Personas sordas e identidad

Por Antonieta Hola A., Patricia Morales M., Angela Soteras S.,

Santiago, 2003.

Sección: Artículos, psicología.

 

El presente artículo pretende dar cuenta de los principales hallazgos de una investigación realizada entre los años 2002 y 2003 sobre identidad y persona sorda. Nuestro estudio ha pretendido aproximarse a la comprensión de un complejo proceso, referido a la construcción de identidad de las personas sordas, desde la perspectiva psicológica y social de los jóvenes y adultos de la comunidad sorda de la Región Metropolitana. Se incluye aquí, en primer lugar, algunos referentes teóricos significativos que orientaron nuestra investigación; posteriormente se presentan los hallazgos más relevantes relacionados con las preguntas investigativas que guiaron nuestro trabajo y finalmente, a modo de reflexión, se presentan comentarios finales que favorezcan una mejor comprensión de la persona sorda y su contexto sociohistórico.

La Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación es actualmente la única institución de Educación Superior que forma educadores de niños sordos y, por tanto, es de alguna manera responsable de la educación y formación que este grupo recibe. Asumir la educación de las personas sordas significa hacerse cargo de mucho más que temas escolares; significa conocer su constitución como sujetos y comunidad, como personas con alta potencialidad de participación ciudadana, y con posibilidades de aportar en la toma de decisiones al nivel de políticas públicas que favorezcan la real aceptación de la diversidad.

Hasta ahora, esta formación de profesores de educación diferencial en el área de audición y lenguaje ha estado fuertemente influenciada por estudios extranjeros; es imprescindible contar con investigaciones de nuestra realidad, cuyos resultados permitan materializar de una manera más eficaz una propuesta de educación bilingüe bicultural adecuada a las necesidades de nuestro contexto nacional.

El “Principio de la Educación para la Diversidad” reviste gran importancia, al menos teórica, en el contexto de la Reforma Educacional Chilena; pretende garantizar una verdadera educación en igualdad de oportunidades; una educación equitativa e igualitaria, como lo señala la Reforma, significa avanzar en la materialización de este principio y, en especial, en la generación de nuevas políticas de cambio.

Históricamente las personas sordas han sido concebidas como «oyentes defectuosos».

Personas in-válidas (sin valor), minusválidas (menor valor) o discapacitadas (sin capacidades). Por lo cual, su participación ciudadana ha sido limitada y condicionada a una serie de factores tales como el manejo de la lengua oral, la escritura y lectura, estableciéndose así una relación de jerarquía y asimetría de poder entre los oyentes y los no-oyentes. La cultura mayoritaria oyente, al igual que cualquier cultura mayoritaria, genera mecanismos de exclusión permanentes y diversos que perduran hasta nuestros días. Por lo general, son personas que han estado bajo la mirada asistencialista de las iglesias, en primer lugar, y posteriormente del Estado. Coherente con esto, la sociedad, la educación y la familia, han cumplido un rol reproductor de esta mirada: la tendencia a normalizar y homogeneizar, incluso en relación con la identidad considerada “normal”, que es la identidad reconocida como valiosa y que corresponde a la de la cultura mayoritaria.

No obstante lo anterior, y sin duda a partir de los aportes de W. Stokoe, esta concepción comienza a presentar cambios paradigmáticos. Conceptos como comunidad lingüística, cultura minoritaria, procesos socioculturales, interculturalidad, identidad, entre otros, son cada vez más inevitables al momento de aproximarnos a las personas sordas, y es la propia comunidad sorda la que comienza a hacerse visible.

Tal como lo señala Skliar, “a partir de una lectura de multiculturalidad, comprendemos el concepto de cultura sorda como una cultura conformada por una historia propia, por procesos de desarrollo, de identificación, de discriminación, de prácticas relacionadas con una lengua en común”.
La identidad constituye un elemento clave de la realidad subjetiva; a la vez, se forma a través de los procesos sociales. Los procesos sociales involucrados en la formación y mantenimiento de la identidad son determinados por la estructura social. Una vez cristalizada la identidad, es también mantenida o modificada por las relaciones sociales. Las identidades son producidas por el interjuego entre el organismo (conciencia individual y reflexión) y la estructura social, reaccionando sobre esta última, ya sea manteniéndola, modificándola o reformándola.

Hemos visto en la literatura especializada que existe consenso en cuanto a que el proceso de construcción de identidad es un fenómeno dinámico, activo, fluctuante, abierto, sujeto a permanente transformación y cambio, en función de las interacciones sociales, de las identificaciones con las cambiantes interpelaciones y representaciones sociales que se dan en nuestro entorno. Las personas se relacionan con las cosas y con ellos mismos, según los significados que manejan para ello y que surgen en la interacción social, significados que se van modificando en virtud de las interpretaciones que el sujeto vaya haciendo con respecto a ellos. Por lo tanto, la identidad es un proceso intersubjetivo que se da en tres niveles, lo individual, grupal y cultural, los que separamos artificialmente para objeto de análisis ya que se influyen mutuamente.

Ahora bien, considerando que la identidad es un producto social, y que por ende, se relaciona con las condiciones sociales actuales, podemos señalar los dilemas que enfrenta actualmente la identidad. Es relativamente poco diferenciada, ya que ante una realidad tensa y dinámica se hace necesario redefinir permanentemente las identidades. Concordamos con José Pérez Tapia que una forma de resistir las presiones de un mundo percibido como amenazante para ciertos grupos, sociedades y culturas que ven peligrar su supervivencia debido a tendencias económicas que los desbordan, a políticas que se les sobreponen o a presiones culturales, sólo es posible resistirlas a partir de una conciencia reflexiva y funcional, lo que permite un sentido de pertenencia a un colectivo cohesionado.

La planetarización económica, civilizatoria e informacional conviven con el pluralismo conflictivo promoviendo la emergencia de identidades particulares que luchan por conservar sus diferencias.

Como señala Charles Taylor, la exigencia de mutuo reconocimiento es clave moral de la dialéctica universalidad-particularidad a través de las cuales se constituyen las definiciones identitarias. La humanización no puede pasar por encima de la pluralidad; es irrenunciable salvar la diversidad, lo cual exige eliminar la desigualdad, exigencia sostenible por razones universalistas y ambas cosas, anverso y reverso del mismo objetivo, dependen del tratamiento que se le dé al hecho de la pluralidad …

Considerando la velocidad de los cambios en el mundo actual, ya que la globalización abre mundos sociales diferentes –si bien preservamos cierta coherencia y continuidad temporal–, la identidad es abierta; estamos cambiando permanentemente por la necesidad de adaptarnos a un mundo cada vez más complejo.

La identidad se vuelve más individualizada y reflexiva debido a que se hace necesario tomar opciones cuando los antiguos supuestos están sometidos a cuestionamiento. Por otra parte, en la medida que cada vez más se enfatice la importancia de la subjetividad, de los derechos individuales y de la creencia que el individuo es en última instancia el responsable de su construcción personal, estamos obligados a tomar posición respecto a nuestra existencia y tenemos la necesidad permanente de hacernos cargo de nosotros mismos. Tal perspectiva nos está señalando la necesidad de una revalorización de los movimientos sociales, por lo tanto, de la diversidad frente a la acción de grupos fácticos. Lo anterior exige la implementación de nuevas formas de hacer política, o bien, de generar bases para el ejercicio de acciones colectivas.
La situación de las personas sordas es más grave aún, pues constituyen una minoría que no ha sido realmente reconocida ni aceptada como tal, tanto desde lo social como de lo político, por lo tanto les ha sido mucho más difícil preservar su identidad.

En cuanto al proceso de construcción de identidad, hay distintas aproximaciones conceptuales. En general, existe consenso en señalar que la identidad es la forma como uno se distingue de los demás, pero también aquello que nos asemeja a otros. Toda identidad es pertenencia (generalización de sí como idéntica a otros), es singularización (diferenciación de sí como distinto de los otros), es socialización (pertenencia/asociación de sí a un grupo social) e individualización (conciencia de su singularidad irreductible).

La identidad del individuo debe entenderse como un esfuerzo permanente e inacabable de alcanzar la completud, cuya paradoja consiste en ser uno mismo, pero a la vez, este ser uno mismo sólo es posible mediante la alienación en otro, del cual se busca el reconocimiento y en el cual, sólo después de una serie de identificaciones “nos reconocemos”. Como señala Echeverría: “Ser uno mismo, es decir, tener una identidad «propia» en el espacio social, es siempre una ilusión de completud que surge tras múltiples procesos de identificación”.

No se podría hablar de una «identidad del sujeto», sino de un sistema articulado de múltiples polos de identidad (racial, de clase, de género, de profesión, de nacionalidad, etc.) asociados a un mismo significante, a un mismo individuo; es el conjunto de posiciones del sujeto articuladas en torno a uno o más núcleos o polo específico que, por ser más intenso, funciona como «punto nodal», como eje articulador del sistema que incluye polos menos definidos (Laclau, 1987; Buenfil, 1991).

Este polo nodal concentra el significado de los otros polos de identidad, lo que permite al sujeto experimentarse como unicidad. Sin embargo, este polo no es fijo, ya que, entendiendo la identidad como un sistema abierto, fluctuante, permite el acceso de nuevos polos de identidad a través de las interacciones sociales, de los discursos sociales y de las interpelaciones que en ella se producen.

Desde una perspectiva social, Larraín, además de reconocer como componentes de la identidad un conjunto de cualidades compartidas socialmente y de reconocer la importancia del “otro” en la construcción del sí mismo, se refiere a un tercer elemento que apunta al componente material de la identidad, ya que al producir, poseer o modelar lo material, los individuos proyectan su sí mismo, sus características o cualidades personales en el aspecto material; se ven a sí mismos en ello y esto lo hacen de acuerdo a su autoimagen. A través de este aspecto, se puede pretender lograr el autorreconocimiento: “Las cosas materiales hacen pertenecer o dan sentido de pertenencia en una comunidad deseada”. En esta medida, ellas “contribuyen a modelar las identidades personales al simbolizar una identidad cultural o colectiva a la cual se quiere acceder” (Larraín, 2001).

El proceso subyacente a la construcción de la identidad es la identificación, cuyo punto de partida no es el individuo con sus preferencias, sino el orden simbólico con sus modelos sociales legítimos que han sido incorporados por los sujetos dentro de una sociedad. Se entenderá por identificación aquel proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste o, en términos de Lacan: “la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen … ”

Berger y Luckman refuerzan las ideas del hombre como construcción social al señalar que la realidad de la vida cotidiana es algo que se comparte con otros; que es en la situación “cara a cara” donde interactúan las subjetividades, las que se aprehenden mutuamente a través de esquemas tipificadores; que la realidad se presenta ya objetivada, y que las identificaciones de sí mismo, se dan con ciertas categorías juzgadas creíbles, pertinentes y legítimas.

Entender el proceso de identificación implica reconocer:

Del lado del sujeto, la presencia de una carencia constitutiva y la necesidad de llenarla mediante la construcción de diversos objetos (un ideal, un bien, una posición social, etc.) En cuanto a esa carencia el orden simbólico ofrece una serie de modelos de identidad legítimos, identidades que ofrecen al sujeto la ilusión de “ser alguien”.

Del lado de lo social, se trata de asumir la presencia de una lucha simbólica entre agentes diversos en torno a la legitimación de sus respectivas significaciones.

El sujeto que “sabe lo que quiere” es aquel que ha simbolizado su deseo, aquel que logra identificar y nombrar el objeto de su deseo. El deseo constituido simbólicamente (es decir, aquel que ya es identificado con un símbolo que lo materializa, que lo encarna y lo vuelve “visible” y alcanzable para el sujeto) demanda ser satisfecho, y su satisfacción implica un acto concreto (consumo de algún bien material o simbólico, realización de alguna práctica, etc.).

En el medio social se dan múltiples interpelaciones que proponen diferentes modelos de identidad. La interpelación actúa sobre individuos ya constituidos o en vías de constituirse, por lo que la aceptación o inaceptación de la interpelación, señala si ésta ha sido exitosa o no. Althusser afirma el carácter activo del sujeto, al negar que el sujeto se constituya por su mera inserción en una estructura formal de relaciones; rechaza que el sujeto sea un ser pasivo, pues tiene la posibilidad de reconocerse o desconocerse en una interpelación; de aceptarla, rechazarla o modificarla. Es decir, no basta con que la interpelación sea emitida, hace falta el reconocimiento del individuo en esa interpelación para constituirlo en sujeto (en Buenfil, 1986).

Aceptar una interpelación implica reconocer una relación de poder o autoridad de la entidad que interpela. Hablar de interpelación implica entonces, hablar de constitución de sujetos. El individuo interpelado y auto-reconocido en esa interpelación se constituye, por ese acto, en sujeto del otro, en sujeto de un orden socio-simbólico dado. La interpelación es una práctica cotidiana en diversos espacios de la vida social.

Las identificaciones son múltiples a lo largo de la existencia de los seres humanos; en relación con esto, Ricoeur utiliza el término “disposición” para referirse al conjunto de identificaciones adquiridas mediante las cuales lo otro entra a formar parte de lo mismo. La identidad de la persona está hecha en gran medida de identificaciones con valores, modelos, normas, ideales, en los que la persona se reconoce y busca apropiárselos. Se descubre a sí misma dentro de esos mismos elementos; las identificaciones adquiridas son hechas propias, de manera que se vuelven rasgos que identifican a la persona y son fuente de dinamismo y creatividad para ella.

Los agentes sociales que han interpelado a los sordos, como son la escuela, la familia y la comunidad, de acuerdo a las propias narraciones de las personas sordas, han mostrado algunos rasgos comunes. La escuela en su rol político y social ha impuesto una ideología dominante (propia de la cultura oyente) que intenta homogeneizar las identidades. El decreto que enmarca actualmente en Chile la educación de las personas sordas, conlleva una doble intencionalidad discursiva; por un lado, diferenciar a la persona oyente de la persona sorda, encontrándose el polo negativo en esta última, representando significados asimilables a lo que es un oyente defectuoso, y por otro, le ofrece la falsa posibilidad de transitar al otro polo de una manera de incluirla en la “exclusión”, a través de una política de integración. Integración que, en el discurso de las agrupaciones y personas sordas, aparece reflejado como sinónimo de: negación de su propia lengua, construcción de mundos muy diferentes que establecen una relación asimétrica, desconocimiento de la relación dialógica “con el otro”, permanente angustia por un futuro que no les pertenece, entre otros.

Las identificaciones adquiridas tienen relación con los procesos de socialización. En los términos de Berger y Luckman, es sabido que el individuo nace con una predisposición hacia la socialidad y luego llega a ser miembro de ella a través de la internalización o interpretación inmediata de un acontecimiento objetivo en cuanto expresa significado, es decir, en cuanto es una manifestación de los procesos subjetivos de alguien y que se tornan significativos para otros; permite la comprensión del otro y del mundo. A esta internalización se le denomina socialización o inducción amplia y coherente de un individuo en el mundo objetivo de una sociedad.

La socialización primaria se da en la infancia y es fundamental para la construcción de la realidad subjetiva y social; la secundaria es cualquier proceso posterior que induce al sujeto ya socializado a insertarse en nuevos sectores del mundo objetivo de su sociedad. El sujeto nace dentro de una estructura dada, fija e incuestionable, en la cual se encuentran seres significativos, de gran carga afectiva, los que mediatizan el mundo para él, seleccionan aspectos del mundo según el lugar que ocupan en la estructura social y también de acuerdo a su idiosincracia individual, su biografía; la identificación con ellos es casi automática y perdura a lo largo del tiempo. Por esta capacidad de identificarse con otros, se vuelve capaz de identificarse él mismo, adquiriendo una identidad subjetivamente coherente y plausible. El yo es una entidad reflejada, porque refleja las actitudes de los otros significativos para con él; implica una dialéctica entre la identidad objetivamente atribuida y la subjetivamente asumida… recibir una identidad comporta adjudicarnos un lugar específico en el mundo.

Esther Fernández Mostaza plantea que, desde el punto de vista social, los padres oyentes de hijos sordos tendrán que experimentar un proceso de resocialización, para permitir al hijo sordo una socialización lingüística y cultural lo menos traumática posible, y conseguir relaciones paterno-filiales fluidas y sanas. Sin embargo, muchos padres y educadores eligen arbitrariamente una identidad específica como el parámetro en relación al cual la identidad del niño es evaluada y jerarquizada. La tendencia a normalizar supone atribuir a la identidad de la mayoría, en este caso de las personas oyentes, todas las características positivas posibles, con relación a las cuales otras identidades sólo pueden ser evaluadas de forma negativa. La identidad “normal” es natural, deseable, única. La fuerza de la identidad normal es tal que ella ni siquiera es considerada como una identidad, sino sencillamente como “la identidad.”
Las primeras identificaciones en este caso son identidades marcadas por el estigma; también la formación de identidad tiene un aspecto negativo: “la identidad negativa”, que es la suma de todas aquellas identificaciones y fragmentos de identidad que el individuo tuvo que sumergir en su interior como indeseables o irreconciliables, haciendo sentir como “diferentes” a “individuos atípicos” o bien, a ciertas minorías específicas.

La socialización secundaria es la internalización de “submundos institucionales. Es la adquisición, entre otros, de los “roles”, de componentes normativos, cognoscitivos y afectivos. Tiene una menor carga afectiva; es más dúctil y menos fija.

El vehículo más importante del mantenimiento de la realidad es el diálogo; el diálogo mantiene, modifica y reconstruye la realidad subjetiva; la realidad subjetiva adquiere solidez por la acumulación y la coherencia del diálogo casual, ya que se refiere a las rutinas de un mundo que se da por establecido. El aparato conversacional también modifica la realidad; el lenguaje objetiviza el mundo, transformando la realidad en un orden coherente. El lenguaje realiza un mundo, en el sentido de aprehenderlo y producirlo. Los seres humanos somos seres lingüísticos y el lenguaje crea realidades; por medio del lenguaje, modelamos nuestra identidad y el mundo en que vivimos; imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida “ … comunidades con lenguajes diferentes constituyen personas diferentes … ; según los juegos que jugamos en el lenguaje, las palabras adquieren distintos significados y los jugadores desarrollan diferentes identidades” (Echeverría, 1996); “el lenguaje, entendido como el consenso de un conjunto de distinciones para coordinar acciones conjuntas sobre una base estable, es lo que constituye una comunidad” (Echeverría, 1996).

La socialización exitosa implica alto grado de simetría entre la realidad subjetiva y el mundo real, y la socialización deficiente, por el contrario, supone asimetría; sólo se da por accidentes biográficos, biológicos o sociales. Un ejemplo de lo anterior es la identidad estigmatizada, la cual no tiene defensa; sin embargo, es posible un cambio cuando existe un grupo de “estigmatizados” amplio y duradero que sirve como estructura de plausibilidad ante el estigma, lo que es común en las personas sordas quienes tienden a agruparse entre sí como una manera de fortalecerse.

También la socialización deficiente puede ser el resultado de la mediatización de mundos muy discrepantes realizada por los otros significativos durante la socialización primaria (como el caso de sordos con padres oyentes); en una sociedad cambiante y móvil, en la que no siempre se cuenta con un grupo de pertenencia, el hombre moderno ha perdido ese sentido de pertenencia; en el caso de los sordos, éstos han estado excluidos, aislados, experimentando una escisión entre ellos y el mundo, experiencia común a muchas otras personas o grupos minoritarios; surgen las asociaciones entre ellos para compensar ese aislamiento.

La escuela, como institución, es uno de los agentes de este proceso, la cual consciente o inconscientemente se encuentra en una situación de poder desde el momento que puede favorecer un alto grado de simetría entre la realidad subjetiva y objetiva, lo cual permitiría la construcción de una socialización exitosa o, por el contrario, puede llevar a una asimetría, a una socialización deficiente, producto de las construcciones sociales que allí ocurren en las interacciones entre los distintos agentes educativos.

La identidad se manifiesta también a nivel de grupo; un grupo es un conjunto de individuos, de relaciones interpersonales, (Tajfel, 1981 ), que conducen a una identidad social.

La identidad social engloba características de una persona en cuanto a sus relaciones con los grupos formales e informales, es decir, sexo, raza, nacionalidad, religión, etc. Es la parte del autoconcepto individual que deriva del conocimiento de su participación en grupos sociales, conjuntamente con el valor y significado emocional ligado a esa pertenencia. (Tajfel, 1981). Los grupos se refieren a: familia, círculo de trabajo, club de ocio, grupo de amigos, partido político, iglesia, etc. El individuo construye su identidad social a través de la adhesión a un cierto número de grupos.

Richard Boyd (1995), al referirse a los grupos, considera que éstos están conformados por tres sistemas: el sistema personal, constituido por las características y cualidades de los individuos, que influyen en el desarrollo del grupo, el sistema social, que se da en toda situación en que los sujetos se agrupan con un objetivo común y el sistema cultural, que sitúa al grupo dentro de un contexto más amplio. El grupo se caracteriza por un conjunto único de representaciones, normas, esperanzas, tradiciones, procedimientos, sistemas de control y de dirección. Para la identidad del grupo, el medio ofrece convicciones, valores, reglas y costumbres que organizarán el comportamiento del grupo, marco de referencia que contiene creencias comunes, así como una ética y una estética comunes.

Wagner y Elejabarrieta, en J. F. Morales (1997), consideran que las representaciones sociales constituyen el fundamento de la identidad grupal y se refieren a la elaboración de un objeto social por una comunidad, el que sólo es posible en las sociedades en las que hay comunicación. Estas representaciones son elaboradas mediante el discurso y la comunicación, lo que permite la distribución colectiva del conocimiento ordinario o sentido común. Cuando un grupo comparte representaciones y es consciente de quienes son sus miembros, se habla de un grupo reflexivo; ellos elaboran colectivamente sus normas, creencias y comportamientos aceptables en el grupo.

El pensamiento colectivo y la reflexividad de los grupos se complementan mutuamente y son los prerrequisitos de la identidad social; ésta implica el conocimiento de los grupos a los cuales se pertenece. Por otra parte, es el grupo el que da origen a un bagaje compartido de conocimientos, sentido común y modelos de justificación, lo que induce a los miembros del grupo a situarse en un espacio discursivo común; este consenso social, es un consenso funcional y permite al grupo garantizar el proceso colectivo de las representaciones y mantenerse como unidad social reflexiva y así, preservar la vida del grupo, estandarizando la identidad social y la interacciones grupales.
El estudio de las representaciones sociales se focaliza en tres ámbitos que se refieren a: representaciones que orientan el comportamiento social, objetos culturalmente construidos que proporcionan a los sujetos sociales la impresión de pertenecer a comunidades específicas, y por último, “objetos” o representaciones consideradas “polémicas” que se relacionan con el conflicto y la desigualdad social.

En el caso de las personas sordas, éstas constituyen grupos que se encuentran en una constante dinámica intra e intergrupal. Lo intergrupal está referido tanto a la propia comunidad sorda y sus diferentes grupos, como a las relaciones con la comunidad oyente. En esta última, los intercambios están regidos, por lo general, por un paradigma clínico, el cual enfatiza la deficiencia por sobre la diferencia; esto permite identificar una asimetría en las relaciones sociales intergrupales, la cual se materializa en el estatus social, el poder social y el carácter mayoritario versus el minoritario.

El individuo pertenece a un grupo y experimenta tensiones entre su identidad individual y la identidad del grupo; el individuo influye sobre el grupo, lo refuerza y sostiene la solidaridad interna; al mismo tiempo, el individuo se siente limitado en la expresión totalmente libre de su identidad individual por la adhesión al grupo; esta es la génesis de otro tipo de conflictos.
La identidad cultural es diferente y más amplia que la anterior; trasciende a los individuos en el espacio y el tiempo y a los grupos existentes, pero no se establece una relación directa con ella. También es dinámica, ya que en la definición de identidad comunitaria a veces pesa más la pertenencia a una comunidad específica y, en otras ocasiones, la pertenencia a una comunidad diferente.

El que se configure una identidad de grupo o comunitaria sólida depende, en parte, de la homogeneidad de los miembros; cuantos más rasgos en común posean, más semejanzas habrá en las narrativas individuales y públicas. La homogeneidad se expresa en una buena comunicación y sentido de solidaridad.

Otros aspectos que favorecen la identidad comunitaria son la uniformización de la lengua, frontera clara de grupo con coincidencia en cuanto a objetivos, buena organización interna que garantice una mayor integración del grupo. Sin embargo, la identidad cultural no es una esencia establecida, que permanece inmodificable, al margen de la historia y de la cultura.

Frente al planteamiento de diversidad cultural, Bhabha propone la tesis de la diferencia cultural, es decir, sostiene que ninguna práctica cultural puede reclamar para sí una supremacía: “un espacio que negando la identidad y su política como las negociaciones entre sujetos trascendentes o multiculturales, permite conceptuar una cultura internacional, basada no en el exotismo del multiculturalismo o la diversidad de culturas, sino en la inscripción de la hibridación de la cultura” (1994), entendida ésta como un proceso constante de definición de actores y sujetos políticos y de afirmación y negación de significados culturales. Se trata de procesos de construcción de identidades y diferencias en el marco de procesos de cambios continuos que erosionan los sentidos originales que dan referencia al sujeto y autoridad al discurso cultural.
Por lo tanto, son insostenibles los reclamos por una pureza y supremacía cultural. La diferencia cultural problematiza las divisiones binarias –tales como las de pasado y presente, tradición y modernidad, normalidad y anormalidad, sordos y oyentes– al nivel de la representación cultural y de su discurso.

En síntesis, la categoría de diferencia cultural se convierte en un marco de referencia para pensar los procesos de construcción de identidades y también en un fundamento para repensar la educación, una educación que asuma no sólo la diversidad cultural, sino también que la cultura de cada grupo no es homogénea, sino una forma organizada de la propia diversidad, de la heterogeneidad intragrupal, producto del cruce de sus múltiples identidades individuales y colectivas.

El ser humano, se esfuerza permanentemente como lo plantea Melucci, por construir una biografía a su medida, en un campo específico de posibilidades y limitaciones, es decir construir una identidad personal enmarcada en un mundo en el cual se da una distribución desigual de oportunidades, acceso desigual a la ciudadanía, asimetría en las potencialidades. En esta selección de variadas alternativas, el individuo se encuentra sujeto a presiones para conseguir la uniformidad y conformidad con el sistema.

El proceso de individualización, implica reconocerse como sujeto independiente de los mandatos grupales o culturales. Estos, en la sociedad de la comunicación global, exigen el derecho a ser diferentes y resistentes a la absorción de sus diversidades dentro de los modelos dominantes. Se necesita diseñar un cuadro político e institucional capaz de gobernar la pluralidad, autonomía y riqueza de las diferencias, y expresar nuestra responsabilidad por el ecosistema. Solidaridad por semejanza y la solidaridad por diferencia, las que se mezclan para constituir las formas contemporáneas del vínculo social. Cuando se pone el acento en la diferencia, la identidad corre el riesgo de desintegrarse.

Situamos el debate actual entre la postura que intenta perpetuar el “orden establecido” y, por lo tanto la exclusión, y la lógica orientada a transformar los procesos que lo mantienen y a enfatizar la urgente necesidad de repensar los procesos de inclusión, participación social y de la creación de una cultura ciudadana integradora, lo que implica obligatoriamente, una profundización de la democracia.

Algunos hallazgos significativos

A continuación se presentan algunos resultados obtenidos de la investigación desarrollada, la cual es de carácter cualitativa utilizando un diseño de Estudio de casos. Participaron en ella 20 personas sordas con las cuales se realizó una entrevista en profundidad.

Respecto a los rasgos psicológicos más relevantes que intervienen en la construcción de la identidad del sujeto sordo, como son el autoconcepto, la motivación, el proyecto de vida, las metas, el desarrollo valórico, es posible señalar que la mayoría de los entrevistados reflejan aceptar su condición de persona sorda, luego de un proceso por lo general muy conflictivo, en ámbitos tales como: familiar, educacional, laboral, interacción social; además se aprecian, en sus primeras etapas de vida, experiencias poco favorables para una aceptación de su diferencia; expresan respecto a su infancia, cierto grado de sufrimiento que se traduce en frustración y vergüenza. Por lo general, han sido expuestos a situaciones de rechazo, exclusión, incomunicación, intentos “normalizadores” (comunicarse oralmente, representarse el mundo como personas oyentes, comportarse socialmente como tales, entre otros), que los hacen sentirse sobreexigidos, ya que no pueden responder a las demandas “oyentizadoras” del medio.

“ … Mi papá … nunca me ha aceptado, … tiene una mentalidad muy conservadora, … y uno tiene que sacrificar todo lo que pueda. Pero no entiende que yo necesito ser feliz …” “ No había intimidad … Mis padres conversaban y cuando yo les pedía que me explicaran, me decían que me callara”. “Como era sorda, me ayudaban poco” … “Yo los miraba, preguntaba, preguntaba, cuéntenme y me decían poco”. … “Me acuerdo cuando era chico, no podía decir lo que sentía, porque no me entendían lo que yo pensaba … ”

Esto conduce a crisis vitales inusuales que resuelven de distinta manera; algunos, a través de la rebelión y la autoafirmación y otros, a través de la pasividad y el sometimiento.

Se aprecia, como consecuencia de lo anterior, una disminución de la confianza básica, tanto con respecto a sí mismo como a los demás.
La mayoría es capaz de reconocer estas emociones, lo que posibilita, favorece e impulsa, consciente o inconscientemente, la búsqueda de pares que los acoja y acepte.

Por esto, hay un momento o momentos cruciales en la vida de cada uno que los conducen a oponerse a los mandatos normalizadores y oyentizadores y dar inicio a un proceso individual de reivindicación de su condición de persona sorda. Esto, por lo general, ocurre en el encuentro con pares sordos, con su propia lengua y cultura.

En el caso de sordos hijos de padres sordos, la mayoría de los relatos señalan una infancia, por lo general, satisfactoria, poco conflictiva, donde la aceptación se da desde el inicio y donde la comunicación es fluida. En estos casos, posteriormente, se aprecia el surgimiento de conflicto cuando deben incorporarse al mundo oyente (escuelas regulares, trabajo, entre otros).

En relación con el aspecto cognitivo, algunos reconocen las habilidades que han desarrollado para insertarse en diferentes ámbitos sociales, las que muchas veces no se desarrollan al máximo debido a falta de oportunidades. Sin embargo, otros reconocen falta de habilidad personal para desarrollar redes sociales y buscar nuevas oportunidades.

La inserción social que muchos han logrado ha implicado un alto costo personal, especialmente respecto a autoexigencia y esfuerzo. En general, en la medida que concretizan ciertos logros, esto se constituye en un estímulo para seguir desarrollando sus capacidades.

Todos manifiestan pensamiento reflexivo, el que se da en diferentes niveles. Algunos muestran un grado profundo de reflexión respecto a sí mismo y a su entorno, que los conduce a acciones concretas en el plano individual y colectivo. En otros, se aprecia un nivel más superficial y/o incipiente de pensamiento reflexivo, que les dificulta fundamentar las razones de su situación vital insatisfactoria, por lo cual no logran desarrollar estrategias adecuadas para revertir o cambiar esta situación.

En ocasiones, es posible encontrar historias de vida personales con episodios similares; sin embargo, la construcción de su propia valorización ha seguido diversos caminos. En algunos casos, especialmente en hijos sordos de padres oyentes, presentan una baja autoestima en su infancia, la cual muchas veces se mantiene en el tiempo hasta el encuentro con sus pares sordos y, al obtener cierto grado de reconocimiento social, esto los legitima y les permite revalorizar los logros obtenidos y, a su vez, los impulsa a abrirse a nuevas posibilidades desde el punto de vista personal y colectivo.

En el caso de los hijos sordos de padres sordos, se aprecia un proceso diferente; por lo general, se sienten muy valorizados y aceptados durante su infancia temprana, hasta que sufren el impacto de la incorporación a la escuela y empiezan a desvalorizarse, producto de las expectativas que desconocen su condición de persona sorda, ya que se les imponen exigencias adecuadas a las personas oyentes, sin garantizarles las condiciones mínimas para su desarrollo y desenvolvimiento personal.

La mayoría logra un grado satisfactorio de autonomía en diferentes planos (familiar, laboral, social), con algunas limitaciones en el aspecto económico. Algunos, muestran una autonomía relativa que se centra en cumplir actividades de la vida cotidiana; sin embargo, mantienen un alto grado de dependencia en otros planos.

Respecto a valores y creencias, aparecen algunos elementos relevantes tales como señalar la necesidad que la sociedad considere los valores éticos universales: respeto por una convivencia sana, igualdad, respeto mutuo, honestidad, solidaridad, preservación de la integridad y dignidad de las personas. Gran parte de los sujetos, pese a que critican la postura moral tradicional de su familia de origen, tienden a guiarse en su comportamiento por patrones morales convencionales. También se aprecia la presencia de creencias religiosas, ya que muchos de ellos se declaran católicos observantes, aún cuando hay otros que tienen una visión más crítica respecto a la Iglesia Católica. Otorgan también importancia a la vida política, como un vehículo para mejorar las condiciones sociales a las que están expuestos.
Con relación a las motivaciones y acciones, existe un equilibrio entre lo individual y lo colectivo. Todos reconocen la necesidad de desarrollar competencias cognitivas, afectivas y sociales que les permitan una mayor autorrealización y proyección hacia el futuro. Respecto a lo colectivo, el énfasis está puesto en la comunidad de sordos, a través de la búsqueda de cohesión y desarrollo grupal. En algunos casos, las acciones llegan a constituir liderazgo dentro de la comunidad.

La mayoría de las personas sordas incluyen, en la definición de sí mismos, la sordera como una característica particular; algunos se refieren, además, a la edad, maternidad y sexualidad. Unos pocos aluden a otras complicaciones que les hacen más difícil desenvolverse en la vida cotidiana.

En síntesis, podemos señalar respecto a la percepción de sí mismo que la mayoría, si bien comparten experiencias de vida negativas en algún momento, logran finalmente construir una autoimagen positiva, autoafirmándose en la medida que socializan con las personas sordas, se incorporan a su comunidad, construyen un sentido de pertenencia llegando a sentirse validados como personas. Esto pone en evidencia cómo la subjetividad se conforma en el contacto con el otro (intersubjetividad). En la medida que se reconoce en otro, llega a “ser alguien”, se reconoce como persona. En el contexto en que se han desarrollado los procesos de socialización primaria (familia) y secundaria (en especial la educación), podemos señalar que, en general, estos no han facilitado un desarrollo personal pleno ni una verdadera integración social, a excepción de la socialización en y a través de la comunidad de sordos.

La consolidación de logros en diferentes ámbitos (educacional, social, laboral, familiar), constituye un impulso para proyectarse y abrirse posibilidades hacia el futuro. Estos logros, se fundamentan en valores, motivaciones y creencias, tanto individuales como colectivas, los que constituye los referentes simbólicos con los cuales se han identificado. Sin embargo, algunos no han logrado un nivel educativo aceptable, incorporarse al mundo del trabajo, ni conformar familia, lo que conlleva insatisfacción personal y dificulta la posibilidad de proyectarse.

Casi la totalidad de las personas entrevistadas, manifiestan haberse sentido discriminadas, situación que en nuestra sociedad es bastante habitual con los grupos minoritarios, lo que se relaciona con las representaciones sociales que se han construido acerca de las personas sordas.

“Cuando entré a la Asociación fue un impacto … hablaban con señas, llenos de expresión, con la cara y el cuerpo … No era un mundo aparte, era un mundo con otra cultura. Ahí me trasformé en persona. Después descubrí que tenía mi propia identidad… después fui desarrollando la identidad a través del contacto con personas sordas”.

… ”Antes yo tenía una autoestima muy baja … no me atrevía … me daba vergüenza … Me presionaban … no me dejaban realizarme como persona …”
Es sabido que el proceso de construcción de identidad es diverso y complejo; en el caso de las personas sordas, este proceso ha sido especialmente conflictivo, debido a múltiples factores: una divergencia entre cómo se les presenta la realidad, a través de los diversos agentes sociales (familia, educación, entre otros), y su propia percepción y vivencia como persona sorda de esta realidad y de sí mismo. Esto genera conflictos adicionales, al de por sí difícil proceso de construcción de cualquier identidad.

La afirmación de la identidad, se aprecia relativamente más tardía de lo que ocurre regularmente y se relaciona, en la mayoría de los entrevistados, con el encuentro con otros sordos. Se aprecia que uno de los polos articuladores de la identidad es el hecho de ser sordo, alrededor del cual se condensan otros polos de identidad.

En este proceso continuo, se van incorporando nuevas dimensiones o polos de identidad, en la medida que se van insertando socialmente y desempeñan distintos roles; sin embargo, no todos logran una verdadera integración social. Lo anterior, se encuentra relacionado con la falta de reconocimiento social, bajo estatus, limitado acceso a las redes sociales, menor preparación educacional, entre otros.

Los sordos han conformado comunidad; demuestran conciencia y sentido de pertenencia a esa comunidad, con un intenso significado afectivo ligado a esa pertenencia; no obstante, a pesar de que comparten muchos elementos comunes, no han logrado una sólida cohesión ínter e intragrupal, lo que no favorece un desarrollo más amplio del grupo, ni sus proyecciones en cuanto a cambios significativos en sus condiciones de vida actual.

Si entendemos que la identidad se genera a través de procesos sociales, dentro de una estructura social determinada y de un contexto histórico particular, en el caso de las personas sordas la mirada tradicional “oyentizadora” y asistencialista ha demarcado las políticas públicas en lo atingente a las personas sordas (educación, participación ciudadana, estado de derecho, etc.).

“ … Después cuando llegue a la asociación de personas sordas me gustó más, fui feliz con las señas y ahí me acostumbré … conozco otras personas (oyentes), pocas, pero mis mejores amigos son de la asociación … ”. Sin embargo, se evidencia un cambio en la revalorización y reconceptualización de las personas sordas, como grupo minoritario, con una cultura y lengua propia, la que impacta a la propia comunidad, especialmente a los jóvenes, los que emprenden acciones en búsqueda de un posicionamiento social y político diferente, que los provea de mayores oportunidades y donde puedan construir un espacio de igualdad, respetando las diferencias que les son propias. Las demandas y acciones se refieren al reconocimiento de la lengua de señas, mejoramiento de la calidad de la educación, acceso a la cultura y al mundo del trabajo, entre otros.

Lo anteriormente expuesto se ha visto plasmado en el inicio de cambios en las representaciones sociales y en algunas políticas gubernamentales, lo que aporta un nuevo contexto a la construcción identitaria.

“… la proposición concreta que nosotros queremos es simplemente que nos reconozcan como comunidad sorda con su propia cultura y con la lengua de señas, que ojalá haya intérpretes como mediadores entre la sociedad y la comunidad sorda. Que haya intérpretes en los servicios públicos, en los doctores, abogados, entre los profesores … ”.

Las objeciones más importantes y comunes a todos los entrevistados, se refieren a la exigencia temprana y permanente de comunicarse a través de la lengua oral, y a la prohibición del uso de la lengua de señas, tanto dentro del ámbito educativo como familiar.

“ … Yo solo tengo hasta 4° básico, la educación no era muy buena por eso a mí me gustaría que los profesores supieran lengua de señas y así podría entender mejor, antes solo enseñaban: ‘HOY HAY SOL’ y ‘HOY ESTÁ NUBLADO’, se quedaba en eso … Durante la socialización primaria resaltan la sobreprotección familiar y descalificación de la propia capacidad para tomar decisiones, lo que les genera, según sus narraciones, inseguridad, desconfianza, temor, aislamiento, fragilidad y sentimiento de inferioridad; esto se ve incrementado por experiencias negativas posteriores en otros ámbitos sociales. Cabe destacar, que las personas sordas entrevistadas hijos de padres sordos o con hermanos sordos, declaran haber tenido un grado de mayor comunicación familiar en comparación con las personas sordas sin familiares sordos, los que señalan haberse sentido excluidos de la dinámica comunicacional al interior de la familia.

“ … Mi papá … nunca me ha aceptado, … tiene una mentalidad muy conservadora, … uno tiene que sacrificar todo lo que pueda. Pero no entiende que yo necesito ser feliz …”. “ … Crecí siempre fijándome en los labios, y después fui aprendiendo señas … mi mamá se dio cuenta, pero no sabía señas. Yo le decía ‘pero tú sufres, y yo también sufro … las dos sufrimos’, mi mamá dijo: ‘ya pasó, ahora mejor usaremos señas, antes no estaba bien’”.

En cuanto a la socialización secundaria, destaca que, respecto al ámbito educativo, la mayoría de los entrevistados manifiestan inconformidad tanto con el tipo de educación recibida (oralista) como con los logros alcanzados, ya que el nivel educativo que obtienen no les permite integrarse en forma óptima al mundo social más amplio.

Por otro lado, las experiencias de integración en escuela regular son evaluadas como negativas en la mayoría de los casos, lo que se da por diferentes factores: sobreexigencia escolar, ausencia de elementos reales que les permitan un desarrollo en igualdad de condiciones, una convivencia restringida que genera aislamiento, sentimientos de inferioridad, poca valorización del esfuerzo, entre otras.

“ … En el colegio de oyentes me di cuenta que ellos aprendían todo, y me daba rabia porque yo también quería entender … En el colegio de oyentes sí, me sentía sola … ”

“ … Eran muy diferentes las escuelas, cuando yo estudiaba se utilizaba la clave Fitzgerald, después fui a otro colegio (de oyentes), yo estaba desesperado, no entendía nada, estaba asustado, nervioso, preocupado, fue muy complicado y no entendí nada; matemáticas un poco, historia un poco, física un poquito, pero castellano, filosofía, nada”.

La escuela en su rol político y social ha impuesto una ideología dominante interpelando una identidad homogeneizante propia de la cultura oyente. El decreto que enmarca actualmente en Chile la educación de las personas sordas conlleva una doble intencionalidad discursiva; por un lado, diferenciar a la persona oyente de la persona sorda, encontrándose el polo negativo en esta última, representando significados asimilables a lo que es un oyente defectuoso, y por otro, le ofrece la falsa posibilidad de transitar al otro polo de una manera de incluirla en la “exclusión”, a través de una política de integración, integración que, en el discurso de las propias personas sordas, aparece reflejado como sinónimo de: negación de su propia lengua, construcción de mundos muy diferentes en una relación asimétrica, desconocimiento de la relación dialógica “con el otro”, permanente angustia por un futuro que no les pertenece, entre otros.

La incorporación al mundo laboral también es mencionada como una experiencia negativa: campo laboral restringido, cargos de bajo estatus social, bajas remuneraciones y, por lo general, trabajos informales e inestables. Todo lo anterior, redunda en un desenvolvimiento social limitado y desmedro en su calidad de vida.

Las proposiciones mencionadas se refieren a distintos y a la vez variados planos, las cuales están orientadas al desarrollo de políticas gubernamentales que reconozcan a la “persona sorda”, les garanticen una mejor calidad de vida y que impulsen cambios en las representaciones sociales a través de programas de información y divulgación. Algunas de estas proposiciones son:

  • Reconocimiento y respeto por la lengua propia de la comunidad sorda (lengua de señas), lo que conlleva la necesidad de formación de intérpretes idóneos.
  • Respeto y valorización de las organizaciones de la comunidad sorda.
  • Fomento de la participación e identificación de las personas sordas con sus comunidades.
  • Una educación completa en condiciones de equidad y calidad que considere las características particulares de una cultura minoritaria.

Es posible agrupar las estrategias y acciones señaladas en ámbitos más generales como el familiar, educacional, laboral y social.

En relación con el ámbito familiar, se puede señalar que gran parte de los entrevistados provienen de familias de estratos socioeconómico alto y medio, de familias oyentes y de tipo normativas. La mayoría se ve enfrentado a situaciones de inaceptación, ya sea de manera abierta (rechazo), o encubierta (sobreprotección), con intentos normalizadores. En este contexto, la forma de enfrentar estos intentos son diversos: en algunos casos, se da una supeditación inicial durante la infancia temprana, la que se mantiene a lo largo del tiempo, expresándose en acciones con una connotación evasiva y que se traduce en conformación de pareja, procreación, como una engañosa forma de autonomía e independencia de la familia de origen y sus mandatos. Otros logran transitar desde esta subordinación inicial a un cierto grado de autonomía y a una reivindicación de su condición de persona sorda, a través de la búsqueda de pares sordos, del uso de la lengua de señas y el encuentro con su comunidad.

En los casos de hijos sordos de padres sordos, sus familias son, generalmente, de tipo relacional, aceptando de manera natural el hecho de tener un hijo sordo, no presentándose el impacto tan negativo que se genera en los padres oyentes. Esto permite el desarrollo de un buen nivel de aceptación personal, lo que favorece el uso espontáneo de estrategias de integración social.
Gran parte de los entrevistados han logrado conformar su propia familia, generalmente con parejas que también son sordos, teniendo hijos con frecuencia oyentes, cuya educación asumen con bastante naturalidad; algunas de estas uniones han terminado en separación y familias reorganizadas. Los que no han constituido familia se mantienen viviendo con su familia de origen.

En cuanto a la experiencia en educación especial, aún bajo prohibición de uso de su lengua, la mayoría buscaba espacios informales y “secretos” para emplearla en la comunicación con sus pares sordos. Por otro lado, todos coinciden en la apreciación de una baja calidad de la educación especial, lo que constituyó una dificultad para la incorporación a escuelas regulares. Como una manera de compensar la carencia de condiciones mínimas para la integración, desarrollan ciertas estrategias como: mayor número de horas de estudio, apoyo familiar en el aspecto escolar, apoyo especializado individual, entre otros. Esta vivencia de excesiva presión externa y los bajos logros alcanzados, ha generado en ellos sentimientos de frustración e incompetencia, desaliento y hostilidad ante el entorno oyente.

Casos excepcionales acceden a educación superior universitaria, la cual responde a sus intereses. Algunos, impulsados por la familia, cursan estudios técnicos y otros, han concurrido a cursos de capacitación tanto formales como informales, como una manera de incorporarse a la vida adulta.

Actualmente, algunos de ellos, en especial los que se desenvuelven en el ámbito de la educación, proponen políticas y estrategias que intentan revertir este contexto y que tiendan a equiparar la educación especial y regular, abarcando todos los niveles del sistema, es decir, hasta la educación superior.
En el ámbito laboral, los relatos describen cierto grado de insatisfacción en algunos períodos de sus vidas, ya sea por el tipo de empleo (alejado de sus intereses, sin posibilidades de comunicación), o por bajas remuneraciones.
“en la fábrica era poco lo que me pagaban, el sueldo de un obrero y tenía muchos peligros … con gran parte de ese dinero se quedaba el jefe … ”.

Existe un porcentaje significativo de desempleo, ya sea real, lo que significa que no han logrado nunca acceder a alguna fuente laboral, o bien encubierto, es decir, con empleos esporádicos. Muchos manifiestan afán de superación y necesidad de perfeccionarse para obtener mejores trabajos y más cercanos a sus intereses.

Gran parte de los trabajos se realizan con o para las personas sordas. Cabe destacar que la mayoría logra acceder a trabajos por la influencia de otros sordos, o bien, de su familia o amistades.

Dentro del ámbito social, la participación al interior de grupos y organizaciones de personas sordas constituye un elemento predominante, estable y de gran relevancia. Algunos desempeñan un rol pasivo, buscando más que nada un lugar de acogida y de refugio afectivo, mientras que otros participan activamente, guiados por una mirada social más amplia que impulse cambios en las condiciones de vida de las personas sordas, como por ejemplo, la formación de intérpretes, cambios educativos, incremento del nivel cultural, reconocimiento de la lengua, entre otros.

A pesar de tener muchos elementos en común, sólo han logrado desarrollar estrategias parciales y poco efectivas para consolidar una verdadera cohesión intra e inter grupal.

Para muchos la concurrencia a grupos religiosos constituye también un factor de integración social importante.

Es importante destacar también, como otra estrategia utilizada, la consolidación de vínculos de amistad estables y duraderos, lo que ocurre habitualmente con personas también sordas.

Se ha mencionado que la comunicación y el lenguaje son elementos vitales para el desarrollo personal y social, lo que aparece explícito y transversalmente en las narraciones de las personas sordas. Expresan una gran valorización de la comunicación como una forma de evitar el aislamiento, el que generalmente se produce en la socialización primaria, con consecuencias altamente negativas en el desarrollo del sujeto, situación que se revierte en el caso de las personas entrevistadas, en el encuentro con su lengua y su cultura.

“ … yo me siento muy bien en mi trabajo, porque todos respetan la comunicación en Lengua de Señas. Me da ánimo, porque antes cuando trabajaba en otra empresa todas las personas eran oyentes y no entendían cómo eran las personas sordas …”.

Los líderes se han constituido sobre la base de la conceptualización de la sordera que ellos poseen, la cual está atravesada por las representaciones que han imperado en la sociedad en cierto momento histórico.

La opresión ejercida hacia la comunidad sorda es el resultado, como ya se ha señalado, de una visión asistencialista de la sordera y por consiguiente, los líderes que han surgido en generaciones anteriores, practican su rol a partir de esta visión. Sin embargo, actualmente vemos el intento de nuevos líderes por accionar de una manera distinta, lo cual coincide con la visión socioantropológica de la sordera, que ha impregnado en ellos una representación positiva de la misma, favoreciendo la consideración y la valoración de elementos culturales sordos, tales como la lengua de señas y la conciencia de conformar comunidad.

Han sido principalmente los líderes quienes poseen la capacidad de cuestionar y de detectar necesidades en torno a la relación entre las dos comunidades involucradas: mayoritaria oyente y minoritaria sorda.

En cuanto a la comunidad oyente, los líderes reconocen falencias en el nivel gubernamental, las que en parte se originan por una falta de reconocimiento social de la cultura y lengua propia de la comunidad sorda, y por otro lado, porque esta misma no ha logrado posicionarse en este contexto mayoritario. En cuanto al sistema educacional, pocos líderes lo reconocen como un aspecto relevante, pese a que éste debiera constituirse en el fundamento básico, a partir del cual se favorezca el desarrollo de la persona y de la comunidad. Esta escasa atención hacia el ámbito educacional puede tener su origen en que ésta ha priorizado el desarrollo de la lengua oral, intentando homogeneizar a los sujetos sordos con la comunidad mayoritaria, limitando el desarrollo integral en ellos.

En cuanto a la comunidad sorda, los líderes también reconocen requerimientos que dicen relación con la falta de formación de líderes que posean una nueva conceptualización de liderazgo, alejada de la que predomina actualmente, donde el líder es el que concentra gran número de tareas, sin compartirlas previamente con sus seguidores en pro del desarrollo de la organización. De lo anterior, se desprende la pasividad, la falta de iniciativa y de compromiso con las metas del grupo, de la mayoría de los seguidores.

“ … por ejemplo el líder dice, informa: ‘yo el presidente necesito ayuda, ayuda para que me acompañen a una empresa’, y nadie quiere, entonces él dice: ‘ya, vamos, vamos, ¿quién quiere?’ y nadie responde … ”

Sólo una parte de la comunidad de sordos está comenzando a hacer consciente el conflicto y a detectar deficiencias en la capacidad de organizarse, las que pueden ser causa, y a la vez efecto, de su bajo estatus social.

En cuanto a características de los líderes sordos, predomina en ellos un autoconcepto positivo, el que se manifiesta en una habilidad para cuestionar tanto a la comunidad sorda como oyente. Sin embargo, llama la atención que no se aprecia un cuestionamiento de su propia gestión.

Los líderes son los que cuestionan y detectan necesidades en base a su propia historia de vida, las que consideran comunes y generales a todos los miembros de la comunidad. Es decir, no logran organizar las opiniones de sus seguidores y reconocer a través de ellas las necesidades de su grupo: determinan necesidades, las transforman en objetivos y realizan estrategias. Lo anterior, ha desencadenado un liderazgo autoritario encubierto, ya que aunque son elegidos democráticamente y generan espacios de discusión, son ellos quienes toman las decisiones y realizan las acciones para el logro de los objetivos. La concentración de responsabilidades en los líderes no sólo dificulta la renovación de ellos, sino que además estanca el desarrollo personal de los seguidores.
“entonces yo los tomo, les aconsejo, les voy explicando para que entiendan … ”
“ … yo quiero que los jóvenes vengan a aprender, a escribir, pensar, yo enseño a ellos para el futuro … ”

Por otro lado, el líder no organiza objetivos a largo plazo, que sean explícitos y concretos de su agrupación, ya que generalmente propone objetivos que buscan satisfacer necesidades que coinciden con las de un grupo primario y no con las de una organización.

Los líderes, aunque no logran motivar, sí influyen de forma indirecta, por el hecho de poseer un estatus de mayor prestigio dentro del grupo en el cual se han ubicado; esto en parte, gracias a sus habilidades sociales, las que les permiten desenvolverse en algunas esferas de la estructura social, pero no son suficientes para potenciar la participación de los seguidores.

En general, los líderes son validados por sus seguidores, por compartir una conceptualización de la sordera común, por la capacidad que demuestran por respetar inicialmente las normas grupales y por ser elegidos democráticamente.

En relación con los símbolos, es posible mencionar la lengua de señas como aquel que aparece con mayor fuerza y relevancia; por un lado, es el elemento aglutinador de la cultura de las personas sordas y, por otro, es el eje fundamental que moviliza los procesos de construcción de identidad individual y colectiva.

“ … Después cuando llegué a la asociación de personas sordas me gustó más, fui feliz con las señas y ahí me acostumbré… conozco otras personas (oyentes), pocas, pero mis mejores amigos son de la asociación”.

El trabajo constituye también una manifestación simbólica presente en algunas personas sordas, ya que más allá de lo productivo o económico, se constituye en un elemento objetivo de socialización e identificación con la comunidad.
La vinculación de los sordos en torno a un mismo tipo de trabajo (educación de personas sordas, instructores de lengua de señas, entrenamiento deportivo), genera una identificación colectiva, al cargarse históricamente de un valor simbólico de identificación con el grupo.

“ … Al principio, me costó creer la confianza que me habían entregado de trabajar como profesora, fue una gran responsabilidad para mí … he ido aprendiendo mucho … Y con el tiempo asumí sola la responsabilidad. Cada día que veo a mis niños aprender, me emociona … me acuerdo cuando yo era chica, no podía decir lo que sentía, porque no me entendían lo que yo pensaba … ”.

En cuanto a valores y creencias, se aprecia en muchos de los entrevistados, un predominio de lo religioso por sobre una cosmovisión que incluya elementos ideológicos o políticos. Con relación a esto último, aún cuando no se observa una concepción sólida de estos aspectos, sí manifiestan la necesidad que la sociedad actúe bajo ciertos principios éticos universales respecto a ellos, como son la solidaridad, el respeto, la equidad, la no-discriminación, entre otros. No obstante lo anterior, algunos de ellos señalan la existencia de prácticas discriminatorias inter e intra grupales dentro de ellos mismos.

Destaca en algunos de ellos, una valorización especial por la preparación personal en cuanto a conocimiento, lo que facilitaría la integración social, una valorización por la estabilidad económica lo que favorecería logros individuales en diferentes ámbitos.

Dentro de los agentes específicos que han participado de manera activa en la construcción de las representaciones sociales de la “comunidad sorda”, se encuentran los profesionales a través de los cuales se recoge el tema en nuestra sociedad; médicos, profesores especialistas, en el área de la sordera, audioprotesistas, tecnólogos médicos, psicólogos, entre otros. Nuestro país, al igual que toda Latinoamérica, ha recibido el influjo del “oralismo”, como ideología dominante, proveniente de países de Europa, especialmente de Alemania e Italia, desde hace más de 150 años.

La persona sorda ha sido “detectada”, distinguida como un “ser patológico”, en los primeros años de vida, sometido a múltiples exámenes de carácter clínico y orientada a Educación Especial, entidad a la cual se le ha otorgado la misión de atender cualquier diferencia que no se ajuste a los patrones de “normalidad” que rigen a la educación regular. El principal objetivo que persigue, en el caso de las personas sordas, es revertir la situación patologizante que envuelve a estos sujetos, a través de la enseñanza de la lengua oral, para lo cual se recurre especialmente a la tecnología y a una fuerte concientización a los padres, con el objeto de que comprendan, que el “defecto” de ser sordo radica en la audición, y por ende, en el desarrollo de la única lengua posible (la oral) que le permitiría comunicarse y desarrollar su potencial cognitivo y de adaptación, integrándose eficientemente al mundo oyente. Las representaciones manifiestas a través de estos hechos, perduran hasta nuestros días. Los mandatos de la educación han recaído fuertemente sobre las personas sordas, sus familias y la comunidad. Las narraciones, de la mayoría de los entrevistados demuestran esta realidad. Su experiencia en la educación, ya sea especial o regular, ha contribuido a negar su condición de persona sorda, como ser social y culturalmente diferente. Su participación escolar en currículum homogéneos, en la educación regular, no sólo les ha impedido la posibilidad de desarrollar una identidad integrada, sino además, en la mayoría de los casos, ha restringido el acceso a los elementos de la cultura, a su mínima expresión. Lo anteriormente expuesto ha traído como consecuencia, una participación ciudadana limitada y condicionada a una serie de factores tales como el manejo de la lengua oral (en la mayoría de los casos francamente insuficiente), niveles poco funcionales de escritura y la lectura, estableciéndose así una jerarquía y asimetría de poder entre oyentes y sordos.

“ … después fui al colegio y yo estaba acostumbrado a hablar con Señas, trataba de conversar con algún niño en Señas y no me entendían, después yo le hablaba a la profesora y me decía, no eso es muy feo, tienes que hablar, usa la voz, yo me preguntaba ¿por qué?, bueno aprendí a hablar; yo les reclamaba a mis papas por qué en la escuela no usan las señas y me decían que es importante para la comunicación en el futuro el poder hablar. Yo no comprendía pero me quedé callado y acepté hablar, hablar porque era importante para el futuro, sentí que los que hablaban con Señas eran discriminados … ”

“ … Eran muy diferentes las escuelas, cuando yo estudiaba se utilizaba la clave Fitzgerald, después fui a otro colegio (regular) y no había clave, yo estaba desesperado, no entendía nada, cuando me cambié de colegio estaba asustado, nervioso, preocupado, la profesora me explicó que necesitaba mas ayuda y poco a poco fui aprendiendo en la escuela … era el primer sordo, fue muy complicado pero no entendí nada; matemáticas un poco, historia un poco, física un poquito, pero castellano, filosofía nada”.

El lenguaje es un elemento importante en la construcción de la identidad, como así mismo lo son las identificaciones con representaciones, interpelaciones, normas y valores transmitidos, los que tienden a enfatizar la deficiencia sin considerar las potencialidades, lo que conlleva a un proceso muy conflictivo y a veces poco exitoso, en cuanto a la conformación de identidad.

Las políticas públicas y el estado de derecho que actualmente existe en nuestro país son un reflejo de esta mirada. Cabe destacar, que pese a lo anterior, se aprecia un proceso de cambio, producto de las aportaciones tanto de las personas sordas y sus organizaciones, como de los aportes que han hecho las diferentes ciencias a través de sus investigaciones (especialmente estudios socio-antropológicos y lingüísticos), lo que se expresa en una reconceptualización y revalorización de las personas sordas, como un grupo minoritario, con una lengua y cultura que les son propia, y donde la audición y, por lo tanto, la falta de ésta, no juega un rol significativo.

En la actualidad estos cambios comienzan a reflejarse en una propuesta de Educación Bilingüe–bicultural en Latinoamérica y otros países, con la participación activa de la comunidad de personas sordas, la cual intenta revertir la condición social y política actual en la que viven, como grupo minoritario. En nuestro país, aún no ha sido materia de debate público y la casi totalidad de las escuelas para personas sordas, siguen siendo oralistas.

Comentarios finales

Finalmente pensamos que la comunidad sorda se ha expandido y organizado haciendo propuestas interesantes, algunas de las cuales han logrado materializarse; ejemplo de esto lo constituye la firma del convenio con ANATEL, el que ha permitido a las personas sordas el acceso a la información a través de un interprete en los noticieros de los canales de televisión chilenos; la organización en el presente año del Primer Encuentro Nacional de personas Sordas; la participación esporádica en la Comisión Parlamentaria para la Discapacidad; participación en la comisión al interior del Colegio de Profesores, entre otras. Igualmente, es necesario que la comunidad sorda fortalezca aún más su cohesión y organización grupal, de manera de atraer a más personas que comparten experiencias de vida similares, tomando en cuenta que los integrantes de este grupo están siendo modelos para las nuevas generaciones.
Los resultados descritos anteriormente nos conducen a afirmar que la comunidad sorda desea participación y no ser representados por otros, desea transformaciones institucionales que permitan que la comunidad pueda expresar sus necesidades e intereses más esenciales, y no ser “narrados” por otros, y por sobre todo, vivir dignificados ante otras comunidades.
El desafío está en solucionar “cómo acompañarnos” unos a otros en el camino, respetando las particularidades de las personas y de los grupos, es decir, la convivencia de las identidades, cada uno con su propia identidad y desde el respeto mutuo.

Tal como lo plantea Skliar, “respetar la diferencia no puede significar dejar que el otro sea como yo soy o dejar que el otro sea diferente de mí tal como yo soy diferente del otro, sino dejar que el otro sea como yo no soy, dejar que él sea ese otro que no puede ser yo, que yo no puedo ser, que no puede ser un otro yo; significa dejar que el otro sea diferente, dejar ser una diferencia que no sea en absoluto una diferencia entre dos identidades, sino diferencia de la identidad, una alteridad absolutamente diferente de mí”.

La democracia debe proponer crear un nuevo espacio para la negociación y mantenerlo dentro del marco democrático. Se requiere abrir canales de representación a los intereses excluidos, volver más transparente la toma de decisiones; esta es la verdadera responsabilidad: sin el reconocimiento de las diferencias y con acuerdo de los límites que deben imponerse, no habrá espacio ni para las diferencias ni para las decisiones, sino para la catástrofe. Los temas que pasan a través de la política son sólo una parte de la riqueza de la vida social y cultural. La vida democrática considera los procedimientos, pero sobre todo, la definición de un espacio abierto de garantías y derechos que haga que todo aquello que no pasa por la política no quede reducido al rango de residuo o de patología.

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(*) Publicado en Extramuros Revista Número 3 Órgano oficial de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación

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