción

La cóclea es el órgano encargado de transformar los estímulos mecánicos en estímulos eléctricos, que sólo en esa forma pueden recorrer el nervio auditivo y llegar al cerebro donde serán interpretados como sonidos. El implante coclear consiste en introducir una prótesis en sustitución de la cóclea que no funciona. Si la cóclea no funciona, es evidente que los estímulos sonoros no llegarán al cerebro. Por lo tanto, la prótesis tiene como objetivo hacer lo que la cóclea natural no podía hacer. En esto se sustentan las expectativas de padres y profesionales de que el niño implantado pueda “aprender a hablar”, es decir, pueda comprender y expresar mensajes en la lengua oral que utiliza la sociedad mayoritaria.

Desde la perspectiva del lenguaje, el implante coclear se supone que hace posible que se oigan los sonidos del habla. Esto es lo que realmente importa, porque nadie quedaría satisfecho si el niño implantado reconoce ruidos del ambiente, incluyendo las voces de los padres, pero no entiende lo que se le dice ni logra decir lo que piensa. Entonces, el tema se plantea fundamentalmente en torno a los sonidos del habla y no de otros ruidos que pudiera percibir.

El círculo virtuoso del lenguaje

Esos sonidos del habla son los que procesa todo niño oyente para poner en marcha el mecanismo del lenguaje (Chomsky). Pero para eso, es imprescindible que esos sonidos lleguen a las regiones cerebrales del lenguaje no como sonidos aislados, sino formando parte de una lengua natural, y que como tales sean procesados. Vale decir, son los sonidos de una lengua los que activan el mecanismo del lenguaje en todo pichón de humano. De ninguna manera cualquier sonido, y ni siquiera esos mismos sonidos si le llegan en forma aislada o arbitrariamente secuenciados.

Una vez puesto en marcha el mecanismo del lenguaje, el niño está en capacidad de adquirir una lengua natural. Se instala un círculo virtuoso en el que la lengua natural (vehiculizada por el habla espontánea y significativa de adultos del entorno) estimula el desarrollo de ese “instrumento mental” que es el lenguaje, imprescindible impulsar el desarrollo intelectual, para enriquecer la comprensión de las ideas y la expresión del pensamiento.

Este círculo virtuoso funciona de manera óptima en todos los seres humanos que pueden procesar una lengua natural en su cerebro, y a ningún niño le cuesta ningún esfuerzo llevar a cabo la enorme tarea de dominar una lengua y acceder a niveles complejos del pensamiento antes de los 6 o 7 años, por decir una edad aproximada. Ya a esas edades un niño normalmente oyente conoce perfectamente (aunque de manera inconsciente) las reglas gramaticales de su lengua. Recuerda sin ningún esfuerzo varios millares de palabras de toda clase (sustantivos, verbos, adjetivos, adverbios, pronombres, preposiciones, conjunciones, etc.) y las utiliza correctamente sin que nadie se lo haya enseñado formalmente. Pero además, comprende el lenguaje figurado y le interesan las formas en que la gente habla. Por eso le gustan los cuentos, las fábulas, las adivinanzas, los trabalenguas, los refranes, las leyendas, las parábolas y todas las formas de la lengua que satisfagan su curiosidad y sus necesidades afectivas e intelectuales.

Pero ese mecanismo virtuoso al parecer se va enmoheciendo, se va frenando a partir de cierta edad, de modo que ya a partir de la segunda infancia su funcionamiento está lejos de ser óptimo. No podemos afirmar con precisión cuándo y cuánto se traba ese mecanismo porque tendríamos que volver a hacer las experiencias – en todo caso no concluyentes – que llevó a cabo Psamético en la Antigüedad o intentar analizar retrospectivamente casos como el de Víctor, “el salvaje de Aveyron” u otros similares, que tampoco permiten extraer conclusiones firmes. Sin embargo, los casos de niños abandonados en asilos u hospitales, así como los niños carentes de un entorno apropiado de lenguaje, abonan en favor de la hipótesis del “período sensible” o “período crítico” (Lenneberg). Es exclusivamente en este período de la vida que el cerebro se encuentra dotado de una sorprendente capacidad para incorporar y procesar toda información lingüística.

Entonces, para poder decir que el implante funciona, es imprescindible comprobar que el niño implantado procese los sonidos del habla, no como sonidos aislados, sino como sonidos de una lengua natural. Y para comprobar eso sólo hay una forma: evaluar en qué medida el niño adquiere esa lengua natural. No hay otra forma. Pero esa evaluación debe ser realizada teniendo en cuenta si el niño implantado adquiere esa lengua del mismo modo en que la adquiere un niño normalmente oyente. Es decir, sin esfuerzo alguno y de manera espontánea y significativa, apropiándose de esa lengua y haciendo uso de la misma tanto para la comunicación como para el enriquecimiento del pensamiento. Si lo hace así, tomando como criterio el niño oyente y no la media de los niños sordos, pues sólo cabría reconocer que ese niño ha dejado de ser sordo, que su lengua primera es la lengua oral, y que podría ser bilingüe, tanto si maneja otra lengua oral como si maneja la lengua de señas.

¡Caveat! Estas cosas que digo sólo tienen el valor de ser conjeturas, porque en estos momentos no se sabe, y al parecer no se puede saber, cómo es el desarrollo del lenguaje en los niños sordos implantados. Hasta donde yo sé, no contamos con seguimientos que arrojen una luz diáfana sobre los hechos (Szagun, Virole). Y esto es algo que los sordos deberían estar reclamando con firmeza: el derecho a conocer qué es lo que pasa con los niños implantados, no con base en relatos anecdóticos más o menos fidedignos, sino con base en estudios longitudinales serios. Por lo tanto, no podemos pronunciarnos en estas condiciones acerca de las bondades o deficiencias de los implantes. Sin embargo, la tecnología avanza en forma acelerada y no podemos predecir hasta dónde llegará el perfeccionamiento de las prótesis. Mientras tanto, el tema debería ser encarado con sentido común, que como todo el mundo sabe, es el menos común de los sentidos.

Los sonidos del habla y el lenguaje

La decisión de implantar o no a un niño sordo recae exclusivamente en los padres. No puede ser de otra manera. Y ante la posibilidad de que su hijo hable, sólo se puede esperar que casi todos los padres decidan implantar a su hijo, aun sabiendo que no siempre los resultados serán los deseados. Pero aquí debemos dar respuesta a una primera interrogante: ¿qué es lo que se puede esperar del implante?

Con la prótesis coclear, es de esperar que un niño que no oía, a partir del implante empiece a oír. El asunto está en saber qué puede hacer un niño, o mejor dicho qué puede hacer el cerebro de un niño, con esos estímulos sonoros que hasta ese momento no le habían llegado. La verdad es que, según el caso, el cerebro puede hacer mucho, poco, o nada. La pregunta que se impone de inmediato es: ¿de qué depende que el cerebro haga mucho, poco o nada, con los sonidos que le llegan por primera vez y que le seguirán llegando en el futuro? Caben todas las posibilidades entre uno y otro extremo:

+ Lo más que se puede esperar del implante es que, al oír, el niño desarrolle al máximo el lenguaje y la inteligencia, llegue a ser un usuario competente del español en sus registros oral y escrito, de modo de poder incorporarse plenamente a la sociedad oyente.

+ ¿Y lo menos? Lo menos que se puede esperar de un implante coclear es que el niño oiga los sonidos del ambiente, incluyendo los sonidos del habla, discrimine esos sonidos de modo de poder atribuirles un origen y una correspondencia con un emisor determinado, pero que no acceda al dominio de la lengua oral.

Con el screening neonatal (emisiones otoacústicas) es posible diagnosticar tempranamente la sordera y en consecuencia implantar oportunamente al niño. Oportunamente quiere decir lo antes posible, porque el cerebro empieza a procesar el habla humana como tal desde el nacimiento. (Lo ideal – ¿por qué no? – sería que al saberlo sordo, el niño pudiera ser implantado cuando todavía se encuentra en el útero materno). Todo niño viene al mundo genéticamente preparado para procesar el habla humana. En efecto, los recién nacidos no reaccionan ante cualquier estímulo sonoro como lo hacen al oír la voz de la madre. Al igual que un recién nacido cuando se le toca una zona cercana a los labios responde buscando la fuente de ese estímulo (que normalmente es el pezón de la madre), del mismo modo un recién nacido al que su madre le habla como toda madre le habla a su hijo, suspende momentáneamente todo movimiento y voltea la cabeza orientando su mirada hacia la fuente de sonido.

Un niño que en los primeros años de su vida está “aprendiendo a hablar” jamás repite los sonidos del ambiente, sino sólo los sonidos que le llegan en la voz de un hablante competente de una lengua. Son los sonidos que le llegan al niño como parte de una lengua natural, y son esos sonidos los que repite para el contento de sus progenitores. Un niño jamás tratará de reproducir los ruidos que preceden a la toma del biberón (los pasos de la madres en el piso, la puerta que se abre y se cierra, el ruido de la cuna cuando la madre la mece, el ruido del líquido en el recipiente que se agita para que alcance la temperatura adecuada), ni mucho menos ruidos ambientales como el de un ventilador o un aire acondicionado, ni las cornetas de los autos que puede oír a través de la ventana de su habitación. Nada de eso, sólo intentará reproducir el nombre que la madre le asigna al biberón: “mema” (mamadera) en el Río de la Plata o “tete” (tetero) en Venezuela o Colombia.

Finalmente, si los niños repitieran todo lo que oyen, las onomatopeyas serían las mismas en todo el mundo, y es divertido comprobar que no es así. Por ejemplo, en los países de habla hispana los perros hacen “guau, guau” cuando ladran. Sin embargo, los perros hacen “arf, arf”, “jau, jau” o “worf, worf” según el país en que se escuchen sus ladridos. Esto quiere decir que el niño no repite los ruidos que hacen los animales, sino la expresión de la lengua que le transmite su entorno, significativa de tal o cual animal.

En el caso de los niños sordos, el proceso es en un todo similar. La única – abismal – diferencia, es que sólo la lengua de señas puede ser procesada como lengua natural, sencillamente porque los niños sordos no oyen, cosa que a menudo se quiere hacer olvidar. Entonces, la configuración de la mano, el movimiento y la ubicación en el espacio, actúan como los sonidos de la lengua en el caso de los niños oyentes. Esas señas sirven para poner en marcha el mecanismo del lenguaje y mantener el círculo virtuoso que llevará al desarrollo pleno de la comunicación y de la inteligencia. Peso eso ocurrirá sólo si esas señas forman parte de una lengua natural, y son emitidas por un usuario plenamente competente en un entorno espontáneo y significativo.

Si a un niño oyente lo priváramos de todo contacto con gente que hable español (o cualquier otra lengua oral) y se nos ocurriera enseñarle, uno por uno, los sonidos del habla o palabras aisladas, una tras otra para que las memorizase, el resultado sería desastroso. Ese niño se volvería loco en muy poco tiempo, y buscaría desesperadamente alguien que hablase una lengua natural. Esto, que parece una barbaridad, es sin embargo a lo que están sometidos los niños sordos prelocutivos hijos de padres oyentes. Estos niños, que perdieron la audición antes de poder procesar la lengua de sus padres, la lengua oral, no tienen acceso a ninguna lengua natural hasta los 6, 7 o más años, hasta que puedan interactuar con adultos o niños sordos que manejen la lengua de señas. Han perdido un tiempo precioso, y en todo caso irrecuperable. Pero a nadie parece importarle.

Los posibles resultados de un implante

Volvamos al implante. ¿Qué es lo que pueden esperar los padres como resultado del implante?

Podemos ubicar los posibles resultados de un implante coclear en una escala como la siguiente, siempre partiendo de la base de que la prótesis le permite al niño implantado percibir sonidos.

1/ Resultado ideal. El niño oye los sonidos del habla, los procesa como lengua natural, y como todo niño normalmente oyente, pone en marcha el círculo virtuoso que lo llevará a manejar plenamente, sin limitación alguna, el lenguaje y la lengua. Comunicación infinita y creativa, acceso a los niveles superiores del pensamiento.

2/Resultado “casi” ideal. El niño oye los sonidos y el lenguaje funciona de modo tal que en apariencia no tiene ninguna dificultad para comunicarse con su entorno y para comprender las expresiones en lengua oral. El problema que se nos presenta es el siguiente: ¿qué es “casi” normal? Es difícil ponerse de acuerdo en lo que puede significar “casi”. Podemos aceptar que un implantado con un desarrollo del lenguaje “casi normal” pasa desapercibido entre los oyentes, conversa, entiende “casi” todo lo que dice el docente en el aula, aunque en reuniones familiares confronta obstáculos en la comunicación. A veces le cuesta entender los chistes, no comprende el significado de algunas fábulas, tiene dificultades para dar su opinión con respecto a hechos e ideas, no siempre argumenta con coherencia. Interactúa con sus pares, asiste a actividades de diversión, pero en ciertos momentos no logra integrarse plenamente, sobre todo en situaciones de gran dinamismo interpersonal. Estos niños con seguridad pueden cursar exitosamente la escolaridad hasta ciertos niveles, pero van a vivenciar dificultades cuando se trata de relaciones interpersonales.

3/Resultado no tan bueno. Aquí la situación es clara. Desde el punto de vista del lenguaje y cognitivo, hay que reconocer que es mucho menos que más… El niño responde a órdenes sencillas, expresa deseos concretos y puede participar aceptablemente en la vida familiar. Las limitaciones se apreciarán sin duda en la escolaridad, donde necesitará ayuda permanente y sostenida de sus padres o de otros adultos significativos, y no podrá avanzar más que hacer cierto punto en la actividad académica. En cuanto al desarrollo cognitivo, no accederá a los niveles superiores del pensamiento.

4/ Resultado insatisfactorio. El niño implantado no incorpora los sonidos que oye como partes de una lengua, por lo que no puede poner en marcha el mecanismo del lenguaje. No arranca el círculo virtuoso, y simplemente percibe y procesa los sonidos como ruidos y no como lengua, pudiendo responder a numerosos estímulos pero no estructurar la comunicación y el pensamiento en torno a una lengua natural. Puede repetir y vocalizar palabra y hasta frases enteras, pero no tiene competencia efectiva en lengua oral.

5/ Sin resultado. El niño implantado sigue sin oír, es como si nada hubiese ocurrido. En tal caso, no cabe sino una explicación: la prótesis no cumplió con su cometido, ya sea que no funcionó por defectos técnicos (prótesis dañada o error quirúrgico), ya porque el diagnóstico fue equivocado y el problema no estaba en la cóclea.

Y ahora sí, intentemos discernir de qué depende que se obtenga uno u otro resultado.

Los resultados dependen exclusivamente de la capacidad del cerebro para incorporar los sonidos que oye en la matriz innata del lenguaje, para que puedan ser reconocidos como parte de una lengua y a partir de ahí poner en marcha el círculo virtuoso, adquirir la lengua oral y desarrollar la inteligencia. Pero al responder de esta manera no hacemos otra cosa que“correr la arruga”, ya que de inmediato se plantea:¿de qué depende que el cerebro sea más o menos capaz de impulsar de manera eficaz y sostenida el mecanismo del lenguaje?

Demás está decirlo, partimos del supuesto de la buena calidad de la prótesis y de su buen funcionamiento y de la experticia del cirujano que procede a implantar. No podemos hacer otra cosa, porque ni los profesionales, ni los padres, ni los sordos, tienen ninguna incidencia en lo que concierne a estos factores.

A/De la edad a la que se realiza el implante.

Decíamos más arriba que desde los primeros meses de vida el niño oyente empieza a procesar los sonidos del habla no como estímulos aislados sino como parte de una lengua natural. Un estudio reciente demuestra claramente que entre los 6 y los 8 meses de edad los niños hacen una selección estadística de los sonidos de la lengua que van a aprender espontáneamente. Esto quiere decir que su cerebro incorpora los sonidos propios de la que será su lengua primera y que rechaza los sonidos que no pertenecen a esa lengua. Algo muy importante: el cerebro sólo hace este trabajo si tiene a disposición personas que hablan espontáneamente la lengua natural en cuestión, y no puede hacerlo si los estímulos que le llegan provienen de un radio o un televisor, o si se pretende enseñarlos en forma aislada. No hay una didáctica del lenguaje. Es imprescindible la presencia, y más que eso, la interacción de personas, de seres humanos, para que el cerebro pueda realizar sin dificultades su función.

Entonces, si un niño sordo es implantado antes de cumplir el primer año de vida, los sonidos que lleguen a su cerebro vehiculizados por el español que la gente habla normalmente en su entorno, podrán ser incorporados como sonidos de la que será su lengua primera. Y es de esperar que en estas condiciones, el niño pueda desarrollar a plenitud su lenguaje y su inteligencia. Es de suponer – en términos especulativos, pero con una firme base empírica – que esta capacidad del cerebro no se pierde de un día para el otro, y que existe la probabilidad de que se mantenga más allá del primer año de vida, aunque también es lícito suponer que se vaya perdiendo paulatinamente.

Pero el proceso no se detiene a este nivel, sino que recién empieza. Una vez que el niño oyente ha seleccionado los sonidos que conforman la lengua de su entorno, empezará a darle significado al habla de la gente que lo rodea. No como sonidos aislados que puede reconocer, sino como frases y palabras cargadas de significado. Y así es como irá descubriendo las reglas que son propias de esa lengua, y que le permiten comprender y expresar sus ideas. De tal modo que antes de los 7 años de edad, todo niño normalmente oyente llega convertirse en un usuario plenamente competente de su lengua primera.

En conclusión, el éxito del implante dependerá de que los sonidos lleguen a los centros del lenguaje – ¡que deben encontrarse indudablemente indemnes! – del niño implantado, para que el cerebro empiece a hacer la selección de los componentes de la lengua de su entorno. Y para eso, uno de los factores determinantes es la edad en que se realiza el implante. Esto ya les puede dar a los padres una idea de lo que pueden o no esperar, dependiendo de la edad en que el niño haya sido implantado. Los padres deberían conocer esto a la hora de tomar una decisión. Aunque no podemos hablar en términos absolutos, es obvio que de un implante realizado después de los 10 o 12 años no se puede esperar que logre un desarrollo óptimo del lenguaje. Pero tampoco es posible afirmar sin lugar a dudas que el proceso va a ocurrir normalmente y que a antes de los 7 años de edad el niño implantado habrá pasado a ser oyente, porque pueden incidir otros factores en la evolución en cada caso.

B/De la estimulación que recibe el niño luego del implante

Hemos visto que el mecanismo del lenguaje se pone en marcha y mantiene el círculo virtuoso con la adquisición de la lengua y el enriquecimiento del pensamiento, sólo si puede incorporar los sonidos del habla organizados como una lengua natural, que se expresa de manera espontánea y significativa. También hemos visto que la “enseñanza” de los sonidos (¡y mucho menos de las letras!), de la pronunciación de fonemas o palabras aisladas, de las categorías y reglas del español, no son los estímulos que requiere el cerebro para cumplir su función. Por lo que nada de eso hace que el niño “aprenda a hablar”, que es lo que desean sus padres.

Se dice que el éxito del implante depende en buena medida de la “calidad” de los estímulos que reciba el niño implantado. Y esto, definitivamente, no tiene sentido. ¿Cómo se podría medir la calidad de la “lengua natural” que recibe un niño para impulsar su mecanismo de lenguaje? Una lengua natural es “todo o nada”. Si el niño implantado participa en intercambios lingüísticos en español (o en la lengua que se hable normalmente en su entorno), no puede haber estímulo de mejor calidad. Obviamente, tendríamos que rechazar toda situación en la que al niño implantado se le hable “medio bien” en español, o se le hable mitad en español y mitad en otro idioma, mezclando las reglas gramaticales y distorsionando los fonemas y la sintaxis que son propios del español.

En cuanto a la “cantidad” del estímulo, no es posible determinar con precisión el número mínimo de horas diarias que un niño debe estar escuchando o hablando en un entorno normal de lenguaje, para alcanzar un adecuado desarrollo cognitivo y del lenguaje. Pero lo que sí se puede afirmar es que a todo niño que oye, le bastan unas pocas horas de interacción natural con adultos significativos de su entorno, para que ese desarrollo se cumpla satisfactoriamente.

Se sabe que los niños, en materia de lenguaje, son verdaderas “esponjas” que absorben todos los elementos que puedan enriquecer su conocimiento. Los niños oyentes están ávidos por “escuchar” lo que hablan los mayores; el habla de las personas de su entorno concita su atención desde los primeros momentos de su vida, y este comportamiento es instintivo. ¿Por qué lo que se habla en el entorno atrapa su atención en momentos en que por su edad es lógico suponer que no comprenden el contenido de la conversación? La respuesta es una y única: porque algo están aprendiendo. No hace falta exigirles que presten atención cuando algo les interesa; pero es inútil exigirles que presten atención cuando algo no les interesa.Los niños no prestan atención cuando lo que están oyendo no les aporta nada nuevo o cuando lo que oyen no les es inteligible.

Es indudable que cuando una conversación les interesa es porque están “aprendiendo” algo, aunque no podamos saber qué es lo que están aprendiendo. Por ejemplo, en un momento dado, el niño “aprende” que en español el orden más frecuente de las palabras es: S (sujeto) – V (verbo) – O (objeto). En otras lenguas este orden puede ser diferente, y de hecho lo es en las lenguas de señas. En otro momento, o podría ser simultáneamente, puede estar aprendiendo cómo se forman los diminutivos, los aumentativos o ciertas formas de conjugación.El hecho de que “aprendan” sin ningún esfuerzo aparente y sin que nadie se dé cuenta de que están aprendiendo y menos aún de qué es lo que aprenden, hace que sólo podamos apreciar lo aprendido por la aplicación, el uso de esos aprendizajes. Así, cuando un niño dice que algo está “rompido”, lo que muestra es que él ha internalizado la regla general de formación de los participios, aunque por supuesto, no ha podido tomar en cuenta las excepciones. Cuando pregunta: “¿por qué?” incontables veces en el día, cuando se emociona con una fábula o un cuento, cuando entiende órdenes complejas o cuando nos sorprende utilizando en forma más o menos correcta expresiones metafóricas, entonces podemos estar seguros de que está en capacidad de apropiarse de su lengua primera.

Esto es lo que debería esperarse del cerebro de un niño implantado, que al oír los sonidos del habla, procesa los datos que recibe de la lengua, y pone en marcha el mecanismo virtuoso que habrá de culminar con un desarrollo óptimo del lenguaje y cognitivo. Esto es lo que debería facilitar y evaluar cualquier “rehabilitación” o “terapia”. Pero la “rehabilitación” consistente en la repetición mecánica de fonemas, la articulación de sonidos, palabras o pseudopalabrasen nada se parece a la estimulación natural que es la que el cerebro necesita para procesar los elementos de la lengua. Entonces, este tipo de terapia aparecea todas luces como inconducente, cuando no contraproducente o nociva.

SI después del implante el niño oye los sonidos del habla, no sólo el mejor, sino el único “estímulo” apropiado es el que resulta de la incorporación de ese niño a un entorno que utilice normalmente el español, siendoespecialmente adecuado para ello el entorno familiar con padres, hermanos y demás familiares oyentes, hablantes competentes de la lengua oral.

C/De lapreparación del niño previa al implante

Desde el punto de vista del lenguaje, la preparación previa no parece tener algún sentido, y menos si se considera que ésta se lleva a cabo utilizandobásicamente las técnicas más tradicionales de la “rehabilitación” oralista.

D/Del apoyo de los padres

Los especialistas en la “rehabilitación” del habla con demasiada frecuencia han hecho recaer sobre los padres la responsabilidad del éxito o del fracaso de la misma. De hecho, la “rehabilitación” posterior al implante no se concibe sin el compromiso explícito de los padres, que deben superponer a su rol de tales, el intento de cumplir la misión imposible de enseñar a hablar a sus hijos. Así, los padres – y sobre todo las madres – se ven obligadas a convertirse en terapeutas a tiempo completo. En estas condiciones, la relación de los padres con sus hijos sufre graves distorsiones, sin beneficio para ninguno de los participantes. Cada mañana, ¡cuántos padres no amanecen pensando en qué fonema será capaz de articular su hijo, qué palabra podrá entender y pronunciar ese nuevo día!Y cada día los padres seguirán tratando de encontrar razones para seguir luchando, procurando en vano encontrar resultados positivos a lo que llega a constituir un ejercicio obsesivo.

Detrás de esto, vendrá lo inevitable, la conclusión indeseada, postergada mientras sea posible, cuando a pesar de todos los esfuerzos realizados por logopedas y padres no se obtienen los resultados previstos. La conclusión es que el problema está en el niño sordo. Se dirá que no es un sordo “puro”, sino que tiene “problemas agregados”. Así, la cuerda se romperá por el punto más débil. El culpable es el niño. Queda en el aire la pregunta: ¿Por qué otros sí pudieron?¿Por qué este niño no pudo ser como esos otros que son exhibidos como prueba de que sí se puede…

Sobre esto hay que descorrer el velo de engaños. Los niños que lograron los mejores resultados tras el implante son aquellos cuyo cerebro pudo procesar los sonidos que oyen como parte de una lengua natural, y así pudieron desarrollar el lenguaje y la inteligencia. De todos los factores que entran en juego, podemos concluir que el que más incide en el logro de buenos resultados es la edad en que se realiza el implante. Pero no es posible garantizar que los resultados serán satisfactorios por el sólo hecho de que el implante se haya realizado en edades tempranas, porque son varios los factores que pueden intervenir obstaculizando el proceso. Entre ellos cabe señalar, sin pretender ser categóricos, desde un error diagnóstico hasta fallas en el mantenimiento de la prótesis para asegurar su buen funcionamiento.

E/ Del contacto con la lengua de señas

Un niño que no oye, al igual que un niño oyente, necesita apropiarse de una lengua natural para poner en marcha el mecanismo del lenguaje y mantener el círculo virtuoso de lenguaje, lengua y pensamiento. Y esto, en cualquier caso, desde los primeros momentos de su vida. Es una cuestión de vida o muerte, porque sin una lengua natural, en mayor o menor medida, el desarrollo del lenguaje se trunca sin remedio.

Por consiguiente, independientemente de que vaya a ser implantado o no, es un mandato imperativo, éticamente inexcusable, reconocer el derecho inalienable que tiene un niño sordo de acceder a una lengua natural tal como lo hacen todos los niños oyentes. Supongamos entonces que muy tempranamente – y antes de oír, por supuesto – al recibir el “estímulo” de una lengua natural (de señas en este caso), el cerebro de un niño sordo procesalos elementos de esa lengua y pone en marcha el mecanismo del lenguaje. ¡Esto es muy bueno, sin lugar a dudas!

E1/ La lengua de señas cuando el implante funciona bien

Supongamos ahora que el niño empieza a oír desde el momento en que es implantado. Es una ventaja que su mecanismo del lenguaje esté en marcha, alimentado naturalmente durante los primeros meses o años de vida. A partir del momento en que oye, no existe ningún impedimento para que el cerebro pueda incorporar los elementos de esa nueva lengua (oral) a los centros del lenguaje, y que como todo niño bilingüe, se apropie naturalmente de ambas lenguas. Pero para eso es preciso que el “estímulo” de la lengua oral funcione adecuadamente, vale decir, que el cerebro reconozca los sonidos del habla como partes de una lengua natural. Por consiguiente, si el niño sigue estando en contacto significativo con ambas lenguas, no habrá interferencias de ningún tipo, y el niño usará una u otra lengua, con perfecta competencia, para satisfacer sus necesidades comunicacionales, afectivas e intelectuales.

Es lícito suponer que – de una manera absolutamente inconsciente, pero siguiendo inexorablemente su intuición lingüística – el niño implantado habrá de escoger entre una y otra lengua la que abrazará como lengua primera. Con toda seguridad habrá de elegir la que mejor satisfaga sus necesidades comunicacionales,afectivas e intelectuales. Si no tiene dificultades para acceder a ninguna de las dos lenguas, la escogencia se inclinará hacia la lengua que le ofrezca más información, la lengua con la que pueda comunicarse con mayor amplitud. Y no puede extrañar a nadie que escoja la lengua oral si vive en un hogar donde sus padres y la casi totalidad de sus familiares son oyentes, y le hablan en español. Así como tampoco debiera extrañar a nadie que optase por la lengua de señas, si su entorno fuese tanto o más rico en información que el entorno oral, y que en esta modalidad fuese capaz de satisfacer mejor sus necesidades comunicacionales, afectivas e intelectuales, aunque sabemos que esta última situación es excepcional. En estos casos no cabe plantearse ningún tipo de problema. Es una situación ideal. Ojalá los resultados de todos los implantes fuesen éstos…

E2/ La lengua de señas cuando el implante no funciona del todo bien

Decir que no funciona del todo remite a una gama sumamente compleja de situaciones comunicacionales. En un extremo, se puede decir que no funciona del todo bien porque el ruido ambiental interfiere la inteligibilidad de las expresiones orales, o cuando se pierde o se dificulta la comprensión cuando dos o más personas mantienen una conversación animada, o cuando el oyente habla de espaldas o en un tono que se torna inaudible; pero sí el niño puede seguir la clase en la escuela regular y se alfabetiza a la misma edad con que lo hace un niño oyente. O en el otro extremo, se comprueba que no funciona bien porque el niño, a pesar de tener una buena articulación y entender y cumplir órdenes simples, no comprende las expresiones de sentido figurado, no se alfabetiza durante los primeros años de su escolaridad y se le dificulta entender los contenidos programáticos.

Va de suyo que en cada caso, tanto los padres como los profesionales, así como los propios niños implantados, harán todo lo posible por remediar la situación, aunque lamentablemente todos los esfuerzos pueden resultar infructuosos. En ese caso, es imprescindible formular la siguiente precisión. En estos casos, si un niño implantado, junto con el acceso a la lengua natural oral (que está resultando limitado) hubiese tenido acceso a otra lengua natural (donde no encontrase limitación alguna), sencillamente hubiese podido contar al menos con una lengua plena, una lengua que pudiese manejar a su antojo, como hacemos todos los oyentes con nuestra lengua natural oral. ¿Por qué prohibir entonces la lengua de señas al mismo tiempo que accede a la lengua oral luego del implante? Sólo por viejos prejuicios que sostienen que la lengua de señas entorpecería la adquisición de la lengua oral. Es hora de deslastrarse de esos prejuicios, echar por la borda ese peso muerto que puede hacer naufragar todo el proceso. Parece mentira que ya bien adentrados en el siglo XXI tengamos que rebatir supercherías que fueron creídas como ciencia durante buena parte del siglo pasado.

Así, tenemos conocimiento de muchos casos en los que los niños implantados han podido mantener, con mayores o menores dificultades, su prosecución escolar, como usuarios de la lengua oral. Pero que al llegar a la adolescencia, época de turbulencia afectiva e intelectual, época de búsqueda de compartir y cotejar ideas y sentimientos, estos jóvenes implantados “descubren” la lengua de señas y se muestran muy cómodos vinculándose con sordos señantes. En particular no son pocos los casos en que jóvenes implantad@s anudan relaciones afectivas con jóvenes sord@s señantes.

E3/La lengua de señas cuando el implante funciona mal

En estos casos los niños implantados pueden oír y reconocer sonidos del ambiente, incluyendo las voces de sus progenitores y de otros adultos significativos, pero no logran incorporar esos sonidos del habla como lengua natural a los centros cerebrales del lenguaje. No nos corresponde enumerar las causas que pueden traer aparejado este resultado. Ellas deberían ser pesquisadas por los especialistas que actuaron en el procedimiento. Sin embargo, nos resulta verdaderamente reprobable la frecuente excusa que hace recaer en los niños sordos el fracaso del implante. Igual cosa sucedía cuando en las escuelas oralistas la prometida “oralización” fracasaba (¡y eso ocurría en la enorme mayoría de los casos!). Se les dice a los padres que sus hijos no son sordos “puros” sino que tienen “patologías agregadas”.

¿Quién se atrevería a negar esta afirmación hecha por sedicentes “especialistas” en la materia”? No seré yo quien lo intente. Pero sí puede hacerlo la lengua de señas. Y por esta razón es más que necesario, es imprescindible, es una cuestión de ética, de valores morales, el mantener abierto sin restricciones el acceso del niño implantado a la lengua de señas natural. Porque si un niño implantado no logra apropiarse de la lengua oral, antes de decir que tiene “problemas agregados” será preciso demostrar que tampoco pudo desarrollar el lenguaje en un entorno apropiado de señas, interactuando con usuarios plenamente competentes de esa lengua. Si un niño sordo desarrolla normalmente el lenguaje usando la lengua de señas, entonces podemos decir que ese niño no tiene problemas agregados que afecten el lenguaje. Y si los tiene, no tienen que ser citados como causa del fracaso del implante. Pero para eso, es imprescindible que a todos los niños implantados se les permita acceder a la lengua de señas natural.

Esto no se hace por razones difíciles de explicar. Pero la óptima adquisición del lenguaje y el normal desarrollo intelectual mediante la lengua de señas, nos estaría mostrando que el problema no está en ninguna “discapacidad”. Porque nos está mostrando que su capacidad potencial desde el punto de vista del lenguaje, está indemne. Sólo que esa capacidad requiere una lengua distinta, la lengua de señas. Y sería una manera sumamente confiable de evaluar el mismo proceso que iría de la mano de la lengua oral.

Entonces, es imperativo que tanto los padres de los niños a ser implantados como los ya implantados exijan que no se les impida el acceso pleno, espontáneo y significativo a la lengua de señas natural (LSC o LSE, en el caso de España). Los resultados hablarán por sí solos.

El texto corresponde a una reciente conferencia  dictada en Barcelona, España en la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

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