Implante coclear. Revisión

CarlosSanchezPor Carlos Sánchez,

Mérida, 2017.

Sección: Artículos, clínica.

 

1/ Emisiones otoacústicas y diagnóstico temprano de la sordera

Mi amigo Juan Andrés, sordo, compartió conmigo un reportaje aparecido en La Diaria, de Uruguay el 8 de junio, a dos otorrinolaringólogos que realizan implantes cocleares en ese país. El tema del implante preocupa grandemente a los sordos. Muchos de ellos se oponen a esta intervención, con una vehemencia digna de mejor causa. Sus argumentos, ideológicos o emocionales, no son consistentes; por ende, no convencen. En este plano el debate se torna confuso, lo que no contribuye a tener una visión objetiva del tema. Es mi intención aclarar algo las cosas en torno a este tema y sus implicaciones.

En el reportaje, los especialistas aclaran que desde 2008 en Uruguay es obligatoria la práctica de un despistaje temprano de la sordera, mediante el registro de las emisiones otoacústicas. Es una prueba que detecta el funcionamiento de la cóclea, órgano ubicado en el oído medio, donde las ondas sonoras se transforman en impulsos eléctricos. Estos impulsos, a través de los nervios auditivos llegarán al cerebro, donde serán percibidas como sonidos. La llegada de esos impulsos es lo único que hace que distingamos los sonidos. Si no llegan, no se oye nada.

Las emisiones otoacústicas son murmullos casi imperceptibles que produce la cóclea cuando está funcionando. Esos murmullos, al ser recogidos con micrófonos ultrasensibles en el tímpano (oído externo) nos dicen del funcionamiento normal de la cóclea. Si no se recogen esos sonidos, es lícito pensar que la cóclea no está funcionando. Por tanto, las ondas sonoras al no transformarse en impulsos eléctricos, no pasan del oído medio, el estímulo no llega al cerebro, con lo que se puede suponer que el niño no oye normalmente.

Con esta prueba incruenta (no se pincha nada), es altamente confiable diagnosticar desde el nacimiento, si el niño no oye normalmente, por causa de alteraciones en la función coclear. La prueba puede hacerse y repetirse para descartar falsos positivos, una o dos veces en el curso del primer semestre de la vida.  Las emisiones otoacústicas permiten diagnosticar tempranamente y de manera muy confiable la discapacidad auditiva (hipoacusia o sordera).  Además, permiten discernir la causa de dicha discapacidad: la falla en la función de la cóclea. Esta no es la única causa de sordera, pero sí la más frecuente.

Entonces, con la prueba de las emisiones otoacústicas, al ubicar en la cóclea la falla auditiva, se puede plantear razonablemente que podría ser conveniente la sustitución de ese órgano que no funciona por una prótesis que haga las funciones que no cumple la cóclea. Pero, las emisiones otoacústicas no permiten discernir el grado de la pérdida auditiva. No es posible saber si la sordera será leve, moderada, profunda, severa o total. Y mucho menos nos da la posibilidad de predecir el futuro de esa pérdida, si aumentará o disminuirá con el paso de los años, si tendrá episodios de mejora y empeoramiento, o permanecerá estable, sin cambios.

Esta es una primera cosa que debieran haber dicho los entrevistados. Pero no lo dijeron. No aclararon este primer paso que es preciso conocer. Porque con el diagnóstico de disfunción coclear se plantea el paso siguiente: si la cóclea no funciona, ¿está indicada la sustitución de la misma por una cóclea artificial? Es lo que se conoce como implante coclear. Y la decisión debe ser tomada lo antes posible, antes del primer año de vida. Porque en el terreno del lenguaje, toda prisa es demora, días de tardanza pueden tener consecuencias irreparables. Porque es en los primeros años de la vida cuando el cerebro podrá poner en marcha el desarrollo óptimo del lenguaje y de la inteligencia. Pasados esos años, el cerebro va perdiendo esa capacidad innata.

Esto es lo primero que debería ser comunicado a los padres y madres cuando reciben el diagnóstico temprano de sordera de su hijo. Como primer elemento en qué basar su decisión. Pero está lejos de ser el último.

 

2/ Diagnóstico temprano e Implante Coclear

Siguiendo con el reportaje, los implantadores estiman en aproximadamente 50 niños que, dando positivos a la prueba de emisiones otoacústicas (EOA), son candidatos al implante coclear (IC). Informan que en promedio se están realizando 18 implantes por año, de las 20 intervenciones anuales que son subvencionadas en parte por el gobierno uruguayo, ya que no paga los gastos de honorarios médicos, entre otros. Estos datos muestran que se realizan menos implantes que los 50 teóricamente necesarios y los 20 posibles si se aprovecharan las facilidades que otorga el Estado. No debemos olvidar que se trata de un costo que no baja de varias decenas de miles de dólares, entre materiales y asistencia profesional, sin contar el seguimiento y la rehabilitación posteriores.

¿Qué muestra el desfasaje entre los 18 implantes realizados y los 50 candidatos? Suponiendo que el despistaje fue ejecutado adecuadamente (no hay por qué suponer lo contrario), sólo un 36% de los niños son intervenidos, quedando entonces sin la atención indicada un 64% de los niños con pérdida auditiva temprana, a pesar de que el diagnóstico fue hecho acertadamente en tiempo y forma. Una serie de obstáculos, además de los económicos, inciden en la decisión de implantar o no a un hijo.

El implante coclear es presentado por los especialistas como panacea partir de una afirmación de indudable impacto, aunque de veracidad y de importancia dudosas: “el implante coclear es el único tratamiento conocido que restituye un sentido”. Esto evoca inevitablemente el pasaje bíblico: “… puso sus dedos en los oídos del hombre y sus oídos fueron abiertos y su lengua fue desatada”. No tenemos elementos para poner en duda el hecho de que, efectivamente, el sentido del oído pueda ser restituido con el implante coclear. Pero de ahí a que se produzca el desarrollo del lenguaje, hay un largo trecho que tiene un destino incierto. Permanecen en el más hermético silencio las vicisitudes del camino, rara vez expedito. Es fundamental que se hable del proceso que lleva a la adquisición del lenguaje, el enriquecimiento del pensamiento y el uso pleno y significativo de la lengua.  De eso no hablaron los entrevistados.

Paradójicamente, los entrevistados comparten con los sordos una afirmación que con mucha frecuencia esgrimen quienes se oponen a los implantes cocleares: los implantados no dejan de ser sordos, ya que si se interrumpe la transmisión, dejan de oír. Esta es una afirmación que no admite réplica literalmente. Pero es inconducente; con cualquier prótesis pasaría lo mismo. Es expresión tal vez del deseo de que la comunidad de los sordos no pierda miembros, una suerte de instinto de conservación colectivo. Porque si algo se parece a un gato, se comporta como un gato, ronronea y dice “miau”, lo más probable es que sea un gato. Si alguien oye y habla e interactúa sin dificultad con los oyentes, lo más probable es que no sea sordo.

 

3/ Implante coclear y lengua de señas

Entre el canto de sirenas de los implantadores y la resistencia emocional de los opositores, la familia empieza a barajar qué decisión tomar, mientras busca otras opiniones… No es conveniente consultar las varias “investigaciones” sobre la influencia que tiene la lengua de señas sobre la “rehabilitación” del habla tras el implante coclear. Dichas investigaciones ofrecen conclusiones tanto en uno como en otro sentido. Unas aseguran que la lengua de señas perjudica la adquisición del habla, otras tantas señalan que con la lengua de señas el niño implantado es capaz de hablar más y mejor.

Unas y otras, apenas observadas con atención, muestran las costuras: lo que se evalúa es sólo la inteligibilidad de la emisión oral sin tomar en cuenta lo que está detrás, es decir, la inteligencia con que se dicen las palabras, intención y significado, y no repetición mecánica; en muchos casos, la muestra está sesgada, se eligen niños que por sus características muy distintas hacen inviable toda comparación; se miden los progresos comparando el antes y el después, o las comparaciones se hacen en relación con otros niños sordos y no con los niños normalmente oyentes; los niños estudiados no han tenido acceso a la lengua de señas natural, sino que han tenido contacto con señas aisladas o al español signado; y así sucesivamente. A menudo los “investigadores” tienen compromisos económicos o laborales con empresas fabricantes de prótesis… Todo esto nos lleva a concluir que no es conveniente ni es lógico hacer caso a investigaciones que de tales sólo tienen el nombre. Todas engañan.

El interés no está en determinar si la lengua de señas entorpece o no la emisión de palabras. No, de ninguna manera. El único interés legítimo es determinar si el niño sordo desde que los primeros momentos de su vida puede o no aprovechar la lengua oral para desarrollar el lenguaje y enriquecer su pensamiento. Volvemos a plantear el dilema de vida o muerte. Todo niño – sordo u oyente – necesita tener acceso a una lengua natural para alcanzar una comunicación plena y un pensamiento complejo. De no ser así, se está condenando a ese niño a una carencia de lenguaje y a una limitación intelectual irreversible. Lo primero que se debe pensar es lo siguiente: si está confirmado antes de los 6 meses de edad que ese niño no oye, por lo que está en peligro el desarrollo del lenguaje, no puede haber la menor duda, mientras se decide si se implanta o no, ese niño debe estar en contacto con la lengua de señas natural.

Una vez implantado, cosa que puede ocurrir en el mejor de los casos alrededor de los 18 meses de edad, ya el niño ha podido procesar el lenguaje observando las manos que hablan espontáneamente y con sentido un idioma natural. No se ha perdido el tiempo. Si con el implante, el niño empieza a oír lo que antes no oía, bienvenido sea el implante. Acá se plantea el segundo gran problema cuya solución depende del conocimiento que se tenga sobre la adquisición del lenguaje. Si el niño con el implante puede procesar los sonidos del habla, registra palabras y reconoce que no están aisladas, sino que forman frases que tienen intención y sentido, ese niño habrá de dejar de lado las señas que aprendió hasta entonces y que le sirvieron para evitar la carencia de lenguaje. Es lo mismo que pasa cuando un niño oyente aprende primero un idioma, y a los pocos años de edad es llevado a otro país donde va a aprender el segundo idioma. Si no mantiene intercambios en el primer idioma, pronto lo olvidará porque el segundo le sirve mucho más, y será un hablante perfecto.

Así, las cosas son claras. Si el implante es totalmente exitoso – y es de desear que así sea – lejos de haberle hecho daño, la lengua de señas le habrá sido de enorme beneficio, permitiéndole seguir su desarrollo óptimo del lenguaje ahora con la lengua oral, que domina perfectamente. Pero si no es así, si el implante sólo le permitirá oír, pero no adquirir lenguaje, sería una cruel, insensata e inmerecida pérdida de tiempo demorar el acceso a la lengua de señas. Porque son muchos, “muchísimos” – en palabras de los especialistas entrevistados – los niños que no llegan a este desiderátum, siendo absolutamente imposible establecer un pronóstico previo al implante. Y en esto poco influye la atención de los adultos que rodean al niño, la dedicación materna ni el empeño de los profesionales.

 

4/ Después del implante

Una vez implantado, los padres esperan con una indisimulable ansiedad el momento preciso en que el niño va a confirmar que oye. Y es muy probable que así ocurra. Entonces empieza una etapa que, en el mejor de los casos, debería desembocar en el uso pleno de la lengua, evidenciando con ello que el lenguaje ha hecho eclosión, permitiéndole pensar, aprender, recordar y comprender, el pensamiento abstracto, y luego, la alfabetización y el dominio de todos los recursos metafóricos del idioma. Lamentablemente, en “muchísimos casos”, la esperada incorporación del niño sordo al mundo oyente no llega sino tarde, mal y nunca.

El implante es un proceso en el que la instalación de la prótesis sólo marca el comienzo. En este proceso intervienen, por una parte, el equipo médico – rehabilitador (cirujanos, fonoaudiólogos, psicopedagogos, entre otros), y por otra parte, el entorno del niño (padres, demás familiares, maestras escolares y otras madres que han pasado por la experiencia). Cada día son menos frecuentes los accidentes quirúrgicos y las prótesis son de mejor calidad y con menos molestias para los usuarios. Por lo tanto, pierden consistencia los argumentos en contra del implante basados en los riesgos quirúrgicos y en las limitaciones que pudiera acarrear para el desenvolvimiento de una vida normal.

Una vez implantado, el niño pasa de inmediato a la “rehabilitación”, o lo que sería más preciso, a la “habilitación” de la función auditiva. Aquí, es preciso decirlo, a los padres se los enfrenta a una disyuntiva inapelable: los buenos resultados dependerán en gran medida de lo que ellos hagan por su hijo. Sin embargo, ciertas condiciones aplican: mientras que de los fracasos son responsables los padres, los éxitos obedecen a la excelencia de la acción de los profesionales.

No hay plazos previstos ni previsibles. Todo es cuestión de fe. El niño, se dice, a partir del momento del implante, debe “aprender a oír”. Sería como un niño oyente recién nacido, cuyo oído tiene que “madurar”. Este aprendizaje puede durar muchos años, según los casos. Así se postergan las expectativas, se mantiene la esperanza. Pero en verdad el oído no tiene que madurar; el recién nacido oye perfectamente bien. Lo que tiene que desarrollarse es el mecanismo del lenguaje, que sólo se desarrolla cuando el cerebro reconoce los estímulos sonoros como parte de una lengua y no como ruidos aislados.

Llama grandemente la atención que los ejercicios para habilitar el habla son sospechosamente parecidos (por no decir iguales) a los que se hacían para “oralizar” a los sordos mucho antes de que se pudiera imaginar el advenimiento de los implantes. Puede ser inevitable que los niños que antes no oían, al empezar a oír tengan que realizar un proceso similar al de todo niño oyente que desarrolla el lenguaje. Pero no hay estudios que puedan afirmar nada sobre este punto. Ni siquiera estudios descriptivos de cómo y cuándo tiene lugar la adquisición del lenguaje. No sólo de la capacidad de emitir sonidos inteligibles. No sólo el número de palabras y de la calidad de la pronunciación, sino del aprendizaje y el uso inteligente de la lengua.

Entonces, es frecuente que los padres que se inquietan porque su hijo implantado hace dos o tres años apenas balbucea algunas palabras, reciban como explicación que ésa es la edad auditiva del niño y que hay que esperar un tiempo más para que hable. Se les recomienda que no cejen en sus esfuerzos, que no le hagan señas ni permitan que haga señas, y que no esté en contacto con ningún hablante de señas para que no siga el camino – más fácil, porque podría recorrer sin esfuerzos, sin obstáculos –  camino por el que podría llegar al único destino deseable. No hay ningún dato que confirme que la acción de los padres es más o menos importante que la de los técnicos. Pero más aún: no hay ningún dato confiable que valore en qué medida es decisiva la acción de la llamada rehabilitación.

El dilema es el siguiente: ¿en qué medida el cerebro será capaz de reconocer los sonidos como parte de una lengua y de ahí poner en marcha el mecanismo del lenguaje? ¿De qué depende que puede llegar a desarrollar en forma óptima las capacidades intelectuales y comunicacionales a que tiene derecho todo ser humano? Hasta ahora, no hay respuesta a tales interrogantes. Lo único cierto es que en todo momento, el niño tiene derecho a acceder a una lengua natural para no quedar a medio camino en el desarrollo del lenguaje y cognitivo. Por eso, mientras se espera que su cerebro pueda procesar o no los sonidos del habla como tales, es imprescindible permitirle a ese mismo cerebro, que procese lo que sí puede, los movimientos de las manos propios de una lengua. La lengua de señas no se le puede prohibir a ningún niño implantado. Sin excusas. Ni siquiera en el supuesto negado de que podría afectar la pronunciación de ciertas palabras. Infinitamente más importante es el desarrollo del lenguaje y de la inteligencia. Prohibir la lengua de señas es simplemente un crimen. La ignorancia no es atenuante; y no me refiero a los padres, por supuesto.

 

5/ Implante coclear y evaluación de resultados

La evaluación de los resultados del implante coclear es confusa, contradictoria y en ocasiones falseada, porque se realiza buscando comprobar o refutar opiniones que están lejos de ser objetivas o desinteresadas. Se quiere hacer creer que las conclusiones de supuestos estudios o encuestas son orientadoras; lejos de eso, por lo general sólo abordan aspectos parciales o no significativos del problema. Son frecuentes los sesgos de la muestra, no se consideran importantes variables incidentes, y a menudo los estudios son realizados por personas contratadas por empresas productoras o vendedoras de audífonos o implantes.

Sucedería como el caso del investigador que había entrenado una araña para que saltase cuando le era ordenado. “¡Salta araña!”, le decía, y la araña saltaba. Siguiendo el protocolo del experimento, le fue quitando una a una las patas, hasta que la araña no respondió a la orden, la araña no saltó. El investigador entonces escribió como conclusión: “Al extraerle las patas a la araña, ésta se queda completamente sorda”.

Los padres no merecen esta desinformación alevosa. A este respecto, me permito sugerir la lectura de este link: http://escuelas.excepcionales.es/2017/06/estudio-falacia.html?m=1

Pero al mismo tiempo, los padres no están en condiciones de evaluar objetivamente.  No se les puede pedir que lo hagan, al estar sometidos a presiones tremendas. Los esfuerzos de todo tipo que han tenido que hacer hasta la operación, conllevan expectativas desproporcionadas y gravosas con respecto a los resultados del implante, a lo que se suman las ilusiones que les han sido vendidas (a muy alto costo) por los implantadores. Sin embargo, los padres – y muy en especial las madres – son las primeras en darse cuenta cuando “algo no anda bien”, y no dejan de consultar a quienes creen merecedores de confianza, especialistas o no.

Para comprobar la desazón en que se encuentran los papás y las mamás de niños con implante coclear basta con consultar en Facebook la página respectiva. Cada día son menos los progenitores que comentan objetivamente la situación de sus hijos, y cada día son más los espacios dedicados a propagandear las bondades de tales o cuales terapias rehabilitadoras. Es que cuando una madre comenta que su hijo presenta dificultades para hablar, la respuesta de otras madres o de algunos especialistas, es la misma. Recomiendan paciencia, tenacidad en el esfuerzo cotidiano, y ofrecen ejemplos de casos “exitosos”. Depositan toda la responsabilidad de los resultados en la labor de las madres, que serían las únicas culpables de los “fracasos”.

Lamentablemente, los especialistas que deberían dar una opinión sensata, invariablemente se salen por la tangente. Pudiera ser que no quieren desilusionar a padres que tanto esperan de ellos. Esa benevolencia, sospechosa, obedece, en buena parte, a no querer reconocer una situación que, de ser aceptada, pondría en evidencia la inconsistencia de las promesas previas. Es explicable que no quieran que los padres pierdan ilusiones que ellos mismos les vendieron…

¿Por qué en lugar de “estudios” ambiguos, no se informa claramente el estado en que se encuentran los niños implantados, en base a observaciones de su comportamiento, accesibles a cualquier persona? ¿Por qué no se aprecia algo tan elemental como si habla de manera inteligible o no, si atiende cuando se le dirige la palabra, si entiende o no lo que se le dice, si cumple órdenes simples, si piensa lo que va a decir, si aprende o no? ¿Por qué no se evalúa algo tan cotidiano como el juego? Para asegurar una apreciación objetiva, sería de desear que los especialistas estuvieran a cargo de la observación requerida.

Me permito transcribir un párrafo extraído del libro de Frank Smith, “Ourselves”, subtitulado “Manual para Educadores”, publicado en 2008.

“Los niños no acumulan información que almacenan en la memoria ni organizan datos. Ellos, simplemente, crecen. Pensar, aprender, recordar y entender son términos descriptivos de aspectos observables del comportamiento, no términos explicativos de mecanismos internos imaginados. Términos que hacen referencia a la persona como un todo, no a partes de ella. Las claves más confiables para apreciar las competencias, actitudes y valores de un niño se encuentran en lo que se puede percibir en su comportamiento, y no en análisis clínicos o predictivos de su potencial”.

Dos cosas deben llamar la atención de este texto. La primera es la afirmación de que los niños no son computadoras que accesan, almacenan y organizan la información para que esté en todo momento disponible, intacta. Y la segunda es que, en lugar de eso – porque son humanos – hacen cosas que son muy difíciles, por no decir imposibles, de definir.

Todos “sabemos” qué es pensar, todos entendemos cuando se hace mención de ese término. Es más, no tenemos ninguna duda a lo que hace referencia cuando lo oímos o lo decimos.  No obstante, si un niño nos preguntara inocentemente qué es pensar, seguro que no tendríamos a mano la respuesta. Y ¿qué es aprender? ¿Cómo se aprende? Pensemos – aunque no estemos en capacidad de definir qué es pensar – en el torrente controversial que ha tenido lugar en relación con el aprendizaje en distintas ramas del saber desde la pedagogía hasta la epistemología. Las discusiones en lo que respecta a la memoria son igualmente interminables. El psicoanálisis se ha encargado de mostrar sin lugar a dudas que los recuerdos no se reconstruyen sino que se construyen, llenando los espacios vacíos de la evocación con matices forjados a nuestra propia conveniencia. Y por fin ¿qué es comprender? Dar sentido. En tal caso, es inevitable reconocer que la comprensión, el entendimiento, es algo subjetivo y personal. Lo único cierto en torno a esta actividad esencialmente humana es que todos estamos incesantemente abocados a la tarea de dar sentido al mundo que nos rodea.

Esto que plantea F. Smith, psicolingüista y escritor, gran estudioso de los procesos mentales que despliega el niño en su desarrollo cognitivo, nos induce a proponer una alternativa para evaluar los resultados de los implantes cocleares. No se trata de medir competencias aisladas de una persona, sino de estimar en qué medida esa persona, como un todo, hace uso de los recursos con que cuenta para hacer las cosas que hace todo ser humano, tales como pensar, aprender, recordar y comprender. Nos enfrentamos a un desafío enorme: dejar de lado análisis clínicos, tests y encuestas parcializadas, falsamente comparativas, dejar de buscar verdades en pseudoinvestigaciones que dicen seguir rigurosos pasos predeterminados para emitir un juicio que, en suma, no nos dice nada sobre el niño real que tenemos enfrente.

A las actividades específicamente humanas que describe F. Smith, yo le agregaría, en el caso de un niño, el juego. “Homo ludens”, el humano es el único animal que juega con sentido: imita acciones en forma diferida, inventa el “como si”, imagina situaciones, sabiendo que no son reales, atribuye rasgos personales a sus muñecos, que mueren y resucitan, transmuta un objeto en otro, acepta reglas arbitrarias, comparte con sus amigos en diferentes niveles de conceptualización. Estas actividades por lo general, no son evaluadas en los niños sordos, y menos aún en los niños implantados. Pero todos sabemos qué es el juego de los niños, aunque más no fuese por experiencia propia.

Para evaluar los resultados del implante coclear, con sentido común, no hace falta disponer de ninguna tabla ni línea de base, ni detalle. ¿Cómo estar seguros de que el niño nos comprende en español? ¿Y cómo estar seguros de que el niño sordo nos comprende en lengua de señas? Partamos de una base: si el niño implantado oye, es lógico suponer que la lengua común debería ser el español, por lo tanto, la apreciación debe ser hecha usando esa lengua. Pero si utiliza algunas señas para comunicarse, no podemos desperdiciar esa opción, con lo que también podríamos utilizar señas para entendernos.

Sin embargo, eso no habilita a decir si esas señas facilitan o inhiben la expresión oral, porque no estamos evaluando eso. Porque eso no es lo que importa. Lo que importa es el aporte del implante para la incorporación plena del niño a su entorno. Estamos valorando el desarrollo integral del niño. Ese niño ¿muestra o no lo que todos esperamos de un ser humano, considerando su realidad. Es decir: ese niño implantado, ¿piensa? ¿aprende? ¿recuerda? ¿comprende? ¿juega?

Hay que tener muy claro lo siguiente. Exceptuando el caso de niños sordos hijos de sordos, los niños sordos hijos de oyentes no han tenido a su disposición una lengua natural que pudiera asegurar el desarrollo del lenguaje. Por lo tanto, la única lengua natural que han tenido en su entorno es la lengua oral. Es entonces importante saber qué estamos estimando cuando conversamos en español con el niño implantado, tenga o no conocimiento de algunas señas convencionales o caseras. Estamos evaluando los mecanismos mentales que ponen en evidencia la función del lenguaje en su desarrollo.

Con estas precisiones, me animo a proponer las siguientes posibilidades, a partir del supuesto lógico de que el implante produjo el efecto deseado en el aspecto más elemental: el niño oye.

1/ Aprovechamiento pleno de la audición. Es capaz de reconocer los sonidos del habla, no en forma aislada, sino como formando parte de una lengua.  Así, el niño se desenvuelve cómodamente en el medio oyente. Su habla es inteligible. Puede incorporarse sin problemas a la escuela de oyentes y se integra a las conversaciones. No tendría problemas para alfabetizarse. Puede aprender o no lengua de señas, en función de su decisión personal.

2/ Aprovechamiento parcial de la audición. Reconoce sonidos del habla y los procesa como formando parte de una lengua. Pero no domina todos los recursos de la lengua oral. Las situaciones pueden ser muy diversas, entre la posibilidad anterior y la siguiente. Podría cursar con ayuda la escolaridad primaria y tendría dificultades de grado variable en materia de lectura y escritura.

3/ Reconoce los sonidos del habla, pero no como formando parte de una lengua. No adquiere la capacidad creativa del lenguaje. Puede obedecer órdenes simples y pedir cosas concretas. No tendría la capacidad de alfabetizarse.

4/ Sólo oye ruidos, no reconoce de modo diferencial los sonidos del habla. Podría identificar las voces y otros ruidos familiares, y reaccionar en consecuencia.

¿Será posible vincular estos niveles de procesamiento de los sonidos del habla con las distintas situaciones que se aprecian en los niños implantados? ¿Podrán las madres y las fonoaudiólogas orientarse por estas cuatro posibilidades para que, en base a las actividades que puedan apreciar en los niños, a la apreciación de su comportamiento comunicacional e intelectual, establecer una gama de resultados para evaluar las condiciones personales en el seguimiento de los niños implantados, sin que las madres sean culpabilizadas y los profesionales no tengan por qué seguir vendiendo expectativas ilusorias?

¿Será posible superar las discusiones estériles sobre la pertinencia de la lengua de señas y aceptarla como una lengua natural con todo lo que ello implica y reconocerla como el idioma que les permitirá a las personas sordas acceder a todas las maravillosas posibilidades del lenguaje humano?

3 Comentarios

  1. Paula said:

    Me gusto mucho la publicación, seré fonoaudióloga en el futuro y la verdad es muy importante difundir e investigar el tema del implante coclear y lengua de señas para evitar retrasos cognitivos, mas allá de que logren escuchar y oralizar es seguir un proceso de aprendizaje en su lengua natural y pues habilitar la audición, podría ser bilingüe. Pero es deber de todos tomar mas enserio el tema y ser consientes que afectamos muchas personas al tomar una sola decisión.

    7 octubre, 2020
    Reply
  2. Belén de Arado said:

    Gracias Dr. Divulgaré este excelente artículo entre los participantes a mi curso de “Cultura Sorda y LSV”. Dios lo bendiga. Abrazos

    17 abril, 2018
    Reply
    • Alejandro Oviedo said:

      Un honor tenerte como lectora, Belén! Estoy justo ahora publicando tu trabajo sobre la princesa sorda. Abrazos!!

      19 abril, 2018
      Reply

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