La cultura sorda
. Notas para abordar un concepto emergente

Alejandro OviedoPor Alejandro Oviedo,

Berlín, 2006.

Sección: Artículos, reseñas.

En los últimos años está en uso cada vez más frecuente la frase “cultura sorda”. No sólo en la literatura especializada sobre la sordera, sino además en muchas páginas de la red y entre las personas sordas de diferentes países. El término fue acuñado primero por algunos estudiosos y se lo adoptó luego en la vida cotidiana, donde cobró nuevos significados, que a su vez otros estudiosos tratan ahora de precisar.

Vamos aquí a tratar de precisar algunas acepciones para esa frase. Uso la palabra “emergente” para hablar de la cultura sorda, porque para comprender este fenómeno no bastan la mención y el análisis de sus muchos aspectos, lo que nos obliga a improvisar sobre la marcha un discurso que ordene la realidad que observamos entre los sordos, para poder comprenderla. El desarrollo teórico en este campo es todavía muy precario, y está fuertemente marcado por disputas de tipo ideológico, por lo cual no es un tema sobre el cual se discuta mucho. Una de las dificultades más grandes que se encuentran al abordar este tema es establecer a quiénes debemos considerar miembros de esta cultura. Por otro lado, intentar comprender lo que es la cultura sorda implica enfrentarse a un enorme volumen de datos en ciertos aspectos, y una inopia radical en ciertos otros. Hasta ahora no es mucho lo que se ha logrado, como afirmé antes, pero sí es promisorio e interesante, y lo voy a resumir, un tanto arbitrariamente (prerrogativa que le da a uno el ser autor) a partir del desarrollo de cuatro afirmaciones generales:

  1. siempre ha habido sordos en el mundo;
  2. los sordos sustituyen con la vista y los gestos lo que les niega el oído;
  3. el entorno social, en ciertas circunstancias, puede llevar a los sordos a formar comunidades minoritarias, con características equivalentes a las de los colectivos oyentes; y
  4. en los contextos que les corresponde vivir, los sordos desarrollan una peculiar manera de sentir, de ver el mundo y de actuar.

El término cultura sorda es un modo de nombrar esto. Voy a comentar en extenso las afirmaciones anteriores.

1. Siempre ha habido sordos en el mundo

Prácticamente todas las antiguas culturas conocidas han dejado referencias sobre la existencia de personas sordas. Hay en esas referencias muchas cosas en común con la manera en que se aborda hoy este tema. Una de ellas es la diferencia que se establece entre la sordera y la mudez. Es decir, que quienes perdían el oído en su vida adulta, y hablaban, se diferenciaban de aquellos que por haber carecido del oído ya en su infancia, no podían desarrollar el habla: los mudos. Esta diferencia tenía mucha importancia, sobre todo en textos jurídicos. Otro elemento común a las referencias históricas es que los sordos que no hablaban, es decir, los llamado “mudos”, hacían gestos para comunicarse.

Cuando revisamos las publicaciones sobre la historia de los sordos en lenguas de origen europeo, vemos que la mayoría de los historiadores se han limitado hasta ahora a trabajar con datos tomados de fuentes judeocristianas, particularmente en su variante europea, y que sus referencias más tempranas provienen de las culturas judía y griega[a]. Pero desde hace algunos años hay un creciente interés por indagar en fuentes de otras culturas y continentes. Por el trabajo de algunos estudiosos comenzamos a complementar lo ya conocido con datos sacados de antiguos textos chinos, mesopotámicos, de la India y de Africa[b]. Tomadas en conjunto las referencias disponibles, las menciones históricas de personas sordas se remontan a épocas muy antiguas, milenarias (casos de las citas hechas en libros del Antiguo Testamento, en proverbios sumerios o en textos religiosos y jurídicos de la India). Ya desde entonces, nos dicen esos datos, se estaba consciente de la relación establecida entre la temprana pérdida del oído y la mudez[c], y en algunas culturas las leyes contemplaban que quienes no hablaban, si eran capaces de comunicarse a través de señas, disfrutaban de sus derechos civiles (para casarse, negociar, etc.)[d]. La gran diferencia entre las referencias antiguas y las más recientes es la ausencia, en las primeras, de todo vestigio de actividad pedagógica sistemática dirigida a los sordos.

En el ámbito latinoamericano se ha escrito muy poco sobre la historia de los sordos. Fuera de algunas mínimas y dispersas menciones[e] ignoramos todavía todo lo que refiere al pasado de los sordos en América antes de la llegada de los colonizadores europeos, y casi todo lo que ocurrió durante las tempranas etapas de la colonia. Esto se debe, en buena medida, a la desaparición forzosa de muchas culturas y documentos (destruidos por quienes llegaban a imponer con violencia sus propias culturas), pero también al posterior desinterés de los colonizados en conocer el lado autóctono de su propia historia. Recuperar esas fuentes históricas en América pasará por indagar en las lenguas y las culturas de las naciones originarias, en sus tradiciones médicas y sus mitos. Y también por revisar los relatos de los primeros cronistas, textos literarios, textos jurídicos y registros penales y de comercio.

Un problema terminológico:  “Sordos, mudos, sordomudos”

Quiero detenerme brevemente en un problema terminológico, el relativo al uso de la palabra “sordo”. Como vemos, la sordera parece haber sido siempre calificada en función de la ausencia o la presencia del habla, lo cual tiene consecuencias insoslayables en el desarrollo de la persona. En la tradición de habla castellana, al igual que en muchas otras culturas, esto implicó siempre el uso de vocablos diferentes para unas y otras personas. Hasta finales del Siglo XVIII, por lo menos, se usaron las palabras “mudo” y “sordo” en aquellos sentidos. Ya en el Siglo XIX se expandió el término “sordomudo”, opuesto a “sordo”, y su uso se extendió hasta ya entrada la segunda mitad del Siglo XX (década de 1960), cuando fue eliminado, con el argumento de que los sordos (mudos) podían aprender hablar. Esto tuvo mucho que ver con la popularización de tecnologías (audífonos) que permitían a muchas personas sordas comenzar a percibir los sonidos del habla, y les facilitaban su aprendizaje. Las prótesis auditivas, sin embargo, no solucionaban el problema del acceso al habla de muchas otras personas, que a pesar de los esfuerzos invertidos no llegaban nunca a hablar, con lo cual la diferencia antigua no desaparecía realmente, y seguían requiriéndose palabras para distinguirla.

En la década de 1980 se difunde otro factor que complejiza aún más la situación. A partir de esa época comienzan a extenderse por el mundo teorías según las cuales las señas caseras de los sordos evolucionaron, bajo ciertas circunstancias, en lenguas. Esto pasó cuando en un lugar, a lo largo de varias generaciones, se establecieron grupos de sordos que desarrollaron un complejo sistema de comunicación gestual. Los sordos que formaban parte de estos grupos debían ser distinguidos también de aquellos sordos que no tenían una lengua propia, sino apenas rudimentarios sistemas de comunicación gestual (señas caseras) desarrollados a partir de interacciones con su entorno social inmediato. Sobre esto voy a volver en la sección siguiente, pues es muy importante en nuestro razonamiento.

¿Cuándo estamos hablando de unos u otros sordos? A modo de aclaratoria terminológica, algunos estudiosos de habla castellana han comenzado a seguir una convención difundida en la literatura especializada en inglés[f], según la cual cuando se hace referencia a la sordera como mera condición clínica, y a las personas que a pesar de no oír pueden hablar, y usan el habla como su principal medio de comunicación, se escribirá la palabra en minúsculas: “sordo”; mientras que para referirse a las personas que tienen una lengua de señas y se identifican a partir de ella como miembros de un colectivo particular serían etiquetados como ”Sordos”, con una ese mayúscula. Tal convención, que no es aún seguida por muchos autores hispanos, tampoco representa una solución completa a esta dificultad terminológica, pues ¿dónde deben ser incluidos quienes no hablan ni tienen tampoco más que señas caseras -los llamados “sordos semilingües”? ¿cómo etiquetar a quienes hablan y también tienen una lengua de señas, y no se consideran a sí mismos como miembros exclusivos del “mundo sordo” ni del “mundo oyente”, o ni siquiera reconocen la existencia de tales “mundos”? Estamos no solamente ante un problema de definición teórica, sino además en el caso de trazar categorías cerradas que conducen a la exclusión de personas reales que no caben en ellas o no quieren ser etiquetados con ellas. Son todos estos problemas que no han sido suficientemente discutidos entre nosotros, y que están aún lejos de recibir soluciones satisfactorias. Baste decir ahora que, en este artículo, cada vez que use la palabra “sordo” me estaré refiriendo en general a todas aquellas personas que, por carecer funcionalmente del sentido del oído, se comunican mayormente en señas, sean estas caseras o lenguas complejas, y esto es visto como independiente del hecho de que dominen o no el habla.

2. Los sordos sustituyen con la vista y los gestos lo que les niega el oído

Ya antes afirmé que siempre que se hizo referencia a los sordos en la historia se hacía también mención de la comunicación gestual. Por esta debe entenderse el uso predominante de señales hechas por el cuerpo, las manos y la cara para comunicarse con los otros. Resalté la palabra “predominante” porque si bien el uso de gestos es una parte natural de la comunicación humana, es entre los sordos donde este uso adquiere carácter principal. Ellos no acceden al sonido, pero sí perciben toda la actividad muscular que acompaña la conversación entre oyentes. Veamos un ejemplo de esto: las preguntas que un oyente le hace a otro no son oídas por el sordo. Sin embargo, esas preguntas van acompañadas por lo general de gestos tales como fruncir o levantar las cejas. El sordo percibe esto, y también que esa actividad hace que la otra persona reaccione de alguna manera. Entiende así que en tal situación una persona puede obtener de otra algo que se desea, y comienza, cuando se ve él mismo en la situación de requerir algo de otra persona, a usar los mencionados gestos para marcar su petición. A partir de percepciones como esta, los sordos comienzan a elaborar un sistema de comunicación que prescinde del oído. Este hecho es esencial. Ahora bien, si a una persona le sucede ser el único sordo del lugar donde vive, y no tiene contacto con otros sordos, su sistema de comunicación gestual será necesariamente limitado, pues su creación dependerá sólo de la experiencia y facultad creadora de una única persona que no cuenta con conocimientos previos sobre los cuales convertir, en un sistema de conocimientos, lo que percibe y siente. El sistema de comunicación de una persona en tal situación es lo que llamé antes “señas caseras”. Voy a dar un ejemplo de esto, para que los lectores comprendan más claramente la idea: cuando un niño sordo aislado entre oyentes crece, poco a poco irá elaborando una noción de lo que significa el tiempo, basado en su propia experiencia directa y tal vez también en la precaria ayuda de las instrucciones dadas por los oyentes que lo rodean. Con frecuencia verá, por ejemplo, que los oyentes usan el gesto de girar la mano en círculos de atrás hacia adelante cuando se refieren a algo futuro, un evento que pasará después de ahora, o de mover la mano hacia atrás para referirse a algo que ya se vivió. Con muchas repeticiones, el niño llegará quizás a comprender que el tiempo puede ser segmentado de tal modo en eventos presentes y no presentes, y que estos últimos se pueden indicar a su vez como cosas experimentadas o cosas por experimentar. Sin embargo, cuando se trate de indicar cosas que él mismo no ha vivenciado, no sabrá tal vez cómo marcar el tiempo al que pertenezcan. Este proceso puede llevar años. Puede no ocurrir nunca. Todas estas dificultades se deben a la ausencia de una lengua. Si un niño sordo puede estar en contacto temprano con una lengua de señas, digamos la Lengua de Señas Venezolana (LSV), se da cuenta de que constantemente, a su alrededor, se usan señas que organizan el tiempo: AYER, MAÑANA, FUTURO, HACE-MUCHO-TIEMPO, MARZO, MINUTO, MEDIODIA, etc. Al aprenderlas, a través de numerosos ejemplos provistos naturalmente por el entorno, el niño adquirirá un sistema para percibir e interpretar el tiempo aprovechando la experiencia de muchas otras personas, que han elaborado previamente esas nociones. Aplíquese ese ejemplo a las variadas áreas del conocimiento cotidiano, y se comprenderá la gravedad de lo dicho: con las señas caseras como única herramienta de su pensamiento, el sordo aislado de otros sordos no tiene mucha oportunidad de desarrollarse cognitivamente de modo normal.

En tal situación de aislamiento de otros sordos, no podemos hablar en rigor, todavía, de una cultura sorda. La razón es que el concepto de cultura supone el de un colectivo. Una cultura implica la existencia de una serie de valores, conocimientos y experiencias compartidos por los miembros de un grupo, que se identifican con ellos y organizan sus mundos personales a partir de ellos, y además, algo también muy importante, han aprendido todo eso de sus mayores cuando eran niños, y lo transmiten a su vez a las nuevas generaciones. Los sordos aislados tienen algunas cosas en común con otros sordos aislados (el no hablar bien o en absoluto, el hacer señas, el percibir el mundo a partir de lo visual), pero esas cosas en común no pueden ser llamadas cultura, ya que no son creaciones colectivas, sino hechos individuales basados en razones naturales.

 

3. El entorno puede permitirle a los sordos formar comunidades

A lo largo de la historia se han verificado muchas veces condiciones para que grupos de sordos coincidan en un lugar y por un tiempo extenso (por más de una generación, por ejemplo). Entonces hay ocasión de que surja entre ellos una lengua de señas, con una gramática compleja y un rico vocabulario, que permiten asimismo que la persona sorda desarrolle el pensamiento de modo normal. Esto ocurre porque el ser humano tiene una natural capacidad para el lenguaje, que combinada con una experiencia rica de intercambio constante entre personas que tienen actividades comunes, termina siempre por originar un sistema de comunicación que constituya el germen de una lengua. Para que tal sistema se transforme en una verdadera lengua debe ocurrir algo más: que un grupo de niños lo use en su comunicación diaria. La fundación de las escuelas de sordos a partir del Siglo XVIII, en Europa, y su posterior expansión por el mundo en los Siglos XIX y XX, serán claves en el desarrollo de las lenguas de señas, porque propiciaron que se crearan grupos estables de sordos entre los cuales había niños. Tenemos algunas pocas evidencias históricas de la existencia de colectivos sordos antes de la expansión de las escuelas. Puede suponerse que en las ciudades grandes nacían suficientes sordos como para garantizar que se formaran grupos, incluso en ausencia de instituciones que los agruparan, pero no se cuenta todavía con estudios dedicados al tema.

Hay también casos de comunidades sordas cuyo surgimiento no ha tenido relación con las escuelas. Los primeros son propios de algunas poblaciones pequeñas y aisladas, en las que una mutación genética ha llevado al nacimiento de un número inusualmente alto de sordos. La alta proporción de sordos deriva en esos lugares en el surgimiento de una lengua de señas, que dominan y usan la mayor parte de los pobladores, tanto sordos como oyentes. Esto ocurrió entre los Siglos XVII y XIX en la Isla estadounidense de Martha ́s Vineyard[g], y ocurrió al menos hasta la década de 1970 en la Isla colombiana de Providencia[h]. También se han reportado situaciones similares en poblados de México[i] (indígenas mayas, Yucatán), Brasil[j] (indígenas urubú-kaapor, Maranhão), Ghana[k](Adamorobe) e Indonesia[l] (Bali). En otras partes del mundo han sido reportadas situaciones un poco distintas, en las que también aparecen comunidades de sordos. Dos de ellas provienen del mundo musulmán: la primera son los grupos de sordos que inauguraban los festivales anuales de apertura de los diques en el sistema de riego egipcio, alrededor del Siglo X[m]; la segunda es ofrecida por las cortes turcas entre los Siglos XVII y XIX, donde se reunían grandes cantidades de sordos y se usaba un sistema señado como lengua cortesana[n]. La última referencia se debe al sordo Pierre Desloges, en 1779, sobre la existencia de un colectivo de usuarios de lengua de señas en Paris cuya existencia era anterior y del todo independiente de las escuelas[o]. Es a partir de evidencias como estas, de actividades o vida comunitaria entre sordos, que podemos empezar a hablar, en la historia, de cultura sorda, pues el hacer vida de grupo supone contar con un sistema de comunicación compartido. Con este es posible recoger, organizar y transmitir las experiencias del grupo, es decir, desarrollar una cultura.

Pero volviendo al punto de la educación formal para los sordos, digamos que esta trajo consigo un elemento muy novedoso en la historia: muchas de esas personas empezaron a ocupar lugares sociales prominentes que hasta entonces habían estado casi del todo reservados a los oyentes. Comenzaron a surgir artistas, misioneros, maestros, editores, empresarios, líderes comunitarios. Este proceso fue particularmente intenso en algunos países europeos (como Francia e Inglaterra) y en Estados Unidos, en los cuales se constituyeron, a partir de la expansión de las escuelas, élites intelectuales y artísticas formadas por personas sordas, que fueron también fundadoras y líderes de diversas organizaciones sociales (asociaciones, clubes). Alrededor de ellas comenzaron a publicarse revistas, a organizarse banquetes y exposiciones de arte, a hacerse teatro y poesía[p].

Esto inauguró un aspecto particularmente interesante y rico de la cultura sorda. Desde lo específico de su visión del mundo, en la que se privilegia lo visual, surgieron “voces” que plasmaban en diferentes lenguajes estéticos el modo en que los sordos se veían a sí mismos y al mundo que los rodeaba. Algunas de esas voces, que alcanzaron niveles muy altos de elaboración intelectual, coincidían en afirmar la existencia de los sordos como un colectivo, y también que había un espíritu de fraternidad universal entre ellos, que con sus señas eran capaces de comunicarse entre sí más allá de las fronteras lingüísticas que dividían a los oyentes[q]. Por primera vez en la historia, también, dejaban los sordos como grupo testimonios documentales propios.

Sistemas señados entre oyentes

Algo muy interesante que quiero mencionar aquí es la presencia de sistemas de comunicación gestual entre comunidades de oyentes que por alguna razón se ven impedidos de usar el habla, algo que nos confirma lo natural de la emergencia del gesto con función lingüística cuando la comunicación hablada no es posible.

Uno de tales sistemas son las complejas danzas tradicionales de muchos países de Asia. En ellas, las posiciones adoptadas por el cuerpo, las manos y la expresión facial no son un conjunto de movimientos abstractos que comunican sensaciones, como en la danza occidental, sino un explícito código que narra historias y que es seguido por los espectadores con la misma naturalidad con la que seguirían un relato hablado[r]. En el teatro romano también se llegaron a usar técnicas similares, pero estas no han sobrevivido en toda su riqueza en la tradición posterior.

Muchas órdenes religiosas católicas, que cultivaban el silencio como práctica ritual, también desarrollaron sistemas señados, que adquirieron altos niveles de complejidad en aquellos monasterios donde el silencio era obligatorio[s]. La historia trae variadas referencias acerca de niños sordos cuyos padres, adinerados, los enviaban a ser educados en monasterios donde usaban comunicación gestual[t].

Otro caso muy notorio de este uso de señas entre oyentes es el código usado usado por los indígenas norteamericanos para comunicarse y negociar entre sí antes de la llegada de los colonizadores europeos, cuando la gran variedad de lenguas existentes imponía la necesidad de contar con una lingua franca[u]. Por último quiero mencionar el caso de las señas usadas entre aborígenes australianos, como en el pueblo warlpiri. Las mujeres de ese pueblo, cuando están de luto, estan obligadas a permanecer en silencio durante largos meses. Esto llevó al desarrollo de un rico código señado. Debido a que en cada comunidad suele haber alguna mujer en tal situación, el resto del grupo está también en el caso de aprender y usar estas señas[v].

Lo descrito en este apartado tiene muchos rasgos en común con lo que he designado hasta ahora como cultura sorda, pero debe distinguirse de ella por dos motivos obvios: estos grupos de personas son oyentes, y cuentan con un sistema lingüístico propio (su idioma hablado) distinto a las señas, que configura su personalidad individual y colectiva.

La escuela y sus implicaciones para la vida social de los sordos

La educación formal de sordos surgió en España, en el Siglo XVI, cuando la necesidad de mantener los privilegios de sucesión, que estaban negados a los mudos, llevó a algunos a tratar de enseñar el habla a los herederos mudos de familias españolas adineradas. Aunque el uso de señas era parte de este proceso de enseñanza, el acento puesto en el habla llevó a que surgiera algo que ha tenido luego funestas consecuencias para los sordos de todo el mundo: la oposición entre aquellos que defienden el aprendizaje del habla y niegan el uso de señas (llamados “oralistas”) y quienes dicen que las señas son lo importante y que el habla es superflua (llamados “gestualistas”).

Esta oposición, digo, ha sido funesta. En nombre de ella se han formado bandos, se ha dividido, se ha llegado incluso al extremo de la tortura síquica y física. Durante milenios, los sordos tuvieron el uso de señas como algo natural, algo que nadie concibió como nocivo. Solo a partir de los enfrentamientos generados por esta oposición que digo ha corrido la idea de que el uso de las señas puede ser negativo. En el fondo de esa idea hay principios inconfesables de rechazo al diferente, de oscuras pretensiones de superioridad racial y cultural. Debe subrayarse que mientras los primeros maestros (oralistas y gestualistas) mantuvieron un intenso trabajo dedicado a unos pocos alumnos, con quienes convivían por años, los niños sordos aprendían, independientemente del método seguido. Más que un método particular era esa dedicación la razón del éxito. Aquellos primeros maestros recurrían de modo ecléctico a todos los recursos disponibles para su propósito: señas, alfabetos manuales, ejercicios de respiración, la escritura, trabajo práctico. Pero esa relación intensa maestro-alumno no era sostenible a largo plazo, ya que cada vez había más niños sordos necesitados de maestros, y estos últimos eran escasos. El surgimiento de los Estados nacionales y de la educación pública coincidió con este momento. Los primeros maestros se vieron desbordados por la demanda, y las escuelas crecieron y se multiplicaron. Entonces surgió el problema del método. Había que desarrollar un método para los maestros nuevos. Y el propósito de los maestros fundadores se convirtió en él. La masificación de la enseñanza trajo consigo el fin de la relación tutorial inicial, que había llevado al florecimiento de la dimensión individual de la cultura sorda. La masificación trajo consigo el desastre. Las ideas nacionalistas que dominaron el Siglo XIX, a partir de las cuales se impone la idea de uniformizar culturalmente las naciones eliminando las lenguas y las culturas minoritarias, llevan a negar las lenguas de señas, y a imponer crueles y absurdos procedimientos para el desarrollo exclusivo del habla. Esta idea, que se expandió por todo el mundo en las décadas finales del Siglo XIX, y se impuso definitivamente a principios del XX[w], le dio a la cultura sorda una dimensión nueva: la de cultura oprimida. Las señas, que a lo largo de la historia parecían haber gozado de aceptación general, se convirtieron en algo vergonzoso, fueron estigmatizadas, se les negó a los sordos la posibilidad de continuar el desarrollo inaugurado poco después de que se abrieran las primeras escuelas.

La dimensión de cultura oprimida llevó a un curioso desarrollo posterior: las comunidades sordas surgidas a partir de las escuelas no se veían a sí mismas como grupos con una cultura propia, sino como colectivos de individuos discapacitados, unidos por su desgracia común, y agrupados con la idea de canalizar del mejor modo la ayuda pública, que se veía en términos de caridad.

El discurso antropológico de la sordera y el “poder Sordo”

La década de 1960, en los países industrializados, fue una época de muchas transformaciones sociales. En el contexto del movimiento por los derechos civiles y el reconocimiento de las minorías, aparecieron en Estados Unidos y en Europa investigadores que afirmaron, otra vez después de pasados casi dos siglos[x], que las lenguas de señas de las comunidades sordas eran lenguas tan ricas y complejas como las habladas, y que en virtud de ello debía verse a esas comunidades como minorías lingüísticas. Con argumentos similares surgieron los movimientos en defensa de otras minorías culturales, étnicas y de género. Este planteamiento, que apenas en la década de 1980 comienza a calar entre algunas comunidades sordas, ha llevado al surgimiento de un movimiento radical, que en en lengua inglesa ha sido etiquetado como el Deaf power, “poder Sordo” (a semejanza de otros movimientos por los derechos civiles tales como el “poder negro” –black power– o el “poder gay” –gay power). Tal movimiento pugna por imponer una definición antropológica-cultural de la sordera, que defiende la visión del sordo como miembro de una minoría cultural, y está opuesta a las visiones médica-clínica o social-asistencialista, según las cuales el sordo es nada más que un individuo (y no miembro de un colectivo) enfermo o discapacitado.

El discurso del poder Sordo ha tenido su íconos en las protestas estudiantiles de 1988 y 2006 en la Universidad de Gallaudet, en Estados Unidos (para imponer en ellas rectores sordos), así en algunos otros movimientos como la campaña llevada a cabo en Inglaterra, durante la década de 1990, por el reconocimiento de la lengua de señas; o las protestas expresadas por activistas sordos durante el Congreso Mundial de Sordos en Australia, el año de 1999[y]. Si bien este discurso es ampliamente reflejado en la literatura especializada, y ha sido sustentado en una amplia red de producciones estéticas (teatro, cine, poesía, narración oral, etc.) en los países industrializados, permanece relativamente ajeno para los sordos del resto del mundo. En América Latina, particularmente, no hemos asistido a manifestaciones masivas de apoyo a estas premisas. Entre nosotros, los movimientos sordos parecen seguirse sintiendo más cómodos haciendo causa común junto a los grupos de discapacitados que junto a otras minorías culturales como las indígenas. Para ellos, según mi experiencia personal en varios países latinoamericanos, parece más importante la integración al colectivo oyente que el ganar privilegios como minoría aparte.

La “cultura sorda”

Tras la revisión de esta serie de datos podemos pasar a definir de lo que es la “cultura sorda”. En virtud de su limitación sensorial, que los priva de adquirir/usar el habla como lo hacen los oyentes del entorno, los sordos que tienen ocasión de formar grupos desarrollan una peculiar manera colectiva de sentir, de ver el mundo y de actuar, marcada por la experiencia común de exclusión y con carácter predominantemente visual, articulada en la comunicación señada. Esta es la cultura sorda, así en singular, y es un fenómeno de carácter universal, que se verifica cada vez que las condiciones lo permiten.

Una de las características de los colectivos de los sordos es su fuerte dependencia y relación con su entorno geográfico y cultural, y la influencia de la mayoría oyente. En virtud de tales especificidades, cabe hablar entonces de culturas sordas, en plural, para designar las manifestaciones diferenciadas histórica y geográficamente de ese fenómeno humano que antes llamé la cultura sorda. En tal sentido, cabría entonces hablar de la existencia de tantas culturas sordas como regiones geográficas donde han surgido colectivos sordos.

Entre esas manifestaciones históricas están los discursos estéticos y políticos de las élites de sordos de algunos países, especialmente en los llamados “industrializados”, discursos que han alcanzado altos niveles de elaboración. Se trata de formas de arte, de reflexión académica, de organización política. Es algo que también cabe designar en conjunto como cultura sorda. Esto no debe, sin embargo, tomarse como equivalente a los conceptos que he expuesto arriba. La cultura de las élites sordas del mundo industrializado sería apenas uno (convengo que quizás el más complejo) de los muchos aspectos que cobra este fenómeno universal.

Hay entre todas esas acepciones de la frase “cultura sorda” un elemento vinculante, común a todas, vinculado a lo mencionado en el primer párrafo de esta sección como la primera acepción de “cultura sorda”: se trata de algo que ha sido muchas veces percibido y expresado por los sordos que lo viven y que ha recibido poquísima atención de los estudiosos: a pesar de las diferencias regionales, existe una serie de elementos comunes a todos los sordos del mundo que les permiten sentirse miembros de una comunidad universal, que les permiten conversar a pesar de las variaciones interlingüísticas. Esto último ha sido por largos años un tema tabuizado entre los lingüistas[z]. Estos estuvieron por muchos años parcializados ideológicamente por la necesidad de defender la especie de que las lenguas de señas eran de la misma calidad de las habladas, y como las habladas son muy diferentes entre sí, los lingüistas de señas no aceptaban que las lenguas de señas tenían altísimos niveles de transparencia o inter-inteligibilidad, debido probablemente a la existencia, en todas ellas, de estructuras comunes – ¿universales? Solamente en años recientes han aparecido trabajos científicos que discuten este hecho de la universalidad de las lenguas de señas[aa].

Comentarios finales

El principal problema de los sordos, hoy en día y con seguridad en la mayor parte de rincones del mundo, es el educativo. Según cifras que maneja la Federación Mundial de Sordos, más del 70% de los niños sordos del mundo no tiene acceso a la educación[bb]. Y el resto que sí accede a la escuela suele recibir una formación deficiente, debo yo añadir. La causa originaria de esto es política: la desigual distribución de los recursos y de las cuotas de poder en el mundo. En este sentido, el problema de los sordos no es distinto ni independiente del de la mayor parte de la población planetaria. Y es probable que su solución, en vista de eso, no sea tampoco posible sin que se modifique también el retorcido estado de cosas del mundo actual.

Así como esa interdependencia global de la situación de los sordos no debe ser obviada si queremos comprenderla, debemos también contextualizar en ella la discusión acerca de cómo mejorar la escuela para sordos. No es este tanto un problema de métodos, de si usar las señas o excluir la terapia de habla. El fracaso escolar de los niños sordos no puede comprenderse si lo vemos apartado del fracaso de las escuelas regulares. Los niveles de analfabetismo funcional entre los maestros de escuelas regulares de nuestros países son muy altos. Uno no puede enseñar a otro lo que uno mismo no sabe. La situación no es distinta en las escuelas de sordos. Una clave del asunto es entonces la formación de los maestros. Y su motivación. Otra clave es por supuesto la presencia de maestros sordos, que ofrecen modelos adecuados para el desarrollo integral del niño. La marginalidad educativa es una de las características de la cultura sorda. Eso es lamentable, y es algo que debe cambiar, pero que no vamos a lograr hacer si descontextualizamos la realidad de los sordos de la del país donde viven.

Un punto que debe todavía mencionarse es el de la proclamada “desaparición de la sordera”. Es algo que juega un rol muy importante para los sordos hoy. Se trata del discurso tremendista de quienes apuestan, como un acto de fe, por un desarrollo tecnológico y científico que conduzca a la desaparición (curación o eliminación) de la sordera. Uno de los mitos que sustenta esta especie es el implante coclear. Este aparato, que indudablemente tiene sus beneficios y que sin duda mejorará su prestación con el paso del tiempo, ha sido hasta ahora vendido como panacea, sin serlo, por las multinacionales que lo producen. Se sabe que para muchos niños que no han adquirido el lenguaje, el implante coclear no representa una posibilidad radicalmente diferente a la que ya les representarían los audífonos. Estudios recientes han demostrado que son los restos auditivos del niño, previos al implante, y la calidad de la comunicación con los padres las únicas garantías aparentes del éxito de este. [cc]Por otra parte, incluso el implantado más exitoso vuelve a ser sordo cuando apaga el aparato. No hay razón demostrada para desterrar la lengua de señas del entorno del niño implantado. El portador de un implante no puede menos que beneficiarse, como lo han hecho los sordos desde que el mundo es mundo, con la comunicación gestual.

Otro curioso aspecto del discurso de la desaparición de la sordera es el de la manipulación genética. Esto se entiende como la posibilidad de identificar en los genes del embrión la mutación que puede producir sordera y alterarla con ingeniería genética[dd]. Esta hipotética operación, que aún no es posible con el actual desarrollo tecnológico actual, incidiría en un bajísimo porcentaje de los casos de sordera, ya que la sordera mayormente no se debe a causas genéticas.

Siempre ha habido sordos, como ya he afirmado en otros lugares de este escrito, y todos parecen compartir actitudes y valores comunes derivados de su condición física, pero el que comiencen a preguntarse cuál es su lugar en el mundo, y que algunos de ellos accedan a tribunas públicas para darse a conocer es algo todavía muy nuevo, y poco comprendido. Todo eso forma parte de lo que he querido presentar aquí como elementos para comenzar a entender a qué nos referimos cuando hablamos de la cultura sorda.

 

Notas:

[a]“Véanse trabajos como los de A. Gascón y J.G. Storch de Gracia y Asensio (2004) Historia de la educación de los sordos en España y su influencia en Europa y América. Madrid: Ramón Areces; y P. Eriksson (1998) The History of Deaf People. A Source Book. Örebro: Daufr .

[b] En los Upanishads (alrededor del Siglo VI a.C.). Ver M. Miles (2006) “Signs of Development in Deaf South & South-West Asia: histories, cultural identities, resistance to cultural imperialism”. En la página web Independent Living Institute, bajo el URL (visto el 09/8/07) http://www.independentliving.org/docs7/miles200604.html

[c] Miles, 2006. Se trata de textos como el Rig Veda, el Atharvaveda, y el Avesta, todos anteriores al 1500 a.C.), y las Leyes de Manu, (alrededor del Siglo I a.C)

[d] En los Upanishads (alrededor del Siglo VI a.C.). Miles, 2006
d Al-Marghinani (1870) The Hedaya or Guide. A commentary on the Mussulman laws. Lahore: Premier Book.

[e] Oviedo, A. (en preparación) “Fuentes para el estudio de la historia de la sordera en la América prehispánica e hispana”. Berlín; y Jullian Montañez, C.G. (2002), Génesis de la comunidad silente en México. La Escuela Nacional de Sordomudos (1867 a 1886). Tesis para obtener el título de Licenciado en Historia, México, UNAM. (trabajo inédito).

[f] Para una revisión de estos argumentos puede verse C. Erting (2001) “Introducción a la versión inglesa”. En: Patiño, L.M., A. Oviedo y B. Gerner de Garcia (eds.) El Estilo Sordo. Ensayos sobre comunidades y culturas de las Personas Sordas en Iberoamérica. Cali: Univalle, págs. 19-35

[g] Hay un libro sobre el tema, en inglés: N.E. Groce (1985) Everyone here spoke sign language. Cambridge: Harvard University Press.

[h] Esto ha sido descrito, entre otros, por el lingüista estadounidense J. Woodward, en una serie de artículos de la década de 1970. Hay información en español en la Enciclopedia Wikipedia, bajo el URL (visto el 10/8/07) http://es.wikipedia.org/wiki/Lengua_de_se%C3%B1as_de_Providencia

[i] Según un artículo del antropólogo y lingüista estadounidense Robert E. Johnson (2001) “La lengua de señas y el concepto de sordera en una población maya yucateca tradicional”. En: Patiño, L.M., A. Oviedo y B. Gerner de Garcia (eds.) El Estilo Sordo. Ensayos sobre comunidades y culturas de las Personas Sordas en Iberoamérica. Cali: Univalle, págs. 139- 153.

[j] J. Kakumasu (1968). “Urubu Sign Language”. En la página web SIL, URL (visitado el 09.10.07) http://www.silinternational.net/americas/brasil/PUBLCNS/LING/UKSgnL.pdf

[k] V. Nyst (2004) “Verbs of motion in Adamorobe Sign Language”. En: International Conference on Theoretical Issues in Sign Language Research. Programme and Abstracts. Barcelona: TISLR 8, págs. 127-129

[l] Branson, J., D. Miller, I Gede Marsaja e I Wayan Negara (1996) “Everyone Here Speaks Sign Language, too: A Deaf Village in Bali, Indonesia”. En: C. Lucas (ed.) Multicultural Aspects of Sociolinguistics in Deaf Communities. Washington, D.C.: Gallaudet University Press, págs. 39-57

[m] M. Miles (2007) “El bote sordo de la buenaventura sobre el río Nilo, alrededor del año 1046”. En: Cultura Sorda, URL (visto el 10/08/07): http://www.cultura- sorda.eu/resources/Miles_el_bote_Sordo_de_la_buenaventura.pdf

[n] Miles, M.(2000) „Gebärden im Serail – Stumme, Zwerge und Faxenmacher am osmanischen Hof. 1500-1700“. Das Zeichen (14: 53), págs. 352-367

[o] Ver las referencias a Pierre Desloges abajo, en la nota “q”.

[p] Cfr. Y. Delaporte (2002) Les sourds, c ́est comme ça. París: Editions de la Maison de l ́homme; y B.
Mottez (1989) “Les banquets des sourds-muets et la naissance du mouvement sourd”. En: A. Karakostas y L. Couturier (eds.) La pouvoir des signes. Sourds et citoyens. París: INJS, págs. 170-188; entre otros.

[q] Ferdinand Berthier (1840) Les sourd-muets: avant et depuis l ́Abbé l ́Epée.Paris: Ledoyen. La edición completa puede consultarse en la página web de la BIUM, bajo el URL (visto el 09/8/07): http://web2.bium.univ-paris5.fr/livanc/?cote=67658&do=livre
Pierre Desloges (1779) Observations d ́un Sourd et Muèt sur un Cours Éleméntaire d ́ Education des Sourds et Muets. La edición completa puede consultarse en la página web Gallica, bajo el URL (visto el 08/8/07): http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k749465.notice

[r] Ferdinand Berthier (1840) Les sourd-muets: avant et depuis l ́Abbé l ́Epée.Paris: Ledoyen. La edición completa puede consultarse en la página web de la BIUM, bajo el URL (visto el 09/8/07): http://web2.bium.univ-paris5.fr/livanc/?cote=67658&do=livre
Pierre Desloges (1779) Observations d ́un Sourd et Muèt sur un Cours Éleméntaire d ́ Education des Sourds et Muets. La edición completa puede consultarse en la página web Gallica, bajo el URL (visto el 08/8/07): http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k749465.notice

[s] Umiker-Sebeok, J. y Sebeok, Th.A., (eds.) (1987). Monastic sign language. Berlin: Mouton de Gruyter.

[t] Cfr. por ejemplo las historias del pintor sordo español Juan Fernández de Navarrete, “El Mudo” (en el libro de Gascón y Storch de Gracia (2004, citado arriba en la nota “a”) o del sordo francés Azy de Etavigny (ver el libro de H. Lane (1984) When the mind hears. Nueva York: Penguin Books).

[u] La información se debe al lingüista inglés A. Kendon, en su obra de 1988: Sign Languages of Aboriginal Australia Cambridge University Press, Sydney.

[v] Véase al respecto el libro de C. Sánchez (1990) La increíble y triste historia de la sordera. Caracas: Ceprosord.

[w] Ya el español Lorenzo Hervás y Panduro, en 1795 (en su obra Escuela española de Sordomudos) y el guadalupeño Auguste Bébian, en 1825 (en su Mimographie) habían hecho esta propuesta con sólidos argumentos científicos, pero sus escritos no recibieron la suficiente atención de sus contemporáneos, y fueron injustamente olvidados.

[x] Ladd, P. (2003) Understanding Deaf culture. In search of Deafhood. Sydney: Multilingual Matters. Hay una versión en español del texto de Ladd acerca de la ceremonia hecha durante el congreso de 1999 en Oviedo, A. (2006) “La ceremonia del lazo azul”, en la página web Cultura Sorda, bajo el URL (visto el 09/8/07) http://www.cultura- sorda.eu/resources/Blue_ribbon_espanol.pdf

[y] En la página web Indian Sign Language (URL http://www.inquiry.net/outdoor/native/sign/, visto el 10/08/07) hay explicaciones y un diccionario de ese sistema

[z] S. Taub (2001) Language from the body. Iconicity and metaphor in American Sign Language. Cambridge: Cambridge University Press.

[aa] Véase L. Tovar (2007) “Hacia una lingüística bimodal. Reseña de Wendy Sandler y Diane Lillo-Martin (2006) Sign Language and linguistic universals“. Lenguaje (en prensa, segundo número correspondiente al 2007); A. Oviedo (2004) Classifiers in Venezuelan Sign Language. Hamburgo: Signum.

[bb] Comunicación personal con el Vice-Presidente de la Federación Mundial de Sordos, Feliciano J. Sola, en Berlín, durante el mes de mayo de 2006.

[cc] G. Szagun et al. (2007) “Desarrollo del lenguaje en niños con implante coclear”. en la página web Cultura Sorda, bajo el URL (visto el 09/8/07) http://www.cultura- sorda.eu/resources/Szagun_desarrollo_lenguaje_CI_2006.pdf

[dd] Las dimensiones éticas de tales iniciativas son otro aspecto complicado. La manipulación genética tiene antecedentes tan poco ilustres como las prácticas eugenésicas en las cárceles y manicomios de los Estados Unidos durante los inicios del Siglo XX, y sus directos derivados en las leyes de higiene racial de la Alemania nazi. Ver H. Biesold (1988). Klagende Hände. Solms: Jarick Oberbiel

Sé el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *