Se hace historia al recordar

Boris-FridmanPor Boris Fridman Mintz,

México, 2015.

Sección: Artículos, cultura sorda.

 

 

Quienes hemos defendido los derechos colectivos de los sordos señantes hemos pecado de pragmatismo, sin duda bien intencionado pero igualmente corto de miras. En nuestras deliberaciones se repiten una y otra vez dos clases de argumentos cuyo origen histórico aquí examinaré. Muchas cosas de las que habré de decir no son nuevas. Sin embargo son frecuentemente ocultadas por ese velo que llamamos sentido común.

La primera clase de argumentaciones se caracteriza por destacar lo peculiar de las necesidades lingüísticas y sociales de los sordos, derivadas todas ellas de la propia naturaleza fisiológica de la sordera. Una de tales singularidades es que quien no oye no puede sostener una comunicación rica, natural y fluida en lengua oral alguna, no de manera directa y cara a cara frente a un oyente-hablante. De tal caracterización se derivan una amplia gama de circunstancias de las cuales destacaremos dos muy generalizadas:

Todos los sordos señantes dependen de los intérpretes para interactuar con la mayoría oyente-hablante que les rodea, desde ámbitos tan privados como la convivencia familiar hasta otros tan públicos como el ejercicio de toda clase de derechos ciudadanos.

El acceso a la educación formal por parte de los sordos señantes forzosamente pasa por algún tipo de interacción escolar bilingüe (en todos los niveles de la educación).

Siguiendo una segunda línea de argumentación, quienes defendemos los derechos de las comunidades de sordos reiteramos vehementemente que quien no comprenda las necesidades específicas de tales comunidades actuará contra natura. En consecuencia asumimos como nuestro principal objetivo el reformar el sentido común de la mayoría oyente. Etiquetamos como “audismo” (racismo dirigido a los sordos señantes) a los componentes singularmente perniciosos de este sentido común y nos lanzamos a combatirlos con campañas de difusión tan amplias o eficaces como sea posible. Generalmente tales campañas encuentran poco eco y nos preguntamos por qué los hablantes-oyentes son tan necios: ¿por qué los hispanohablantes o los angloparlantes no acaban de entender que los sordos señantes ejercen a plenitud el potencial del lenguaje humano?

Sin duda es verdad que los sordos señantes tienen necesidades comunicativas singulares, como también es cierto que el sentido común sobre la naturaleza de los sordomudos suele ser profundamente

discriminatorio e incluso racista. Pero saber que las cosas son así no explica las causas de que así sean. Las campañas de defensa del sordo no pueden tener éxito porque digan la verdad simple y llanamente. Necesitan basarse en el entendimiento de la historia que ha producido y reproduce estas falacias denigrantes como engranajes del sentido común. Tal vez una perspectiva más amplia nos ayude a entender que estamos haciendo mal y cuáles son las causas de nuestros reiterados fracasos. Ha llegado el momento de hacer historia al recordar.

De feudos, reinos y vasallos

El medioevo se caracterizó por la fragmentación territorial, política y económica de la Europa Occidental. Frecuentemente se asocia esta fragmentación a un empobrecimiento cultural pero pocas veces se recuerda que esta misma fragmentación permitió la reproducción y ulterior consolidación de las lenguas que antecedieron a la expansión europea del latín, así como el nacimiento y ulterior consolidación de las lenguas romances que nacieron con la diversificación del latín vulgar, esto es, de las variantes populares del latín.

Durante el alto medioevo (siglo V al siglo X) el latín escrito prevaleció como la lengua común de una Europa fragmentada. Se le usó para las bellas artes, la cultura, la religión y las leyes. Sin embargo, todas las clases sociales de cada señorío tendían a hablar su propia lengua y cada una de estas variantes lingüísticas evolucionaba por un camino diferente al de otros señoríos, en proporción directa a la distancia relativa que hubiera entre ellos. Que tanta población hablaba una determinada variante dependía de que tan extensos eran los dominios del señorío o de que tanto llegaban a interactuar entre sí los habitantes de señoríos colindantes. Así, en la región nororiental de lo que hoy es el territorio de Francia se hablaban variantes como el Picard, el Walloon y el Francien. Y si bien el Francés contemporáneo emergió de la evolución, mezcla y expansión de estas variantes, en el equivalente medieval de la Francia contemporánea no se hablaba una lengua, ni dos, ni tres sino alrededor de treinta. No existía ni el concepto ni la práctica de una lengua nacional, como tampoco existía el nacionalismo que hoy nos parece tan natural como ineludible.

Es de suponerse que en aquel contexto y durante varios siglos, los sordos señantes convivieron con las demás minorías lingüísticas presentes en su ámbito, particularmente en regiones donde hubiese una alberca genética regional con genes recesivos que propiciasen una presencia numerosa de sordos. Si bien será difícil documentar su existencia, es probable que haya habido varias lenguas de señas durante el alto medioevo, así como sería de esperarse que algunas de ellas hayan persistido más que otras, dependiendo de la longevidad de su aislamiento relativo y de la permanencia de la alberca genética que los vio nacer.

Hay comunidades de sordos señantes de este tipo en el centro de Yucatán (donde está la Lengua de Señas Maya, hasta mediados del siglo XX en la isla de Martha’s Vineyard, hay referencias de una lengua similar entre los beduinos del medio oriente, y pudiera ser que se les siga encontrando en espacios sociales en extremo aislados. Es importante destacar que en esta clase de ámbitos, medievales o no, las lenguas de señas son percibidas como un atributo más de la identidad lingüística local y sus practicantes no son ni concebidos ni tratados como personas con discapacidad, siempre que se puedan mantener al margen del avasallador avance de hablantes nacionalistas o realistas.

En el bajo medioevo (siglo XI al XIV) algunos burgos o ciudades empiezan a florecer en los márgenes del sistema feudal. El ejercicio del comercio y de variados oficios crece en torno de los castillos feudales, tierra adentro y en los puertos. Los talleres y las logias, los comerciantes, navieros y banqueros se van abriendo paso para acumular una riqueza y un poder político que escapa al control de la nobleza y de la iglesia. Algunos nobles se resisten al ascenso de la burguesía y otros tantos la toleran sacando provecho de su presencia y dándole la espalda cuando lo considerasen conveniente. Con el tiempo los señores feudales de los burgos más pujantes se convertirán en reyes y su parentela feudal se convertirá en nobleza.

El gobierno de los burgos, de los puertos más pujantes, así como de sus crecientes territorios se hará cada vez más complejo. Conforme los reinos van creciendo en riqueza, población y extensión, más lenguas se hablan dentro de su dominio. Es solamente entonces que iglesia, nobleza y naciente burguesía sienten la necesidad de que la administración del reino se haga en su lengua, a todo lo largo y lo ancho del impero, o en el ámbito regional bajo la influencia de su ciudad. Esto no requirió de que los vasallos hablaran la lengua de la nobleza, sino más bien que las clases dominantes y su burocracia tuvieran una lengua común y fuesen plurilingües, para que cada cual se hiciera cargo de los súbditos de su región, en la lengua o tipo de habla que en ella se practicase.

El Renacimiento

Desde el siglo XV nos llegan referencias de los primeros mentores oyentes de pupilos sordos. Se trata de menores de familias privilegiadas. Para integrarse plenamente al estrato social de sus padres ellos debían demostrar que hablaban la lengua de las ordenanzas, la de la nobleza de su reino. Pero también es probable que en París, Florencia y Venecia (por ejemplo) existiesen comunidades de señantes. Aunque no hubiera una alberca genética que lo facilitara, el tamaño de la ciudad era tal que seguramente en ella habitaban un buen número de sordos que perdieron el oído a edad temprana. Es posible que para satisfacer sus propias necesidades sociales se congregaran, tal y como lo hacen hoy en día a pesar de que se les prohibe. Si tal fue el caso, no es difícil imaginarse que a nadie le importara que los sordos señantes vagaran gesticulando entre sí por las calles de estas ciudades ilustradas. Si se les requería para socializar con algún oyente-hablante es posible que familiares o amigos bilingües los interpretaran, según las circunstancias lo requirieran. Por otra parte, si caían en el abandono y la mendicidad entonces un mendigo más serían, mendigo señante sí, pero al fin y al cabo simplemente mendigo.

Su vida no fue paradisiaca. Sin duda deben de haber vivido situaciones lamentables de todo tipo. Sin embargo sus desventuras eran las de muchos otros pobres. Tal vez se les consideró idiotas, como idiotas se consideró a muchos campesinos que hubiesen huido a París, a Florencia o a Venecia sin poder dialogar inteligiblemente con las autoridades de la ciudad. Lo que quiero destacar es que los sordos señantes probablemente recibían un trato semejante al que recibían otros muchos pobres y migrantes que vivían o pasaban por una ciudad políglota. Buena parte de la población de estas ciudades, si no es que la abrumadora mayoría, no entendía ni la escritura de las ordenanzas ni el habla de los juicios, ni el lenguaje de la literatura como tampoco el de las bellas artes, ni los sermones de los curas, ni las ordenes de los gendarmes como tampoco las indicaciones de los funcionarios reales. Los sordos señantes eran una minoría lingüística más en una ciudad, un reino, o un imperio poblados todos ellos por gentes que hablaban de muy diversas maneras, en distintas variantes lingüísticas.

De Nacionalidades y ciudadanías

Se acerca el tiempo de revoluciones y grandes reformas. Del siglo XVI al XVIII habían florecido algunas grandes ciudades. Su comercio y sus industrias crecen sin cesar. Europa occidental vive los tiempos del renacimiento y de la Ilustración. Gremios, comerciantes y banqueros se hacen cada vez más poderosos. En algún momento, hacia finales del siglo XVIII, los ciudadanos de París deciden hacer sus negocios y su vida toda sin someterse a las ordenanzas reales, se levantan en armas para derrocar a la nobleza y al absolutismo monárquico. La hora de la conversión generalizada de reinos, imperios y colonias en estados modernos ha comenzado.

En la revolución francesa se establece el principio legal según el cual todos los residentes del otrora reino son ahora ciudadanos de la República y todos ellos son declarados iguales ante la ley. En principio todos los ciudadanos pueden ejercer los mismos derechos y todos los ciudadanos deben cumplir con las mismas obligaciones. Esta declaración se constituye en la promesa liberal y universal de acceso a un paraíso terrenal en vida. Y sin embargo esta preñada de implicaciones y contradicciones cuyas consecuencias seguimos sufriendo hasta la fecha.

En nombre de la igualdad ante la ley, el diezmo extraído al campesino o al orfebre local se deroga y la tierra pasa a ser una cosa más que puede ser vendida o comprada. Iglesia y aristocracia perderán la mayoría de las bienes terrenales que tenían por voluntad divina y real. Pero los campesinos no podrán comprar la tierra en la que antes laboraban. Son los terratenientes que al “igualarse” con la iglesia ahora le arrebatan todo, bienes inmuebles, tierras, ganado y campos. La propiedad privada de los medios de producción se convierte en el camino privilegiado para la acumulación personal de riqueza. Los maestros de la logia del ayer se convierten en los capitalistas del ahora, los empresarios del futuro.

Hasta entonces los campesinos y la servidumbre eran vasallos. Pero en toda Europa el vasallaje se va acabando. Los vasallos son liberados porque son iguales ante la ley. Si bien les va campesinos y servidumbre se convierten en asalariados. Los aprendices del taller pasan a ser los obreros de la factoría y de la industria por venir. Cuando les va mal se incorporan a un vagabundo ejército de desempleados. No les sirve de mucho que los hayan declarado iguales ante la ley.

Tal fue el precio de la liberación de los vasallos y de la abolición de la esclavitud. Ahora todos quedan libres para para vender su trabajo y habiendo quedado desposeídos al principio aceptan lo que se les ofrezca para sobrevivir. Para que la emergente burguesía pueda desatar el potencial que encierra su propiedad de talleres y de tierras, para distribuir sus productos y ofrecer sus servicios a los cuatro vientos, los cuatro vientos deben llevar mercancías y devolverles ganancias. Todo está a la compra, todo está a la venta y con cada venta debe realizarse una ganancia. Incluso la autosuficiencia de las zonas rurales se reduce o se extingue. En adelante los campesinos y los ganaderos habrán de comprar cada vez más cosas para satisfacer sus necesidades más elementales: ropa, vivienda, transporte e incluso comida.

Todos somos iguales ante la ley pero unos son más iguales que otros

Todo intercambio comercial se realiza por medio de contratos o tratos mercantiles. Pueden ser verbales o escritos, pueden ser duraderos y de gran complejidad o pueden ser tan efímeros como un intercambio de dinero por un producto cualquiera en un mercado callejero. Ahora bien, todos estos tratos mercantiles ocurren en alguna lengua. Hablando se vende y hablando se compra. Esto lo saben bien los burgueses que ahora se encumbran en el poder. Antes de desplazar a la nobleza para asumir el control completo de las ciudades, durante el Renacimiento la burguesía acumuló varios siglos de experiencia en gobierno y en comercio. Por ende, la burguesía sabía muy bien que un componente vital de todo trato mercantil es el dominio de la lengua, así como sabía que el control del poder político se facilita cuando se ejerce desde la propia lengua y desde una ley en la propia lengua.

Para asumir el gobierno de ciudades y nacientes estados nacionales la burguesía retoma las lenguas que las monarquías usaron en la administración de sus reinos. Sin importar que esta lengua fuera declarada o no oficial, ahora la lengua de la población que concentra más poder económico y político en la ciudad se impone como la lengua única e indispensable para la administración. Constituciones y leyes se escriben en el habla de los gremios y los comerciantes de la ciudad hegemónica del nuevo gobierno nacional. Todos los procedimientos legales se hacen en su forma de hablar o de escribir. Todos los contratos elaborados en el territorio nacional deberán escribirse en esta forma citadina de hablar que ahora funge como lengua nacional u oficial.

Como los sordos señantes y los indígenas bien lo saben, quien no hable y escriba la lengua de la burguesía y su burocracia se arriesga a perder el ejercicio de todos sus derechos ciudadanos. Basta que un juez declare a quien no hable la lengua del gobierno como jurídica y naturalmente incapaz para que pierda todo derecho a defenderse. No por casualidad muchos indígenas o sordos señantes que no hablan la lengua por excelencia ciudadana han acabado en la cárcel o en el hospital psiquiátrico, o bien han perdido algún juicio supuestamente porque no hablan, no escriben o no poseen documentos probatorios inteligibles para el juez o el notario. Así es como muchas comunidades indígenas perdieron sus tierras. Así es como muchos sordos señantes perdieron su herencia en favor de algún tutor oyente.

El sentido común ciudadano

La redefinición de ciertas formas de hablar y de escribir como nacionales facilitará a las ciudades hegemónicas, a sus logias y a sus allegados en las provincias fortalecer su control de la distribución de la riqueza en todo el territorio que permanece bajo su influencia, de acuerdo con las leyes y las regulaciones que ellos mismos dictan. Pero también se facilitará la reproducción de su visión del mundo a través de discursos que crean y reproducen estereotipos de lo que es el ciudadano y de lo que significa no ser ciudadano.

Para los revolucionarios parisinos ser un un auténtico ciudadano es acceder a la razón, rechazar las supersticiones y supercherías de los campesinos y los fanáticos religiosos, así como abrevar en los textos de los ilustrados parisinos. Y cuando se está fuera de París, que mejor si esto se hace en las logias de revolucionarios distribuidas por toda la provincia, donde siempre hay un buen número de miembros que han vivido en París o que interactúan comercial, gremial o administrativamente con las clases educadas de París. Ellos saben de la supremacía de la lengua parisina.

En contraste, todos aquellos que hablen un “patois”, esto es, una lengua claramente distanciada del hablar parisino se arriesgan a no probar las mieles de la razón, a quedarse estancados en la ignorancia y la superchería que por tanto tiempo se ha difundido es estas lengua inferiores. Los campesinos tienen que ser rescatados del “patois” para ser rescatados de la contrarrevolución. Ellos son la antítesis del ciudadano. Los mexicanos que hacen chistes a costa de los indígenas, de su supuesta

ingenuidad o de su endilgada estupidez, los que se burlan de su incapacidad para hablar un buen castellano, todos ellos se hacen cómplices de un burgués o un nacionalista mexicano que no cree que los indígenas o los sordos señantes puedan ni deban ser iguales ante la ley. Convertir en sentido común que el español de las clases educadas citadinas es superior a toda lengua indígena o a la Lengua de Señas Mexicana resulta conveniente para permitir la impunidad de quienes concentran privilegios y poder. Esto es exactamente lo mismo que la convención revolucionaria francesa hizo para abrirle el paso a su burguesía y domar al pueblo de la Francia continental ante los poderes centrales de la República.

No es lo mismo los tres mosqueteros que 200 años después

Educadores, lingüistas y antropólogos han seguido el ejemplo de los revolucionarios franceses, solamente que dos siglos después y con un propósito conservador y vergonzoso mas que justiciero o revolucionario:

— Me parece lamentable que se condenara el “patois” a la desaparición mientras que simultáneamente se rescataran las palabras que valieran la pena y lo demás se preservara en el registro de lo exótico, de lo curioso. Pero a cambio se creo uno de los primeros sistemas nacionales de educación pública

— Pero es indignante que muchas lenguas indígenas de México, Estados Unidos y Canadá haya que rescatarlas o documentarlas porque supuestamente están en proceso de desaparición o porque ya desaparecieron. Los sujetos del rescate no obtienen nada a cambio, si acaso un sistema escolar en profunda crisis financiera. Pero hay que grabarlas y transcribirlas para el morbo de sesudos e interesados estudiosos. Lo mismo habrá que hacer con la Lengua de Señas Maya.

— Me parece lamentable que se descalificara a los “patois” porque supuestamente cambiaran mucho de un pueblo a otro y que se creyera que esta rica diversidad fuera muestra de su pobreza o de su decadencia. Pero al menos la intención era terminar con la fragmentación e incomunicación heredadas de los señoríos feudales.

—Pero me indigna que paternalmente se afirme que las lenguas indígenas y las lenguas de señas están supuestamente pulverizadas. Que indios y sordos señantes no se pueden comunicar entre sí en sus propias lenguas. Lo único que reciben a cambio estás comunidades son un presupuesto para que sus academias o sus dirigentes enmienden el problema con glosarios o diccionarios que solamente sirven para distraerlos de lo que deberían estar haciendo: defender a quienes representan.

— Me parece lamentable que se afirmara que la inferioridad de los “patois” era a la vez causa y efecto de que no tuvieran una tradición literaria escrita significativa. Con esta clase de argumentos se justificaba que los analfabetos fuesen despojados de sus derechos. Pero a cambio se instauró un sistema de instrucción pública.

— Me indigna que se asevere que mientras lenguas indígenas y de señas no se escriban y desarrollen una tradición literaria escrita no están a la altura de la lenguas que si se escriben, y que deberán excluirse de espacios públicos y así como de la educación formal. Así como nos debería indignar que al analfabeto se le arrebaten sus derechos ciudadanos. A cambio en México solamente se ofrece una educación pública precaria y decadente.

—Es triste recordar que los “patois” que a la postre desaparecieron fueron venerados como raíz profunda de una identidad francesa o como manifestación de una impoluta naturaleza humana. Y es muy triste saber que en el proceso se dejó morir de hambre a los campesinos, a sus hablantes de carne y hueso, y que su particular modo de hablar ya no se escucha.

— Duele ver que los gobernares contemporáneos se llenan la boca declarando que las lenguas indígenas o de señas son parte del exótico patrimonio cultural de la nación. Pero indigna observar que a quienes las viven se les obliga a permanecer recluidos en imaginarias serranías, en reservas indígenas, o en colecciones museográficas. En el proceso se deja morir de hambre a los indígenas citadinos y se humilla a los sordos señantes manteniéndolos en el naufragio insular de la discapacidad.

—Es lamentable que los “patois” se proscribieran en la plazas públicas, que su uso ante los administración de la justicia fuera una desventaja, y que quedarán excluidas del salón de clases.

— Pero indigna que el uso de las lenguas indígenas o de señas apenas se tolere en la administración de la justicia y en los servicios de salud, a

cuentagotas para la prevención injusticias extremas o muertes eludibles. En México, la ocupación colectiva de espacios públicos por parte de las minorías lingüísticas sigue siendo considerada un atentado a la unidad nacional.

De educación bilingüe, intercultural o inclusiva

Desde el siglo XIV las grandes ciudades han sido plurilingües. A ellas llegan y por ellas pasan hablantes y señantes de lenguas muy diversas, autóctonas como las indígenas, señantes como las de sus comunidades de sordos, extranjeras como las de los países imperiales sus diplomáticos, empresarios y comerciantes, así como migrantes extranjeros en busca de trabajo. ¿No va siendo hora de que aceptemos que esta es una realidad que debe ser festejada y disfrutada? ¿No va siendo tiempo de que aceptemos que todas estas comunidades tienen el mismo derecho de ocupar colectivamente espacios públicos?

Se habla mucho de que los hablantes de lenguas indígenas y los hispanohablantes deben aprender a convivir en los espacios públicos, en particular en las escuelas públicas. Suena bonito, casi idílico. Todos los niños van juntos a la escuela y en ella se integran a una misma comunidad. También se habla de ofrecer la enseñanza de una lengua indígena en escuelas donde los niños no sean indígenas. Que cualquiera pueda aprender una lengua indígena. A todo esto se le llama educación intercultural y con ella se dice que se pretende integrar a los indígenas en el mundo de los hispanohablantes, al mismo tiempo que se educa al hispanohablante para que los acepte.

Se habla mucho de que los sordos señantes y los hispanohablantes deben aprender a convivir en los espacios públicos, en particular en las escuelas públicas. Suena bonito, casi idílico. Todos los niños van juntos a la escuela y en ella se integran a una misma comunidad. También se habla de ofrecer la enseñanza de una lengua de señas en escuelas donde los niños no sean sordos. Que cualquiera pueda aprender una lengua de señas. A todo esto se le llama educación inclusiva y con ella se dice que se pretende integrar a los sordos señantes en el mundo de los normo-oyentes, al mismo tiempo que se educa al hispanohablante normo-oyente para que los acepte.

Sin embargo se trata de un doble discurso. Lo que realmente se hace es disgregar a las minorías lingüísticas, imposibilitarles que ocupen

colectivamente escuelas bilingües que se adecuen a sus necesidades y dignifiquen su presencia en la ciudad. Nótese que Coreanos, japoneses, alemanes, norteamericanos y franceses, todos ellos tienen sus propias escuelas e instituciones comunitarias. Nadie las considera una amenaza para la integración de la ciudad. Ya va siendo tiempo de que dejemos de tratar de invisibilizar a las minorías lingüísticas de la ciudad. Aquí han estado y aquí seguirán. Dejemos que ocupen colectivamente los espacios públicos que requieran. Que se reproduzcan en nuestra ciudad con la cabeza en alto.

Conclusión

Desde el Renacimiento hasta la actualidad, a las comunidades de sordos señantes les ha tocado vivir la misma suerte que a las demás minorías lingüísticas que coexisten en las grandes ciudades. La comunidades de sordos pueden encabezar un discurso que demande equidad y dignidad para todas las minorías lingüísticas de la ciudad o pueden apegarse a que se les de un trato excepcional, que las autoridades atiendan a sus singularidades.

Cada una de estas opciones tiene ventajas y desventajas. Si los sordos señantes se asocian a los indígenas citadinos podrán pelear por un futuro duraderamente digno. Este, sin embargo, es un camino más difícil porque hay que luchar contra el sentido común que arrincona a todas las minorías lingüísticas de nuestras ciudades y establece una cuarentena institucional permanente para las personas con discapacidad auditiva.

Referencias

—Johnson, Robert E. 1991. Sign language, culture & community in a traditional Yucatec Maya village. Sign Language Studies 73.

—Nora Ellen Groce. Everyone Here Spoke Sign Language. Hereditary Deafness on Martha’s Vineyard. Harvard University Press. Cambridge, Massachusetts, E.U.A. 1985.

—Certeau, Michel de. Una política de la lengua: La revolución francesa y las lenguas locales: La encuesta Gregorio. Universidad Iberoamericana, A.C. México, DF: 2008.

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