El franciscano Michael Abellán, maestro del sordomudo Marqués de Priego en el siglo XVII

Gascon+StorchPor Antonio Gascón Ricao y José Gabriel Storch de Gracia y Asensio,

Madrid, 2009.

Sección: Artículos, historia.

 

Introducción

Los presentes autores, con humildad, reconocemos nuestra anterior incapacidad para   encontrar las pistas necesarias que nos condujeran, en directo, a la figura y la obra de Michael Abellán.[1] Entre otras muchas cuestiones inherentes, por la simple y elemental cuestión de la mala grafía, muy propia del siglo XVII.

Y así hubiéramos continuado, por los siglos de los siglos, de no haber descubierto el erudito estudio de Fernando Negredo y Karen María Vilacorba, titulado “Un franciscano andaluz al servicio del Rey, Fr. Michael Avellán (1580-1650)”. [2]

Gracias al mencionado trabajo, hoy estamos en disposición de poder afirmar que Miguel Avellán, en grafía moderna,[3] franciscano de religión, fue, entre otras muchas cosas apuntadas en su trabajo por Negredo y Vilacorba, amigos de los cuales hemos tomado prestado muchas de las noticias respecto a su vida pública, y según Francisco Fernández de Córdoba, abad de Rute, el primer maestro del noble sordo cordobés Marqués de Priego, personaje del siglo XVII, de nombre común Alonso Fernández de Córdoba.

A la vista también de dicho estudio, habrá que admitir que el personaje en su tiempo no fue precisamente un desconocido, sino más bien al contrario, puesto que de dicho personaje, por ejemplo, en el campo concreto de la imprenta se conservan, aunque pocas, diversas obras suyas. Alguna de ellas incluso de poesía donde se hace patente la ferviente devoción de Avellán por el dogma de la Inmaculada Concepción, al participar, incluso, en justas poéticas dedicadas al mismo asunto, [4] y al parecer, de creer otras fuentes, hombre versado también en música.

Decimas y Glosas en alabança de la Inmaculada Concepcion de la Virgen Santissima nuestra Señora. Concebidamsin mancha de pecado original. Van aplicadas unas Decimas al Altissimo, y Soberano Sacramento del Altar, y a la Virgen Sacratissima, casando estos dos misterios sacrosantos. Recopiladas por el padre fray Miguel de Avellan de la Orden del Serafico Padre san Francisco, Impressos con licencia, en Malaga por Juan Rene, y por su original en Sevilla, por Alonso Rodriguez Gamarra, frontero del Cipres de Martin Ceron. Año de 1615.

Oración fúnebre predicada en esta Corte de Madrid a las exequias de D. Bernardo de Benavides y Sandoval, Marqués de Villareal, Madrid, Imprenta Real, 1628; Sermón con que despidio el capitulo… D. Fr. Miguel de Avellan, electo obispo de Syria., Madrid, 1628.

Un obispo eligio a quidam graduado en Derechos y persona de suficie-ecia y experiencia (sic) para oficio de Provisor, (S.l: s.n., s.a.), texto fechado en Madrid, 1632.

Los primeros caminos

Francisco Miguel Avellán,[5] nació en el pueblo de Huéscar (Granada) en el año 1580. Población que en momento de su nacimiento contaba con una mayoría morisca, que tras la expulsión de la misma en 1610, quedó prácticamente reducida a la mitad. Con indiferencia de lo que significó aquella debacle poblacional y económica, nuestro personaje era hijo de Miguel Avellán y de Inés Carrasco, ambos cristianos viejos y miembros antiguos de la oligarquía local, y por tanto familia no afectada por aquella grave medida real.

Prueba de ello era que su padre, después de servir a la Corona española en Italia y como alférez, alcanzó a ser regidor de la citada villa granadina. Cargo local que años más tarde ocuparía el hermano de Miguel Avellán, el Licenciado Juan Avellán, pero personaje secundario, que con el tiempo intentó hacer sus pinitos en el campo de la historia local, pero sin fortuna, puesto que su única obra quedo manuscrita e inédita.[6]

Pero de hecho, Miguel Avellán, padre, era un destacado militar que tuvo la fortuna, además, de pasar a formar parte de la siempre discutible memoria colectiva local, ya no tan solo por sus campañas en Italia, sino por la defensa que hizo con un puñado de vecinos suyos de Huéscar, evitando con ello que aquella población cayera en manos de los moriscos, al producirse la sublevación de la Alpujarra granadina en 1568.

Hazaña heroica aquella del padre de Miguel Avellán, que quedó reflejada, aunque de manera harto exagerada, visto lo que en realidad acaeció,[7] en la declaración que hizo el notario apostólico y agente de negocios en Madrid, Simón López de Fargos, con ocasión del Expediente de limpieza sangre que se tuvo que tramitar en la Corte en 1629, a la hora de que Miguel Avellán pudiera alcanzar aquel mismo año la plaza de predicador del rey Felipe IV.[8]

“Michael Abellán fue muy baleroso porq(u)e en la defensa que hicieron en la ciudad de Huescar estando los moros en la V(ill)a de Galera en que binieron quince mill, o catorce mill enemigos saliendo por el caudillo Ant(oni)o Xiron y el d(ic)ho Michael Abellan por alferez tubieron batalla con los d(ich)os moros, asta q(ue) los bencieron con solo doscientos hom(br)es y sesenta caballos y los siguieron asta los Alamitos una legua de la d(ic)ha ciudad matando muchos moros y turcos guardando siempre la bandera asta q(ue) la bolbio a la d(ic)ha ciudad.” [9]

Aunque de hecho, los méritos paternos, vistos bajo el particular prisma de la época, se alargaba en línea recta a los propios abuelos, Antonio Avellán y Luisa de Arenas, al haber estado ambos al servicio, y aunque en aquella se denominaban “criados”, de la Casa de los Marqueses de los Vélez, donde respectivamente Antonio fue secretario del marqués, y Luisa, camarera de la marquesa,[10] relaciones que dan en poder suponer que debieron ser determinantes a la hora de intentar encumbrar al nieto.

Y más aún cuando también por su línea materna, su tío Juan Martínez Carrasco era regidor de la ciudad de Huéscar y alcaide de su fortaleza,[11] o su abuelo, llamado igualmente Juan Martínez Carrasco, había servido como capitán al rey en tierras de Italia, y según manifiesta un testigo en dicho Expediente de limpieza de Sangre de 1629, la familia Martínez Carrasco poseía una capilla en el convento de Santo Domingo, en la cual fue enterrado el mencionado Martínez Carrasco.[12]

De ahí que la prosapia linajuda de la familia Avellán se hiciera bien patente, y según el testimonio de los testigos de la época, en blasones y escudos de armas que ostentaban ambas familias, con el lógico orgullo propio de aquel momento, en portaladas y fachadas de sus casas más principales.

Detalles todos, que indudablemente debieron servir de base para la posterior promoción de Miguel Avellán, dentro, incluso, de la propia Corte de Madrid, al provenir su familia de las elites locales granadinas, con una probaba y larga fidelidad a la Corona española, que posibilitaba, además, y con indiferencia de los discutibles orígenes en ambos casos, el poder estrechar lazos con el elitista mundo aristocrático.

A nivel de estudios, y durante su primera etapa, según atestiguaba Juan de Mendoza, alguacil de la Casa y Corte de S.M., compañero que fue de Miguel Avellán en su primera etapa de estudiante,[13] los primeros habían corrido a cargo del preceptor de su pueblo natal.

Así pues, no fue hasta el año 1599, momento en que Avellán contaba ya con 19 años, cuando su vida dio un giro radical al tomar el joven la decisión de ingresar en la Orden de San Francisco, haciéndolo en el convento de San Luís el Real de La Zubia (Granada), en la actualidad convento de las Hermanas Mercedarias, profesando al año siguiente.

Durante la primera década del siglo XVII, y por tanto en el momento casi mismo de ingreso de Avellán en el convento, su vida se debió centrar en una continua formación, como por otra parte era lo normal en aquellos religiosos que ingresaban para el coro, ya que la trayectoria de todos ellos era muy similar, al ser el primer paso los estudios de Gramática, seguidos de los de Filosofía, que se completaban con los de Teología, ampliados éstos últimos a su vez con los de Teología moral, pensada para los futuros predicadores y confesores.

En aquella misma época, y ante la carencia de grados universitarios, la rama observante franciscana los había prohibido en el capítulo del año 1532, se ideó un sistema de promoción al lectorado a través de concurso, consiguiéndose, tras ser éste aprobado, el lectorado de Filosofía. Se continuaba después con los de Teología de segunda clase, de primera clase, hasta obtener el codiciado título de Lector jubilado, que conllevaba la precedencia de ex provincial y el derecho a voto en los capítulos conventuales.

Título último que obtuvo Avellán en 1622, y tras leer durante quince años Artes y Sagrada Teología, alcanzando al final el ser uno de los Lectores más antiguos de su Provincia, pero detalle que viene a indicar que Avellán empezó como Lector en 1607, y por tanto contando en edad veintisiete años y ocho de estancia en su orden.

Gracias a aquellos mismos estudios, los religiosos también podían acceder a formar parte del organigrama de la Orden, y Avellán no fue precisamente la excepción. De este modo entre los cargos eclesiásticos que ocupó podemos mencionar el de Definidor,[14] al parecer de la provincia de Granada, el de Guardián,[15] en los conventos de San Francisco de Córdoba y de Jaén, además de haber asistido como secretario al provincial Fray Juan Ramírez, como mínimo en 1612.

Miguel Avellán confesor de Infantas en las Descalzas Reales y Obispo de Siria

Por otra parte, y sin que se conozca quienes fueron en realidad sus padrinos, el salto de Avellán a la Corte de Madrid no tuvo lugar hasta 1627, por tanto, contando el personaje con 57 años, pasando así de ser Guardián del convento de Jaén a confesor de las monjas recluidas en el Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, y en particular de la infanta Sor Margarita de la Cruz recluida a su vez en dicho convento.

Relación íntima y personal con la infanta austriaca de la rama de los Habsgurgo acabó dando sus frutos, ya por recomendación de la misma infanta y sus monjas, Avellán pasó en 1620 a ser en predicador del rey Felipe IV, con unos gajes estipulados de 60.000 maravedíes, en ducados, 600, y en dicho papel de predicador se le oirá con cierta frecuencia en la Corte entre los años 1627 y 1633.

Salto primero de Avellán, a la Corte madrileña, que el padre Alonso de Torres, cronista de su propia Orden en Granada, refería del siguiente modo:

“Siendo Guardian del Convento de S. Fra[n]cisco de Iaen, se le ofrecio viage a la Corte, donde conociendo sus grandes pre[n]das: puesto solo en la Cathedra fue primoroso, sino en el Pulpito, Musica, Poesia, y otras habilidades; fue hecho Predicador del rey D. Phelipo IV Confesor del Monasterio de las Descalzas Reales; y en particular de la Infanta Sor Margarita de la Cruz.” [16]

En 1632, Avellán fue nombrado por Felipe IV, con el apoyo del todopoderoso Conde Duque de Olivares, obispo auxiliar de Fernando de Austria, el Cardenal Infante, hermano del rey Felipe IV, y con aquel nombramiento específico Avellán recibió, como complemento, el título simbólico de obispo de Siria, ya que jamás pasó a ocupar de forma física dicha diócesis, teniendo que renunciar posiblemente al confesionario de las Descalzas de Madrid, aunque es de suponer que debió continuar en su papel de predicador real.

En aquel mismo período, dada la fuerte relación de amistad existente entre el Caballerizo Mayor del Cardenal Infante, Joan de Sola, [17] y el aragonés Juan de Pablo Bonet, autor de la Reduction de las letras y arte para hablar los mudos, (Madrid, 1620), a buen seguro que ambos personajes debieron trabar relación con Miguel Abellán.

Relación que se debió cortar en el caso de Pablo Bonet al tener lugar su fallecimiento en febrero de 1633, momento en el cual Pablo Bonet estaba trabajando en la leva de tropas que tenían que partir con destino a Nápoles, al mando del Conde de Monterrey, mientras el Cardenal Infante se preparaba para marchar, vía Italia, a Flandes.

Aquel mismo año 1633, pero en julio, fallecía en Madrid la infanta Margarita de Austria, más conocida como sor Margarita de la Cruz (1567-1633), hija de la emperatriz María, esposa de Maximiliano II, por tanto procedentes ambas de la rama austriaca de la dinastía, de ahí que su ascendencia sobre los reyes fuera utilizada sin reparo alguno, tanto en el campo político como cortesano, por determinados personajes buscando con ello su beneficio.

Monja de la cual se había hecho cargo Miguel Avellán como confesanda, tras el fallecimiento prematuro de su anterior confesor el aragonés fray Pedro de Aragón y Guerra, y en cuyas exequias reales predicó Avellán junto con fray Hortensio de Palavisino, infanta a la cual Avellán debió coger cariño, puesto que le dedicará largos años de trabajo intentando hacer una biografía, pero al producirse la muerte de Avellán dicho trabajo quedó inédito, y cuyo título debería haber sido: Espejo de las Serenísimas Infantas de la Augustísima Casa de Austria. Vida de la serenísima infanta del imperio de Alemania.[18]

A la marcha del Cardenal Infante a Flandes en 1633, teniendo en cuenta que desde muy joven ostentaba el cargo de arzobispo de Toledo, dicho traslado implicó el abandono de su diócesis, de hecho la más grande España y por tanto, se hizo necesario formar un equipo competente que le ayudase y supliese durante su ausencia.

Dentro de aquel equipo Miguel Avellán, al ser Obispo de Siria, se convirtió en una pieza clave, al tener que pasar a cumplir sus labores pastorales en todo aquel extenso arzobispado, visitando parroquias y procediendo a las confirmaciones, para lo cual tuvo viajar de forma asidua por tierras de Castilla, circunstancia que dio lugar a un paulatino alejamiento de los complicados e intrigantes círculos cortesanos de Madrid.

A título de curiosidad, en 1635, Avellán predicó en las honras fúnebres a la muerte del insigne poeta Lope de Vega,[19] y en octubre de 1650, año de su muerte, se había convertido en decano de los predicadores del rey, ostentando, además, los cargos de Lector jubilado, de la provincia de Granada dentro de su orden, y el simbólico de Obispo de Siria.

Resumiendo, Miguel Avellán, franciscano andaluz, gracias a su sólida formación intelectual y a su tenacidad en el desempeño de sus tareas de varios estamentos de la seráfica orden franciscana, consiguió alcanzar con el tiempo dignidades emanadas directamente de la propia Corona española, aunque tampoco le debió ser ajeno su particular situación personal y familiar, al estar vinculado por lazos de sangre y de apellidos a las oligarquías locales afincadas en diversas comarcas granadinas.

El misterio de Miguel Avellán

Conocida con un cierto detalle, la vida y las andanzas personales de Miguel Avellán, ahora cabe preguntarse por los motivos que llevaron a Francisco Fernández de Córdoba, Abad de Rute, a citar el nombre de Miguel Avellán en su crónica manuscrita Historia de la Casa de Córdoba, y más en concreto en el momento de hablar del sordo Alonso Fernández de Córdoba y Figueroa, Marqués del Priego, de hecho pariente del Abad de Rute.

Comentario aquel del Abad de Rute, en una obra escrita por él mucho antes de 1625, puesto que falleció en aquel mismo año, con el cual se ligaba a Miguel Avellán a la enseñanza, pero de forma sorprendente como maestro especializado del sordo Marqués del Priego, y en un momento en que la fama de Miguel Avellán era, a falta de documentación, aparentemente nula, salvo es de pensar que en la propia Andalucía, puesto que su fama más conocida y documentada se iniciará en Madrid y a partir de 1627, afirmando el Abad de Rute del Marqués de Priego que:

“Aunque con el impedimento natural de lengua y oído, valiéndose de ministros celosos del bien de aquella casa y estado, la gobierna hoy prudentemente, debiéndose la mayor parte del desempeño en que las rentas del se hallan y de la buena administración de la justicia, al licenciado Blanca de Cuerda, su administrador y juez de apelaciones, segundando el marqués sus intentos, ya que no de palabra por escrito, por cuyo medio entiende y responde con vivacidad notable a cuanto se le consulta. Tanto pudo en hombre tan impedido (el Marqués de Priego) la diligencia de Fray Michael de Abellán, del orden de San Francisco, hombre de grande religión, ingenio y estudio”.[20]

Referencia directa a Miguel de Avellán, realizada por el Abad de Rute, que una mano anónima tachó inmisericorde en fecha desconocida, sustituyéndola por una anotación marginal que afirmaba textual: “la diligencia de Manuel Ramírez Carrión, natural de Hellín, en el reino de Murcia, maestro suyo en esa facultad.” [21]

Por otra parte, dentro de aquella extraña y posterior interpolación, y donde aquella mano anónima citaba, con nombre y apellidos, al conocido maestro de sordos, natural de Hellín, Manuel Ramírez de Carrión, personaje que sería durante un largo periodo de tiempo, y según él mismo, maestro y secretario del propio Marqués de Priego, y que gracias a ello alcanzaría fama universal, de paso se estaba dando a entender que dicho personaje interpolado era el supuesto maestro “único” del sordo Marqués de Priego, y no Miguel Avellán tal como anteriormente había afirmado, de su puño y letra, el Abad de Rute.

Del mismo modo que también se afirmaba en dicha interpolación, y en el caso de Ramírez de Carrión, que dicho personaje había sido “maestro (del Marqués) en aquella facultad”, aunque sin que se especificara a qué “facultad” concreta se hacía referencia con dicho comentario.

Salvo que hiciera referencia al comentario anterior, donde el Abad de Rute afirmaba que, con independencia de que el Marqués de Priego no “hablaba” vocalmente, lo hacía “por escrito, por cuyo medio entiende y responde con vivacidad notable a cuanto se le consulta”.

De intentar averiguar en nuestro tiempo si aquello era así, o qué se pretendía remachar con aquella interesada interpolación, el hecho más evidente pasaba por el detalle puntual de que en aquellas fechas el Marqués de Priego era “mudo” total. Aspecto o deficiencia física que incluso reconocía Ramírez de Carrión en 1629, afirmando “que si no fuera porque su enseñanza se cortó en la mejor edad hablara vocalmente con mucha perfección, como lo comenzó a hacer en los principios de ello”.

Sin embargo, de dicho comentario de Ramírez de Carrión en 1629, también se venía a desprender, de creer fielmente en los comentarios del mismo, que en un momento dado el Marqués de Priego, había empezado a hablar vocalmente “en la mejor edad”, tal “como lo comenzó a hacer en los principios de ello”.

De ahí que la cuestión más curiosa sea precisamente que sobre aquel mismo y puntual asunto, el Abad de Rute no decía absolutamente nada en su comentario, teniendo en cuenta la importancia fundamental de aquella misma cuestión, referida al hecho del “habla” vocal del sordo Marqués de Priego, puesto que en aquella época había pocas noticias, por no decir nulas, respecto semejante adelanto pedagógico.

Por otra parte, es de suponer que aquella “habilidad” en el habla por parte del Marqués de Priego debió adquirirla, por lógica, mediante la ayuda de un maestro muy especializado, y que por supuesto no pudo ser precisamente Ramírez de Carrión, sino el personaje lo hubiera afirmado y resaltado a mayor gloria propia en 1629, cosa que no hizo.

Hecho del que se desprende, al matizar Ramírez de Carrión en aquella fecha, que aquella enseñanza primera se “cortó”, y aquí habría que suponer, entre otras muchas causas, por desaparición directa del misterioso maestro que Ramírez de Carrión no cita, salvo para reprochar implícita y veladamente aquel infeliz y desafortunado abandono del docente, que antes que él había existido otro maestro trabajando con el sordo Marqués de Priego.

Motivo por el cual, y al no tener más noticias inherentes al caso, se debería volver de nuevo al maestro citado por el Abad de Rute en su comentario, en su caso, Fray Miguel Avellán, pero con todas las cautelas, y más aún por los motivos que se expondrán más adelante.

El meollo de la cuestión

Una cosa es cierta, si aquella afirmación respecto a Ramírez de Carrión no hacía referencia a la “facultad” propiamente del habla, entonces, ¿de qué “facultad” se trataba?

Y la respuesta a dicha incógnita parece estar incluida, tal como hemos supuesto antes, en el mismo comentario original, y donde el Abad de Rute afirma que a pesar a su impedimento en el habla, el Marqués de Priego, “ya que no (puede contestar) de palabra (lo hace) por escrito, por cuyo medio entiende y responde con vivacidad notable a cuanto se le consulta”, pero en su caso refiriéndose a la supuesta labor realizada por Miguel Avellán.

De lo que se desprende, que el añadido posterior, el referido en concreto a que Ramírez de Carrión “fue maestro en aquella facultad”, parece indicar, de ser cierto y de no interpretarse mal, que Ramírez de Carrión se debió encargar a posteriori de enseñar al Marqués de Priego, no a hablar vocalmente, puesto que aquella capacidad ya la había perdido, no a leer mentalmente, dado que dicha habilidad probablemente la tenía mucho antes, y como producto de su temprana desmutización, y por lo mismo el Marqués de Priego era capaz de leer e interpretar las notas escritas, sino simplemente a la “habilidad” de saber “escribir” con la pluma, pudiendo por tanto contestar, por el mismo medio, a lo que se le preguntaba, tal como afirmaba el Abad de Rute.

De ahí que el comentario añadido debería ser mirado bajo un doble aspecto. Primero, de creer a Ramírez de Carrión, resaltar que el Marqués de Priego siendo niño fue enseñado a “hablar” vocalmente por un maestro cuyo nombre, sería, en apariencia, y siempre según el Abad de Rute, Miguel Avellán, puesto que no cita el nombre de otro maestro distinto, pero según afirmaba después Ramírez de Carrión, al desaparecer dicho maestro, con el tiempo, el Marqués de Priego tornó a quedar mudo.

De ahí y por lo mismo, se podría entender perfectamente la lastimera queja de Ramírez de Carrión antes vista, en lo que en cierto modo no dejaba de ser el reconocimiento de la desaprovechada labor anterior del misterioso maestro, cuyo nombre Ramírez de Carrión no cita, aunque seguramente sabiéndolo, en su obra Maravillas de Naturaleza, Montilla 1629.

Segundo, por lógica y de seguir, por ejemplo, el método de Pablo Bonet, para enseñar a “hablar vocalmente” a un sordo, se hacía necesario e imprescindible empezar por enseñarle a la vez el uso de la voz y en paralelo a “leer” en voz alta, mostrándole con el dedo las letras escritas o impresas que el sordo tenía que leer sucesivamente, y a su vez, de complemento, enseñarle el uso del alfabeto manual español, en su caso, sustituto del papel y de la pluma.

Mediante aquella técnica, de hecho triple, según Pablo Bonet, el sordo si ponía interés, finalmente podía alcanzar no solo a hablar vocalmente, sino también el poder leer notas escritas e incluso libros aunque simples, o en su defecto el poder conversar en voz alta con un interlocutor oyente, pero utilizado el último el alfabeto manual en sus respuestas, al no conocer el sordo la “lectura” labial, pero dejándose en todos los casos para mucho después el enseñarle a escribir al sordo tal como hoy se entiende.

De ahí que muy bien pudo suceder, con el Marqués de Priego de nuevo mudo, posiblemente por abandono de la práctica del habla, pero sabiendo leer de forma mental y simple lo que se le escribía, y contestando a su vez mediante señas o con la ayuda de un alfabeto manual, que un tiempo más tarde apareciera por Montilla un segundo maestro: Manuel Ramírez de Carrión.

El cual, para desgracia de ambos, ya no pudo hacer nada por recuperar el habla del Marqués de Priego, dada su avanzada edad y posiblemente con la lengua atrofiada a causa de la falta absoluta de ejercicio, hecho que de manera implícita reconocía en 1629 el propio Ramírez de Carrión.

Conocido lo anterior, se hace comprensible que dicha pérdida del habla, por parte del Marqués de Priego, no tenía que comportar a la fuerza la perdida de las otras dos “facultades”, que supuestamente debería poseer tras pasar su periodo de desmutización: la de “leer” notas, o la de “hablar” por la mano mediante el uso de un alfabeto manual, pero facultades que requerían por parte del sordo, que antes se hubiera esforzado aprendiendo a saber “leer”, en su caso, de forma mental.

De ahí la posibilidad de que Ramírez de Carrión pudiera enseñarle perfectamente la única “facultad” que en realidad le debería faltar, en su caso, la “facultad” de “escribir”. Facultad que ahora sabemos poseía el Marqués de Priego tal como afirmaba el Abad de Rute, pero suponiéndola inherente al conocimiento de la propia lectura, cuando en el caso de los sordos generalmente no tenía precisamente que ser así.

Matizaciones

Dando por bueno lo anterior, se haría más comprensible el posterior añadido, referido a Manuel Ramírez de Carrión, diríamos que escrito a modo de matización, puesto que con él se advierte que se está hablando de dos fases distintas de la educación del Marqués de Priego, y ambas por sobreentendidas.

La primera, la desmutización propiamente dicha, y con ella el enseñar al sordo a “leer” mentalmente, mediante “letras escritas”, ya fueran en una pizarra o en un papel, enseñándole a la vez el uso del alfabeto manual, y la segunda, el enseñarle finalmente a “escribir”.

Sin embargo, al conocer por Juan Bautista de Morales, cómo era el método que utilizaba Ramírez de Carrión, hoy venimos a saber que su sistema no era el antes descrito, en el caso puesto de ejemplo, como era el de Pablo Bonet, sino más bien a la inversa, puesto que el método de Ramírez de Carrión con los sordos se iniciaba justamente por la “escritura” propiamente dicha, y no precisamente por la enseñanza de la voz, puesto que ésta la dejaba para el final de dicha enseñanza.[22]

Sabiéndose lo anterior, habrá que admitir que justamente aquel mérito concreto de saber “escribir” el Marqués de Priego, era el mismo que se le adjudicaba al propio Ramírez de Carrión en aquel comentario interpolado.

Detalle que parece indicar que el interpolador anónimo conocía al dedillo el método utilizado por el maestro de Hellín, cayendo de esta forma en el error de suponer que el único personaje que había participado en aquella historia tan singular era Ramírez de Carrión, incluida la del aprendizaje de la escritura por parte del Marqués de Priego, pero tarea a última hora muy ardua en la época, de creer los comentarios de Pablo Bonet sobre lo mismo, y por ello partidario de enseñarla en una segunda fase al sordo.

Por otra parte, y tal como afirmaba el cronista Pellicer Abarca, el Marqués de Priego se hacía entender mediante el uso de “intérpretes y por señas”, y entre el grupo de los “intérpretes”, destacaba con luz propia el mismísimo Ramírez de Carrión.[23]

Teniendo en cuenta que bajo en concepto general de “señas”, en aquella época se ocultaba tanto las señas comunes y propias de lo sordos como el alfabeto manual español, realizado mediante señas figurativas realizadas con la mano derecha, que imitaban las figuras de las letras minúsculas de la imprenta, pero que en caso de no conocerlo el oyente de turno requerían la labor de un intérprete, como acaeció en el caso concreto, aunque más moderno, del pintor aragonés Francisco de Goya y Lucientes.

A todo esto, el uso por parte del Marqués de Priego del alfabeto manual español, no es nada descabellado, puesto que ya se había publicado impreso en 1593, gracias al interés puesto en él por el franciscano Melchor Sánchez de Yebra en su obra Libro llamado Refugium infirmorum, curiosamente de la misma orden religiosa a la cual pertenecía Miguel Avellán. Y alfabeto manual que sabemos utilizaba también en su provecho Manuel Ramírez de Carrión, al denunciarlo Juan Bautista de Morales en su obra de 1622, Pronunciaciones generales.[24]

De hecho en este punto concreto cabe preguntase qué fue antes, la “gallina o el huevo”, ¿conocía de antes Ramírez de Carrión la existencia de dicho alfabeto?, o por el contrario, ¿lo conoció a su llegada a Montilla al utilizarlo de normal el Marqués de Priego, y por ello al aprenderlo Ramírez de Carrión pasó a ser su maestro, secretario e intérprete?

Otra cuestión a resaltar, pero sin entrar en mayores, es la personalidad del autor de aquel comentario primero, en su caso el Abad de Rute. Francisco Fernández de Córdoba, Abad mayor y señor de Rute, era uno de los cinco hijos del matrimonio formado por Luís Fernández de Córdoba, Alférez Mayor de Granada y Comendador de Villanueva de la Fuente, y por Francisca de Córdoba, nacido en Baena sobre 1565 y fallecido en Rute en 1625.

Por parentesco, el Abad de Rute era tío tercero del VIII Conde de Cabra y VI Duque de Sessa, Luís Fernández de Córdoba y Aragón, el protector de Lope de Vega desde 1605, cuyo entierro en Madrid en 1635 fue pagado por el propio Duque de Sessa, pero que ofició curiosamente el franciscano Miguel Abellán, habiendo sido el Abad Rute en su juventud servidor en Italia del V Duque de Sessa, Antonio Fernández de Córdoba, y pariente por tanto también del sordo Alonso Fernández de Córdoba, Marqués del Priego.

Con independencia del título de Abad de Rute, lo cierto es que en aquella población no había abadía, por lo mismo, Francisco Fernández de Córdoba debió residir gran parte de su vida en la iglesia de Santa María la Mayor de Baena. Pero de formar ahora un imaginario triángulo invertido, se observa que en su base, y de Este a Oeste, se encuentra Baena y Montilla, y en el vértice inferior, o su superior según se mire, está Rute, y por tanto tres poblaciones muy cercanas las unas de las otras.

De ahí que las noticias dadas por el Abad de Rute con referencia a la historia del Marqués de Priego y de su primer maestro, según él, el franciscano Miguel de Avellán, siendo el Marqués de Priego y el Abad de Rute contemporáneos y además familia, y por cuestión geográfica muy próxima, deberían ser, por lógica, de primerísima mano.

De hecho, el Abad de Rute habla y nombra dentro de aquel mismo comentario a dos personas: a Miguel Abellán, y a la persona que en realidad era la “mano derecha” del Marqués de Priego. En su caso el Licenciado Blanca de Cuerda, “su administrador y juez de apelaciones”, cuyo nombre completo era Gabriel de Blanca de la Cuerda, natural y regidor por un tiempo del pueblecito cordobés de Bujalance.[25]

A la inversa, el Abad de Rute no habla para nada de la existencia de Manuel Ramírez de Carrión. Cuestión bien extraña, de tener en cuenta que su manuscrito Historia de la Casa de Córdoba debería estar ya concluido años atrás, puesto que el Abad de Rute falleció en 1625, y que Ramírez de Carrión es muy probable que llegara a Montilla sobre 1616 o un poco antes, pasando poco tiempo después a ser “maestro”, “secretario” e “intérprete” del Marqués de Priego.

Luego cuando el Abad de Rute habla de la intervención directa de Miguel Avellán en la educación del Marqués de Priego, está hablando de una época lógicamente muy anterior a la llegada de Ramírez de Carrión a aquella casa noble en 1616, diciendo de Avellán que: “Fray Michael de Abellán, del orden de San Francisco, hombre de grande religión, ingenio y estudio.”

De hecho, en principio, y por una simple cuestión de fechas, sin hablar ya de la falta absoluta de documentación, no estamos en condiciones de poder dar a conocer cuando se pudo producir la aparición de Miguel Avellán en aquella historia, porque si hablamos de él, lo único que sabemos con mayor o menor certeza es que sobre 1612, con 32 años, era Lector y secretario de Fray Juan Ramírez, el provincial de su orden en Granada, y por tanto en una fecha anterior a la llegada de Ramírez de Carrión a Montilla, mientras que éste último estaba todavía en Madrid en 1615.

El misterioso primer maestro del Marqués de Priego

Por otra parte, el único posible nexo de unión de Miguel Avellán con Montilla (Córdoba), y sabiendo que él era natural de Granada, lugar donde profesó, podría pasar por la existencia en dicha población de Montilla del convento franciscano de San Lorenzo, muy próximo a la Huerta de Adalid, en las afueras de aquel lugar, donde casualmente fue enterrado en 1606 Pedro Fernández de Córdoba, padre del Alonso Fernández de Córdoba, Marqués de Priego.

Sabiéndose, además, que Avellán fue Guardián del convento de San Francisco de Córdoba, aunque documentado entre 1616-1618, fechas que no descartan que no lo fuera mucho antes, o que durante su cargo de Definidor, y aunque se supone que de Granada, lo fuera también en Córdoba, dándose así la ocasión propicia para que Avellán pudiera trabara conocimiento con el sordo Marqués de Priego.

Sin embargo, si damos por buena la afirmación del Abad de Rute respecto a la intervención de Miguel Avellán en la educación del Marqués de Priego, de ahí que surja la incógnita de cuándo tuvo efecto dicha intervención, sabiendo también que el Marqués de Priego había perdido el habla, según Ramírez de Carrión, que poseía “en la mejor edad”: “que si no fuera porque su enseñanza se cortó en la mejor edad hablara vocalmente con mucha perfección, como lo comenzó a hacer en los principios de ello”.

Y este asunto concreto “de la mejor edad”, de creer a Pablo Bonet y al propio Ramírez de Carrión, dicha edad pasaba entre los seis y ocho años del sordo. Por tanto, sabiendo que el Marqués de Priego había nacido el 9 de octubre de 1588, la mejor edad la tuvo entre 1594 y 1596.

Pero años en los cuales Miguel Avellán tenía entre catorce y diez y seis años, mientras que Ramírez de Carrión tenía, en los dos casos, un año más. Luego parece de todo punto imposible, de haberse seguido aquella misma regla, que ninguno de los dos fuera, por una simple cuestión de edad, el primer maestro que enseñó a hablar al Marqués del Priego, y menos aún Avellán, al cual se supone en aquellas fechas estudiando todavía en Huéscar.

Del mismo modo que cuando Ramírez de Carrión llegó a Montilla, supuestamente en 1616 o un poco antes, y al tener el Marqués de Priego en aquellas mismas fechas treinta y dos años, se puede entender que ya nada podía hacer con él Ramírez de Carrión en aquel aspecto del habla, y menos aún cuando sabemos con certeza absoluta que todos sus posteriores alumnos sordos eran postlocutivos, puesto que el mismo lo explica con todo detalle en su obra Maravillas de Naturaleza, (Montilla, 1629).

Detalle que da en afirmar que Ramírez de Carrión era en aquel aspecto muy práctico, puesto que aquel “modelo” particular de alumno era el más susceptible de poder sacarle un buen provecho a nivel pedagógico, luciéndose el maestro, a la inversa que por lo general sucedía con los nacidos directamente sordos

Aspecto del “habla” supuesta anterior del Marqués de Priego, que de forma curiosa no recoge en ningún momento de su comentario el Abad de Rute, y por lo mismo aspecto discutible al ser la única y exclusiva fuente de referencia Manuel Ramírez de Carrión, y por tanto lógicamente muy interesada.

Aspecto de la “mudez” del Marqués de Priego que confirma el poeta natural de Baena, Miguel de Colodrero de Villalobos,[26] pero que recogió de forma algo burlesca en sus Varias rimas de don Miguel de Colodrero y Villalobos, Córdoba, 1629, diciendo así:

“Que mire y calle me pidió Menguilla,
Adio, amor, adio, que me mudo;
De bonísima gana fuera mudo,
Si Dios me hiciese dueño de Montilla.”

De ahí que, incluso, rectificándonos en cierta forma de anteriores comentarios, tengamos que admitir que Miguel Avellán materialmente no pudo enseñar el “habla” al Marqués de Priego, pero si pudo perfectamente darle a conocer, pero en una fecha desconocida, y como se acostumbraba a hacer con otros sordos nobles, la “lectura” y el complementario “alfabeto manual español”, tal como en cierta forma afirmaba el Abad de Rute, puesto que sino era materialmente imposible que el Marqués de Priego pudiera contestar a lo que se le preguntaba por “escrito”.

Conocimientos los anteriores, y de resultar cierta la manipulación interesada del texto del Abad de Rute, que pudo complementar perfectamente Ramírez de Carrión en el largo y tedioso asunto del aprendizaje de la “escritura”, pero hecho hasta cierto punto dudoso, dado que el Abad de Rute une al nombre de Miguel Avellán al detalle de que el Marqués de Priego sabía “escribir; y siendo muy benévolos, aunque fuera de forma muy simple.

Por lo mismo, no se puede descartar la existencia previa y anterior a Miguel Avellán y Manuel Ramírez de Carrión, de un maestro desconocido que pudo enseñar la facultad del “habla” al Marqués de Priego, y que tras su desaparición perdió de forma definitiva.

Pero que de haberse utilizado el sistema que antes comentamos u otro similar, a buen seguro debió servir y mucho a la hora de enfrentarse, en primer lugar, Miguel Avellán con sus enseñanzas, incluida la escritura simple, y a posteriori, con todas aquellas enseñanzas acumuladas, a la hora de enseñarle finalmente Ramírez de Carrión la “escritura” en todas múltiples sus variantes, y con ella los tres modelos más comunes en la época, “la romanilla”, “la gótica” y “la de canto”, tanto mayúsculas como minúsculas.

En resumen, en el pueblo de Montilla en Córdoba, y más en concreto por el palacio de los Marqueses de Priego, durante los años 1596 y como mínimo hasta 1630, circularon por él tres maestros de sordos: un primer maestro de nombre desconocido, un segundo: Miguel Avellán y finalmente un tercero: Manuel Ramírez de Carrión, y los tres al servicio directo de Alonso Fernández de Córdoba, Marqués de Priego. Circunstancia totalmente extraordinaria dentro de la Historia de la educación de los sordos en España.

 Notas

[1] Antonio Gascón Ricao y José Gabriel Storch de Gracia y Asensio, Historia de la educación de los sordos en España, y su influencia en Europa y América, Madrid, 2004, Lección 5, apartado 5.5.3. Michael de Abellán, p. 105.

[2] Es de agradecer al amigo Fernando Negredo, actualmente en la Universidad Carlos III de Madrid, su gentileza al no dudar en proporcionar a los presentes autores su trabajo, del cual se han extraído, casi textuales, muchas de las noticias personales y familiares referidas al personaje. Fernando Negredo del Cerro y Karen M. Vilacoba Ramos, Un franciscano andaluz al servicio del Rey, fray Michael Avellán (1580-1650). Curso de Verano El franciscanismo en Andalucía, VII Curso de Verano (Año 2001), VIII Curso de Verano (Año 2002), Tomo I, Córdoba, 2003, pp. 537-548. Fernando Negredo del Cerro, Los predicadores de Felipe IV, Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Geografía e Historia, Departamento de Historia Moderna, Madrid, 2001, 3.5.1. “Fray Michael Avellán (O.F.M.) (1585?-1650) Confesor de Infantas y Obispo de Siria”, pp. 328-333. Ver en http://www.es./BCUM/tesis/ghi/ucm-52118.pdf.

[3] Habrá que advertir que en asunto de la grafía también se optado por Miguel Avellán sin más, puesto que en las fuentes de su época se acostumbraba a intercalar, entre el nombre y el apellido, la preposición “de”, y en particular, tal como se puede ver, en las obras impresas.

[4] Entre los participantes de la celebrada en Granada en 1615, en honor de la inmaculada Concepción, estaba Miguel Avellán. Alonso de Ferriol y Caycedo, Libro de las fiestas, que en honor de la inmaculada Concepción de la Virgen María, nuestra señora, celebró su deuota y antigua Hermandad. En san Francisco de Granada. Año de mil y seiscientos y quinze. Dispuesto por don Alonso de Ferriol y Caycedo. Dirigido al lllustríssimo y Reuerendíssimo Señor don Philipe de Tassis, Obispo de Falencia electo Arçobispo de Granada del Consejo de su Magestad, etc., Granada, Martín Fernández, a costa de la Hermandad, 1616.

[5] El nombre “Francisco” aparece en la obra de Bartolomé-José Gallardo, Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos, Madrid, 1866, p. 451, al hacer referencia a la obra del Licenciado Carlos Cevallos de Saavedra, titulada, Ideas del púlpito, Barcelona, 1638.

[6]Historia de Huescar, MS original en 4.º, letra del siglo XVIII, en poder del S. D. Valentín Carderera […] En una nota que precede a esta historia, se dice que la letra del MS es parecida a la del Licenciado D. Juan Abellan, regidor de Huescar…”. Tomás Muñoz y Romero, Diccionario bibliográfico-histórico de los reinos, provincias, ciudades, villas, iglesias y santuarios de España, Madrid, 1858.

[7] Ver Luis del Mármol Carvajal, Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reyno de Granada, Segunda Impresión, Tomo II, Madrid 1747.

[8] Archivo General de Palacio (A.G.P.): Caja 7718, exp. 2, fol. 7v.

[9] A.G.P.: Caja 7718, exp. 2, fol. 7v.

[10] Probablemente de Pedro Fajardo de Córdoba, III Marqués de Velez, fallecido en Murcia en 1579.

[11] Entre los años 1617-1618, un tal capitán Juan Martínez Carrasco, natural de Huéscar, al parecer también ganadero, arrendó tierras en Almería, para que pastaran 6.000 cabezas de ganado menor. Ver Julián Pablo Díaz, “La trashumancia en el sureste peninsular durante la época moderna”, Estudis d’Història Agrària, nº 17 (2004), pp. 359-388)

[12] A.G.P.: Caja 7718, exp. 2, fol. 6v. Según Jiménez Alcáraz, los Martínez Carrasco de Huéscar, como muchas otras familias, provenían del reino de Murcia, siendo en su caso una familia más de conversos. Juan Francisco Jiménez Alcázar, Los parientes de los unos y los otros: lo grupos de poder local en el reino de Murcia (ss. XIII-XVI), Historia Medieval, Anales de la Universidad de Alicante, Departamento de Historia Medieval, nº 13, 2000-2002, p. 26.

[13] A.G.P.: Caja 7718, exp. 2, fol. 15v.

[14] Definidor: En algunas órdenes religiosas, cada uno de los religiosos que, con el prelado principal, forman el definitorio, para gobernar la religión y resolver en los casos más graves. Diccionario de la Lengua Española, RAE, edición 2001.

[15] Guardián: En la Orden de San Francisco, prelado ordinario de uno de los conventos. Diccionario de la Lengua Española, RAE, edición 2001.

[16] Torres, Alonso de (O.F.M.), Crónica de la provincia franciscana de Granada, Madrid, 1863, p. 17, de la edición facsímil publicada por el Archivo Iberoamericano, en 1984.

[17] Joan de Sola, Caballerizo del Serenísimo Cardenal Infante, que presentó el testamento y el codicilo a la muerte de Pablo Bonet en Madrid, había recibido antes el encargo, por parte de Pablo Bonet y bajo poder notarial, de hacerse cargo de todos sus papeles correspondientes al asunto de la leva de tropas para el reino de Nápoles, en el cual estaba trabajando, en su caso, en nombre del Conde de Monterrey, que desde 1631 y hasta aquel mismo año de 1633, ocupó el cargo de Virrey y Capitán General de aquel Estado, pero que según testimonios contemporáneos, dejaba mucho que desear.

[18] Espejo de las Serenísimas Infantas de la Augustísima Casa de Austria. Vida de la serenísima infanta del imperio de Alemania, reinos de Bohemia, hungría […] Sor Margarita de la Cruz y Austria, monja profesa en el real convento de las descalzas de Madrid […] Autor el ilustrísimo y Reverendísimo Sr. D. Fr. Michael de Abellán, obispo de Siria […] Y sacado en limpio de los borradores originales de mano propia del mismo Sr. Obispo por el ldo. Alonso Montero, presbítero, (cura del lugar de Rejas y
natural de… Brea) su secretario y heredero de este trabajo por cláusula especial de su testamento… Año MDCLVII. Ver en E. Tormo, En las Descalzas Reales. Estudios históricos, iconográficos y artísticos, Madrid, 1919, p. 219.

[19] Cayetano Alberto de la Barreda, Nueva biografía de Lope de Vega, página Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

[20] Francisco Fernández de Córdoba, Abad de Rute, Historia de la Casa de Córdoba, Biblioteca Nacional, Madrid, Manuscrito. 3271, folio 151.

[21] Tomás Navarro Tomás, “Manuel Ramírez de Carrión y el arte de enseñar a hablar a los mudos”, Revista de Filología Española, 1924, Tomo XI, julio-septiembre. Rojo Vega, A. (2002): “Testamento de Manuel Ramírez de Carrión (Valladolid, 1654)”, en Al- Basit, Revista de Estudios Albacetenses, Tercera Época, Año XXVII, Núm. 46, Diciembre. A. Gascón Ricao, A. y J. G. Storch de Gracia y Asensio (2005): “El testamento de Manuel Ramírez de Carrión, preceptor de sordos en el siglo XVII”, publicado en http://www.ucm.es/info/civil/herpan/docs/Carrion.pdf . Antonio Gascón Ricao y José Gabriel Storch de Gracia y Asensio (2009): “Manuel Ramírez de Carrión, maestro de sordos en el Siglo XVII: Nuevos apuntes biográficos”, ver en http://cultura-sorda.eu/resources/Gascon_Storch _Ramirez_de_Carrion_2009.pdf

[22] Manuel Ramírez de Carrión, en la obra de Juan Bautista de Morales Pronvnciaciones generales de lenguas…, y Sinificación de letras en la mano (Montilla, 1623). En prensa.

[23] Prueba de ello, es que consta que al fallecimiento del rey Felipe III, el 31 de marzo de 1621, el Marqués de Priego hizo celebrar unas exequias “a la Católica Majestad del Rey Philipe Tercero nuestro señor […] en su villa de Montilla, en diez y ocho de Mayo […y] asistio V. Excellencia a ellas, y lo que el oydo no pudo percibir, percibio el feliz ingenio […] con la relación que el Maestro Ramírez hizo”. José María Valdenegro y Cisneros, La imprenta en Córdoba, Madrid, 1990, documento 108.

[24] Juan Bautista de Morales, Pronunciaciones generales de lenguas, ortografía, escuela de Leer, Escribir y Contar y Sinificacion de Letras en la Mano. Montilla, 1623

[25] José Antonio Martínez Bara, Catálogo de informaciones genealógicas de la Inquisición en Córdoba, Córdoba, 1979, p. 99.

[26] Miguel de Colodrero y Villalobos, Baena 1608 y muerto después de 1672, educado en Córdoba y fervoroso gongorino, sirvió toda su vida al que fue amigo de Lope de Vega, Luís Fernández de Córdoba, Duque de Sessa, a quien dedicó sus Varias rimas; a su hermano , el Marqués de Poza, el Alfeo y otros asuntos en verso, Barcelona, 1639, y al Conde de Cabra, Francisco Fernández de Córdoba, los Diversos versos y cármenes sagrados, Zaragoza, 1656, es también autor de las Golosinas del ingenio, Zaragoza, 1642.

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