El mito de la supuesta carrera militar de Juan de Pablo Bonet

ANtonio-GasconPor Antonio Gascón Ricao,

Barcelona, 2016.

Sección: Artículos, historia.

 

Una cuestión es cierta, después de transcurridos algo más de 20 años de la primera biografía sobre Juan de Pablo Bonet, en la cual participó el presente autor,[1] y en aquella misma ocasión, haciendo la promesa de realizar otra segunda, ante la gran cantidad de información inédita que seguía apareciendo sobre la vida y obra de Pablo Bonet.

Promesa que se tuvo que ir aplazando, pero que estuvo a punto de cumplirse, durante mi fructífera colaboración con la Universidad Complutense de Madrid, entre los años 2002-2004, pero que al final y por diversas cuestiones no pudo llegar a buen puerto, y que en la actualidad continua a la espera de que corran mejores tiempos para el mundo editorial.

Y es justamente por ello, que he considerado de recibo ir adelantando en las páginas de Cultura Sorda, algunas de aquellas novedades, que lógicamente algún día, espero que no muy lejano,  formaran parte de uno de los capítulos de dicha futura biografía.

Por otra parte, de tomar como punto de referencia cualesquiera de la biografías que corren por las enciclopedias, es  muy fácil advertir que hoy todavía se sigue desconociendo dónde o qué estudió Pablo Bonet en sus años mozos, y todo ello con indiferencia de lo que en su día escribió en extenso sobre aquel mismo asunto Miguel Granell.[2]  El siguiente hecho, que por costumbre se da por bueno al respecto de la vida del personaje, es su paso a África y más en concreto por Orán.

Estancia que se acostumbra  a fechar, aunque  siempre en función de la propia estancia en Orán de su amo y señor el marqués de Ardales, para el cual Pablo Bonet trabajará como secretario. Estancia aquella, que al estar documentada, se puede situar entre diciembre de 1604 y julio de 1607.

Fechas que por otra parte  permiten afirmar que, desde el final del año 1593 y hasta los finales de 1604, no existe nada documentado que permita saber que fue de él, y por lo mismo un espacio temporal que determinados autores se han empeñado en rellenar a ojo de buen cubero, aduciendo para ello la existencia de una supuesta carrera militar de Pablo Bonet, cuestión que vamos a intentar demostrar que nunca existió.

Estancia concreta aquella de Pablo Bonet en Orán, que en principio está basada en el llamado principio de buena fe, al dar por ciertas las afirmaciones realizadas por el propio personaje, en su caso aparecidas en cierto documento que después veremos con el detalle que se merece.

Ya que se trata de un documento notarial de Pablo Bonet, redactado de forma voluntaria, y que por su contenido se puede intuir que el personaje entró al servicio de dicho marqués de Ardales, pero no en las fechas que hasta ahora se suponían, sino seis meses antes de su hipotética llegada a Orán y, por tanto estantes ambos personajes en la Península. Una  ligazón anterior hasta hoy desconocida entre el marqués de Ardales y Pablo Bonet,  cuestión que salta a vista de realizar las  necesarias  comprobaciones.

Pero antes de que aquello tuviera lugar, y por tanto anterior a la llegada de Pablo Bonet a Orán, se va a tratar de esclarecer el por qué del tópico que corre por libros y enciclopedias, con el cual se ha intentado justificar,  a modo de “relleno”, el vacío temporal anterior, de casi nueve años, que existe en la vida del personaje, afirmado por ello, sin prueba alguna que lo pruebe, la bizarra vida corrida por un supuesto e hipotético Pablo Bonet militar, que un tiempo más tarde se transformó, por arte de birlibirloque, en “secretario” y todo ello con motivo de su llegada a África. Una versión ampliamente extendida y publicitada, tanto en biografías como en notas enciclopédicas, aparecidas en varias,  diversas y prestigiosas publicaciones.

Pero antes, vamos a tratar de averiguar de dónde partió aquella leyenda, o cuanto de real existe en ella, o por el contrario, si fue el propio Pablo Bonet el que en su momento se encargó de forjarla, en beneficio propio, que todo podría ser.

Por otra parte, de hacer algo de cronología, el primer autor que dio por sentada aquella cuestión, y en pleno siglo XX, y cuando no estaba  confirmada en ninguna  documentación conocida, fue el insigne Tomás Navarro Tomás.[3] De esta forma, aquel autor siguiendo una línea historiográfica, que hoy podríamos calificar de intuitiva, fue el primero en desarrollar aquel asunto, aunque un tiempo después, Miguel Granell en su obra de 1929, se encargó de rebasarlo con creces. De aquel modo, en 1920, Tomás Navarro afirmaba sobre aquel asunto lo siguiente:

“Siendo todavía muy mozo fue traído Bonet a Madrid al cuidado, probablemente de su tío el capitán, cuya diligencia debió después proporcionarle el empleo, no bien determinado, que durante bastantes años disfrutó como <<entretenido del Capitán General de la Artillería de España>>. Figuró en algunas expediciones militares contra los piratas berberiscos, dando pruebas de su valor en trances arriesgados y peligrosos, y sirvió asimismo en los tercios de Italia, en las reñidas contiendas entre italianos, franceses y españoles, por el dominio de la Saboya y el Milanesado”.  

Claro está, conociendo la integridad o el buen hacer de Tomás Navarro respecto a Pablo Bonet, a la inversa de Miguel Granell sobre el mismo tema, cabe preguntarse de dónde pudo sacar Tomás Navarro semejante cúmulo de afirmaciones, contenidas todas de hecho en aquellas cortas y breves líneas, como por ejemplo, que había sido su tío Bartolomé el que pudo proporcionarle, por ejemplo, la plaza deentretenido del Capitán General de la Artillería de España” .

Tal como hemos ido viendo en otros trabajos anteriores,[4] el error de Tomás Navarro, pasó indudablemente por no entrar al detalle en la Prueba de Caballeros,[5] o por no realizar un trabajo de campo más exhaustivo, y por ello no alcanzó a conocer, por una simple cuestión de mera ignorancia, muchas cuestiones o muchas historias concretas, documentadas todas ellas, que le hubieran permitido llegar a otras conclusiones más veraces.

Por ejemplo, al dar por supuesto Tomás Navarro que Pablo Bonetdisfrutó” o gozo,durante bastantes años […] (del cargo de) entretenido del Capitán General de la Artillería de España”, aduciendo a favor de su tesis, la portada del libro de Pablo Bonet de 1620, donde el personaje así lo afirmaba, pero sin dar Pablo Bonet fecha alguna que pudiera servir de punto de referencia, para poder confirmar de forma definitiva aquella  rotunda  afirmación.

Cargo de “entretenido” que Tomás Navarro adjudicó en su artículo, sin motivo alguno que lo justificara, a la, apostillamos, supuesta “diligencia” de su tío materno el capitán Bartolomé. Un hecho que hoy podemos descartar al haberse constatado, en este caso de forma documental, el evidente distanciamiento que un momento dado existió entre nuestro personaje y su tío Bartolomé y, a la inversa, la aproximación de Pablo Bonet a su tío paterno Diego Pablo de Cierreta.

Circunstancia que se dio en el mismo momento de la liquidación y venta del patrimonio materno en 1593, del cual Bartolomé y Pablo Bonet eran beneficiarios. Cargo de “entretenido”, que tal como hemos podido observar antes, pero por vía documental, que Pablo Bonet no disfrutaba en 1603, como tampoco lo disfrutaba en 1607, por otros motivos que iremos viendo.

Del mismo modo que hoy seguimos ignorando, con indiferencia de la rotunda afirmación  de Tomás Navarro en 1920, si lo continuó “disfrutando” durante muchos años, pero, a partir de 1612, al tener la confirmación documental, que fue en aquel  momento en que se lo reconoció, de forma efectiva, el rey Felipe III, pero y únicamente “sólo por tres meses” y todo ello con motivo de la estancia de Pablo Bonet en Milán, y a causa de haber acompañado al Condestable de Castilla, Juan Fernández de Velasco como secretario. Punto nulo por tanto de referencia, al igual que el anterior, aducido por Tomás Navarro, para poder afirmar en aquelmomento, desde dónde y hasta dónde “disfrutóPablo Bonet de aquel “privilegio” en la Artillería.

Por poner un ejemplo similar, sirva la historia que acaeció unos años más tarde, y además en el caso de otro conocido autor, como fue Pedro Calderón  de  la Barca, un autor prolífico,  que también fue “entretenido” de la artillería, pero por otros motivos, y además en su caso por muy largo tiempo.

Por otra parte,  Calderón a diferencia de Pablo Bonet, si consta de forma documental que había servido en el ejército, primero en Milán y después en Flandes, entre 1625 y 1636, y más tarde en Cataluña en 1640, y fue a su vuelta a la corte cuando se le nombró “Entretenido”, privilegio que conservo hasta su muerte, traspasando aquel privilegio en su testamento a una de sus hermanas que era monja, y con él incluida la correspondiente asignación económica.[6]

Según Vega Viguera, “En la época de Calderón  eran llamados “Entretenidos de la Artillería” a los acompañantes del general, en su caso a soldados viejos, a sargentos reformados o a alféreces,  que tenían la obligación de hacer guardia en la antecámara del superior donde se custodiaba el guión. Eran personas de experiencia que entendían de milicia y en lo que cumple al servicio y honra del general. En los Tercios de Italia, los entretenidos de cada general eran un total de ocho, que cobraban un sueldo entre 30 y 80 escudos según las misiones encomendadas”. El mismo salario,  de 30 escudos, que cobró Pablo Bonet durante tres meses por su estancia en Milán, hecho que indica que aquel privilegio fue de tipo temporal, y no de por vida como Calderón.

Las siguientes afirmaciones de Tomás Navarro, daban también por hecho que Pablo Bonet  “figuró en algunas expediciones militares contra los piratas berberiscos, dando pruebas de su valor en trances arriesgados y peligrosos”. Rotundas afirmaciones aquellas que  habrá de  desmenuzar, de intentar darles un cierto sentido, al ser en muchos aspectos directamente erróneas.

Y el motivo pasa por dos malas lecturas realizadas por  Tomás Navarro, y de ahí  aquel comentario. La primera es la que figura en un ambiguo testimonio del propio Pablo Bonet, y la segunda, está entresacada de una dedicatoria, en su caso, muy elogiosa,  obra de la pluma del poeta Lope de Vega.

Fuente última, que en el caso del asunto de los piratas berberiscos”, Tomás Navarro amplió y mucho, entrando así en contradicción con lo escrito por el propio Lope de Vega, al no afirmar dicho autor en aquella dedicatoria, que aparece en su comedia Jorge Toledano, nada que diera a entender la participación activa de Pablo Bonet en “algunas expediciones militares”, sino afirmando simplemente que sirvió a su rey en África, que era tanto como no decir nada concreto:

 Y que lleve esta comedia de las antiguas mías por disculpa, que por ser cosas del África, donde Vm. sirvió a Su Majestad con tanto cuydado y peligro, no será fuera de su gusto leerla ni de su obligación ampararla…” . [7]

Teniendo ahora a la vista dicha dedicatoria de Lope de Vega, y sabiendo de antemano que Pablo Bonet permaneció en Orán, tal como vamos a ver, desde diciembre de 1604 y hasta julio de 1607, y en principio, siempre como secretario del Capitán General el marqués de Ardales, y por tanto no tal como afirmaba Tomás Navarro, de bizarro y aguerrido hombre de armas, sino como simple funcionario de despacho.

Es por ello, que se  hace muy cuesta arriba admitir, tal como afirmaba Tomás Navarro en 1920, que Pablo Bonet había participado en aquellos años en “algunas expediciones militares contra los piratas berberiscos”, máxime cuando en aquellas mismas fechas y en Orán las únicas expediciones que se realizaban eran las conocidas como “cabalgadas”, unas cuatro o cinco al año, y siempre en función del interés o  de la necesidad económica del gobernador de turno.

“Operaciones” militares españolas aquellas, que cabría aclarar que tenían como objetivo principal el buscar y apresar, entre los denominados en aquella época “moros de guerra”, a los que después serían sus esclavos moriscos, de todo tipo y condición, incluidas las mujeres o las niñas.

“Mercancía” humana, cuyo triste destino siempre era la de ser vendida en almoneda en la plaza pública de Orán, y por tanto, sin tener nada que ver con las supuestas persecución de los brutales piratas berberiscos, que aquella época asolaban tanto las posesiones españolas africanas como las peninsulares, historia aducida por Tomás Navarro en beneficio del supuesto e impoluto “expediente” militar de Pablo Bonet, hasta hoy nunca aparecido.

“Cabalgadas” que en general corrían a cargo de la única compañía de caballería que había de guarnición de Orán, y en las cuales a buen seguro nunca debió participar el secretario del Capitán General, salvo en el hecho, éste sí documentado, de comprar en subasta pública unos cuantos esclavos moriscos, para seguidamente revenderlos,  al mejor precio, en solitario o en comandita con algún socio ocasional y donde parece insinuarse, de parte de Pablo Bonet, su participación en alguna de ellas.  Documento que por tanto,  requerirá más adelante entrar al detalle en su contenido.

Del mismo modo, que también se hace muy cuesta arriba la frase de Tomás Navarro, donde afirmaba que Pablo Bonet sirvió asimismo en los tercios de Italia, en las reñidas contiendas entre italianos, franceses y españoles, por el dominio de la Saboya y el Milanesado

Cuestión ultima, la de supuesta pertenencia de Pablo Bonet a los Tercios españoles de Italia, muy discutible, al no corresponder textual a la única frase del propio Pablo Bonet, ya que lo único que afirmaba el personaje, en la dedicatoria de su libro dirigida al rey Felipe III, pero en 1620, era que había servido al rey en “Francia, Saboya, Italia y Berbería”, que era tanto como no decir absolutamente nada, y menos aún que había servido como soldado en los Tercios de Italia en alguna guerra.

Por lo mismo, dejando por ahora a Tomás Navarro, y entrando a desmenuzar aquella críptica frase de Pablo Bonet sobre su servicio al rey,  en primer lugar, se puede observar que su afirmación respecto a había “servido” al rey en  Berbería era cierta, puesto que Pablo Bonet estuvo en Orán, pero no como militar, sino como secretario del capitán general de la plaza, que no es precisamente lo mismo.

Del mismo modo que también era cierto, tal como ya hemos visto antes, que estuvo en Italia entre los finales de 1611 y los mediados de 1612, pero acompañando como secretario a Juan Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, en aquellos mismos días gobernador  militar de Milán.

Motivo por el cual no resulta nada descabellado el poder pensar que en aquellas mismas fechas Pablo Bonet también pudiera haber estado en Saboya o en Francia, en su caso acompañando siempre al Condestable, complementándose de esta manera  toda aquella afirmación, al respecto de haber servido al rey en “Francia, Saboya, Italia y Berbería”.

A todo esto, además se debería tener muy en cuenta, que en aquel mismo período oscuro en la vida de Pablo Bonet, el mismo en que todo el mundo se empeña en rellenar a base de fantasías,  a la muerte de Felipe II y tras la subida del trono de Felipe III, España estaba en paz con Francia desde 1598, y con Inglaterra desde 1604, una paz que justamente negoció Juan Fernández de Velasco, el Condestable de Castilla, que a su vez tenía fuertes vínculos con los franceses, y que en 1607 se convino el alto el fuego de España con los holandeses que fue seguido por la Tregua de Amberes en 1609. Es decir no había guerras.

Detalles que Tomás Navarro dejó, incomprensiblemente, en el olvido, a la hora de redactar aquellas líneas tan comprometidas y arriesgadas, sobre la supuesta participación de Pablo Bonet en unas inciertas campañas militares, por el dominio de la Saboya y el Milanesado”.

Tiempos de paz,  que dan en poder afirmar que por ello obviamente en muy pocas guerras pudo participar Pablo Bonet, puesto que de hecho, en el Imperio español y en aquellas fechas oscuras que atañen a la vida del personaje, no había ninguna gran guerra en la que se pudiera tomar parte, y menos aún visto lo apuntado respecto a su itinerario, por el propio Pablo Bonet en su dedicatoria al rey Felipe III.

De ahí que toda aquella extensa afirmación de Tomás Navarro quede reducida a la nada más absoluta, o que la supuesta carrera militar de Pablo Bonet se esfume así por el sumidero.

Pero, a la inversa, ahora adquiere sentido firme la frase de Lope de Vega donde daba por hecho que Pablo Bonet “sirvió a Su Majestad con tanto cuydado y peligro” en África, y más justamente en Orán, demostrando Lope de Vega de aquel modo el conocimiento que tenía de la vida de Pablo Bonet, probablemente por amistad, ambos eran secretarios,  o de las andanzas africanas corridas por Pablo Bonet.

Cuestión última que por cierto Pablo Bonet no recogió para nada en la portada de su libro, a la hora de hacer público su “currículo”, en el cual figuran todos los cargos que había tenido, con la única excepción del de antiguo secretario del marqués de Ardales, gobernador de Orán, un hecho de por sí muy curioso, y más aún en una época en que era muy importante el currículo personal a la hora de presentarse.

De este modo aquella flagrante fantasía de un Pablo Bonet militar, creada en 1920 por Tomás Navarro, partiendo de tres premisas simples como eran: el pago de unos haberes de Artillería en 1612, aunque retroactivos a diciembre de 1611, la portada del libro de Pablo Bonet de 1620 y la dedicatoria de Lope de Vega en 1622, fue seguida diligentemente y en primer lugar por el catalán Miguel Granell, que en 1929 no dudo de ampliar, asignándole cargos que jamás tuvo, tales como: “Ayudante de Campo honorario, Capitán de Artillería, o  Secretario militar”.

La cultura militar de Bonet era integral, porque abarcaba las múltiples manifestaciones del arte de la guerra (sic); pero como antes que luchador, a pesar de ser valiente, era un buen diplomático, prefería que las contiendas se resolvieran entre los beligerantes por medio de convenios expresos aceptados por ambas partes.

Aunque era un conocedor de la estrategia y del arte militar, le gustaba mucho más organizar que actuar, si bien a veces por su decisión se ganaron algunas batallas (sic).

El Capitán general de la Artillería de España le nombró Entretenido, tomando al dictado lo que disponía S. E. o S. A., las órdenes que habían de ser cumplidas, órdenes que solía entregar en persona Juan Pablo Bonet para evitar las indiscreciones. Pasado un poco de tiempo fue nombrado Ayudante de Campo honorario (sic), con sueldo, a las órdenes del mismo Capitán General.

Con éste honroso título de Ayudante de Campo figura (sic) en algunas expediciones militares contra los piratas de Berbería, Francia, Saboya, Orán, Italia, etc., dando pruebas de su intrepidez y valor, sobre todo en traces arriesgados y peligrosos, y sirvió en lo Tercios de Italia en las reñidas contiendas entre italianos, franceses y españoles por el dominio de Saboya y el Milanesado.

En el ejercicio de Secretario militar (sic) del Marqués de Ardales, descendiente de la familia de Guzmán el Bueno, fueron tales sus aciertos, sobre todo en la jurisdicción de la milicia (sic), que el Jefe superior firmaba lo propuesto por Bonet sin examinarlo ni mirarlo (sic). Fue a Milán como Capitán de Artillería (sic) y Secretario militar (sic) a las órdenes del Condestable de Castilla D. Juan Fernández de Velasco, desempeñando un airoso papel (sic).” [8]

Visto lo anterior, habrá que admitir el “dulce hechizo” ejercido por Miguel Granell, al llevar al convencimiento del lector no avisado que dominaba al dedillo el supuesto “expediente militar” de Pablo Bonet que, por supuesto, en aquellos años se podría haber conservado en el Archivo de la Secretaría de Guerra Antigua de Simancas.

Sin embargo, la pena es que dicho expediente militar no existió más que en la fértil y fructífera imaginación de Granell, o que toda aquella historia y su verborrea inherente, a cargo de Granell, saliera de las tres tristes líneas que acabamos de ver, escritas en su caso por Tomás Navarro en 1920, y que Granell citaba en 1929, sin rebozo alguno, textuales, pero adornándolas a su gusto y manera, y afirmando unas páginas más tarde que algunos aspectos  de la vida los había rellenado con “los hijos de la imaginación”. Sin comentarios.

Por lo mismo no vamos a entrar al detalle en la biografía realizada por Jacobo Orellana y Lorenzo Gascón en 1930,[9] autores, que como ya era de esperar, cayeron prendidos de aquel  mismo “embrujo” de Granell.

Cuestión distinta a la anterior, es el asunto del “entretenimiento” de Pablo Bonet en el arma de Artillería, cargo o gaje oscuro, puesto que dicho cargo y en función del arma correspondiente, tenía en aquella época varias y diversas vertientes.

Por ejemplo, en el arma de Infantería, estaba previsto el “entretenimiento” de los hijos de los militares veteranos, desde su nacimiento y hasta los quince años, con una pequeña paga incluida, con el fin de que dichos muchachos pudieran seguir la carrera militar, al igual que su progenitor, creándose de este modo fuertes vínculos familiares con la milicia.

Hecho, el anterior, que en el ejército español de la época se tenía muy en cuenta, y máxime en las plazas africanas, puesto que ello implicaba, por ejemplo y en principio, la existencia de un matrimonio estable, y de unos soldados que a la hora de luchar, contra el que fuera, no sólo supuestamente defenderían al rey sino también su propia casa o a su propia familia. Una forma sutil, por parte de la monarquía de los Austrias, de crear clientelismo o de crear unas obligaciones morales entre los militares que sobrepasaban con creces el ámbito puramente castrense.

Éste, tal vez, hubiera podido ser el caso concreto de Pablo Bonet, de haberse dado la circunstancia providencial de que su padre hubiera sido un antiguo militar, como era el caso de su tío materno, el capitán Bartolomé Bonet.

Hecho que podría inducir a mal pensar, sin prueba alguna que lo sustente, que su tío Bartolomé “enchufara” a su sobrino Pablo Bonet en Madrid, en algún tipo de “entretenimiento”, aprovechando, las buenas relaciones que Bartolomé debió mantener en la milicia, y visto el anterior inconveniente familiar, a título siempre de favor personal. Pero claro está, no hay ninguna prueba documental que apoye semejante historia.

El “entretenimiento” en la Artillería, el caso concreto de Julio César Ferrucino.

De hecho el “entretenimiento” en la Artillería era muy distinto al de la Infantería. Al menos en los casos conocidos, como fue el caso del hijo del matemático, de origen italiano, Julio Ferrucino o Firricino, Julio César Ferrucino.

En una fecha incierta, situada entre 1571  y 1584, el padre era catedrático en la Escuela de Artillería de Burgos, y teniendo en cuenta que por diversas cuestiones en España sólo había dos escuelas, Julio Ferrucino pasó de la de Burgos a la de Sevilla en 1590, pero por orden directa de Juan de Acuña Vela, Capitán General de la Artillería de España.[10]

De esta forma, Ferrucino padre pasó a encargarse de la recién creada Escuela de Artillería de Tierra dependiente, al igual que la de Burgos, de Juan de Acuña. En su caso, como profesor de los futuros artilleros, pero que con el tiempo, y al cerrarse la escuela de Sevilla, acabó en 1595, y por nombramiento del rey Felipe II, como catedrático de Matemáticas y de Artillería en Madrid. Privilegio el de “Catedrático de Matemáticas de Palacio” que el padre continuó ostentando hasta su muerte en 1604, pero cargo que al final, dada la época, acabó heredando en cierto modo su hijo Julio Cesar.

Escuela de Artillería de Tierra, la de Sevilla creada por Juan de Acuña, que entró en competencia con otra Escuela de Artillería ya existente, creada anteriormente por la Casa de Contratación y Negociación de las Indias en 1575, dependiente por tanto del Consejo de Indias de Sevilla, y que tenía como misión cubrir las plazas en la Artillería de Armas y Flotas de la Carrera de Indias, es decir, la artillería de Marina,[11] y que en la época que se abrió la escuela de Ferrucino, estaba al cargo del Catedrático y Artillero Mayor Andrés de  Espinosa, pero escuela que muerto Espinosa en 1592, pasó a refundirse, en la que en la misma ciudad dirigía el italiano Ferrucino.

Una medida adoptada, seguramente, a causa de un oportuno informe realizado por Juan de Acuña, Capitán General de la Artillería de España, en el sentido de que dada la grave escasez de artilleros que existía para la flota, y dado también el cierre de la escuela de Sevilla, en su caso la dependiente de la Casa de Contratación, convenía ofrecer una escuela donde pudieran aprender el “oficio” de artilleros todos los marineros que así lo desearan, escuela, que dada la mayor antigüedad y solera de la escuela de Marina, acabó de hecho siendo una academia de artillería mixta.

De aquel modo, el hijo de Ferrucino, nacido en 1578, Julio César Ferrucino, fue tomado por el rey para su servicio en el año de1600, con un sueldo inicial de 18 ducados al mes, aunque conste en 1603, tal como hemos visto antes, como “entretenido” de Juan de Acuña Vela, en aquel momento y hasta su muerte en junio de 1607, Capitán General de Artillería de España.[12]

El “entretenimiento” de Pablo Bonet

Llegados a este punto, cabe una breve recapitulación sobre Pablo Bonet, intentando conocer con ella qué fue de él, en la cuestión concreta de su “entretenimiento”. El primer hecho documentalmente contrastado, es que Pablo Bonet no aparece en la lista de los “entretenidos” de Juan de Acuña, por ello sólo cabe afirmar que durante el período que Acuña ostentó  el cargo de Capitán General de la Artillería de España, entre los años 1586 y 1607, nuestro personaje no estuvo a su servicio.

A la inversa, en el año1612, el rey Felipe III, le da por bueno a Pablo Bonet su “entretenimiento” en la Artillería, con un salario de 30 escudos al mes, y con efectos retroactivos al mes de diciembre anterior, el de 1611. Detalle de su “entretenimiento”, “cerca de la persona del capitán general de Artillería”, que el propio Pablo Bonet recoge y confirma en la portada de su obra en 1620, pero sin ponerle fecha concreta.

Por otra parte, por un documento posterior a su salida de Orán en 1607, que más adelante veremos, y donde Pablo Bonet confirma, por otros motivos, su estancia en aquella plaza africana durante los años 1604-1607, sin reclamar en él, salario alguno más que el propio de secretario del Gobernador de la plaza, según Pablo Bonet impagado, o cierto dinero propio, perdido en una travesía de España a Orán, al servicio de su señor, permite con todas las prudencias inherentes al caso, entrar a fechar el momento concreto de su “entretenimiento”, que podemos considerar pudo haber tenido lugar, entre los finales de 1607 y los finales de 1611, momento en que fallecido Juan de Acuña, en junio de 1612, el rey le reconoce aquel gaje, retroactivo a diciembre de 1611, es decir, durante los años que Pablo Bonet ya estaba trabajando como secretario de Juan Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, un hecho, por otra parte, suficientemente documentado.

Momento, junio de 1607, en que murió Juan de Acuña Vela, que fue substituido en su cargo de Capitán General de Artillería por Juan de Mendoza y Velasco, 7º señor de Castrojeriz, e hijo de Antonio Gómez Manrique de  Mendoza y Sandoval y de Isabel de Velasco, prima tercera, hija a su vez de Iñigo Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, y hermano de los sordos Francisco y Pedro de Velasco los famosos discípulos de fray Pedro Ponce de León.[13]

Juan de Mendoza, es el mismo personaje que en 1610 se encargará de la expulsión de los moriscos de Andalucía, o que será el primer marqués de San Germán, y en febrero de 1612, por nombramiento del rey Felipe III, también primer marqués de Hinojosa, y que entre otros muchos títulos que acumulará a todo lo largo de su vida y hasta su muerte en 1628, fue, por ejemplo, Gentil Hombre de la Cámara del Rey, de sus Consejos de Estado y Guerra, Virrey de Navarra, Capitán General de la Caballería ligera y Presidente del Consejo de Indias. Y el mismo personaje al cual Mateo Alemán dedicara su segunda parte de La Vida de Guzmán de Alfarache, editada en Lisboa en 1604, diciendo de él:

Si sangre, díganlo las casas de Castro, cabeza de los Mendozas y Velascos, de los Condestables de Castilla, de quien Vuestra Excelencia es hijo y nieto. Y desto lo dicho basta. Si armas, notorio nos es y ninguno ignora que, asistiendo Vuestra Excelencia los años de su infancia en los estudios de Alcalá de Henares, donde tantas premisas dio de su florido ingenio, viéndose ya mancebo se pasó a Nápoles, llevado de la inclinación y valor militar. Y siendo allí temido por su esfuerzo, respetado por su valor y seguido por la notoria privanza con el virrey su tío, pospuestas estas prendas, que fueran de otros muchos estimadas, tuvo en más el bullicio de las armas en la guerra, que los deleites, paseos y privanzas en la paz; pues dejándolo, se fue a Flandes en seguimiento de la milicia, que tanto allí ejercitaban. Y con una pica, sin sueldo, sin algún entretenimiento ni mando, gustó de ser un particular soldado, buscando las ocasiones en que señalar su ánimo valeroso. Hasta que, ofreciéndose las guerras con Francia, pasó a Milán a servir en las del Piamonte y Saboya, donde gobernando la caballería y después todas las fuerzas que su Majestad tenía en aquellas partes, alcanzó señaladas vitorias, mostrando tanto valor y prudencia, cuanto admirable gobierno. Que, conocido por Monsiur de Ladiguera, que con poderosísimo ejército y muchas cabezas principales obtenía la parte de Francia, temió siempre llegar a las manos. Y cuanto una vez lo intentó sobre la Carboneda, hallándose aventajado en el número de soldados, Vuestra Excelencia con muchos menos lo desbarató y rompió, ganándole la mayor vitoria que se vio hasta entonces. Y de allí adelante, atemorizados con el sangriento estrago, no se atrevieron más a socorrer plaza.”

Luego, el supuesto misterio, que tanto dio en cabeza a Tomás Navarro Tomás como a Miguel Granell, con las nefastas consecuencias ya vistas, sobre cuándo, cómo o quién fue el Capitán General de Artillería de España para el cual, hipotéticamente, “trabajó” Pablo Bonet como “entretenido” queda resuelto a medias.

Pablo Bonet, vistos los indicios documentales, fue “entretenido” de Juan de Mendoza, nombrado a mediados de 1607 Capitán General de la Artillería de España, por muerte anterior de Juan de Acuña, “entretenimiento” que debió recibir Pablo Bonet entre los finales de 1607 y los finales de 1610 y que debió mantener, visto que lo continuaba manteniendo en los mediados de 1620, y hasta 1628, año del fallecimiento de Juan de Mendoza.

Y el motivo resulta más que evidente: Juan de Mendoza, el Capitán General de la Artillería de España, y Juan Fernández de Velasco, en su caso, Condestable de Castilla y su señor, eran parientes consanguíneos. Y por tanto, es una pura hipótesis de trabajo, compartiendo ambos y cada uno por motivos personales o profesionales, los gastos salariales inherentes al personaje.

Cuestión distinta es un hecho que se puede constatar, que es que con independencia del cargo que ostentaba Pablo Bonet en la Artillería, Juan de Mendoza tenía en plantilla a otro “entretenido”, que a gran diferencia de Pablo Bonet si se ganaba su sueldo y además en Sevilla, llamado Juan Pérez de Argárate, al cual Mendoza en 1607 daba instrucciones a cumplir junto con el Artillero Mayor Andrés Muñoz el Bueno, al depender de Mendoza la Escuela de Artillería dependiente un vez más del Consejo de Indias.[14]

Llegados a este momento, y retomando de nuevo la historia, se sigue desconociendo el momento exacto en que Pablo Bonet abandonó Zaragoza para ponerse al servicio del marqués de Ardales. Instante que de creer al personaje tuvo lugar en junio de 1604, y cuando el marqués de Ardales todavía no era por tanto gobernador de las plazas de Orán y de Mazalquivir, su puerto. Por ello, se puede afirmar que desde octubre de 1593 y hasta junio de 1604, nada sabemos del personaje, ni de su trayectoria vital y personal, salvo su llegada a Orán, muy probablemente entre noviembre y diciembre de aquel último año.

Pablo Bonet en Berbería

El primer amo conocido de Pablo Bonet, al estar sujeto a su salario, fue Juan Ramírez de Guzmán y Toledo, nombrado por el rey Felipe III gobernador de Orán y de Mazalquivir en octubre de 1604. Personaje que pertenecía a la rama tercera de la casa de los Guzmán, a la de los Condes de Teba y Marqueses de Ardales y, por tanto, poseía los títulos de tercer conde de Teba y segundo marqués de Ardales.

El primero de aquellos títulos le había sido concedido por primera vez a su antepasado D. Diego Ramírez de Guzmán, en el año 1522, al convertir el emperador Carlos V en condado, el antiguo municipio malagueño de Teba, hasta entonces un lugar de señorío. Por su parte, el título de marqués de Ardales, le fue otorgado por Felipe II en 1559 a D. Luis de Guzmán, Córdoba y Mendoza, II Conde de Teba y Mariscal de Castilla. [15]

En el momento de su nombramiento para la plaza de Orán, y al igual que ocurría respecto a los hombres de armas o de guerra, los gobernadores solían acudir a ocupar su nuevo cargo en las plazas rodeado de sus familiares más directos, esposa e hijos, a los que solía unir sus criados, en caso de poseerlos.

Pero la Corona conociendo de antemano y por otras experiencias anteriores, que el reunir todo lo que el gobernador querría trasladar con él, y además tener que encontrar por sí mismo una embarcación idónea y dispuesta para poder hacer la travesía hasta Orán, en muchas ocasiones, se convertía en una buena excusa para demorar en el tiempo su partida hacia el Norte de África, la propia Corona solía tomar cartas en el asunto para acelerar aquella partida.

Así, por ejemplo, en el caso concreto del marqués de Ardales, en octubre de 1604, Felipe III otorgó una real cédula al conde de Niebla, responsable en su caso de las galeras de España, indicándole que hiciera todo lo posible para que el marqués de Ardales, recién elegido gobernador del doble presidio de Orán y Mazalquivir, “no se detenga por falta de embarcación”, a la vez que se le ordenaba que “embarqueys la persona de dicho Marques y de la Marquesa su muger y el resto de su familia y cavallos y los lleveys a la dicha oran”, añadiéndose al margen que, “entonces traveseys a españa en ellos al conde de Alcandete (Francisco de Córdoba y Velasco, su antecesor en el cargo y en aquel momento cesante) su muger casa cavallos y esclavos”.

Detalle último, el de la posesión de  esclavos, que confirma la existencia de un evidente beneficio por parte de los gobernadores de turno, a partir de los ataques que esporádicamente se realizaban contra los llamados “moros de guerra”, consiguiendo de este modo esclavos que entraban a servir en sus respectivas casas. Detalle que veremos imitará, en cierto modo, Pablo Bonet a su regreso a España en 1607, o viaje el del marqués de Ardales a Orán, en los finales de 1604, en el que a buen seguro participaría Pablo Bonet al ser ya en aquel momento preciso “secretario” del marqués.

A pesar de ser bastante corto el período durante el cual el marqués de Ardales estuvo al frente del doble presidio de Orán y Mazalquivir, pues la enfermedad hizo mella en él en muy poco tiempo, llevándole a la muerte en la propia ciudad de Orán y en menos de tres años después tomar posesión de su cargo, y durante su gobierno ya se empezaban a advertir con claridad las cada vez mayores dificultades que experimentaba la población militar del doble presidio para lograr sobrevivir.

De este modo, los problemas que le generó la casi absoluta falta del envío desde España del dinero pertinente, para poder realizar con él la compra en la Península de los aprovisionamientos necesarios y para pagar a su vez los sueldos de la gente de guerra de la guarnición se fueron incrementando, viéndose obligado el marqués de Ardales a tener que recurrir, con mayor frecuencia aún que sus antecesores en el cargo, a tratos con los denominados “moros de paz”, como única fórmula mediante la cual poder abastecer a la guarnición de los productos más elementales para su elemental alimentación.

Junto a aquel problema, un nuevo problema hará su aparición en el Oranesado que gobernaba Juan Ramírez de Guzmán: la escasez de moneda de uso corriente, que comienza a convertirse en una traba más para el normal funcionamiento de las plazas, afectando tanto a las transacciones económicas de los mercaderes allí afincados, como al resto de la población tanto civil como militar, que no tenía con qué pagar lo que adquirían a los propios moros de paz, mientras que desde la corte madrileña, haciéndose oídos sordos a las constantes reclamaciones del marqués de Ardales, se atendía más al deseo de Felipe III de crear en Orán una especie de seminario militar que debería encargarse de la formación de soldados enviados desde España, que luego, en teoría, deberían ser destinados a servir en Flandes e Italia, idea que después de muchas vueltas no llegó a ponerse práctica.

Con independencia de las circunstancias en que se encontraba Orán en aquellas mismas fechas, y que veremos más adelante con detalle, en el caso particular de Pablo Bonet habría que aclarar que de hecho y de aquel mismo período, sólo tenemos noticias de él por  dos documentos que cronológicamente no corresponden precisamente a aquel mismo período temporal, al ser en ambos casos muy posteriores, pero que sin embargo hacen referencia a dos circunstancias personales, acaecidas ambas durante el periodo de su estancia en Orán. Motivo por el cual deberemos entrar en el terreno de la pura especulación, que no será tanta al girar ésta entorno a dichos documentos, o al entorno en el cual se desenvolvió por obligación el personaje.

Dichos documentos corresponden, el primero, a una reclamación de deudas por parte de Pablo Bonet a la señora viuda del marqués de Ardales y sus herederos, donde el personaje reclama dos años más tarde de su salida de Orán, concretamente en 1609, su sueldo de tres años, que al parecer su jefe el marqués de Ardales nunca le había llegado a pagar.

Un hecho personal que coincide con la falta general de moneda corriente y circulante en el presidio y, el segundo, fechado en 1614, a la liquidación o finiquito de un negocio de esclavos que había tenido lugar durante su estancia en la plaza entre Pablo Bonet y con un socio suyo, en aquel caso,  con el “Alcaide de la puerta Canastel” de Orán, hecho que de nuevo, también en apariencia, nos devuelve al anterior problema económico general que sufría aquella plaza.

Cabe también aclarar, por una serie de indicios que iremos viendo, que ciertas explicaciones o ciertos detalles de la vida de Pablo Bonet, tanto de aquel período como el inmediatamente posterior, o han sido muy mal interpretados o aún peor explicados.

De esta forma, de dar como buena la explicación de Pablo Bonet en el primero de aquellos documentos, en su caso, en el de la reclamación de deudas por impago de salarios a la marquesa viuda de Ardales, Doña Ana de Cardona, levantado en nombre de Juan de Pablo Bonet, viene a resultar que Pablo Bonet estuvo tres años al servicio del marqués de Ardales, demanda de la que se hará cargo, en marzo de 1609, Pedro de Aguilar, “vecino de Granada y agente de negocios del duque de Osuna”:

Y ante otros cualesquier jueçes  y justiçias de su […] y ante ellos E cualesquier dellos pueda pedir y demandar a mi señora dona ana de cardona viuda  marquesa de ardales y a los bienes y hacienda y herederos Del dicho marques de ardales mi señor Lo que se me debe de mi salario de tres años que a su señoria servi  de su secretario siendo capitán general de oran pidiendo que por cada Un año se me de de salario a rraçon de cuarenta escudos cada mes que es Lo que suele  y acostumbra a dar a los secretarios de Los dichos generales […]”

Ahora bien, sabiendo como sabemos de forma fehaciente, que el marqués de Ardales ejerció su cargo, de manera efectiva, entre el día 6 de diciembre de 1604 y el 4 de julio de 1607, fecha última en la que falleció en Orán, de hacer números, viene a resultar que dicho marqués desempeñó su cargo durante dos años y siete meses, mientras que en aquel documento Pablo Bonet reclamaba su salario, afirmando en 1609 que trabajó para el mismo “tres años que a su señoria servi de su secretario siendo capitán general de oran”.

Frase concreta de Pablo Bonet que nos lleva a la cuestión de que o bien nuestro personaje era un truhán de mucho cuidado, al reclamar cinco meses más de salario del que real y efectivamente le correspondía, o que el nombramiento del marqués de Ardales, como gobernador de Orán, fue muy anterior a su llegada oficial a aquella plaza africana el día 4 de diciembre de 1604, momento en que juró su cargo.

Cuestión última que documentalmente se desconoce, salvo la noticia cierta, anteriormente vista, de que el 19 de octubre de 1604 el rey Felipe III pedía al conde de Niebla, jefe de las galeras de España, que proporcionase una embarcación al marqués de Ardales para su travesía a Orán tras su nombramiento, se supone anterior, de gobernador de Orán y Mazalquivir.

Circunstancia real, que de por sí parece retrotraer el dicho nombramiento del  marqués de Ardales a casi dos meses atrás, sino fueron algún mes más, como parece confirmar el comentario del propio Pablo Bonet, llevándonos con él, de creer a nuestro personaje, al mes de julio de 1604.

Un hecho por otra parte que no tiene  nada extraño, al tener noticia que el antecesor del marqués de Ardales, Francisco de Córdoba y Velasco, conde de Alcaudete, nombrado gobernador de Orán en agosto de 1595, no apareció por el doble presidio hasta fecha tan lejana a su nombramiento como fue mayo de 1596. En llano, nueve largos meses más tarde.

Circunstancia extrema, la del conde Alcaudete, que en cierto modo y viendo que el marqués de Ardales, como mínimo, faltó a su cita casi un mes y medio, parece dar la razón a Pablo Bonet en su reclamación a la viuda del marques de Ardales de sus “tres” años de atrasos salariales.

Hecho, que de ser cierto, y aunque no hay pruebas que lo justifiquen, daría para poder afirmar, con todos los reparos inherentes al caso, que Pablo Bonet debió entrar al servicio del marqués de Ardales en el mes de julio de 1604, y por tanto, es de suponer, que en algún lugar incógnito de Andalucía y procedente, también hipotéticamente, de Aragón.

Otra cuestión respecto a Pablo Bonet, o a aquella misma época, es que a pesar del comentario de Lope de Vega, contenido y referido a nuestro personaje en su comedia Jorge Toledano, y donde Lope de Vega  le dedicaba la misma dado “que por ser cosas del África, donde Vm. sirvió a Su Majestad con tanto cuydado y peligro “, dando así a entender al lector de 1622, es nuestro parecer, que Pablo Bonet sirvió al rey Felipe III en África, habría de aclarar que, en el sentido estricto, tal vez aquel hecho concreto de “servir al rey” no debió acaecer precisamente.

Puesto que de tomar como referencia los actuales documentos conocidos, respecto a la estancia de Pablo Bonet en Orán, en realidad, éste sólo y únicamente “sirvió” a un “amo” conocido: al marqués de Ardales, según declara él mismo, y en su caso como secretario particular, y por tanto no dependiente en directo de la Corona, salvo que al servir al marqués de Ardales, nombrado para su cargo por el rey,  se pueda considerar que por ello mismo Pablo Bonet estaba al servicio de la Corona.

Cargo o nombramiento el de Pablo Bonet, que por otra parte era muy comprometido en el caso  del marqués de Ardales, dado el trabajo confidencial que debería desempeñar su secretario en aquella plaza tan conflictiva, al ser en cierta forma, la última línea de defensa del imperio en Afríca, y que a lo mejor antes debió requerir una aprobación directa de la Corona, detalle que por desgracia no consta en papel alguno.

Personaje, el marqués de Ardales, que en su caso particular y personal sí que estaba sirviendo al rey Felipe III en el cargo de gobernador de Orán, y por nombramiento directo de la misma Corona. Mientras que a la inversa, su secretario, Pablo Bonet no parece haber formado parte formal del estamento de los funcionarios reales designados, por nombramiento anterior y personal, como lo eran los casos de los veedores, los pagadores, o los contadores, etc., para la plaza de Orán.

Salvo  pues que hagamos libre interpretación de una frase de Diego Suaréz Corvín, el Montañés, que afirmaba que en Orán se combatía a los “moros de guerra”, porque “son enemigos de su majestad y del nombre cristiano”. Y, partiendo de aquella misma premisa, dado que el marqués de Ardales se dedicó a “combatir a los enemigos de su majestad”, era lógico pensar, en la idea o en el pensamiento contemporáneo de Lope de Vega, que Pablo Bonet, al servir al marqués de Ardales en África, éste a su vez sirvió al Rey, “con (mucho) cuydado y peligro”, afirmación que no implica precisamente tampoco la pertenencia de Pablo Bonet al estamento militar, ni su participación en alguna escaramuza.

De hecho y en 1598, puestos a describir los cargos militares existentes, en relación con el gobierno y defensa de las plazas de Orán y Mazalquivir eran y fueron durante muchos años, en orden decreciente, el primero, un capitán general, en su caso el marqués de Ardales en diciembre de 1604. Cuatro oficiales de sueldo; un alcalde mayor; doce capitanes y alcaldes de las compañías militares; un sargento mayor; ocho alféreces; tres tenientes de alcaldes y un ayudante del sargento mayor, más siete sargentos de las compañías de infantería.

Puestos en el capítulo general de la tropa, en el ramo de la Artillería, había 78 artilleros, incluyendo el alcaide y un entretenido, que por supuesto en la época no era precisamente Pablo Bonet. En el de la Caballería, había 98 hombres, entre ellos dos jubilados, con 170 caballos, de los cuales aprovechables sólo había 100. En el caso de los denominados en aquella época “particulares”, había 28 hombres, que en su caso englobaba los oficios varios dentro del propio ejército, incluidos, por ejemplo, los armeros, los carpinteros o los capellanes castrenses, pero ningún caso el secretario del capitán general y gobernador, como era el caso de Pablo Bonet.

Para la guarda y custodia de las dos grandes puertas que daban acceso en la época a Orán, la de Canastel y la de Tremecén, había treinta y dos guardias de puertas y un denominado capitán general de los mismos, aunque en cada una de ellas había también un alcaide, y con uno de ellos en concreto hará negocios Pablo Bonet.

En la diríamos hoy Marina, aposentada o acuartelada en Mazalquivir, el puerto de mar de Orán y situado a una legua de la ciudad, había 27 hombres de mar, encargados en su caso del bergantín, nave única, anclada en el puerto de Mazalquivir, la cual permitía, dependiendo del tiempo y de la mar, realizar la necesaria comunicación por mar con la Península, en concreto con Málaga y Cartagena, dotada, además, con unos 20 o 25 remeros de todos los tipos.

Y en la parte, diríamos, musical, había una banda formada por 21 tambores y pífanos, y finalmente, unos 1.300 soldados, denominados de forma muy aleatoria, de infantería, pues dentro de ellos habría que distinguir, por ejemplo, los arcabuceros o los piqueros, aunque que gente, de creer, a otro posterior gobernador de la plaza, el duque de Maqueda (1616-1622), quien después de llegar a la plaza pasó revista a las tropas, dijo de aquellas tropas que en su vida habían visto, ni de lejos, un arcabuz:

En ellas no halle soldados sino los mas miserables que se deven de haver visto en parte del mundo  y sin saber que cossa fuese tirar un arcabuz ni tomarle en la mano”.[16]

Situación, que el duque de Maqueda hacía extensiva a la Caballería, exceptuando de ella a 30 o 40 hombres, lo más adiestrados. Tropa cuyo número total alcanzaba de común, contando tanto a los jefes, a los oficiales, como a la tropa en general, a algo más de 1.600 hombres. Una cifra un poco por debajo de la oficial o ideal, que según determinadas cuentas o informes anteriores debería alcanzar a algo más de los 1.700 hombres. [17]

Militares por tanto a los que habría que sumar en la época que desembarcó Pablo Bonet en Orán unos 6.000 vecinos civiles, incluyendo a grandes rasgos los españoles, los judíos y los musulmanes, o los esclavos de todo tipo y condición, unos de paso para la Península y otros sirviendo a sus respectivos amos en aquella misma población.

Orán y Mazalquivir, lugares donde vivió Pablo Bonet durante casi tres años, territorios de control español en el norte de África, desde 1509 y durante la casi totalidad de la Edad moderna, se localizan en el antiguo reino de Tremecen, la antigua Mauritania Cesariense romana, que a su vez, y según el autor de la época, se dividía en varias provincias, para unos cuatro y para otros cinco. Así, en la descripción de Diego Suárez, las provincias eran cinco:

la de Tremecén, do está la célebre ciudad de este nombre; la segunda provincia, siguiendo contra Oriente, es la de Orán, la tercera Tenes, la cuarta la de Argel; y la quinta de de Bugia, más oriental y vecina del reino de Túnez”. [18]

Por otra parte, el nombre de Orán fue el dado por los españoles a partir del preexistente de Guadarán (Uaran), nombre del río que la atraviesa, y que fue el nombre por el cual se la conoció durante la anterior dominación musulmana. En el caso de Mazalquivir, según también las palabras de Diego Suárez, “ansí le llaman Marçaelquivir, que es lo mismo que Puerto Grande”, se sitúa a sólo una legua, poco más de cinco kilómetros, al oeste de Orán, por lo que la comunicación entre ambas fue siempre intensa y constante, incluso desde los primeros tiempos de la dominación musulmana.

Orán, irregularmente aprovisionada desde España, ocupada por los españoles un siglo atrás, en 1509, se nos describe en la época como:

Una de las principales (ciudades) del reino de Tremecé, siéntase en la ladera del monte Silla, parte en tierra llana, parte en un altozano que entra en el mar, ceñida de recio muro, y con fuerte o alcazaba a estilo morisco […], 60 cañones gruesos y muchos ingenios para lanzar piedras y flechas […], con importante comercio con Catalanes y Genoveses y numerosa armada de fustas y bergantines[19]

Llegados a este punto, se hace casi imprescindible una aproximación al concepto de “presidio”, o “doble presidio” que estamos utilizando, con el cual se acostumbraba a describir tanto a la ciudad de Orán como a Orán y Mazalquivir, durante la época misma de residencia en ella de Pablo Bonet.

En este sentido, se debería empezar dejando claro que dicha expresión, en ningún caso, tiene nada que ver con la idea moderna que hoy tenemos de “cárcel” o “presidio”, aunque también es cierto que en ocasiones se utilizaran las plazas africanas del norte de África como lugares de destierro temporal, para personas que habían cometido ciertos delitos en el territorio propiamente español y peninsular.

Como también es cierto que coloquialmente, para muchos soldados, el hecho de ser destinados a servir al rey en aquellas plazas africanas, en muchos casos engañados de mala manera por los propios oficiales y por orden del rey, era contemplado como algo semejante a ser enviados a una prisión militar, debido a las difíciles condiciones de vida que ofrecían en aquellos días los enclaves norteafricanos.

De esta forma, el sentido en el que debe ser entendido el término de “presidio”, como descripción de Orán, es el que hace constar F. F. Olesa Muñido, cuando afirma que “presidiar es estar sobre algo; es ejercer dominio y dar protección […] Se presidía lo que es necesario guardar”.[20] Así, según dicha descripción, la misión específica del presidio era afirmar la existencia de un dominio concreto y en un territorio perfectamente determinado, jugándose así con la doble baza del dominio-defensa, como era el caso concreto de Orán. Como tampoco se debería confundir, en aquella época, el concepto de “presidio” con el de “castillo”.

Pues la diferencia era muy clara. “El castillo enfatiza la idea de lugar fortificado, mientras que el presidio enfatiza la idea de lugar guarnecido”,[21] si bien ello no es óbice para que uno de los rasgos principales de los presidios era la existencia misma en ellos de unas obras de fortificación desarrolladas a gran escala, buena parte de las cuales solían consistir en la edificación de uno o de varios castillos, tanto dentro como fuera de la plaza, como fue el caso mismo de Orán.

Así, el gobernador de turno en Orán estaba al frente de un presidio teniendo además un poder total de mando sobre los distintos alcaides que dirigían cada uno de los castillos que formaban la parte del conjunto defensivo del mismo presidio, incluido el de Mazalquivir.

Del mismo modo que en aquella misma época había diferencias muy substanciales entre “castillo” y “presidio”, aunque vistas estas desde el punto de vista real, ya que mientras que el castillo no tenía porque llevar implícita una vinculación con el monarca de la época, el presidio era siempre perteneciente a la autoridad regia, hecho que da a entender el binomio existente de rey-presidio y que debería tenerse muy en cuenta a la hora de poder hacerse una idea respecto a la realidad de Orán y Mazalquivir bajo de dominio español, o del poder omnipresente del propio gobernador al representar en su persona, casi de forma reverencial, al propio y mismísimo rey de España.

Gobernador o capitán general el marqués de Ardales, para el cual había pasado a trabajar en aquel momento preciso un oscuro secretario particular de origen aragonés llamado Juan de Pablo Bonet, y que por tanto sirviendo éste a la persona del marqués servía también a la del rey, aunque no dependiente por ello del último, y aún menos de la dura disciplina castrense tan propia de aquellos presidios, al no ser propiamente un militar de oficio o de carrera.

Otra cuestión que no se debería perder de vista, es que la numerosa correspondencia intercambiada entre el gobernador de Orán, el marqués de Ardales, y el Consejo de Guerra sito en España, y aunque no conste en expreso, debió pasar por la mano o por la pluma de Pablo Bonet, aún cuando se diga y se afirme que es obra “manual” del marqués de Ardales, al igual que debió ocurrir con todas o casi todas las órdenes imanadas del propio marqués, para cumplimiento obligado en la propia plaza, sino no tendría sentido alguno el haber contratado a un secretario, para después tenerlo ocioso en la antecámara, en el despacho del gobernador, o en el cuerpo de la guardia personal del gobernador jugando a las cartas con la soldadesca.

De ahí que, cuando se pase a recoger seguidamente algunos escritos genéricos del marqués de Ardales, sobre los temas más variopintos, deberíamos hacernos a la idea de que la mano que muy posiblemente los escribió en su momento, sino los redactó directamente, y aún que no los firmara, fue la del propio Pablo Bonet, inmerso por tanto en toda la grave problemática que sufría Orán en aquellos mismos años, en algo así como un curso acelerado para sacar el doctorado, y que un tiempo después le permitirá pasar en directo al servicio del Condestable de Castilla y más tarde al del propio rey de España.

En los años en que Pablo Bonet permaneció en Orán, cabe recalcar un hecho, el de la gran penuria que atravesaba la gente de guerra de guarnición en la plaza, de la que tenemos noticia gracias a los múltiples testimonios procedentes de las propias autoridades de aquellas plazas, véase el gobernador, los oficiales del sueldo o el del propio cabildo, quienes no hacían más que poner voz a la situación tan desgarradora en que vivían los soldados, conformando así la realidad cotidiana de aquellos presidios africanos.

De entre estos testimonios, procedentes de las autoridades de aquellas plazas, cabe  destacar el procedente del propio Juan Ramírez de Guzmán, marqués de Ardales, que en una de sus múltiples cartas, dirigida en directo al rey Felipe III, consiguió, en nuestra opinión, recoger todo el patetismo que dominaba la vida de la guarnición, o del auténtico drama que estaba provocando tanto la falta material de gente de guerra, de grano, como de dinero, así como la continua amenaza que representaban para el doble presidio los moros de guerra, turcos de profesión, en lo que constituía el paisaje cotidiano en la vida de aquella esforzada milicia española, que tenía como misión, entre otras, el defender a la población civil.

V.M. tiene ordenado que aya en este presidio mill y seteçientas plazas effetivas que para su custodia son las neçesarias sin que aya de demasia y agora faltan cuatroçientas y siete para llenar el número y asimismo ay gente incidida que no es de serviçio […] estan grande la falta que la gente haze que para solevarles alguna parte del travajo ha dos meses y dias que hago velar a la gente de cavallo cosa que no se acostumbra sino en cassos muy forçosos y con todo esto les toca a muchos soldados mas de ocho noches de muralla a una de cama que es la mayor lastima del mundo, y a muchos de los que acavan de velar la noche les toca en dejando la posta yr al campo por escolta de la leña que sale a hazer cada día y haver de volver a la muralla y acompañasele a este trabajo el de no comer mas que dos paneçillos de a treze onças cada uno en todo el dia que es la razion que ahora tienen por la mucha falta que ay de trigo que me aobligado a cortasela y nos obligan a comer rayces, si en todo este mes no llega socorro de trigo […] tambien advierto a V.M. que nunca es mas menester la gente en estas plazas que en los veranos porque es el tiempo en que acostumbran venir aquí las malas de turcos como lo hizieron el año  passado y lo han hecho otras infinitas vezes y no se ha de servir V.M. que estandole oy sirviendo aquí me obliguen çien turcos solos a çerrar las puertas y que arrimados a las murallas deguellen a los moros vasallos de V.M. como lo quiso hazer ocho meses ha el alcaide de Tremezen y bolvio con la cabeza rota por tantas partes como le costo la venida y la reputacion que entonces gane no tengo de perder aora.” [22]

Episodio último, de aquellos combates contra los turcos,  relatado por el marqués de Ardales que al parecer tuvieron lugar bajo las murallas de la propia Orán, que puede fecharse, casi con toda seguridad, en julio de 1606, y durante el cual el marqués de Ardales perdió, aunque los ganara, casi toda la tropa española involucrada en ellos, de dar por cierto el relato posterior de Diego Suárez Montañes:

hizo algunas presas cabalgadas por mar, tierra y tuvo un arriscado suceso con los turcos junto a la çiudad de oran en que falto poco para perderse la gente de guerra de aquellas fuerças como nos certificaron muchos soldados dellas que en la batalla se hallaron en que murieron mas cristianos que enemigos”.[23]

De hecho, tal como explicaba en su carta al rey el marqués de Ardales, los años buenos en Orán eran aquellos en que las cosechas de cereales de los moros de paz, situados en un radio aproximado de unos 30 kilómetros en torno a la ciudad, eran suficientes para poder cubrir con ellas la alimentación básica de las gentes de guerra, incluida la de los caballos de las compañías de Caballería, pero siempre y cuando llegara algún dinero de España con el que poder pagar después aquella provisión o los propios sueldos de los mismos militares, hecho que sucedía con mucho retraso, retraso que el época del marqués de Ardales llegó a alcanzar a casi dos años.

Circunstancia, que en su caso podemos hacer extensiva a Pablo Bonet, su secretario personal, puesto que a la vista de su reclamación posterior a la viuda del marqués de Ardales, su jefe no le pagó ni un escudo en los tres años en que estuvo a su servicio.

Deuda que, a pesar de su reclamación, a buen seguro no llegó a cobrar nunca, dada la miseria en la que al final quedó, tal como veremos más adelante, la viuda del propio marqués de Ardales, Ana de Cardona. Y en disculpa del marqués de Ardales, al ser casi una costumbre inveterada en aquellas plazas que el propio gobernador y de sus propios ingresos, cuando los cobraba, los adelantara de su bolsillo intentando con ello tapar los agujeros que no cubría en fecha la ahora denominada hacienda pública española.

De ahí que surja la gran pregunta: ¿Sí Pablo Bonet no cobró ni un escudo durante los tres años que permaneció en Orán, ¿de qué vivió durante aquel tiempo? Respuesta que en principio pasa, por el propio documento de reclamación antes aducido, y donde el personaje afirmaba que poseía, para sorpresa nuestra, de un dinero propio.

Cuestión que nos obliga a tener que entrar de nuevo en el terreno personal, y por tanto en el documental de Pablo Bonet.  Puesto que a todo lo largo de aquellos años, casi tres, consta por dicho documento, visto antes de forma parcial, que antes de su salida definitiva de Orán entre julio y agosto de 1607, como mínimo, Pablo Bonet realizó y estando al servicio del marqués de Ardales, un viaje a la Península.

A cuyo regreso, Pablo Bonet tuvo que lamentar la pérdida de 500 ducados propios a manos de piratas, supuestamente turcos, según su opinión, que al parecer habían interceptado y asaltado la nave en que viajaba. Pérdida económica que Pablo Bonet reclamó a la viuda del marqués de Ardales, pensamos que sin motivo alguno, en la misma reclamación que hizo en 1609 respecto a la deuda de su salario.

“[…] quinientos ducados poco mas o menos que los turcos me rrobaron pasando Despaña a oran volviendo de negocios del servicio del marqués mi señor”.

De hecho, y de haber sido cierto aquel episodio, la única noticia que hemos localizado de algo semejante, pero que nada nos autoriza para identificar ambos episodios, es una  fechada el 19 de marzo de 1607, acerca de un “mal suceso del navío de Cartagena que iba con trigo a Orán”, posiblemente el mismo barco que espera el marqués de Ardales, haciendo referencia al mismo en la carta ya vista antes, Pablo Bonet tuvo mucha suerte y debió considerarse muy afortunado al conservar, a cambio de la bolsa, la vida y la libertad, y aunque perdiera una pequeña fortuna equivalente casi al salario de un año de secretario.

Pero la pregunta vuelve de nuevo a quedar en el aire: ¿de dónde sacó Pablo Bonet aquel dinero suyo particular? Y a la vista de la situación que reinaba en el doble presidio, es de sospechar que como mínimo de dos fuentes muy concretas.

La primera, es la de la compra y venta directa de prisioneros, en llano, de esclavos, producto de las escaramuzas e incursiones de pillaje entre los moros de guerra, que veremos realmente confirmado, con todas las certezas, en el caso de Pablo Bonet, y la segunda, de la propia caja general de Orán, y más en concreto de ciertos fondos reservados que Pablo Bonet pudo manejar en razón de su cargo. Así, en un documento algo posterior se afirma:

sacanse para ventaxas conforme a la occasión: y en la última, fueron 8000 reales (de) vellon, de los cuales repartio el Capitan general 3585 por costumbre, generos de gentes, oficios, y plaças con igualdad; y los 4415 rrestantes, mando entregar a su secretario para darles secretos; estando resuelto se den en mano propia a los que ubisen aventaxado”. [24]

Fondos reservados últimos, el de los secretos, que en generalse hacían servír para pagar tanto a espías como a los ojeadores, o avanzados (“aventaxados”), que generalmente  eran musulmanes renegados y en algún caso a cargo de un “adalid” cristiano, que tenían como misión buscar y localizar los supuestos campamentos de moros de guerra, contra los cuales, después de organizarse en Orán la pertinente expedición, se cargaba contra ellos con el fin de hacerse con todo lo que poseían, desde personas y animales, hasta enseres y joyas, que después de valorarse por manos expertas en la propia Orán, y tras haberse vendido toda la “mercancía”, incluida la humana, era repartido entre la gente de guerra que había participado en lo que entonces se denominaba “cabalgada”.

Eso sí, en función del cargo, de mayor a menor, expediciones a las cuales el marqués de Ardales era muy aficionado, y muy probablemente a causa de sus problemas económicos a los cuales le tenía sometido la Corona.

De ahí que sea lógico imaginar que el secretario Pablo Bonet, en su caso, encargado de pagar en mano a los ojeadores, se llevara por ello una suculenta comisión por la gestión, sin contar  que a lo mejor ya había cobrado del primer reparto, por costumbre, y en función de su delicado cargo. Dinero, que ningún de los dos casos era en concepto de salario sino de complemento.

De este modo, si los moros de paz suponían una vía fundamental para la pervivencia española en Orán y Mazalquivir, los moros de guerra constituyeron otra clave casi fundamental para la propia subsistencia de quienes vivían en aquellas plazas. Pues, los moros de guerra eran aquellas tribus árabes o beréberes que lejos de someterse al gobernador del doble presidio, perseveraban en su adhesión al Gran Turco, mostrando así una abierta hostilidad a los españoles y, por extensión, a los propios moros de paz, más proclives en su caso, a una mutua colaboración con los cristianos.

Así, la negativa de aquellas tribus a cooperar con los intereses cristianos era considerada suficiente motivo para calificar a sus integrantes de enemigos que, como infieles, podían ser objeto de ataques, tanto sobre ellos mismos como sobre todas sus pertenencias. Pero, a diferencia de los moros de paz, cuyos tratos beneficiaban al conjunto de la población, puesto que además de lo que entregaban voluntariamente en concepto de seguro, estableciéndose con ellos un importante comercio, los ataques cristianos a los moros de guerra beneficiaban ante todo y sobre todo al sector más relacionado con la vertiente castrense del doble presidio.

En el caso de Orán y Mazalquivir, los gobernadores tenían así un evidente interés en que los atacados cambiaran de actitud, sometiéndose al seguro cristiano, cuya fórmula más radical de aquel posible acatamiento pasaba por aquellos ataques denominados “jornadas” (que hacía referencia a la duración de aquellas arremetidas), por los “rebatos” (acción conjunta de infantería y caballería), o por las “cabalgadas” (operación básicamente a cargo del cuerpo de caballería).

Acciones en todos los casos militares, que acabaron convirtiéndose en la forma de guerra más habitual para unos soldados que apenas podían poner en práctica sus destrezas para la guerra convencional de su época y en Europa, al tener el ejército cristiano que enfrentarse en campo abierto y cuerpo a cuerpo contra el ejército musulmán, al grito de Santiago y con el toque constante de trompetas y tambores, al estilo del siglo XV y en plena época de la Reconquista.

Guerra que pasaba por cuatro fases muy concretas: el ojeo del objetivo a batir, la preparación previa y minuciosa de la operación, el desarrollo de la misma, y en caso de salir victoriosos, el normal reparto de beneficios.

Elegido el objetivo a embestir, el gobernador, en calidad de capitán general seleccionaba la parte de la guarnición que debería acompañarle, cuidando de no dejar nunca el presidio sin las oportunas fuerzas defensivas, y situándose él mismo en vanguardia de la expedición, a pesar del riesgo que ello entrañaba para su propia persona y no obstante las graves consecuencias que podrían sufrir las plazas si a su gobernador le sucedía algo grave en el transcurso de la jornada, al no estar prevista en principio su substitución.

En el caso del marqués de Ardales, incluso acusado, desde dentro de las propias plazas, de llevar acabo jornadas muy peligrosas, motivo por el cual se le prohibió in expreso desde la corte de Madrid el salir más de una noche del doble presidio con objeto de hacer una de aquellas presas, cuyo límite establecido eran ocho leguas (unos 40 kilómetros) como distancia máxima de alejamiento del presidio.

Pero, que tras recibir aquella prohibición de realizar jornadas de mayor duración que una noche, el marqués de Ardales afirmaba no haber sobrepasado en ninguna ocasión aquel límite, defendiéndose al afirmar que:

el modo mas eficaz que ay para desacreditarme es dar a entender a V.M. con algunas apariençias a el peligro que pongo estas plaças con las salidas que hago y certifico a V.M. no e pasado de los límites ordinarios sino fue la jornada primera que hice […] y que la espiriencia a hecho demostraçión dello en no averme muerto tres soldados juntos”.[25]

Llegados a este punto, y conocido ahora, tanto el ambiente de Orán como las propias actitudes de su jefe el marqués de Ardales, debemos entrar en el segundo documento conocido de Pablo Bonet y que, aunque muy posterior, atañe a aquel mismo periodo y más concretamente a la compra y venta de esclavos, procedentes de aquellas mismas “cabalgadas”, dirigidas y encabezadas por el propio marqués de Ardales, intentando adivinar en qué grado o en qué medida estuvo Pablo Bonet involucrado en ellas,  juzgando, vistos los beneficios obtenidos por el mismo, en una sola operación, digamos comercial, que efectuó junto a un socio, su grado real de participación en ellas.

De aquel mismo documento, y a tenor de lo expresado por Pablo Bonet ante notario, cuando menos en aquella ocasión, tuvo un socio llamado Juan de San Pedro Velasco, en su caso alcaide de una de las dos puertas de Orán, la de Canastel, al cual y en la época le correspondía la grave misión de mandar a los ocho o diez soldados de guarda y protección permanente en dicha puerta.

Pues bien, al parecer, y según veremos después, consta que dicho personaje formó sociedad con Pablo Bonet, con la intención ambos de comprar primero para después revender una partida de cinco esclavos, a todas luces con ánimo de lucro por ambas partes, negocio, el cual, muy probablemente, a causa de la escasez de moneda circulante, o por motivo de la tardanza de las “liquidaciones” finales de aquellas “razzias” contra los moros de guerra, quedó aplazada y, por tanto, a medias durante nueve años. Hecho que debió obligar a Pablo Bonet, estante ya en Madrid, a cerrarla de forma definitiva y por vía notarial.

Escritura de concierto entre Juan Pablo Bonet […] y Juan de San Pedro Velasco, alcaide de la puerta de Canastel, vecino de Oran. En 1605, gobernando la plaza de Oran el marques de Ardales, hizo este almoneda  de los esclavos que en las jornadas anteriores le habian correspondido, y los otorgantes compraron cinco esclavos para revenderlos en 8162 reales, de cuya cantidad la mitad era de Juan Pablo Bonet. Se ha de hacer cobrado dicho alcaide de los maravedises que corresponden a Bonet  por gajes en las correrías en que tomo parte […]”

Visto el documento citado, que aunque fechado en 1614, el asunto contenido en él corresponde a una fecha indefinida de 1605, dada en su caso por Pablo Bonet, que coincide con las primeras expediciones contra los moros de guerra por parte del propio marqués de Ardales, habrá que admitir que, cuando menos, en aquella ocasión conocemos de su testimonio y voz, otra de las fuentes de su enriquecimiento.

Riqueza que no pasaba precisamente por el salario, sino por la reventa de cinco esclavos valorados en 8.162 reales, que teniendo en cuenta que cada real de la época equivalía 34 maravedises, equivalían a 277.508 maravedises. Y que en ducados, cada ducado era igual a 375 maravedises, eran 740 ducados. Cuya mitad, 370 correspondían a Pablo Bonet, o que en escudos eran 793. Teniendo en cuenta que si su salario anual, en la misma moneda, era de 480 escudos, aquellos beneficios finales venían a equivaler a uno año y casi ocho meses de su salario habitual, lo cobrara o no.

Pero de seguir analizando el contenido del mismo documento, parece entenderse  en él que el que había realizado la venta final de dichos esclavos fue Pablo Bonet, embolsándose por ello el total de la misma, y no pagando por tanto a su socio la mitad que por contrato le correspondía.

Y la justificación de ello era que al parecer Juan de San Pedro Velasco habría cobrado a su vez, en nombre de Pablo Bonet, “los maravedises que corresponden a Bonet  por gajes en las correrías en que tomo parte”, cobro que se supone debió ser muy posterior, vistos los atrasos habituales, a la salida de Pablo Bonet de Orán en 1607.

Es decir, que ahora descubrimos que otra de las fuentes de ingresos de Pablo Bonet era por su participación, al parecer activa, en las “cabalgadas” que llevaba a efecto su jefe el marqués de Ardales contra los moros de guerra, que a su venta y liquidación eran repartidas entre todos los componentes de la expedición, y en función siempre de su categoría social.

Pero, teniendo en cuenta que un soldado raso venía obteniendo, de promedio y por correría unos 1.700 maravedises, más dos ducados al contado por moro apresado de forma personal, cuando Pablo Bonet estaba diciendo que su socio había cobrado en su nombre, y en función de lo mismo, 138.754 maravedises a su favor, hecho que viene a indicar, de un modo u otro, que Pablo Bonet se beneficiaba de aquellas operaciones, digamos, “comerciales”, habría que recalcar que el mismo hipotético y anónimo soldado raso, para poder ganar aquella misma fortuna, tendría que participar, como mínimo, en 82 salidas, algo bastante improbable.

Asunto o negocio que nos retrotrae indefectiblemente a su viaje indefinido a la Península, y cuando a cuyo regreso a Orán, los turcos le robaron en el barco casi 500 ducados de su bolsillo particular, dinero que en ningún caso pudo ser fruto de su salario sino más bien de otra operación comercial similar a la anterior, pero realizada esta en España, puesto que lógicamente un esclavo no valía lo mismo en Orán que en la Península (en Orán oscilaban y en función siempre de la mercancía entre 90 y 100 ducados), donde los precios eran por costumbre mucho más altos, pero de cuyo traslado a la Península también se aprovechaba, cómo no, la Corona cobrando el derecho, digamos, de peaje :

un escudo de oro a quatroçientos maravedis por cada esclabo de los que obieren de sacar blancos o negros barones salbo si se sacare alguna esclaba con crianza a pecho que esta no pague mas de por una cabeza”.[26]

Pero, si la miseria fue una constante vital en aquellos presidios, no lo fue igual para todos los que formaban parte de la población militar, ya que los oficiales de más alta graduación disfrutaban de un sueldo substancioso que, aunque sujeto a retrasos, al igual que le acaeció a Pablo Bonet, no les llegó a producir la misma angustia que sufrieron en carne propia los simples soldados, quienes en muchas ocasiones se veían forzados a tener que abandonar el servicio que prestaban, a causa de la necesidad que padecían, tomando la grave determinación de tener que desertar e incluso, en muchos casos, pasándose directamente al enemigo. Hecho que, aunque de forma encubierta, parece explicar el marqués de Ardales al referir que le faltan más de 400 hombres de la plantilla, sin descontar, por ejemplo, los perdidos en la batalla con los turcos en julio de 1606 que acabamos de ver.

Desertores por otra parte, obligados, al no tener la más mínima posibilidad de éxito de huir a España, o de huir a otro presidio español, a tomar la opción más drástica que les llevaba indefectiblemente a tierras musulmanas y con ello al consiguiente abandono de la fe cristiana. Esta situación, denunciada una y otra vez por los diferentes gobernadores, toma cuerpo firme en la persona del marqués de Ardales, para el cual nuestro personaje Pablo Bonet trabajaba, confirmando en su caso nuestra afirmación de que los gobernadores, y este caso concreto el marqués de Ardales, ponían su dinero propio y personal a disposición de la caja común, con el coste que ello representaba para su casa, y en evitación de males mayores:

Supplico a V. M. se sirva de mandar que se envie dinero para pagarles pues de les debe tanto y lo sirven y ganan con tanto travajo como cualquier otra gente que gane el sueldo de V.M. porque es muy poca y los servicios forzosos muchos y no ay hombre que quiera venir de españa a servir como solian porque saven la necesidad que se passa y quan tarde vienen las pagas y son estas plazas las que mas deven obligar a V.M. a que se acuerde de ellas pues redunda de tan grandes necessidades el yrse los soldados a volver moros cossa que por evitarla me questa muchos ducados de mi cassa”.[27]

Actitudes, por parte del marqués de Ardales, que demuestran que su talante, aunque lógicamente belicoso con el enemigo, estaba condicionado y forzado en buena medida a causa del abandono de todo tipo al cual le tenía sometido la Corona. Enemigo, que de ser acosado, como lo fue en su época, daba unos evidentes dividendos económicos a repartir entre el personal militar a modo de sobresueldo, pero siempre en la espera de la paga prometida y, a la inversa, generoso y desprendido en el caso de los hombres que tenía bajo su mando al poner por delante su propio dinero.

Talante el del marqués de Ardales, que en el caso de Pablo Bonet, lo afirmamos sin prueba alguna, debió influir y mucho en su irresistible accesión personal y profesional, a su regreso a España, en septiembre de 1607, en función, tal como veremos, por ejemplo, de determinadas relaciones familiares del marqués de Ardales con Juan Fernández de Velasco, el Condestable de Castilla, su segundo jefe, según se mire.

Tal como se está observando, un destino como el de Pablo Bonet en Orán en aquellos años no era lo que se suele decir una plaza en el paraíso terrenal o un chollo, pues fue precisamente entre 1600 y 1630 cuando la actuación de los corsarios norteafricanos tuvo su mayor apogeo, haciendo su aparición sobre veloces fustas y secuestrando a quienes lograban prender vivos, ya fuese tanto en el mar como en tierra, tal como hemos podido ver en el intento concreto de asalto a Orán en julio de 1606, para conducirlos después a los puertos más importantes del litoral marroquí y libio, donde eran vendidos como esclavos.

Problema que se agravaría aún más tras la expulsión de los moriscos de la Península en 1609 y 1610, ya que no faltaron precisamente expulsados que directamente se pasaron a ejercer la misma y, aunque arriesgada, lucrativa actividad.

Actividad igual por tanto que la cristina, ya que los esclavos berberiscos o turcos tan pronto acababan como remeros encadenados al banco de las galeras cristianas, obligados a bogar al compás del pito del comítre y bajo la amenaza perpetua del rebenque o “anguila”, como acababan al servicio de grandes señores y también, en menor medida, de jerarcas eclesiásticos, en conventos y hasta de simples sacerdotes, porque los cristianos, si en sus manos estaba, no volvían de vacío ni de sus propias expediciones por libre, ni de las campañas efectuadas con patente de corso, es decir, con permiso del gobierno, de las que son buen ejemplo las que llevaban a cabo en nombre de la Santa Fe los sanjuanista de Malta, donde existía al igual que en Argel un importante mercado de esclavos.

Por ello, para combatirlos y de paso para ejercer una eficaz vigilancia del Estrecho, se  comenzó a formarse a principios de 1607 una escuadra, con la pretensión de dotar a la misma con doce navíos permanentes de guardia, pero cuyas tripulaciones, ante la falta de hombres, se procedió a reclutar con métodos indiscriminados.

Así, el rey Felipe III dio instrucciones al corregidor de Córdoba, en carta de 12 de febrero de 1607, de mandar a los puertos donde se aprestaban las armadas a los muchos muchachos pobres, de entre doce a quince años, denominados en la época “infantes”, recogidos en la Casa de Doctrina, niños o jóvenes que darían origen a la ahora denominada “Infantería de Marina”, o a los vagabundos que allí hubiese, disponiendo igualmente el refuerzo con la infantería convencional, la de leva, de las plazas de Ceuta y Tánger, y de las costas de Granada.

Dentro de aquella misma operación, como por otra parte ya era común, se recurrió al  gobernador del doble presidio de Orán y Mazalquivir, el marques de Ardales, pidiéndole que diese cuenta a Madrid de cuantos esclavos se podrían sacar de Orán, pagándolos por supuesto, para poderlos dedicar, en su caso, al remo en las galeras de España.

La respuesta del marqués de Ardales, que dio a aquel requerimiento, hoy nos permite tener una visión global del mercado de esclavos en aquella plaza y en aquella misma época, de su precio, o de las costumbres de los propios mercaderes, ya fueran españoles o judíos, y del cual también se beneficiaba, en diferentes aspectos, Pablo Bonet.

He recibido la carta de V.M. en que manda le avise los esclavos que se podran aquí comprar para las galeras, aquí ay occasiones de haver muchas algunas vezes y otras muy pocos porque sus dueños se procuran deshacer dellos con brevedad por el gasto que les hacen y assi los envian a vender a españa de suerte que para que V.M. haga la compra de los que le huviere menester se ha de servir de tener aquí el dinero y en la mesma cuerda comprar lo de las jornadas ys ladran mas varatos y es mas facil cossa porque nadie querra tenerlos en su cassa esperando a que V.M. se los envie a comprar y emas en tiempo como este en que no se halla un grano de trigo. Agora aunque se allaran algunos no pueden ser tantos como los que V.M. dize que ha menester y quanto mas se fuere saliendo del invierno seran muchos menos porque van faltando las jornadas y los dueños deshaciendose de esclavos que este año los han havido menester mas para comer que para grangería […] el prescio a que costaran haviendo jornadas y pagandolos de contado sera de nobenta a cient ducados poco mas menos y seran de la hedad que conviene para lo que han de servir”. [28]

Operación aquella, en Orán, que al final no se llevó a cabo, porque una cosa eran las buenas palabras y otra muy distinta el poner en manos del marqués de Ardales, por parte de la Corona, el dinero necesario para comprar con él, al contado y no a crédito, la “carne” berberisca necesaria para remar en las galeras españolas.

Escuadra que al final, y que con independencia del tema de Orán, acabó malamente mes y medio más tarde, y no precisamente a manos de los turcos, ya que, a finales de abril de aquel mismo año de 1607, y en el marco de la guerra que libraba España contra los independentistas holandeses, y que no concluiría hasta dos años más tarde, después de la Tregua de Doce Años, con que quedaría virtualmente reconocida la independencia de aquel país, nada menos que veintisiete barcos holandeses aparecieron impensadamente en la bahía del Peñón, donde tenía su base la flota española, dejándola fuera de combate en un absurdo episodio en el cual perdió la vida, es de suponer que entre otros muchos marinos, Juan Álvarez, jefe de la escuadra.

Enemigos de España, que tras aquella victoria pusieron rumbo a Lisboa, mientras que desde Madrid, conocida la derrota, se pedían, muy tarde, responsabilidades, tanto por el crecido número de deserciones como los abarrancamientos voluntarios de las naves, a la par que se arbitraban medidas para recomponer aquella flota, de hecho y como siempre tarde e inútiles.

Por otra parte, las buenas relaciones mantenidas en todo momento por el marqués de Ardales con la Corona, y el sentimiento del propio personaje de haber realizado una labor digna al frente del cargo para el cual había sido designado por el rey, quedan puestas de manifiesto en la carta que, a modo de última voluntad, escribió a menos de un mes de su fallecimiento, desde la alcazaba de Orán.

En ella, el marqués de Ardales encomendaba al rey Felipe III la persona de su esposa Ana de Cardona, que al parecer quedaba en una situación económica muy precaria, con lo que se demostraba, una vez más, hasta qué punto se consolidaba como inexacto el tópico del enriquecimiento de los gobernadores de Orán.

Carta que a buen seguro, al ser su secretario Pablo Bonet, debió escribirla él mismo, aunque firmada de mano por el personaje. Misiva, que el rey Felipe III, en el caso concreto de la mujer del marqués de Ardales, siguiendo su política, al ser un incompetente, de la mano de su valido el duque de Lerma, de nada sirvió en el valimiento de su viuda.

Reciba V.M. por postrer servicio de mi vida el sentimiento que llevo de no averla gastado toda en el y de no vivir muchos años para continuarlo que aunque comencé tarde el cuydado que en ello puse y el deseo y çelo que tuve de acertar fue siempre el mayor del mundo […] le supplico mande ver los despachos y informaciones que he embiado respondiendo a las cosas de que informaron a V. M. para que el mundo entienda que le he merecido la merced y honra que en tantas cartas he recibido y pues es tan propio de la grandeza de V.M. el galardonar los servicios con tan larga mano pongo en consideración a V.M. el morir entre infieles dexando esta plaças con tanta reputación que nunca las banderas que de V.M. ha avido en ellas se vieron mas respetadas y temidas por los moros, de los basallos por amor y buen tratamiento que siempre les hizo y de los que no lo son por el temor que me tuvieron quisiera poder representar a V.M. servicios de muchos años en tan pocos renglones mas muero haziendolos. la misma calidad deben tener para suplicar a V.M. se acuerde de la Marquesa que queda sin otro remedio ni amparo con que poder vivir mas a la merced que V.M. se sirviese de hazerla que al estremo en que se ha de ver es tan grande que por no apresurar mas mi muerte dejo de ponderarlo”.[29]

Aprovechando aquella misma misiva, el marqués de Ardales avisaba también que:

A Don Diego de Toledo mi hijo le dexo encargada la custodia y gobierno destas plaças con voluntad y beneplácito de toda la gente que a V.M. sirven en ellas hasta que V.M. ordene lo que fuere servido. es persona de hedad y de muy grande experiencia assi de guerra como de gobierno y que sabra dar satisfacion a V.M. de lo que se sirviere encargarle que hallandose obligado de sus servicios le ha de hazer muchas mercedes y em tengo V.M. por hombre tan çeloso de su servicio que antepusiera menos a mi hijo que a ninguna persona si no entendiera que en ello se le hazia muy particular a V.M.”.[30]

Con las anteriores postreras palabras encomendaba, un agonizante Juan Ramírez de Guzmán al rey Felipe III la persona de su hijo Diego de Toledo, como sucesor en el gobierno de Orán y Mazalquivir, entre tanto se elegía en España a otra persona que  debería encargarse de tal tarea.

Diego de Toledo y Guzmán, que mantuvo el cargo, de manera provisional, desde el 4 de julio de 1607 hasta el 10 de agosto de 1608, momento en que fue nombrado gobernador oficial, Felipe Ramírez de Arellano, conde de Aguilar y señor de los Cameros, era caballero del Hábito de Santiago y comendador de la encomienda de la Higuera de Frejenal, siendo en su caso el segundo de los gobernadores interinos del doble presidio.

Su padre, el marqués de Ardales, que al parecer había contraído matrimonio en tres ocasiones, la primera, con Brianda de Aragón,[31] con la cual no tuvo hijos, en la segunda con Floriana Catalina de Losada y Quiñones, matrimonio del cual nacieron dos hijos, Luis Antonio muerto en vida del padre y Brianda, que heredaría los títulos de condesa de Teba y marquesa de Ardales y, un tercero, con Ana de Cardona,[32] de la cual no constan tampoco hijos, pero que hasta su muerte como monja dominica, en el convento de la Madre de Dios de Baena, mantuvo los títulos de su marido que después heredaría Brianda. Por otra parte, Ana de Cardona, muda de nacimiento,[33] viene a resultar ser hermana de Alonso Fernández de Córdoba, marqués de Priego, el Mudo, el alumno de Ramírez de Carrión.

Tractado primero de la obligación que tienen las Religiosas del Choro de rezar el Officio Divino por el P. Fray Fernando de la Nava, regente de Estudios del convento de S. Domingo de Xerez. Dirigido a Doña Anna de Cardona, Marquesa de Hardales, y Condesa de Theba, Monja Profesa del Insigne y religiosos Convento de Madre de Dios de Vaena[34]

Por tanto, Diego de Toledo era un hijo bastardo del marqués de Ardales, al que sin embargo, había reconocido el marqués desde el primer momento, hijo que había llevado el marqués por el camino de la milicia, consiguiendo ver en él, al final de su vida en Orán, a su digno sucesor al frente de aquellas plazas africanas, falto de un heredero varón legítimo.[35]

Aunque de hecho, Diego de Toledo no era su único hijo bastardo, puesto que el 27 de marzo de 1622, entre los muchos peticionarios al rey de una pensión vitalicia, “por lo que su padre sirvió en el Gobierno de Oran, donde fallecio, dexando muchas deudas”, se encontraba otro nuevo hijo, Juan de Guzmán, que al parecer no mereció, por parte del marqués de Ardales, vista su petición, el cariño ni los privilegios del otro.[36]

La muerte le llegó al marqués de Ardales el 4 de julio, y tres días después, los oficiales a sueldo de las plazas, relatan así sus últimos días, confirmando de paso la última voluntad del marqués de Ardales respecto a su hijo Diego de Toledo:

A los primeros del passado (mes de junio) adoleçio el marques de ardales de calenturas y como la enfermedad se yba agrabando a los 10 del dio poder a Don Diego de Toledo y guzman su hijo para que en su nombre gobernase estas plaças en el ynter que V.M. mandasse otra cosa y por no aber partido fregata de aquí asta ahora no abemos podido dar quenta a V.M. dello y ahora lo hazemos y de que a los quatro falleció de la dicha enfermedad dexando ordenado gobernase el dicho su hijo”. [37]

Diego de Toledo y Guzmán, antes de hacerse cargo de Orán a la muerte de su padre, había desempeñado con éxito cargos militares en España e Italia, sirviendo como capitán general de la caballería en Sicilia, en la época en que el conde de Alba estuvo al frente del gobierno y, en los últimos años, había acompañado, y a veces reemplazado, a su padre en muchas de las tareas llevadas a cabo durante su gobierno en Oran y Mazalquivir.

Siendo, en ocasiones, el jefe al mando del cual se habían organizado ataques contra aduares de moros de guerra, en lugar de su padre, aquejado de gota desde los comienzos de su etapa como gobernador del doble presidio. Todos estos méritos estuvieron en la base de su aceptación desde España como sucesor de su padre, cuyas fórmulas de gobierno debería seguir estrictamente, hasta que fuera elegido un nuevo gobernador.

Por quanto por fallecimiento del marques de ardales que servia de mi capitan general […] conviene a mi serviçio que en quanto yo proveo aquel cargo en propiedad le sirba persona de qualidad, mucha confianza, experiencia y prudencia”. [38]

Pero Diego de Toledo tan sólo ejercerá un año como gobernador interino de Orán y Mazalquivir, pero ya desde el principio quiso dejar claro su agradecimiento incondicional al que bien pudiera ser el duque de Lerma, el valido de Felipe III, dándole las gracias por haberlo presentado como gobernador, o al haber sido su gran valedor a la hora de apreciar ante el rey sus cualidades para ejercer aquel cargo, aunque en su caso fuese el de interino:

Pues S.M. Dios le guarde por medio de Vuestra Excelencia se a servido de onrrarme con el titulo que me a ynbiado para el gobierno de estas fuerças que lo e estimado quanto puedo encarecer a Vuestra Excelencia por aver dado a entender al mundo que los servicios del Marques mi padre y la puntualidad de su cuidado a mereçido esta merced como por la satisfacción que se tiene sabre cumplir con mis obligaciones y servir a V.M. a mediada de la aprovaçion que Vuestra Excelencia a hecho de mi persona[39]

Dada su misma condición de interino, en lugar de concedérsele a Diego de Toledo nuevas instrucciones para su gobierno, se encargó se le hicieran llegar las confiadas a sus antecesores al cargo. Más el contador del momento, Jiménez de Vargas afirmaba no poderlo hacer, porque “por los dichos libros (de los oficiales a sueldo) no consta se aya dado ynstruicion a ninguno hasta el conde Alcaudete”, cuando, en realidad, todos ellos habían recibido sus propias instrucciones particulares.

Durante el gobierno de Diego de Toledo, los ya tradicionales problemas para proveer de alimentos o de dinero a la gente de guerra no harán sino agravarse más siendo, además, una época en la que las relaciones con los moros de paz, hasta entonces fluidas y fructíferas en la época de su padre, se volvieron tensas y problemáticas, obstaculizando en buena medida una vía de aprovisionamiento para el doble presidio que hasta entonces había funcionado sin apenas complicaciones.

A todo esto, a la muerte del marqués de Ardales el 4 de julio de 1607, es evidente que, aunque no tengamos documentación alguna al respecto, Pablo Bonet quedó sin trabajo, puesto que su sucesor Diego de Toledo no lo tomó a su servicio, nada lo indica, circunstancia que debió obligarle a tener que tomar una decisión; la de quedarse en Orán al socaire del oscuro destino o regresar a España para buscarse allí de nuevo las alubias.

Fuera como fuese, y teniendo en cuenta que la salida de Orán en aquella época era un tanto complicada, apenas dos meses más tarde, Pablo Bonet ya estaba en la corte de Madrid, donde empezará su imparable ascensión dentro de lo que podríamos denominar la casta de  funcionarios de la corte, pero con un indudable bagaje de experiencias, y muchas de ellas nada agradables.

Situación laboral que debió durar muy poco, puesto que al mes siguiente, y en otro documento que veremos, Pablo Bonet ya se declaraba, explícitamente, como secretario de Juan Fernández de Velasco, Condestable de Castilla.

Antes de entrar en dicha historia, cabría elucubrar el cómo pudo llegar Pablo Bonet, en apenas dos meses de su estancia en Madrid, a alcanzar semejante cargo, salvo que tuviera lo que hoy se denomina “un buen enchufe”, o una buena recomendación.

Documentos al respecto no existen, pero sí muchos indicios que apuntan a varios y diversos caminos, y el principal parte del propio y difunto marqués de Ardales. Uno de ellos es  que el marqués de Ardales había sido en vida, tío materno de María Girón y Guzmán, la primera esposa de Juan Fernández de Velasco, personaje por tanto que era sobrino postizo, por matrimonio, del marqués de Ardales.

De ahí que se pueda suponer, aunque en nuestro caso sin documentación alguna que lo pruebe, que antes de fallecer, el marqués de Ardales, dada la propia deuda económica que tenía pendiente con Pablo Bonet, sin descartar las simpatías mutuas que pudieran sentir ambos después de convivir juntos durante tres años, incluidos en ellos las aventuras de Orán, que éste le diera una buena recomendación para su pariente, pagando de este modo, incluso, su propia deuda económica con Pablo Bonet, recomendación que debió llevarlo a ser secretario de Juan Fernández de Velasco, Condestable de Castilla.

A todo esto, lo que al final queda  muy claro es que dijeran lo dijeran Navarro Tomás o Miguel Granell, Pablo Bonet nunca fue militar en el sentido estricto del término, salvo que su “entretenimiento” en la Artillería, más simbólico que efectivo, al pasar sólo por una cuestión económica y por tanto salarial,  se pueda considerar como una prueba de  peso de su pertenencia efectiva al estamento militar, algo, tal como hemos visto, realmente harto discutible.

 

 NOTAS

[1] Ferrerons, R., Gascón Ricao, A. Juan Pablo Bonet. I. Su tierra y su gente (1573-1607). Zaragoza, 1995

[2] Miguel Granell, Homenaje a Juan Pablo Bonet, Madrid, 1929.

[3]Tomás Navarro Tomás, “Juan Pablo Bonet, datos biográficos”. “La Paraula. Butlletí de l’Escola Municipal de Sords-Muts de Barcelona” nº 3 (número extraordinario), (1920-21), pp. 24-47.

[4] A Gascón Ricao,  “La defensa de Lorenzo Hervás y Panduro y Tomás Navarro Tomás de la persona y de la obra de, Juan de Pablo Bonet, ante las malévolas acusaciones de Jerónimo Feijoo. Página Web Cultura Sorda,

[5] Prueba de Caballeros (encuesta de averiguación de la nobleza y limpieza de sangre de Juan Pablo Bonet). Órdenes militares, Santiago, exp. núm. 6131, Archivo Histórico Nacional (AHN)

[6] Enrique de la Vega Viguera, “Calderón de la Barca y su relación con la Artillería”,   Nº 26, Sevilla, 1998, págs. 283-288.

[7] Dedicatoria de la comedia Jorge Toledano (Decima séptima parte de las comedias de Lope de Vega Carpio, Madrid, 1622, pp. 260-262.

[8] M. Granell, Ob. cit., pp. 457-458.

[9] Jacobo Orellana y Lorenzo Gascón, Reducción de las letras y arte para enseñar a hablar a los mudos. Edición de (1929). Introducción crítica de T. Navarro Tomás.

[10] Juan de Acuña Vela, comendador de Esparragán, capital general de Artillería de la corona de Castilla, Aragón, Portugal, Valencia y Principado de Cataluña, desde el 30 de agosto de 1586 por defunción del anterior capitán don Francés de Álava, hasta su muerte el 9 de junio de 1607”. Véase, Vigón, Jorge: Historia de la Artillería española. CSIC. Instituto Jerónimo Zurita. Madrid, 1947. Tomo III, p. 286.

[11] Guillermo Frontera Carreras, “La enseñanza de la Artillería dependiente del Consejo de Indias.” Militaria, Revista de Cultura Militar, nº 10. Servicio de Publicaciones, UCM. Madrid, 1997.

[12] Félix Díaz Moreno, “Teórica y práctica de la guerra en el siglo XVII hispano. Julio Cesar Firrufino y la artillería”. Anales de Historia de Arte, 200, 10, pp. 169-205.

[13] José Vicente Ledesma, “El señor Marqués, mi señor”. Revista Cultural “La Hinojosa”, nº 5.

[14] G. Frontela Carrerras, art. cit., p. 286.

[15] Gran parte de este capítulo, y en todo lo inherente a la propia Orán o a su gobernador, está extraído y se lo debemos a la tesis doctoral de Beatriz Alonso Acero, Orán y Mazalquivir en la política norteafricana de España 1589-1639, de la cual hemos tomado muchas referencias o muchos detalles concretos aunque no los citemos todos en su extremo.

[16] AGS. GA, Leg. 825, s/f / 5 de enero de 1617. Carta de Jorge Cárdenas Manrique, duque de Maqueda, gobernador de Orán, al Consejo de Guerra.

[17] B. Alonso Acero, ob. cit, p. 271 y ss.

[18] D. Suárez Montañés, Historia del maestre último, edición de Madrid de 1809, parte I, cap. III, pp. 43-44.

[19] León Galindo y Vera, “Posesiones Hispano Africanas…”, en Memorias de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1884. T. XI, p. 255.

[20] F. F. Olesa Muñido, La organización naval de los Estados mediterráneos y en especial de España durante los siglos XVI y XVII. Madrid, 1968. Vol. II, p. 981.

[21] Ibidem, p. 982.

[22] AGS. GA. Leg. 669, s.f. / 23 de febrero 1607. Carta de Juan Ramírez de Guzmán, marqués de Árdales, gobernador de Oran y mazalquivir, al consejo de Guerra.

[23] D. Suárez Montañés, Historia del maestre último…, parte II, cap. XX, fol. 424 r. –v.

[24] León Galindo y Vera, “Posesiones Hispano Africanas…”, en Memorias de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1884. T. XI, p. 418

[25] AGS. GA. Leg. 684, s.f. /26 de mayo de 1607. Carta de D. Juan Ramírez de Guzmán, gobernador de Orán y Mazalquivir, al Consejo de Guerra.

[26] AGS. GA. Leg. 462, fol. 264 /24 diciembre 1596. Carta de Fernando Pérez de Ayora al Consejo de Guerra.

[27] AGS. GA. Leg. 682, s.f. / 6 de enero de 1607. Carta de D. Juan Ramírez de Guzmán, gobernador de Orán y Mazalquivir, al Consejo de Guerra.

[28] AGS. GA. Leg. 684, s.f. / 3 de marzo de 1607. Carta de D. Juan Ramírez de Guzmán, gobernador de Orán y Mazalquivir, al Consejo de Guerra.

[29] AGS. GA. Leg. 681, s.f. / 9 de junio de 1607. Carta de D. Juan Ramírez de Guzmán, gobernador de Orán y Mazalquivir, al Consejo de Guerra.

[30] Ibidem.

[31] Anotada por Beatriz Alonso Acero, Orán y Mezalquivir p. 201

[32] No referida por Beatriz Alonso Acero.

[33] F. Fernández de Córdoba, Historia de la Casa de Córdoba,  Fol. 148, Man. 3271, BNM.

[34] Fernando de la Nava, Tractado primero de la obligación que tienen las Religiosas del Choro de rezar el Officio Divino”. Córdoba, 1621; José María Valdenegro y Cisneros, La imprenta en Córdoba. Madrid, 1900, D. 111, p. 75.

[35]  Noticia que da D. Suárez Montañés, pero con algunas imprecisiones: “Murio el dicho Marqués de Hardales en oran por el mes de (hueco en blanco) del año 1607 sucediole en el gobierno de aquellas plaças en el ynter que su Majestad proveya un hijo bastardo que allí etná nombrado Don Diego de Toledo del avito de San Juan de la Orden de Malta”. D. Suárez Montañés, Historia del maestre último…, parte II, cap. XX, fol. 424 v.

[36]  La XLVIII Junta de Reformación. Lista de pensiones pedidas. Archivo Histórico Nacional, T. V, Consejos: Libro 1426, documento 104.

[37] AGS. GA: Leg. 685, s.f./ 7 de julio 1607. Carta del veedor y contador de Orán y Mazalquivir. Igualmente informan de que al marqués se le restaban debiendo de su salario base y tenencias de capitán general  hasta el fin de junio, lo que confirma las dificultades, también para este gobernador, a la hora de cobrar su salario, motivo por el cual su viuda quedaba en una situación económica de precariedad.

[38] AHN. Códices. Nº 1384 B, fol. 184r. – v./ Madrid, 23 septiembre 1607. Título de Diego de Toledo y Guzmán para que sirva el cargo de capitán general en el ynter (sic) que se provee en propiedad. Respecto a su sueldo, cobrará los 2.000 ducados establecidos para los gobernadores interinos, incluyendo en dicha suma 100 ducados de entretenimiento al mes que el rey le había concedido tiempo atrás. AHN. Códices, nº 1384 B, fol. 186 r./ El Pardo, 6 de diciembre 1607. Cédula real.

[39] AGS. GA. Leg. 681, s.f. / 20 de octubre 1607. Carta de D. Diego de Toledo, gobernador de Orán y Mazalquivir, al Consejo de Guerra.

 

 

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