Pide permiso, maleducado! Sobre una diferencia de cortesía entre sordos y oyentes venezolanos

Usuario-VacioPor María Eugenia Domínguez

Mérida, 2003.

Sección: Artículos, cultura sorda

Publicación original: Educere, ULA (Año 7, Nº 21).

 

Sobre la concepción actual de los sordos y la sordera

Antes de los años ochenta, prevalecía en el mundo la concepción de que las personas sordas eran discapacitados y, por tanto, sujetos de la medicina y la terapia (terapia de lenguaje o fonoaudiología)
. Hoy vemos el problema de manera diferente. Si bien la condición de sordera es, con frecuencia, consecuencia de una enfermedad, la imposibilidad de oír normalmente es una condición permanente que tiene en la vida de la persona sorda mayores implicaciones sociales y culturales que médicas.

Así, hoy en día, prevalece el enfoque multicultural y socio antropológico en la interpretación de las necesidades educativas y sociales de la persona sorda: concebimos al sujeto sordo no como un enfermo sino como un sujeto con especificidades culturales y antropológicas que derivan de su condición de sordo, la más importante de ellas; la necesidad de usar una lengua visual, esto es, una lengua de señas.

La audición es una característica de la especie humana, y forma, por tanto, parte de la vida de muchos seres humanos. Lógicamente está presente en la organización de la vida social de casi todas las culturas, en prácticas, por ejemplo, como el baile o en codificaciones de alarma como las sirenas y timbres. Además, la mayoría de los idiomas tiene como medio de transmisión el sonido, casi todas las lenguas del mundo son de tipo orales-auditivo.

Todo esto condiciona que los sordos, aquellos que no oyen normalmente, precisen de una organización de la experiencia diferente para poder sobrevivir en una sociedad estructurada para oyentes.

Compartir esta forma particular de organizar la existencia es una importante razón por la cual los sordos se identifican entre sí, se reúnen continuamente y forman vínculos de solidaridad, afinidad y defensa, es decir, se constituyen en comunidad. Como todos los seres humanos, las personas sordas tienen una fuerte necesidad de identificarse con sus semejantes, de modo que no es extraño que en la medida que tengan posibilidad de contactarse y conocerse (por ejemplo en las escuelas) los niños y adultos sordos pasen a ser parte de comunidades.

Una comunidad de sordos es, pues, un grupo humano que se identifica y cohesiona principalmente por la condición de “ser sordo”.
Esta condición, si bien se origina en la carencia de audición normal, comprende un conjunto específico de experiencias. Desde mi punto de vista, las diferencias básicas que estructuran la “experiencia sorda” son:

a) El uso de una lengua visual (una lengua de señas, que se aprende y transmite generalmente en las escuelas de sordos)

b) La conciencia de diferencia respecto a la mayoría (que en los casos de sordos que nacen en familias oyentes se caracteriza por una peculiar vivencia de aislamiento)

c) La habilidad para buscar datos a través de medios no auditivos y

d) Una concepción primordialmente visual de la información

A partir de estas diferencias comunes, muchos sordos no sólo van a desarrollar su vida, sino que también se van a adherir a otras formas de conciencia e identificación de grupo apenas entren en contacto con otras personas sordas, por ejemplo, a través de la escuela de sordos. Un sordo venezolano, por ejemplo, consumará un brindis a través del roce de sus dedos, en lugar del choque de copas usual entre oyentes, pues, obviamente, la primera forma proporciona una respuesta sensorial válida para alguien que no oye y, sobre todo, ofrece una forma de identidad específica.

Estos “arreglos” entre las posibilidades y las necesidades presuponen entre los sordos prácticas y regulaciones sociales en las que, obviamente, se prescinde del sonido, se privilegian los datos visuales y táctiles y, más importante aún, se forma una conciencia de pertenecer a un grupo “diferente”.

Sin embargo, algunas costumbres de las comunidades sordas, entre ellas algunas formas de cortesía, no son visibles para los oyentes y por ello pueden resultar incomprensibles y probablemente amenazadoras para estos (Hofstede, 1999)

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