La comunidad silente de México

Boris-FridmanPor Boris Fridman Mintz,

México,  2000.

Sección: Artículos, cultura sorda.

 

 

De lo patológico a lo diverso

Para el sentido común la sordera es una enfermedad. Es sorda toda aquella persona que carece del sentido del oído. Entre los médicos, aún los especialistas, priva el sentido común. Se asume que una persona normal tiene oído y que, por lo tanto, su ausencia es patológica.

Los enanos son tales debido a una mutación genética. Esta mutación afecta muchas funciones de su organismo, al punto de que nunca crecen como el resto de los seres humanos. Luego entonces, reza el sentido común, los enanos son enfermos y hay que tratarlos como tales. Y, sin embargo, los enanos pueden tener una vida plena, siempre y cuando el resto de la sociedad se los permita.

Al fin y al cabo, la definición de lo patológico depende de la sociedad, es en buena medida una categoría social. Existen personas más o menos sordas, más o menos albinas, más o menos cojas, más o menos tuertas. Podríamos hacer una larga lista de ‘desviaciones’ de la norma, la lista sería tan larga que probablemente todos los que lean este texto queden incluidos.

Por lo que se refiere a la naturaleza, el ser enano o de cualquier otra manera no es ni normal ni anormal, simplemente se trata de una variante de la especie, por accidente o mutación. Las ‘desviaciones’ forman una parte esencial de la naturaleza de los seres vivos. No puede haber selección natural si no hay biodiversidad. Todos somos y nos hacemos ontogenética y filogenéticamente diferentes. Algunas ‘desviaciones’ llevan a la muerte del individuo, otras no. Por lo que se refiere a la sordera, no amenaza la vida ni pone en riesgo la reproducción de la especie.

A un cojo le puede ser útil una silla de ruedas o una muleta para desplazarse, a un ciego le puede servir un perro guía. Un sordo no tiene problemas para desplazarse, tal vez no pueda oír a un camión que se aproxima, pero si puede mirar a su alrededor para percatarse de lo que acontece. Para algunos sordos los amplificadores resultan útiles para percibir ruidos ambientales, otros tantos pueden percibir un buen número de ruidos ambientales, aún sin amplificador. A diferencia de otras discapacidades, pues, la sordera no afecta la deambulación ni se percibe a primera vista.

Las personas que nacen o se hacen sordas son diferentes. Tal vez su sordera sea el resultado de una infección viral, del abuso de un antibiótico, de un gen recesivo. Pero al fin y al cabo tenemos que dar por sentado que carecen de oído, como una condición intrínseca de su ser. Y esta diferenciación no obliga a tratar a los sordos como enfermos. Lo que es más, la sordera en cuanto tal no siempre ha sido concebida y tratada como enfermedad:

Hasta el siglo XIX podemos inferir que la sordera fue considerada más que nada en términos sociales o pedagógicos; pero a partir de cierto momento lo sería en términos médicos. La medicalización de la sordera acarrea una serie de efectos. En lo inmediato, se justifica que el sordo sea sometido a un tratamiento…

El contrasentido de la cuestión es que la medicina pasó a hacerse cargo de la sordera cuando no tenía ningún medio efectivo para curarla… Y todavía no los tiene…[1]

Esto es lo que ha pasado en México, la práctica social de la medicina ha reforzado la percepción de la sordera como enfermedad y, sin embargo, no ha aportado ningún procedimiento efectivo para curarla. El oralismo, como ideología y práctica abanderada por algunos médicos, ha llevado a que incluso la política de educación de los sordos se elabore desde las clínicas y los consultorios, donde poco o nada se sabe de la sordera como identidad lingüística y cultural.

En México, como en otros países, el oralismo insiste en que los sordos requieren rehabilitación, terapia y solamente terapia. Desde esta perspectiva los educadores de los sordos no son mas que terapeutas.

El maestro especialista debe conocer los aspectos médicos que se relacionan con su campo de trabajo… el sustrato morfológico, anatómico y funcional de los órganos, aparatos o sistemas que permiten los mecanismos de comunicación verbal… las diferencias que existen entre las diversas enfermedades que impiden u obstaculizan la comunicación por medio del lenguaje… las posibilidades que existen, en la medicina o en la cirugía, para resolver problemas que quizás no ameriten trabajo rehabilitatorio…

En el área lingüística, el maestro especializado debe dominar las estructuras fonológica, fonética y lingüística del código comunicativo.

Finalmente, las bases de pedagogía general, didáctica moderna y metodología especial para el manejo de los problemas de audición, voz y lenguaje oral y escrito, son desde el punto de vista teórico la parte esencial de la formación del terapeuta o del maestro especialista.[2]

 Pasemos pues a preguntarnos qué es la sordera como condición cotidiana de la vida humana, qué es lo que tiene de positivo, cómo es que los sordos hacen su vida social partiendo de lo que son y no de los oyentes que otros quisieran que fueran, cómo hacen su vida fuera de las clínicas y los consultorios.

La condición que define la sordera es más que nada social y lingüística. Podemos cruzarnos con una sorda en la calle sin percatarnos de que lo es. Sin embargo, cuando tratamos de entablar una conversación con ella descubrimos la diferencia. Al no poder comunicarnos solemos reaccionar con desasosiego, tal vez pensemos que tiene algún problema mental, sin siquiera pensar que pudiera ser sorda. Si no es extranjera o habla alguna otra lengua, entonces algo en ella está mal.

El ser humano es en esencia un ser social y su identidad social no se puede separar de su lenguaje. La identidad de cada uno de nosotros se forja en el lenguaje. La mayoría de los mexicanos soñamos en español, cantamos en español, pensamos en voz alta o en voz baja, pero, al fin y al cabo, en voz. Por medio del lenguaje oral platicamos con quienes nos rodean, todos los días, a todas horas, durante toda nuestra vida.

Los sordos, en tanto que discapacitados, se caracterizan fundamentalmente por que no pueden comunicarse por medio del habla con quienes los rodean, no de modo fluido y natural. Esa capacidad de cotorreo que los oyentes ejercemos y asumimos como dada todos los días de nuestra vida, ésa es precisamente a la que los sordos no pueden acceder. Ahora bien, los sordos necesitan comunicarse con quienes los rodean, necesitan socializar tanto como cualquier ser humano. Una niña sorda necesita conformar su propia identidad social, tanto como lo necesita una niña oyente y no lo puede hacer si no tiene un lenguaje en común con quienes la rodean.

Las prótesis no han podido ni podrán resolver el meollo lingüístico y cultural de la sordera. Si una persona puede platicar hablando con la ayuda de un amplificador, si un bebé puede hacer suya una lengua oral con la ayuda de un aparato, entonces podemos tener la certeza de que oye bastante bien, no es sordo y, mientras tenga los restos auditivos necesarios para seguirse comunicando de manera natural, entonces seguirá siendo un hablante y un oyente más. Pero ¿Qué sucede con todos los demás sujetos? ¿Cuáles son las opciones de los que son lingüística y socialmente sordos? ¿Cuál es su historia? ¿Quién la ha escrito?

Para los sordos el dilema es satisfacer su íntima necesidad de vida social con un lenguaje que corresponda a su cuerpo. La solución no ha venido ni de los médicos ni de los terapeutas, sino de la historia de los propios sordos, como colectividad.

Son ellos quienes en gran medida han escrito su propia historia, pues han sabido comunicarse entre sí con el cuerpo que tienen, con los sentidos que sí poseen.

Es curioso que en México, a pesar de que no se han podido satisfacer las necesidades educativas de la población con impedimento auditivo, se omita el lenguaje manual de la educación de los niños con dicho impedimento. Sin embargo, a pesar de ello, existen familias enteras que usan la “mímica” como medio de comunicación. Ello indica que es un lenguaje que se transmite de familia a familia, de amigo a amigo, sin que nadie, hasta la fecha, haya modificado su estructura, ni haya enseñado el lenguaje de una manera formal.[3]

Las comunidades de sordos han existido siempre que los sordos se han reunido para coexistir, en ellas han heredado y desarrollado sus tradiciones, sus costumbres e incluso sus propios idiomas, lenguas de señas que se hablan con las manos y con el cuerpo, que se oyen con los ojos. Para un niño sordo de padres sordos la sordera no es un dilema, él siempre ha sido naturalmente Sordo, con “S” mayúscula, como sus padres, comparte con ellos una misma cultura. Al igual que el niño oyente ha tenido que aprender que otros niños no son como él, si bien a él nunca le han dicho que los otros están enfermos.

La Sordera es un universo de culturas que la naturaleza ha favorecido al hacer a los sordos fisiológicamente distintos. Y si bien la separación biológica de los sordos ha propiciado su diferenciación lingüística y cultural, esta última no deja de ser el fruto de su quehacer colectivo, de su propio devenir e interacción con el resto de la humanidad, al igual que el resto de las culturas de los oyentes mexicanos. Los Sordos nos vienen a recordar que existe una simbiosis entre naturaleza y sociedad: Lo social no puede existir fuera de nuestra corporeidad, y en cada uno de nuestros cuerpos se concreta la existencia de lo social.

 

La Lengua de Signos Mexicana es un lenguaje natural

Los primeros lingüistas que han estudiado con detenimiento las lenguas de señas se han tenido que preguntar si ellas constituyen o no lenguajes naturales.[4] La pregunta no es gratuita. Cuando los españoles colonizaron lo que para ellos era un nuevo mundo les fue necesario decidir si los indígenas eran o no seres humanos, si tenían alma, si sus lenguajes eran humanos. Fray Bartolomé de las Casas asumió la responsabilidad de defender ante la Santa Inquisición a los indígenas. Hoy en día los sordos de México están en el mismo predicamento. No falta quien los considere por naturaleza inferiores:
(…) el carácter distintivo humano por excelencia, el lenguaje, está profundamente limitado en el sordo, en sus formas oral y escrita, por lo que quien se encuentra en esta situación afronta una condición que será infrahumana en tanto no se supere.[5]

A principios del siglo XX, cuando los imperios parecían haber acabado de repartirse el mundo, entonces se enfrentaron a la administración cotidiana de sus colonias y de sus reservas, con todo y las lenguas y las culturas de quienes las habitaban. La lingüística pasó a jugar un papel relativamente positivo en la medida en que dio carta de naturalización ciudadana a todas las lenguas aborígenes del mundo, tuvieran o no escritura, estuvieran o no emparentadas con las lenguas imperiales.

El argumento esencial fue que el lenguaje oral es un lenguaje natural, mientras que el lenguaje escrito no. Desde entonces la argumentación ha variado de un lingüista a otro, pero generalmente ha tenido alguno de los siguientes ingredientes:

1 El lenguaje oral se reproduce sin necesidad de educación formal, todo sujeto adquiere su lengua materna sin que ésta le sea propiamente inculcada. En contraste, la escritura no es la lengua materna de nadie y siempre parece requerir de educación formal para reproducirse.

2 El lenguaje oral no está hecho a imagen y semejanza de ningún otro. Sin embargo todos los sistemas de escritura parecen ser sistemas de representación secundaria de alguna lengua oral.

3 Todas las lenguas conocidas son el patrimonio de una colectividad, sin que se pueda decir que ninguno de sus hablantes la inventó. Por el contrario, los sistemas de escritura han sido inventados durante períodos históricos bien definidos, de manera intencional, y generalmente solo una pequeña fracción de la sociedad los ha hecho suyos.

Hoy en día, cuando los lingüistas damos un dictamen sobre la naturaleza de las lenguas de señas volvemos a hacer uso de una posición de relativo poder y prestigio para defender a los sordos o, en su defecto, para a mantenerlos en las penumbras.

Para el grueso de los médicos los sordos son enfermos. Su enfermedad se divide en dos grandes clases: sordera pre-lingüística y sordera postlingüística, dependiendo de cuando el sujeto perdió el oído, antes o después de haber aprendido a hablar. Ambas requieren de enfoques distintos y sus prognosis son diferentes. Los terapeutas y los médicos saben que para un niño con sordera pre-lingüística las probabilidades de llegar a hablar español de manera fluida son nulas. También saben que, aún cuando un sujeto pierde el oído después de haber adquirido el español, requerirá de terapia para que su habla no se deteriore demasiado y, lo que es más importante, saben que su comunicación oral con quienes lo rodean nunca volverá a ser la misma, ni siquiera con la ayuda de sofisticados aparatos y terapias.

Ahora bien, los niños sordos de padres sordos existen en familias en donde la causa de la sordera es genética. Para los médicos y los terapeutas estos son niños con sordera prelingüística, en otras palabras son niños sin lenguaje.

La razón es aparentemente clara, estos niños no hablan, al menos no español ni ninguna otra lengua oral. Sin oído no se puede acceder ni al diálogo hablado ni al lenguaje natural.

La verdadera historia de la raza humana se inició con el hallazgo de los signos vocales. Cuando el hombre pudo balbucear obtuvo la posibilidad de alcanzar el pensamiento abstracto… El hombre destacó entre las especies por el uso inteligente de la mano, por la posición erecta y por la oposición del pulgar, pero sobre todo por la transformación de la comunicación primitiva en el medio sutil y refinado que es el lenguaje… Pero nada de esto habría sido posible sin la participación de las complejas funciones que realiza el aparato auditivo.[6]

Pero si nos atuviéramos a lo que a ciencia cierta se sabe del origen del lenguaje, reconoceríamos que no sabemos lo que “habría sido posible” con o sin el oído. Sin embargo, de manera autocomplaciente, nos imaginamos a Adán y Eva como normooyentes creados a nuestra imagen y semejanza.

La verdad es que los niños Sordos de padres Sordos tienen un lenguaje materno, las señas con que su familia los ha arrullado desde siempre. ¿Por qué entonces los médicos y los terapeutas insisten en concebirlos como a-lingües? Su discurso suele remitir al terreno de las obviedades.

(…) es un hecho perfectamente aceptado que la mejor posibilidad comunicativa de un individuo se logra por medio del lenguaje oral. El lenguaje manual limita al sujeto porque carece de la amplitud, la magnitud y la profundidad del lenguaje oral. Una persona que se expresa sólo con el lenguaje manual difícilmente puede expresar algo fuera de lo concreto, como sus sentimientos, su moral o sus conceptos

abstractos.[7]

Este texto de Flores y Berruecos constituye un ejemplo prototípico del oralismo y no deja lugar a dudas en su aseveración: el lenguaje manual es inferior y punto. Ni siquiera hace falta estudiarlo u observarlo con detenimiento.

Este razonamiento se sustenta en el siguiente silogismo:

1 El lenguaje natural humano es oral-auditivo.

2 El lenguaje corporal-visual de los Sordos no es oral-auditivo.

3 Luego entonces, el lenguaje corporal-visual de los Sordos no es un lenguaje natural humano.

Los lingüistas somos en parte responsables de la primera premisa. Al considerar la oralidad como una cualidad esencial de la naturaleza humana facilitamos el reconocimiento de muchas lenguas y cultura ágrafas. Sin embargo, sin darnos cuenta ayudamos a los oralistas a enterrar a las comunidades lingüísticas de Sordos en el inframundo, pues les proporcionamos un argumento aparentemente consistente para expulsar a las lenguas de señas del reino del lenguaje natural.

La esencia del lenguaje natural humano seguirá siendo discutida, no cabe duda. Pero la oralidad ha pasado a ser una cualidad accesoria del lenguaje natural. Prueba de ello son las lenguas de señas de las comunidades de Sordos, que existen alrededor de todo el mundo, cada una de ellas con una riqueza y complejidad intrínsecas tales que cada vez son menos los lingüistas que se atreven a considerarlas inferiores respecto del lenguaje oral.

Para la lingüística contemporánea son fundamentalmente dos las propiedades ineludibles de todo lenguaje natural:

1 Constituye el patrimonio histórico de determinada colectividad y

2 Se ha reproducido como la primera lengua de al menos una generación de individuos en dicha comunidad.

La Lengua de Signos Mexicana (LSM) ha sido transmitida de generación en generación al interior de la comunidad silente, no sabemos desde cuando. Y ella ha sido y será la primera lengua precisamente de aquellos Sordos que se suelen clasificar como pre-lingüísticos.

Corresponde a los lingüistas hacer del domino público la riqueza y la complejidad gramatical de estas lenguas de señas. Pero a la sociedad mexicana en su conjunto le corresponde darle su lugar a los Sordos como minoría lingüística. El Estado mexicano, las instituciones médicas y las instituciones educativas tienen una deuda que saldar. Ya es tiempo de que la asuman, al menos de que reconozcan que los Sordos tienen una identidad social propia digna de respeto, los Sordos tienen alma y lenguaje y más de una vez se los han recordado a señas, en su propia lengua.

Donde hay lengua hay cultura

 Cuando los antropólogos mexicanos discuten la definición de los grupos étnicos de México, la lengua suele ser un criterio que no se cuestiona. Si en determinada comunidad se habla cierta lengua indígena, entonces se concluye que su identidad étnica resulta incuestionable. Por ejemplo, si en un pueblo se habla zapoteco entonces se concluye que sus habitantes son zapotecos. Lo que es más, los zapotecos pueden haberse dispersado a diversas zonas del norte de América, pero mientras que sigan hablando zapoteco se les seguirá considerando como zapotecas.

Ha habido lingüistas y antropólogos que han llegado a pensar que la lengua de un pueblo determina su visión del mundo. Hay algo de verdad en ello, pues en la lengua se plasma la experiencia de los pueblos. ¿Qué debemos entonces pensar de los Sordos si ellos tienen su propia lengua? ¿También se distinguen culturalmente de los oyentes que los circundan? ¿Tienen una visión distinta del mundo que los rodea? ¿Constituyen otro género de minorías étnicas?

En el caso de la mayoría de comunidades de Sordos contemporáneas la respuesta es afirmativa. Los mayoría de los sordos de México conforman una más de las minorías étnicas de nuestro país, no sólo porque constituyen una comunidad lingüística, sino porque a lo largo de su existencia, como individuos y como grupo se relacionan con el mundo de una manera singular. Esto se refleja en práctica ente todas las esferas de su vida.

Para empezar, el contacto del sordo con el mundo circundante se centra en la vista. Esto sucede no sólo en el caso de la comunidad silente mexicana. Johnson y Erting (1989) son algunos de los investigadores que han tratado el tema en el caso del grupo étnico de sordos de los E.U.A.:

Definir la experiencia sorda como una experiencia primordialmente visual es la clave para comprender la constitución del grupo étnico Sordo (Erting, 1985; Sacks 1988). Según Horowitz (1985, p. 69) argumenta, las características particulares que más claramente definen una colectividad étnica serán todos aquellos rasgos que sus miembros tienen en común por comparación con los rasgos de otros grupos con los que están en contacto dentro de un mismo ambiente. La naturaleza visual de la experiencia vital de una persona sorda… también aparta a las personas Sordas de la mayoría oyente-hablante. Crea una “crisis de alienación compartida, a partir de la cual se construye la conciencia del grupo y cuya contraparte es la interacción a través de la frontera, con quienes no son miembros del grupo” (Patterson, 1983, p.25)[8]

La vista depende de la luz y por lo tanto:

1 A los oyentes les puede parecer muy romántico tener una conversación a oscuras con su pareja, para los Sordos la oscuridad equivale al silencio, no puede haber conversación sin luz y la penumbra la puede hacer insufrible.

2 Cuando los oyentes van a tener visitas puede parecer muy grato poner flores en el centro de la mesa, pero para los Sordos puede ser una grosería, una señal de que no se quiere hablar con ellos, de que se les quiere incomunicar de quienes están al otro lado de la mesa.

3 Si alguien toca el timbre de una casa donde vive una familia de Sordos, de poco o nada sirve una chicharra. Lo que se requiere son focos estratégicamente ubicados o un perro que reaccione visiblemente al ruido de la chicharra.

4 Cuando un Sordo desea atraer la atención de otro, lo más probable es que decir o gritar su nombre no sea el modo más eficaz de llamarlo. Hay que tocar, atraer la mirada, golpetear sobre la mesa que se comparte, incluso apagar la luz por un instante…

Algunas de estas cosillas de la vida diaria pueden parecer banales pero, después de todo, la vida toda es un entramado de trivialidades. La lista de detalles que hacen singular la cotidianidad del Sordo es larga, y no todos son triviales.[9]

1 El chisme es un ritual perseverante entre los Sordos, son muy comunicativos. Después de todo ellos no pueden escuchar los noticieros del radio o la televisión, ni leer los periódicos, pues son abrumadoramente monolingües. Todos esperan de quienes tienen algo de información que la compartan. Desde pequeños dependen de sus compañeros Sordos en la escuela, entre otras cosas, para tratar de descifrar las intenciones de un profesor que no habla su lengua.

2 Los Sordos adolescentes y adultos se agrupan en clubes o grupos sociales bien definidos. La mayor parte de su vida social inteligente se realiza en el seno de ellos. Sin embargo no todo es armonía. Estas agrupaciones son relativamente reducidas y la convivencia en su interior es muy intensa. Se dan malentendidos, surgen fricciones que, de no ser contenidas, llevarían a la disolución de los grupos. Tal vez por eso en todos ellos hay una persona que funge como árbitro. Su responsabilidad es mediar en los conflictos y se le corresponde con mucho respeto, goza de gran autoridad.

3 Como en otros grupos étnicos, los Sordos tienden a casarse con Sordos, las relaciones de parentesco por afinidad se establecen dentro del grupo. Después de todo es natural enamorarse con quien uno puede platicar, confesarse o discutir.

4 A diferencia de otros grupos étnicos, más del 95% de los hijos de Sordos serán oyentes y acabarán haciendo su vida social en el mundo de los oyentes. Las nuevas generaciones de Sordos de la comunidad serán en su mayoría sordos de padres oyentes, y estos últimos por lo general no se integran a la comunidad silente. Estas nuevas generaciones serán adoptadas por los clubes de los Sordos adultos, o por los demás niños Sordos en el contexto de la guardería o la escuela primaria de educación especial.

5 A diferencia de otros grupos étnicos, más del 95% de los Sordos son hijos de padres oyentes, lo que implica que la mayoría de las veces sus parientes por consanguinidad no son parte de la comunidad silente a la que ellos mismos pertenecen o habrán de pertenecer cuando crezcan. Esto lo saben muy bien los Sordos, es un tema frecuente de sus conversaciones, es un rasgo de su cultura.

6 Para los oyentes, es preferible que un niño tenga algo de oído, aunque sea poco. Pero para los Sordos tener un hermano hipoacúsico puede ser una verdadera maldición. Los oyentes siempre prefieren dirigirse a quien hable un poco, aunque no le entiendan gran cosa. Mientras tanto el resto de los Sordos, los que no hablan nada, quedan al margen, como el patito más feo de entre los feos. Algunos hipoacúsicos abusan de esta ventaja para asumir una posición de poder respecto de los demás Sordos, como intermediarios privilegiados entre la comunidad silente y los oyentes.

7 Los hipoacúsicos suelen ser vistos con desconfianza por el resto de los Sordos. Cuando los Sordos usan la seña que c o r r e s p o n d e a HIPOACUSICO pueden referirse incluso a un sordo profundo pues, para ellos, lo que caracteriza a un hipoacúsico no son sus restos auditivos sino su capacidad de hablar, de comportarse como un oyente, aunque no lo sea. Por ende, la seña HIPOACUSICO suele connotar que dicha persona reniega de su identidad como Sordo, no se asume como tal y pretende vivir como si fuera oyente, lo cual manifiesta visiblemente al vocalizar, aunque no se oiga.

El imperativo biológico de la etnicidad: la constitución social del ser humano

Las familias que han tenido en su seno varias generaciones de Sordos gozan de prestigio en la comunidad silente. En ellas se concentra y simboliza la continuidad de la cultura y la lengua de señas a través del tiempo. Parte de esta cultura esta dedicada a la comprensión del ciclo reproductivo de la comunidad, a la importancia que tiene el introducir a los sordos jóvenes y los niños de padres oyentes a la lengua y costumbres del grupo.

Todo grupo étnico estructura su reproducción en torno de algún tipo de relaciones de parentesco. Por lo que se refiere a las relaciones de afinidad, la comunidad silente es como cualquier otra etnia, más del 90% de los Sordos se casan con Sordos. Pero en lo que respecta a los lazos de consanguinidad hay diferencias que deben ser analizadas con mayor detenimiento. Aquí solamente se hará un esbozo de esta asignatura pendiente.

En lo general, los Sordos de padres Sordos encajan en el esquema clásico de las relaciones de parentesco de cualquier etnia. Cuando la sordera se debe a un gen dominante, en muy probable que en todos las generaciones del árbol genealógico haya varios Sordos, un verdadero linaje silente en el que reproducción cultural y biológica engarzan de manera natural. Y a pesar de ello no dejan de tener una característica peculiar: las hijas o hijos oyentes de padres sordos frecuentemente se casarán con oyentes, estableciendo lazos de afinidad por fuera del grupo.

Lo que distingue aún más a la comunidad silente de otras etnias mexicanas es que más del 95% de sus miembros no son hijos de Sordos, esto es, no nacen en la etnia pues sus progenitores son oyentes. De entrada, estos padres saben poco o nada de lo que significa ser sordo cuando sus hijos nacen. Probablemente ignoran del todo la existencia de la comunidad silente mexicana, pues, aún hoy día, dicha comunidad cultural carece del más elemental reconocimiento público.

Lo que esto implica es que, desde la perspectiva de las relaciones de parentesco, los lazos de consanguinidad juegan un papel relativamente reducido en la reproducción de la etnia silente. El 95% de los Sordos se incorporan a la comunidad por medio de lazos de afinidad o consanguinidad ficticia, esto es, por medio de apadrinamientos que equivalen a una adopción. Y es precisamente a través de estos apadrinamientos que un sordo adquiere la LSM y desarrolla su identidad cultural.

Si se define etnia como una comunidad lingüística y cultural cuya reproducción interna se estructura en última instancia alrededor de relaciones de consanguinidad, entonces, en tanto que etnia, la Comunidad Silente se reduce únicamente a las familias de ascendencia Sorda.

Por lo que se refiere a procesos intragrupales, nos ocupa el cómo es que los miembros se reconocen a sí mismos y son reconocidos por otros miembros como pertenecientes al grupo étnico. Para este propósito resultan primordiales los conceptos de paternidad —criterios de membrecía involuntarios, biológicos— y patrimonio —indicadores de membrecía voluntarios, de comportamiento y actitud—.[10]

A primera vista, la noción de paternidad parece tener poca relevancia para la sordera… la mayoría de los niños sordos no comparten su origen biológico con sus padres, salvo aquellos que son tradicionalmente reconocidos como los transmisores de la etnicidad…[11]

Por otra parte, si se entienden las relaciones de consanguinidad en la etnia como el resultado de la interacción entre los imperativos de la reproducción biológica y los de la reproducción social, entonces la comunidad silente es una etnia en la que ambos imperativos se imbrican de un modo peculiar. Esta es la perspectiva que Johnson y Erting han propuesto para los Sordos norteamericanos.

Pero así como la paternidad se refiere a una condición biológica involuntaria, también la sordera involucra una condición biológica involuntaria: el impedimento auditivo… Aunque la atribución física de la sordera no es suficiente para asegurar la pertenencia a una colectividad étnica Sorda, si parece ser una condición biológica necesaria para la membrecía. Esta condición biológica y la experiencia que engendra constituyen el lazo involuntario a las generaciones pasadas.[12]

Los sordos tienen que forjarse una identidad social propia, muchas veces a pesar de sus familias, tienen que recibir el soporte de su grupo para sobreponerse al ambiente alienante de padres y hermanos que no tienen una comunicación digna e inteligente con ellos. Y esta necesidad de socializar dialogando con quienes los rodean es, en sí misma, un imperativo biológico.

Los Sordos tienen que abrigarse en su comunidad cuando ven a sus hijos oyentes partir, muchas veces para no regresar. Esto también es parte de su cultura y es, a la vez, una condicionante biológica de su existencia social.

Por su condición biológica, los sordos no puede participar plenamente en el cotorreo sonoro de la sociedad circundante. Por eso, y porque son seres sociales por naturaleza, los sordos han desarrollado y reproducido su propia etnicidad, muy a pesar de los lazos de consanguinidad que los unen con la cultura oyente.

Etnocidio y resistencia

En la cultura de la comunidad silente de México está presente el reconocimiento de que ha sido, es y será una minoría. Los Sordos se saben minoría oprimida… Hasta dónde lo aceptan como algo natural, eso es algo que está por verse. Saben que tienen una historia. Los Sordos adultos de la Ciudad de México recuerdan con orgullo que en la Ciudad de México estuvo la Escuela Nacional de Sordos. Recuerdan que esta escuela se fundó el siglo pasado, que la iniciativa fue encabezada por un Sordo francés de nombre Eduard Huet, y que fue avalada por un decreto presidencial de Benito Juárez. Recuerdan que en ella se formaban profesores Sordos para los niños Sordos y que de ella partieron muchos adultos a diferentes partes de la república, llevando consigo lo que hoy es la LSM.

Los Sordos no han olvidado que algunos médicos y funcionarios cerraron su escuela bajo el argumento de que los sordos son enfermos y necesitan clínicas, terapia mas no educación. Acto seguido dispersaron a los niños sordos en diferentes escuelas, según dijeron y dicen, para integrarlos al mundo normo-oyente. A sus padres se les inculca que no deben usar señas para comunicarse con ellos, que los deben de alejar de la comunidad silente, que lo que importa es que vocalicen unas cuantas palabras del español, aunque para ello se posponga hasta la eternidad su educación general.

El discurso con que se ha justificado la opresión de los sordos es muy similar al nacionalismo con que hoy se pretende minimizar la participación indígena en la vida nacional. Margo Glantz lo ha caracterizado de manera magistral.

Los indios, como las mujeres, son vistos de manera colectiva y cualquier especificidad se diluye en aras del bien común de la nación.

Esta indiferencia o más bien desprecio que despoja al indio de sus derechos y hasta de su humanidad, viene de muy atrás. Es por ello significativo analizar las obras de los escritores del siglo XIX donde se da cuenta de los primeros años de vida independiente, época en que parecía gestarse un proyecto de nación, nunca puesto en marcha totalmente… Elijo a Luis G. Inclán, autor de Astucia, su novela ha sido canonizada por figuras importantes de nuestra literatura del siglo XX y vista como el paradigma de lo nacional…

(…) en ese concepto de nación el indio aparece desprovisto de identidad, es colectivo, por tanto anónimo y prescindible. Transcribo un memorable pasaje , en donde uno de los héroes novelescos, un charro contrabandista de tabaco, habla de su ilustre genealogía, y relata un episodio de la vida de un tío, oficial criollo, seguidor de los hermanos Rayón, enemigo de Iturbide, gran mexicano:

“Pues bien los de Cuatareo fue que, amotinados los indios contra el recaudador del tributo, mi tío quiso sosegarlos, y como era de esperarse se compró el pleito y todos se fueron contra él; una de tantas pedradas como le tiraban le tocó al caballo y cayó redondo, mi tío se siguió defendiendo a pie; mirándose desarmado y acosado por todas partes, no tuvo más recurso que agarrar de los pies al primer indio que tuvo a las manos y con él pegarles a los demás a guisa de palo; en cuanto mató a aquel infeliz lo arrojó de sí, y tomó a otro haciendo lo mismo con cuatro o cinco; les infundió tal temor que corrieron despavoridos todos sus contrarios dejándolo dueño del campo (…) entró en esto la justicia, y en las averiguaciones todos declaraban azorados que ‘Garduño mataba gente con gente’ ”.

La imagen es literal, el indio es visto solamente aquí como un objeto, en el sentido lato del término, no significa, es usado simplemente en su función instrumental. Estamos ante una verdadera transferencia de lo humano que se convierte en objeto y carece definitivamente de cualquier esencia. No es posible concebir un mayor sometimiento.[13]

Al igual que a los indios, a los sordos se les concibe y se les trata como objetos. Tal vez no en las novelas de Inclán, pero si en todas las instituciones públicas del sector salud y del sector educativo. Se les concibe como el objeto abstracto de una infinidad de terapias. Y se les somete a estas terapias aunque no saquen mayor provecho de ellas. Se les prohibe comunicarse en su idioma, se les niega el acceso a los contenidos de la educación básica… La lista de ignominias es larga y, desgraciadamente, México no es el único país donde se practican.[14]

Se trata de un sistemático etnocidio, muy a pesar del cual la comunidad silente se reproduce. ¿Como explicar esta ‘terquedad’ del Sordo por defender su existencia colectiva? Una explicación es el imperativo biológico de existir como ser plenamente social, como una ley de gravitación que ha llevado y continuará llevando a los sordos a buscar la comunión silente. Esta necesidad de socialización humana es tanto o más fuerte que los lazos de consanguinidad, pues ha sustentado la existencia de la cultura de los Sordos mexicanos, como etnia oprimida, incluso a pesar del frecuente rechazo de los padres biológicos para que sus niños sordos se socialicen en la comunidad silente.

El mito de la integración

Integrar… 1 Reunir y organizar los elementos que se necesitan para formar o completar algo: integrar un grupo, integrar una exposición 2 Formar parte de un conjunto: Los diputados obreros integraron la comisión” 3 Hacer que algo o alguien entre a formar parte de algo: integrar un grupo a la excursión, integrarse a la ONU.[15]

La política educativa del gobierno mexicano para con los indígenas siempre ha girado en torno a la noción de que estos últimos deben integrarse al desarrollo nacional. Se trata de una relación unidireccional, en que la integración se entiende exclusivamente como “Hacer que algo o alguien entre a formar parte de algo.” Las demás acepciones de integrar se hicieron a un lado, siempre bajo la presuposición de que la unidad de la nación esta dada, los indígenas han quedado fuera de ella y su única opción es asimilarse o ser asimilados.

Por lo que se refiere a política del lenguaje, la integración se ha equiparado con la adquisición del español. En los programas de educación indígena ha habido dos variantes. Una ha sido el bilingüismo, entendido como una transición gradual del uso de la lengua indígena al español. Los programas de inmersión han constituido la otra variante, en que el niño indígena solamente recibe clases en Español, desde el momento en que pone un pie en el salón, sin importar cual sea su lengua materna. La historia de la política indigenista de educación es larga y compleja, a veces bilingüe, a veces no. Pero hay que resaltar que su dogmam siempre ha sido el mismo: castellanizar es integrar.

Esta visión de la cuestión indígena asume que la depauperación de los indígenas se debe a su falta de integración y que, por supuesto, su integración a la nación constituye su pasaporte al progreso, nacional, por supuesto. Esta concepción hoy es cándidamente expresada por intelectuales como Héctor Aguilar Camín:

(En la) idealización de la comunidad indígena como un lugar más genuino, real, mexicano y profundo que el resto… de México… también hay un error. Me parece que estas comunidades son muy respetables en sus tradiciones y en su dolor, en su miseria, explotación y privaciones, pero no me parece que tengan que enseñarle mucho al resto de México… en materia de eficiencia económica y, menos, de democracia interna.

Creo que la autogestión de las comunidades indígenas las va a conducir a lo que es ya su mayor problema: el aislamiento. No creo que puedan autogenerar la riqueza que necesitan. Requieren contacto con el mundo exterior, (necesitan) ‘importar’ las cosas que no tienen, empezando por el español, y formas de vida, (de organización económica, social, política), que las hagan menos prescindibles, más útiles para el conjunto… de la nación.[16]

Esta ideología de la integración se ha dado de manera paralela al confinamiento de las lenguas y las culturas indígenas al ámbito de la familia y el pueblito, siempre asumiendo que el uso de la lengua indígena no debe o no puede trascender al ámbito de la vida pública, política, legal…

Por su parte, la política mexicana de educación de los sordos no es muy diferente. También ha tenido dos variantes, la comunicación total y el oralismo. La primera se asemeja al gradualismo del bilingüismo indigenista, pregona una castellanización tolerante, en que se vale usar todo, hasta las señas y los gestos, con tal de que el sordo aprenda a hablar español.

Por su parte, el Oralismo cree que el niño sordo solamente debe ser expuesto al español hablado. Se arguye que solamente inmerso en el mundo de la comunicación sonora el niño llegará a interiorizar el español hablado. El dogma del oralismo es que el uso de señas se debe limitar, cuando no proscribir, pues se arguye que distrae al sordo del español hablado.

Sin embargo, tanto el Oralismo como la Comunicación Total prejuzgan que las señas y la comunión de los Sordos únicamente conducen al aislamiento del sordo, en lugar de integrarlo.

El lenguaje manual limita al sujeto a desenvolverse en un círculo reducido. Si un hablante le dirige la palabra a un sordo que sólo se comunica por el lenguaje manual, no será comprendido. Si el sordo le contesta con el lenguaje manual y el hablante y oyente normal no conoce ese código, no podrá entender el mensaje. En esta forma el vínculo comunicativo está bloqueado y no existe la posibilidad de intercambio de experiencias. En consecuencia, el lenguaje manual marca al individuo como una persona diferente, cuando en realidad un sordo sólo difiere de los demás por su incapacidad sensorial.[17]

Y vaya que en la política de atención a los sordos se ha hablado de integración al desarrollo nacional, de integración educativa, desde hace bastante tiempo:

La política educativa de integración ha procurado impulsar la modalidad de grupos integrados para la atención de alumnos con problemas de aprendizaje y otros grupos de niños hipoacúsicos en las escuelas regulares. Esta modalidad se implantó en el D.F. desde hace 20 años y se extendió hacia algunos estados de la República…[18]

Ahora la Secretaría de Educación Pública pretende extender esta práctica a toda la República, sin siquiera hacer un balance cuidadoso de los resultados obtenidos.

Para los sordos los resultados han sido desastrosos. Los niños han sido sistemáticamente abandonados a su suerte, cierto, en escuelas de educación básica regular, pero abandonados y dispersos, sin que sus profesores o sus compañeros oyentes tengan obligación alguna de comunicarse con ellos, en una lengua que sea accesible a todos. En ocasiones sin siquiera tener compañeritos Sordos con los que platicar en LSM durante el recreo.

En los llamados grupos integrados se trata al sordo como un objeto, se le deposita en un rincón del salón, sin prestarle atención mientras que el profesor dedica su atención a los normo-oyentes. Muchos niños indígenas han sido sometidos a programas de castellanización por inmersión, su lengua se proscribe en diversos ámbitos de la vida escolar, pero siempre se asume que estos niños pueden percibir y aprender una segunda lengua. Esta presuposición no es aceptable en el caso de los niños sordos, pues para ellos siempre será imposible platicar en un idioma sonoro que no pueden percibir.

Si se hicieran públicos los niveles de deserción prevalecientes, el escaso o nulo acceso a los contenidos educativos por parte de los niños sordos, entonces se haría público que estos programas son de verdadera desintegración. La comunidad silente lo sabe muy bien, y sabe que ello se debe a la exclusión de su lengua del ámbito escolar, a la ausencia de profesores Sordos en el aula, al hecho de que como comunidad lingüística y cultural no se les deja participar en la educación.

La visión unilateral de la integración del sordo ha sido acompañada de la marginación de la LSM. Aún cuando se reconoce que la LSM es un idioma más, se asume que nunca podrá ni deberá ser usado fuera de las asociaciones de los Sordos, que nunca cumplirá un papel relevante en la interacción del sordo con el resto de la sociedad y que sus hablantes, los adultos Sordos, nunca serán profesores de los niños sordos. Luego entonces, se concluye, el principal objetivo de la escuela es la integración por medio de la castellanización:

El lenguaje manual para el sordo es más fácil… es más rápido de aprender y requiere de menos esfuerzo por ser su lenguaje natural, pero si les limita la integración.[19]

(…) el objetivo de la escuela de audición no debe ser solamente el oralizar, sino debe ser el hecho de que el niño adquiera un lenguaje [castellano] como medio de comunicación a fin de que curse educación según sus posibilidades, se integre al medio laboral y por lo tanto a la comunidad siendo un sujeto productivo y realizado.

Para lograr esto, en una escuela de audición pueden haber grupos trabajando indistintamente con alternativa oral o de comunicación total según las necesidades de los alumnos.[20]

Es cierto que los Sordos están marginados, cuando menos tanto como los indígenas monolingües. Su acceso a mucha información está francamente limitada, aún aquella que para el resto de los hispanohablantes es moneda corriente.

(…) dicho aquí entre nosotros, están como están debido a sus culturas. Esto es, están aislados, pobres, enfermos, analfabetas y miden 1.10 debido a que conservaron una cultura que esos resultados produce… No es la maldad del no-indio, sino los usos y costumbres indias lo que produce la miseria de esos pueblos. Crearon un idioma, pero no un alfabeto para escribirlo; tienen una medicina propia, vista por muchos güeros del new age como superior, sistemas de agricultura predicadas por ciertos gurús como más afines con la naturaleza, métodos de construcción propios, formas de alimentación, ropa, música, bailes. El resultado es ignorancia y pobreza.[21]

Pero la falacia de esta ideología de la integración está en asumir que su ignorancia deriva de su diferenciación cultural y lingüística en cuanto tal y que, por lo tanto, si lográramos rehacerlos a nuestra imagen y semejanza su marginación se desvanecería, como por arte de magia. No importa que para ello tengamos que negarles el derecho a la identidad que ya poseen y los concibamos como seres pasivos, objetos que podemos manipular a nuestro antojo.

Si la cultura y la vida nacional fueran una masa homogénea, tal vez estas políticas de educación serían eficaces. La educación sería ante todo una política de estandarización y operaría como producción en serie. Para homogeneizar al Sordo hay que amasarlo en la misma escuela que al resto de los oyentes. Esta parece ser la aspiración de la política educativa para los discapacitados, su objetivo parece ser disolver e integrar las diversidades a la norma nacional, o los discapacitados a la nación de los normales, según sea el caso.

Afortunadamente, ese algo nacional no existe y, por lo tanto, este entendimiento de la integración no es más que un mito de la ideología nacionalista. Todos los estados nacionales se conforman de seres sociales concretos más o menos diversos, con lenguas y visiones del mundo que varían de una latitud a otra, de generación a generación, de una a otra esquina del vecindario. Cabe entonces preguntarse ¿por qué, si nos topamos con la diversidad del ser social a cada paso, por qué entonces se nos dice que debemos negarla, anularla siempre que sea posible?

Los mitos forman parte de los rituales de nuestra vida diaria, de tal modo que todo mito forma parte de una práctica, de un quehacer social. El mito de la integración al que nos hemos referido no es inofensivo, se ha constituido como parte de la cruda práctica de la opresión de las minorías étnicas. Como tal se aplica por igual a los indígenas, a los Sordos o a cualquier otro grupo minoritario cuya situación marginal se justifica y perpetúa con base en su diferenciación cultural: Están amolados porque son diferentes. No es en vano que expresiones como no seas indio o diálogo de sordos tienen el significado que tienen.

Los Sordos y los indígenas están integrados a la cultura nacional, esta última no existe sin ellos más que como un fetiche abstracto, inasible. Los científicos sociales tenemos la obligación de resaltar esto como un hecho. Los indígenas están haciendo lo propio. Ellos siempre han estado ahí aunque no se les haya escuchado o aunque no siempre hubieran exigido la atención de los demás. La comunidad silente también ha estado ahí, aunque no hayamos querido o sabido darle el lugar que se merece. Hoy en día lo que está en juego no es la integración de los Sordos o los indígenas a la vida nacional, sino la descomposición del tejido social mexicano en su conjunto, con todo y los mestizos normo-oyentes.

El tema a discutir no es la integración de los Sordos o de los indígenas, sino la calidad de la interacción que establecemos entre todos, la calidez con que nos aproximamos el uno al otro y sabemos degustar nuestras diferencias. No se trata de una tarea imposible. La constitución de Suecia proclama dos lenguas nacionales, el Sueco y la Lengua de Señas Sueca. En Venezuela y Uruguay la política de educación de los sordos es bilingüe y se realiza un esfuerzo sistemático para dar a la Lengua de Señas Venezolana y a la Lengua de Señas Uruguaya el lugar que les corresponde. En una zona rural relativamente aislada de Yucatán, todos los lugareños hablan cuando menos dos lenguas, el maya yucateco y la Lengua de Señas Maya. Cuando un sordo participa en una reunión todos usan la Lengua de Señas Maya…

En un exquisito libro que mezcla el género de la ficción y la crónica, Harlan Lane narra la historia de los Sordos y su educación en los E.U.A. Lane se percató con gran claridad del paralelo que existe entre el destino de los indígenas y el de los Sordos. Lane reconstruye en primera persona el pensamiento de Laurent Leclerc, un Sordo francés que en el siglo pasado jugó un papel fundamental en la creación de la primera escuela para sordos de los E.U.A.

Hace unos pocos años, comencé a intercambiar correspondencia con mi compañero de escuela Eduard Huet, el cual, habiendo inaugurado la primera escuela para los sordos en Brasil, fue invitado a México para fundar una escuela ahí. Algunos de los estudiantes de Huet pertenecían a la nación azteca y sus familias hablaban azteca. Huet, quien escribía de manera fluida el francés, el portugués y el español, se interesó en la historia de los aztecas, sus costumbres y su lengua. Sus cartas me hicieron meditar sobre la semejanza de los esfuerzos por reemplazar el azteca por el español, con la finalidad de asimilar a los indígenas y los intentos de reemplazar las señas con el inglés, con la finalidad de asimilar al sordo.[22]

Ya es hora de que en México nos percatemos del paralelo, de que se debata en público la política de salud y educación de los sordos. Por su parte, los Sordos pueden hacer su lucha en los espacios políticos que se han abierto para los ciudadanos con discapacidades. Pero también deben considerar la posibilidad de luchar junto con los indígenas. Entre ellos probablemente puedan recibir un trato digno, como distintos y normales.

 

Otras referencias

Erting, Carol. 1985. Cultural conflict in a deaf classroom. Anthropology and Education Quarterly. Vol. 16. P 225-243.

Horowitz, D. L. 1985. Ethnic groups in conflict. University of California Press. Berkeley. E.U.A.

Patterson, O. 1983. The nature, causes and implications of ethnic identification. En C. Fried (ed.) Minorities: Community and identity. Report of the Dahlem Workshop on Minorities: Community and identity. Springer-Verlag. New York.

Sacks, O. 1988. The revolution of the Deaf. New York Review of Books. 35 (9).

Boris Fridman Mintz. Lingüista. INAH, Centro Regional de Colima. Universidad de Colima.

Este texto es una versión corregida de la ponencia presentada en el seminario Teorías de frontera, organizado por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, en noviembre de 1996. En proceso de publicación por la propia institución.
Texto publicado en Viento del Sur, Núm. 14, marzo 1999, México, DF. El contenido es igual a los del original publicado. Los párrafos que en la revista fueron colapsados aquí permanecen separados. Las referencias omitidas en la publicación aquí permanecen anexadas al final (Otras Referencias). Como en Viento del Sur: Se autoriza la publicación total o parcial citando la fuente.

 

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Notas:

[1] Sánchez, Carlos M., La increíble y triste historia de la sordera, Ceprosord, Caracas, 1990, p. 61.

[2] Flores, Lilián y Berruecos Villalobos, Pedro, El niño sordo de edad preescolar. Identificación, diagnóstico y tratamiento. Guía para padres, médicos y maestros. Trillas, México, 1991, p. 108 (las cursivas son mías).

[3] Jackson Maldonado, Donna, “Un enfoque objetivo del lenguaje manual” en Donna Jackson Maldonado et al, Audición y Lenguaje en Educación Especial: Experiencia Mexicana, Secretaría de Programación y Presupuesto, Coordinación General de los Servicios Nacionales de Estadística, Geografía e Informática, México, 1981, p. 45.

[4] Stokoe, W.C. “Sign language structure: An outline of the visual communication system of the American deaf”, Studies in Linguistics, Occasional Papers Vol. 8, Universidad de Buffalo, Nueva York, 1960.

[5] Flores y Berrueco, op. cit., p. 5-6.

[6] Ibídem., p. 6.

[7] Ibídem., p. 29.

[8] Johnson, Robert E. y Erting, Carol, “Ethnicity and Socialization in a Classroom for the Deaf Children” En Ceil Lucas (ed.) The Sociolinguistics of the Deaf Community, Academic Press, Inc., San Diego, California, 1989, p. 48-9.

[9] Existen investigaciones sobre la cultura de las comunidades de sordos en otros países. Cfr. Padden, Carol y Humphries, T., Deaf in America: Voices from a culture, Harvard University Press, Cambridge., Massachusetts, 1988.

[10] Johnson y Erting, 1989, op. cit., p. 46.

[11] Idem, p. 46-7.

[12] Idem, p. 47.

[13] Glantz, Margo, “La cuestión indígena”, La Jornada, 23 de octubre de 1996

[14] Véase Sánchez, Carlos M., La increíble y triste historia de la sordera, Ceprosord, Caracas, 1990 o Lane, Harlan, When the mind hears. A history of the deaf, Random House Inc., New York, 1984.

[15] Lara, Luis Fernando et al, Diccionario Básico del Español de México, El Colegio de México, México, 1986.

[16] Aguilar Camín, Héctor, “Respuesta a Fernando Benítez”, La Jornada, 29 de junio de 1995.

[17] Flores y Berruecos, 1991, op. cit., p. 29.

[18] Programa de desarrollo educativo 1995-2000, Poder Ejecutivo Federal, México, 1995, p. 82.

[19] Mora de Malo, Nancy E., Nuevos enfoques sobre el don de la palabra, Nancy Mora de Malo, México, 1989, p. 87.

[20] Idem, p. 87-88 (el texto entre corchetes es mío).

[21] González de Alba, Luis, “Dejad en paz a los indios/I”, La Jornada, 28 de octubre de 1996.

[22] Lane, Harlan, When the mind hears. A history of the deaf, Random House Inc., New York, 1984, p. 283-84.

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