La Escuela de Sordomudos de La Junta de Comercio de Barcelona (1838-1840)

Gascon+StorchPor Antonio Gascón Ricao y José Gabriel Storch de Gracia y Asensio,

Barcelona, 2004.

Sección: Artículos, historia.

 

Los errores de Antonio Rispa

Antonio RISPA, autor de Memoria relativa a las enseñanzas de los Sordo-mudos y de los Ciegos (1865), y muy en particular su capítulo titulado: “Histo­ria de las Escuelas de Sordo-mudos y de Ciegos de Barcelona”, ha sido durante muchos años la causa directa e involuntaria de múltiples errores en todo lo referido a los orígenes de las diferentes escuelas municipales para sordos de Barcelona, al haberlos recogido profusamente de él circunstanciales historiadores, casi todos ellos, de un modo u otro, ligados a la misma enseñanza.

Errores justificables en cierto modo en RISPA, al verse visto forzado en su día, a causa de las prisas, en la redacción de la primera de sus dos memorias, realizada en 1858 y en su caso por encargo del propio Ayuntamiento de la ciudad.

“Los datos históricos que preceden están todos tomados del Archivo Municipal, exceptuados tan solo los que doy como no del todo seguros…”.[1]

Dicho lo anterior, da toda la impresión de que RISPA a la hora de tener que tocar determinados temas, estaba muy poco interesado en publicitar, por ejemplo, la obra de los antiguos maestros que le habían precedido, y que, además, como era el caso de José María MORALEJO y Luis RUBIO, no habían sido maestros de la escuela municipal barcelonesa y de la cual con los años RISPA alcanzará a ser Director.

“Pasaronse 13 años sin que ninguna corporación tomase a su cargo el proteger a esta caritativa enseñanza, hasta que en 1836 la benéfica Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País, pidió a I. E. el Ayuntamiento los útiles de que se sirviera anteriormente la escuela que había estado a cargo de su cabildo, y una vez concedida fundó una Academia de Sordo-mudos en la Lonja, que confió al cuidado del Sr. Moralejo…”.[2]

El comentario anterior, extraído de la Memoria manuscrita de 1858 y redactada por RISPA, queda desmentido por la propia documentación procedente del Ayuntamiento. La Sociedad Económica intentó, es cierto, en diciembre de 1835, abrir una escuela para sordos. Para ello, reclamó al consistorio barcelonés los utensilios que se habían hecho servir, 12 años antes, en la escuela municipal dirigida por Manuel ESTRADA, escuela que había sido cerrada en 1823 y por causas políticas:

“Que los muebles existentes en la actualidad consisten en una pizarra, un alfabeto, algunas mesas y dos otros bancos…”. [3]

Y a todo esto quedó reducida toda la gestión de la Económica, puesto que no se tiró el tema para adelante.

Por otra parte, desmintiendo el mismo comentario de RISPA, donde da a entender que gracias a tener en su poder la Sociedad Económica aquellos útiles abrió escuela en la Lonja, poniendo al frente de ella a MORALEJO, es totalmente falso, puesto que MORALEJO nunca mantuvo contactos con la Sociedad, pero sí los establecería con la Junta de Comercio, aunque un año y medio más tarde. Del mismo modo que la escuela que se abrirá en la Lonja será la patrocinada por la propia Junta de Comercio y no precisamente por la Económica.

El enredo montado por RISPA en su Memoria, mezclando la supuesta escuela de la Económica con la de la Junta de Comercio, como si fuera una misma, fue aclarado por él mismo aunque un tiempo más tarde, al publicar su Memoria relativa a la enseñanza de los sordomudos y ciegos, pero el mal ya estaba hecho.

“La Junta de Comercio consiguió organizar una Escuela, bien que desgraciadamente, por poco tiempo. Pidió autorización para plantearla al gobierno superior, y este se la concedió en 12 de Enero de 1838. Confirió su dirección a D. José Mª Moralejo y a D. Luis Rubio, y fue inaugurada en 22 de Abril del mismo año. El mérito real del método seguido por estos profesores no era tal vez muy grande, pero no tuvieron tiempo de corregir lo que tuviese de inconveniente, puesto que antes de los dos años -1 de Abril de 1840- presentaron su dimisión, que les fue aceptada, renunciando la Junta a seguir costeando la escuela”.[4]

El frío comentario de RISPA, con el que despacha a la escuela de sordos dependiente de la Junta de Comercio de Barcelona, es una buena muestra de su desinterés sobre el tema. Sin embargo, dicha escuela, tal como veremos, tuvo mucha más importancia de la que RISPA le adjudicaba, tanto por la categoría de sus maestros como por los motivos reales de su cierre, bastante más complejos y complicados que lo apuntado por él en su comentario.

Por ello, cabe en esta ocasión acusar a RISPA de una cierta parcialidad, puesto que manejó los documentos originales referidos a dicho tema, ya que, las fechas apuntadas por él en cuanto a su apertura y cierre son totalmente correctas, prueba que los conocía y que además los consultó.

Otro hecho que no explicó RISPA, es que el motivo principal de la apertura de aquella escuela fue el interés del propio Estado español. Así, en enero de 1836, la reina gobernadora, María Cristina de Borbón, madre de la futura Isabel II, por medio de un decreto y una instrucción, reclamó a todos los ayuntamientos, el envío al Ministerio de Gobernación, de una estadística donde se debería reflejar el número de sordomudos y ciegos existentes en cada municipio, con vistas a elaborar con ella una estadística nacional.

Cinco meses más tarde, Madrid seguía reclamando al Ayuntamiento de Barcelona él envió de la misma. Finalmente, el consistorio decidió encargar su elaboración a la Real Academia de Medicina y Cirugía de la ciudad, que la concluyó en julio con un sorprendente resultado: Sordos: Hombres 20, Mujeres 6; Ciegos: 53 Hombres, Mujeres 23.

José María Moralejo

La primera noticia que se tiene al respecto de José María MORALEJO, es por mediación de una carta de Joaquín Francisco CAMPUZANO, embajador de España en París, de fecha mayo de 1837, dirigida a la Junta de Comercio, recomendándolo.

Gracias a ella, hoy sabemos que MORALEJO, había sido presbítero y cura del obispado de Toledo hasta el año 1823, año en que había tenido que exilarse a Francia al haber sido constitucional y volver al poder los absolutistas tras el llamado Trienio Liberal.

En ella, CAMPUZANO también recomendaba igualmente a un pariente y colaborador de MORALEJO, Luis RUBIO, del que afirmaba que era nacido en Francia pero de descendencia española. De igual manera, CAMPUZANO basaba la recomendación de ambos en el conocimiento que tenía de un discípulo francés, del que afirmaba que sabía leer y hablar.

Unos meses más tarde, en julio, sería Francisco de CASANOVA, cónsul español en Perpigñan, el que volvía a recomendarlos, dirigiendo su carta a Pablo Félix GASSÓ, secretario de la Junta de Comercio.

En aquellas fechas, MORALEJO y RUBIO ya se encontraban en Barcelona. Prueba de ello es su Manifiesto “En favor de los Sordo-mudos”, que aparece firmado por la Alianza Oriental, nombre que habían dado a su escuela, cuya dirección era calle de Basea, Arco de Isern, n.º 3, 4º, 1ª, a la altura aproximada de la actual calle del subteniente Navarro.

En dicho Manifiesto, ambos se comprometían a enseñar a sus alumnos a “pronunciar y leer las inflexiones naturales de la voz, y a comprender por la vista lo que se les diga”, después “aritmética, gramática castellana, elementos de geografía, historia sagrada y profana con la religión de sus padres”, asegurando que a los ocho meses los presentarían en público para “que lean de viva voz.”

En cuanto a sus honorarios, con respecto a los pupilos, medios pupilos y externos, dejaban la puerta abierta, ya que “serán materia de un convenio particular”. La generosidad de los maestros respecto a los sordos pobres, quedaba también de manifiesto en un breve comentario: “Los directores dedican todos los jueves y domingos para que los sordo-mudos pobres puedan recibir gratis la misma instrucción, con tal de que acrediten serlo”.[5]

La Junta, poco proclive a aventuras, recomendó a su vez a MORALEJO y RUBIO en septiembre, primero a su Comisión de Escuelas, que a su vez los remitió a la sociedad del Fomento de la Ilustración. Ésta última institución contestó negativamente a la propuesta a primeros de noviembre, aduciendo falta de caudales por motivo de “las penurias de la guerra”. En medio de aquellas gestiones, a finales de septiembre, sería el propio MORALEJO, el que se dirigirá a la Junta de Comercio en un escrito-memoria, ofreciendo sus servicios.

En dicho escrito, MORALEJO se describía así a él mismo y de paso a su pariente Luis RUBIO:

“Doctor en Teología del gremio y Claustro de la Universidad de Alcalá de Henares, cura propio que fue del arzobispado de Toledo, y maestro autorizado por la Universidad de Francia […] Don Luis Rubio, maestro formado por dicho Dr. Moralejo, depositario fiel de los secretos, que para la perfecta enseñanza descubrió el mismo” –que habiendo formado la Alianza Oriental– “debiendo ser considerados como un solo profesor; la dotación para una sola cátedra, pero no pudiendo esta darse por vacante sino por fallecimiento de ambos…”.

Igualmente apuntaban ambos, que ya poseían local propio “pues el dueño de la casa morada de los directores, D. Antonio Martí, padre de un sordomudo, cede gratis uno mui capaz que hay en ella, deseoso de contribuir…”.[6]

La apertura de la escuela

La Junta, tras la negativa de la Sociedad del Fomento de la Ilustración, decidió a mediados de noviembre, cursar una recomendación a su Comisión de Escuelas, para que solicitara a su vez al gobierno, la pertinente autorización de la apertura de una escuela para sordos, y poder así planificar la misma, con independencia de que el curso de sus otras escuelas ya se había abierto en septiembre.

El resto del mes lo dedicó la Junta a dotar de presupuesto dicha escuela, valorado este en 6000 reales, como “sueldo único para dos profesores”. A mediados de diciembre se cursó una carta, con tal motivo, al secretario de Estado y del despacho de Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar.

En 27 de enero de 1838, se recibió una comunicación de la reina gobernadora María Cristina, por mediación de su secretario, donde se autorizaba la apertura de la escuela, las condiciones económicas de los maestros y el presupuesto. Este tenía que empezar a correr a partir de principios de aquel año.

A primeros de febrero, MORALEJO y RUBIO, presentaban a la Junta su programa de estudios, dirigido igualmente a la Junta Nacional de Comercio. A principios de marzo, la Junta, se dirigió al capitán general de Cataluña, para que autorizara dotar a la escuela con los fondos provenientes de los productos del “periaje”, es decir, de los peritajes.

Mediado el mes, fueron MORALEJO y RUBIO los que se dirigieron a la Junta, solicitando un oficio donde se les acreditara como profesores de la escuela de sordomudos, pidiendo igualmente que se resolviera si sus salarios serían pagados en efectivo o serían “adeudables”.

Por parte de la Junta se decidió que las clases para los varones, que tendrían lugar en el edificio la propia Lonja, situado en la Plaza Palacio, por motivo de ahorro de coste de luces, deberían tener lugar de 10 a 12 y media de la mañana. En el caso de las mujeres, el horario sería de 3 a 4 y media de la tarde. Pero, dado que las clases de aquellas no podían realizarse en la Lonja, se acordó dirigirse a la Junta de Damas, para que estas buscaran otro local. Dicho local sería al final el antiguo convento de las Magdalenas, asignándose a una dama encargada de vigilar “las buenas costumbres”.

Finalmente se decidió poner una fecha a la apertura de ambas escuelas, que debería tener efecto el 16 de abril, aunque dicha fecha, por motivos desconocidos, sería aplazada en diversas ocasiones, no teniendo efecto la apertura hasta principios del mes siguiente.

A finales de abril, MORALEJO se quejó a la Junta del mal estado del local de las niñas, donde solo era “habitable” una celda del segundo piso del edificio, adjuntando un presupuesto de las obras necesarias para poder realizar la restauración del mismo y así ponerlo en condiciones de uso.

Por su parte, la Junta también se puso a disposición del ayuntamiento barcelonés, ofreciendo la escuela por si la corporación decidía enviar alumnos procedentes de su Junta de Beneficencia, de la cual dependían la Casa de Caridad, la de la Misericordia y el Hospital General. Mediado mayo, se decidió elaborar un Reglamento interno para la escuela que fue aprobado el día 17 de mayo.

Otro hecho que RISPA ignoró en sus escritos fue el elevado número de alumnos matriculados: 16 niños y 11 niñas, si recordamos la estadística elaborada el año anterior por el ayuntamiento, parecen que los sordos se han multiplicado en Barcelona, en particular las mujeres.

Aunque gracias a las listas de matrícula, sabemos que 6 de los alumnos y 7 de las alumnas eran forasteros, y algunos de ellos inclusive provenían de lugares tan lejanos como Puigcerdà, San Sebastián o de Francia. La asistencia de estos alumnos, no vecinos de Barcelona, da en cierto modo la prueba de la buena fama que deberían gozar los maestros, hecho que en principio obliga a tener que reconsiderar la opinión tan desfavorable vertida por RISPA, respecto al sistema pedagógico utilizado por MORALEJO y RUBIO, y que según él, fue la causa del fracaso final de la escuela.

Los exámenes

Con apenas dos meses de existencia oficial de la escuela, la Junta, decidió realizar exámenes públicos, que deberían tener lugar los días 16 y 17 de agosto, acto que tendría lugar en una de las salas de la Lonja y presidido en su defecto por miembros de la propia Junta de Comercio. A dichos exámenes fueron presentados 8 alumnos, divididos en tres clases, en orden a su preparación. Como incentivo para los alumnos la Junta acordó premiar, un alumno por clase, con una medalla idéntica a la que se venía dando a los alumnos de la escuela de “artefactos”.

Con tal motivo se imprimió un folleto, a modo de publicidad, en el cual se especificaba como se realizarían éstos, los nombres de los alumnos y con una pequeña memoria de cada uno de ellos con sus adelantamientos, y los objetivos que pretendían los maestros en esta enseñanza:

“Tres objetos, por tanto, deben comprender la verdadera instrucción de tan infelices criaturas; primero, una instrucción igual a la que pueden recibir los demás hombres; segundo, el habla; tercero, la vista como suplente del oído”.

Un comentario del mismo folleto, indica que con anterioridad a la escuela de la Junta, MORALEJO y RUBIO, ya habían estado dando clases particulares a algunos de aquellos alumnos, en realidad a la mayoría, detalle que confirma la llegada de ambos a Barcelona en julio del año anterior:

“Los alumnos se presentaran a hacer manifestación del grado de instrucción a que han llegado en el término de un año y algunos en el de diez meses”.

La edad de los alumnos oscilaba entre los diez y los dieciocho, más próximos la mayoría a esta última. La excepción era Antonio MARTÍ, hijo del casero de MORALEJO, de veinticinco, y uno de los mejores:

“…que comenzó a instruirse a primeros de agosto del último año […] conoce la idea de mil trescientas treinta palabras significativas […] además la que lo son de la división del tiempo por preguntas y respuestas, y lo más preciso para el conocimiento de la sílaba y las reglas generales sobre la sílaba dominante…”.

Pero la sorpresa la dio, Jaime CUDREÑ, de diez años, que conocía la idea de “ochocientas sesenta y cuatro palabras”, pero que fue examinado sobre “los utensilios necesarios para el aseo de las personas, y sobre las partes de los utensilios necesarios para el gusto del hombre, que ascienden a ochenta y tres nombres, de los cuales no erró ninguno; especificando con los signos más naturales y propios las significaciones de unos objetos que no tenía presentes”, demostración que le mereció el aplauso general y la entrega, por unanimidad, de una corona de laurel, que le fue impuesta.

En lo que respecta a la escuela de niñas, no consta que se realizaran exámenes, lo que hubiera permitido, al igual que la de los varones, conocer el grado de instrucción alcanzado por las mismas. Algo debió suceder en esta escuela, pues cuando se inauguró el siguiente curso, el número había descendido a solo 4 alumnas matriculadas. En lo referido a la matricula de los varones ascendía a 13 alumnos, con la pérdida de tres alumnos.

 

La marcha de las escuelas

Los partes de ambas escuelas, enviados mensualmente a la Junta, durante el curso 1838-39, son monótonos, y se limitaban a comentar brevemente en ellos lo que se estaba en cada momento impartiendo:

“versó… sobre la pronunciación de vocales con especificación de sus cantidades, y sobre la pronunciación de sílabas compuestas, sin omitir la instrucción acerca de la nomenclatura…”.

Y así transcurrió el curso, sin altibajos y sin exámenes públicos.

En el siguiente curso, 1839-40, se vio incrementado el número de alumnos, 19 varones y 5 hembras, y todo apuntaba a la aceptación total de la escuela. Para acceder a ella, al ser gratuita, uno de los requisitos imprescindible era una certificación médica donde debía constar la sordera del alumno, y a poder ser su grado. Otro de los documentos necesarios era una carta de presentación de los propios maestros, que es de suponer, previamente analizarían el grado de escolarización del candidato.

 

La opinión de los maestros, en lo referido a la sordera, abunda en el carácter de esta y les reafirmaba en su filosofía:

 

“Sabido es por cualquiera, si tiene idea del estado de los Sordo-mudos sin instrucción, que no habiendo podido, a causa de la sordera, imitar la pronunciación de las palabras, quedaron sin habla, y que por ignorarlas pronunciadas o escritas, no saben expresar los nombres de las acciones y las cosas significadas por ellas. Están pues, los Sordo-mudos no instruidos abismados en una completa ignorancia, y condenados a un silencio eterno. La educación sola, puede, ha debido siempre y debe ahora cambiar tan triste situación […] (a causa) de tan desastrosa enfermedad, como la sordera, sobrevenida en la edad pueril, más ordinaria que desde el nacimiento”.[7]

 

La opinión de estos, en cuanto a la sordera adquirida, se ve confirmada en la edad de los alumnos, entre los varones, 11 son mayores de 15 años, abarcando hasta los 30. En el otro grupo, 8 alumnos, el más joven tenía 6 años, y el mayor 14. En cuanto a las mujeres, se invierte la tendencia, solo una tiene 21 años, el resto va desde los 8 a los 15.

 

  1. La denuncia

 

El año 1839, no fue precisamente propicio para los maestros en su labor educadora, al presentarse contra ellos una denuncia ante la autoridad eclesiástica, y más concretamente ante el Vicario General. El autor de la denuncia, el padre Esteban CASADEMUNT, ex miembro del Oratorio de San Felipe Neri, y por aquellas fechas capellán de la Iglesia del Espíritu Santo, era un hombre imbuido en una fe religiosa tan exacerbada, que había llegado a decir cegado por su celo que: “más valía que las mudas no se instruyeran, porque sabiendo escribir podían cartearse con sus novios”.

 

CASADEMUNT, en su denuncia, acusaba a MORALEJO, que ante un comentario de una madre de sus alumnos referido a que su hijo, “le habían enseñado los mandamientos y algo de doctrina cristiana”, él había replicado “[que] más vale que aprendan otras cosas”. Esta respuesta de MORALEJO, sacada del contexto de la conversación, era de por sí, una buena excusa para acusar a este de anticatólico. Como así sucedió.

 

Ante el problema, MORALEJO, no se amilanó sino todo lo contrario, remitiendo dos cartas, una dirigida al propio CASADEMUNT, y la otra al Vicario General. En la primera, MORALEJO se despachó a gusto con CASADEMUNT, acusándolo a su vez de falta de caridad y de delator de una proposición errónea conscientemente:

 

“Esto no es verdad, tomando la proposición aisladamente; porque fue acompañada de reflexiones, con que hice ver, que ahora no estaban en estado de aprender la doctrina cristiana; porque mal comprenderán estas ideas abstractas, sin darles otras de orden inferior, único medio para comprender estas tan elevadas; procediendo así, como procede y han procedido todos los verdaderos maestros del arte, en todas las naciones, donde, lo último que se les enseña, es la doctrina cristiana”.[8]

 

Gracias a esta carta, podemos saber, que al margen de la escuela, alguien había estado impartiendo clases de religión, mediante signos, a los sordos de Barcelona con unos efectos nefastos, según la opinión de MORALEJO:

 

“No puedo por menos de alabar, y tener por infructuoso, él enseñarles la doctrina cristiana; pero V. no me puede dar pruebas, de que los mudos, por medio de cuantos signos pueda V. imaginar, perciben las mismas ideas, que V. quiere inspirarles, sino mui al contrario, todos los mudos, a quienes, se dice haber enseñado en Barcelona la doctrina cristiana, hacían a Dios corpóreo, teniéndole por un hombre anciano con barba blanca, error que yo he corregido, haciéndoles entender que Dios no es corpóreo”.

Cabe sospechar que esta enseñanza debió ser ejercida por Manuel ESTRADA, antiguo maestro de la escuela municipal, y continuada por el propio CASADEMUNT.

MORALEJO, en su escrito, recordaba igualmente a CASADEMUNT, que no solo era maestro de sordos, sino también él era sacerdote:

“(y) ahora tenga V. la bondad de oírme como Doctor Teólogo […] Me parece que V. según el rito latino, de ningún modo daría la comunión a un párvulo, ni aun tonto; pues en este segundo caso están todos los mudos sin la debida instrucción”. Y remataba: “y si las leyes humanas los juzgan incapaces de testar,

¿Cuánto mas superior es atestar el comulgar? Y sin embargo!! V. les da la comunión!! ¿Qué responderá V al Sr. Obispo, si le hace el Cargo?”.

El comentario de MORALEJO confirma que CASADEMUNT, administraba los sacramentos a los sordos, mediante signos, lo que implica que este los conocía y los utilizaba.

La fuerza de los argumentos debió pesar, ya que esta denuncia no prosperó, concluyéndose el tema con una carta remitida a MORALEJO por la Junta de Comercio, donde se le indicaba que no entraba entre las funciones de la Junta el decidir sobre estas cuestiones, recomendándole que para evitar posibles reclamaciones “enseñen e inculquen a los alumnos la doctrina cristiana y los sentimientos religiosos”.

El cierre de la escuela y sus causas

Los problemas de la escuela parecen iniciarse a finales de 1839. Los partes de incidencias así lo reflejan. En el correspondiente al mes noviembre, y remitido a la Junta el 6 de diciembre, se lee la primera queja de MORALEJO referida a sus alumnos, y la falta de asistencia a clase de muchos de ellos “porque los padres los ocupan en trabajos manuales”. A finales de diciembre, MORALEJO, comunicaba a la Junta que se encontraba en cama desde el día 22 víctima de una indigestión. El día 30 era RUBIO el que había caído enfermo víctima de un catarro.

En febrero, seguían las quejas. Había dejado de asistir a las clases el alumno Antonio FABREGAS alfarero, “porque el amo que le da trabajo no le permite frecuentar la clase”. Pero lo peor era que “en este mes que acaba de pasar los discípulos han sido poco puntuales en su asistencia”. Y en marzo, se desencadenaron una serie de enfermedades en los maestros, que inducen a pensar que obedecían más a efectos burocráticos que físicos.

“D. Luis (Rubio) cayó en cama con un resfriado […] siendo lo peor que yo estoi en cura del antiguo catarro pulmonar que me acometió en Inglaterra, por lo cual no salgo de casa sino a mui corta distancia”.

Al día siguiente continuaban los males:

“… desde el sábado último está mi compañero en cama y desde el jueves me hallo tosiendo cada cinco minutos, sin saber que remedio aplicar…”.

La siguiente comunicación fue la carta de su dimisión:

“Siendo el objeto verdadero y único de nuestra Instrucción de sordo-mudos, restituirlos enteramente a la sociedad […] y habiéndonos probado la experiencia de dos años la suma dificultad, que tienen que superar los sordo-mudos catalanes, por ser el idioma catalán el usual y familiar; resultando, que rara vez pueden ver, en quienes les ablan, otras articulaciones, que las catalanas; como además la mayor parte de los padres y conocidos de los sordo-mudos no conocen el castellano para hablarles corriente, y comprenderle; después de una enseñanza más larga y penosa, que deberíamos dar a nuestros alumnos, que quedarían reducidos a un círculo mui estrecho de comunicación, entre sus compatriotas, tanto en respecto a entender lo que se les dijera, como para ser entendidos”.

Este argumento fue reconocido posteriormente por la propia Junta, haciéndolo propio, al plantearse la continuación de la escuela, tras la dimisión de MORALEJO y RUBIO, lo que explicaría los altibajos de la escuela de Barcelona, de antes y después, al ignorarse este importantísimo problema, ocultado también por RISPA:

“que podría la Junta proveer la cátedra en sujeto apto p[ar]a desempeñarla con la condición de que sea catalán, cual circunstancia cree indispensable por razón del idioma que en este país ha de enseñarse en aquella escuela en beneficio de los mismos alumnos […] podría proveerse la plaza de maestro interino hasta que lo apruebe S.M. del sujeto catalán”.

Otra causa aducida, por MORALEJO y RUBIO, en su dimisión era la falta de asistencia a clase de muchos de sus alumnos, como ya hemos visto anteriormente. Se quejaban de que los padres “han cerrado sus oidos” a sus amonestaciones, y que se habían visto obligados a darles clases particulares gratuitas “en nuestra casa por todo el tiempo de vacaciones, en los dos años de nuestro profesorato […] y aún entonces han faltado más que en el curso”. La causa de este problema residía en la edad de los alumnos, personas adultas en su mayoría, que tenían un oficio, lo que no era compatible con el horario de la escuela.

La última causa era también de mucho peso:

“… la necesidad, en que nos hallamos de reponer nuestra salud, (y) de mirar por nuestros respectivos intereses en ciertos pueblos de Madrid…”.

El hecho cierto era que la Junta de Comercio les adeudaba una importante cantidad de sus honorarios, 3.175 reales que les serían liquidados definitivamente 6 años más tarde, lo que representaba el estado ruinoso de su economía personal, empeñados en préstamos personales para poder sobrevivir. La dimisión les fue aceptada por la Junta con fecha 1 de abril. La Junta de Comercio clausuró esta escuela y otras en ese mismo año, por falta de fondos, y habría que esperar hasta 1843 para que nuevamente existiera otra escuela, pero en esta ocasión de la mano del Ayuntamiento de Barcelona.

 

BIBLIOGRAFÍA

Libros:

GASCÓN Ricao, Antonio y STORCH de Gracia y Asensio, José Gabriel (2004): Historia de la educación de los sordos en España y su influencia en Europa y América, Madrid.

RISPA, Antonio (1865): Memoria relativa a las enseñanzas de los Sordo-mudos y de los Ciegos. Barcelona.

 

Publicaciones periódicas

AINAUD, M. (1919): “La primera Escola de Sords-muts establer­ta a Barcelona”. Barcelona: La Parau­la, Butlle­tí de l’Escola Muni­cipal de Sords-Muts, Año II, Núm. 1, Gener-Març, Págs. 1-8.

GASCÓN Ricao, Antonio (1999): “La escuela de Sordos de la Junta de Comercio de Barcelona (1838-1840)”. “Infosord, Boletín informativo de la Federació de Sords de Catalunya”, núm. 24.

GASCÓN Ricao, Antonio y STORCH de Gracia y Asensio, José Gabriel (2004): “La escuela de sordos de la Junta de Comercio de Barcelona (1838-1840)”, en página Web de la UCM. www.ucm.es/info/civil/herpan/docs/junta.pdf.

 

Manuscritas:

ANÓNIMO (1839): Reglamento para el régimen interior de la escuela gratuita de sordo-mudos, establecida en la casa Lonja de la ciudad de Barcelona, a expensas de la Junta de Comercio, dispuesto y mandado observar por la misma. Biblioteca Nacional de Catalunya, Arxiu de la Junta de Comerç, Lligall CVIII, 31,5.

ANÓNIMO (1838): Exámenes públicos de Sordo-mudos que se celebraran en la Casa Lonja. Días 16 y 17 de agosto de 1938 de diez a doce de la mañana. Serán examinados ocho sordo-mudos de los diez y seis que concurren a la cátedra, creada por la Junta de Comercio de Barcelona y aprobada por la Real Orden siendo profesores el Dr. D. José María Moralejo y D. Luis Rubió. Biblioteca Nacional de Catalunya, Arxiu de la Junta de Comerç,

Notas

[1] Antonio RISPA, Memoria, (manuscrita) 1 de junio de 1858, p. 3.

[2] A. RISPA, Memoria, p. 2.

[3] Arxiu Administratiu de Barcelona, Governació, A-2702.

[4] A. RISPA, Memoria relativa a las enseñanzas de los Sordo-mudos y de los Ciegos, Barcelona, 1866.

[5] Alianza Oriental, En favor de los Sordo-mudos, s/f, Biblioteca de Catalunya (BC), Junta de Comercio (JC), 9.1, CII, 1,5.

[6] CII, 1, 13, BC, JC.

[7] CII, 1, 72, BC, JC.

[8] CII, 1, 89, BC, JC.

 

 

 

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