¿Son los Sordos un grupo colonizado? Colonialismo y Sordera. Notas para abordar el análisis de los discursos sobre la Sordera

Alejandro OviedoPor Alejandro Oviedo,

Berlín,  2006.

Sección: Artículos, cultura sorda.

 

 

Harlan Lane (1984) propone utilizar el concepto colonialismo para abordar la experiencia de estas comunidades durante los últimos 125 años en el mundo occidental y su periferia.

Los párrafos que siguen van a resumir los puntos esenciales de esta discusión, que ha cobrado fuerza creciente entre otros académicos (en particular Ladd 2003 y 2005).

Colonialismo

La palabra “colonialismo”, derivada del latín colonus (labrador), es usada por el discurso académico para referirse principalmente a la expansión europea a otros continentes, a partir del Siglo XV (con la invasión portuguesa a tierras africanas). Esa expansión implicó la intervención y ocupación militar, por parte de potencias europeas, de territorios de todos los demás continentes. En los términos que aquí nos interesan, el colonialismo implica la substitución de las culturas aborígenes/locales por las culturas de los invasores europeos. En tal sentido, puede afirmarse que la aventura colonial europea continúa hoy, con matices muy complejos.

Discursos y poder

En el imaginario de los pueblos existen sistemas de valores y creencias que determinan sus actuaciones. Esos sistemas reflejan las relaciones de poder existentes en cada grupo humano, y se organizan y manifiestan de modo directo en la lengua del grupo, en forma de discursos (Foucault 1972). Una de las maneras más eficientes de control de un grupo sobre otro, más eficiente incluso que el control a través de la coerción física, es la imposición de un discurso de poder en la mentalidad del otro. El poderoso tiene que hacer pensar al dominado con un criterio similar al suyo, alienarlo. De ese modo se impone sobre él de modo más o menos permanente.

En términos culturales, puede decirse que este proceso consiste en la substitución de la cultura del dominado por la del dominador. Es lo que llamamos colonialismo.

El discurso colonial

La eliminación de las culturas nativas y su substitución por las culturas de los colonizadores se sustenta en un conjunto de creencias y prácticas que vamos a llamar discurso colonial. En él se concibe un modelo ideal de ser humano, representado por el hombre blanco europeo, cristiano, letrado, heterosexual y sin limitaciones físicas (Ladd, 2003). En virtud de este modelo se estigmatizan las “desviaciones” presentes en los sujetos bajo régimen colonial, y se toman medidas de fuerza para eliminarlas o esconderlas. Entre esas desviaciones se encuentra la Sordera (Séguillon, 1996).

Discurso lingüístico‐cultural sobre la Sordera

La historia ofrece abundantes ejemplos acerca del modo en que la Sordera ha sido y es concebida por distintos pueblos del planeta. En la mayoría de esos discursos aparecen distintos grados de aceptación o tolerancia ante la presencia de personas que, por no poder oír, se comunican a través de una lengua de señas.

Los historiadores reseñan, entre otros casos, los positivos acercamientos a la Sordera documentados en fuentes tan distintas como la teología talmúdica (Ladd 2003), la filosofía socrática (Günther 1996) , las comunidades monásticas medievales, las cortes turcas durante el imperio otomano (Ladd 2003) y varias sociedades tradicionales del Africa negra (Schmaling 1996), etc.

Son abundantes, asimismo, los casos de grupos aislados en las que la aparición de una comunidad Sorda (por razones genéticas) ha propiciado la creación de una lengua de señas y su uso colectivo por parte de Sordos y de oyentes. En esos grupos se considera la Sordera una mera condición lingüística, y no una limitación. Ejemplos de esto son las comunidades de Martha´s Vineyard, en Estados Unidos (Groce 1996) ; de la Isla de Providencia, en Colombia (Woodward 1978) ; de los indígenas brasileños Urubú‐Kaapor (Ferreira‐Brito 1983); de la comunidad de Adamorobe en Ghana (Nyst 2003); etc.

En todos los ejemplos citados antes hay en uso un discurso positivo sobre la Sordera. Vamos a llamarlo discurso lingüístico‐cultural. Según él, el Sordo no es definido a partir de lo que no tiene (un oído en condiciones funcionales) sino a partir de su condición de usuario de un sistema de comunicación distinto, uno que por su naturaleza visual le permite eliminar la barrera sensorial. El resto del grupo, al aprender y usar la lengua de señas, le permite al Sordo incorporarse plenamente a las actividades comunitarias.

El discurso colonial sobre la Sordera

La condición de Sordera contraviene varias de las premisas de la mentalidad colonial. Una de ellas, proveniente de la tradición cristiana, establece la naturaleza divina de la palabra hablada, lo que de facto desplaza la comunicación gestual a un plano inferior, y la excluye del diálogo entre el hombre, cabeza de la creación, y Dios.

Esta postura no ha sido generalizada en la teología cristiana. El verbo creador no se ha interpretado necesariamente siempre como la emisión de voz. Basados en la tradición judía (el Talmud), la filosofía socrática, aparece en los escritos de algunos santos (casos de Agustín y Buenaventura) reseñada la posibilidad de que los Sordos accedan a las verdades espirituales a través de las lenguas de señas (Ladd 2003). Opuesta a ella hay otra corriente cristiana, cuyas fuentes parecen remitirse a Aristóteles y al derecho romano (Günther 1996) que declara la voz y el oído como indispensables para que el alma se ilumine. Esta última postura sustenta la visión colonial de la Sordera.

Otro fundamento de la postura colonial ante la sordera es la idea cristiana (que también remite a la filosofía griega) de que el cuerpo y el alma no conforman una unidad, sino que el cuerpo es la prisión temporal del alma, y que esta debe luchar constantemente contra el cuerpo físico, reprimirlo y negarlo, a fin de permanecer pura y lista para recibir el cielo. Esta idea cobró una forma particularmente perversa en la corriente puritana protestante‐burguesa que se desarrolló en la cultura europea a partir de la Reforma (Séguillon 1996).

Según ella, es un valor fundamental el controlar el cuerpo. Este debe esconderse, disimularse, reprimirse y entrenarse para pasar desapercibido (Foucault 1972). Los Sordos, que usan todo su cuerpo para comunicarse, violentan esa regla. En Europa, desde que comenzó la educación de Sordos (a finales del Siglo XVIII), los Sordos comenzaron a hacerse evidentes (Sánchez 1990), y a representar un reto serio para la sociedad occidental y sus concepciones sobre el cuerpo. La comunicación por señas aparece, en el discurso colonizador, como una anormalidad. Los Sordos, así considerados, están enfermos, y deben ser curados. La medicina asume entonces el rol que correspondería a la pedagogía.

El oralismo como práctica colonial

Los primeros intentos por desarrollar una pedagogía para los Sordos se reseñan en Europa durante el Siglo XVII. En ellos aparecen siempre utilizados los gestos o las lenguas de señas como base para la comunicación entre alumno y maestro. Esto era una tendencia generalizada. Recientes estudios observan que incluso los primeros pedagogos oralistas, que los tratados históricos nos hacen aparecer como recalcitrantes opositores al uso de señas –nombres como Rodrigues Pereira, Deschamps o Heinicke–, de hecho se valían de la comunicación gestual en su trabajo (Ladd 2003, Fischer 2001, Günther 1996, Lane y Philip 1984).

Pierre Desloges, el primer Sordo (de quien se sabe) en publicar un libro, argumentaba en 1779, tras hacer una revisión de los métodos usados tanto por defensores como detractores del uso de la lengua de señas en la educación, que sin ella no es factible educar a los Sordos. Sin ella, es imposible hacer de los alumnos otra cosa que máquinas de hablar.

Los alumnos egresados de la escuelas en las cuales se enseñaba a través de la lengua de señas, de las cuales hubo otras al menos en Holanda (Betten 1996) y Rusia (Howard 1996), formaron comunidades a partir de la celebración de los aniversarios del nacimiento del Abad de L´Epée, que figuran como los famosos banquetes de los Sordos parisinos, donde se reunían figuras del mundo intelectual de la capital a celebrar con sus compatriotas Sordos, que daban discursos en lengua de señas que todos consideraban obras maestras de la oratoria. Entre los asistentes a esos banquetes estuvo, entre otros, Victor Hugo. Para los historiadores, los banquetes parisinos de los Sordos representan el clímax cultural de la comunidad Sorda europea, donde se evidenciaron los mayores logros de la educación de Sordos iniciada por el Abad (Quartararo 1996).

La ola colonialista que he mencionado, sin embargo, comenzó a cobrar fuerza en las instituciones educativas para los Sordos, de las que fueron excluyéndose los maestros Sordos e introduciéndose mayor énfasis en la enseñanza del habla, en desmedro de la formación intelectual de los alumnos. Este proceso alcanzó su mayor difusión en el congreso de educadores de Sordos de Milán, en 1880, donde se oficializó la terapia oral como objetivo exclusivo de las escuelas de Sordos (cfr. Los trabajos reunidos en Fischer y Lane 1993).

La educación de los Sordos, a partir de las propuestas elaboradas en ese congreso, se centró en la negación de la existencia de una comunidad Sorda, lo que implicaba negar la existencia también de sus lenguas y tradiciones. El niño sordo comenzó a ser concebido como un individuo aislado, anormal, cuya única posibilidad de integración social se fundaba en la adquisición del habla.

Es justamente en este punto donde cabe aplicar el concepto de colonización, a través de la negación y posterior marginalización de la cultura del colonizado y su substitución por la cultura del colonizador.

Como producto de la tradición oralista se tiene que en la mayoría de países sometidos a la colonización europea los niños sordos escolarizados son incapaces de leer o escribir (tienen, en promedio, una edad lectora equivalente al segundo grado de educación primaria), no tienen herramientas sólidas para incorporarse al mercado de trabajo (que además les reserva únicamente actividades u oficios manuales) y, paradójicamente, tampoco tienen un dominio del habla que les permita comunicarse fluidamente con el mundo oyente. Esto se corrobora en prácticamente todos los estudios realizados hasta ahora sobre la situación, a nivel mundial (ver Ladd 2005).

Si comparamos la situación de otros pueblos colonizados (como el caso de los aborígenes australianos y americanos, o de los pueblos del Africa negra –en su continente o en las colonias), podemos volver a descubrir el paralelismo existente entre ellos y los Sordos dentro del esquema colonizador.

El modelo social de la sordera

A partir de la década de 1960, sustentado por las luchas reivindicativas de otros grupos minoritarios, cobra fuerza una corriente ideológica a favor de las personas con discapacidad. El problema de quienes tienen algún tipo de limitación física no está en las mismas personas que la sufren, se plantea, sino más bien en las sociedades que no toman medidas para el acceso pleno de estas personas a la vida social. Un parapléjico, por ejemplo, es visto como discapacitado porque la sociedad en que vive no le ofrece alternativas de acceso. Si en una determinada sociedad se disponen medidas que le permitan movilizarse (sillas de ruedas con motor, rampas, vías de circulación, ascensores públicos, etc.) la discapacidad desaparece, y la persona afectada puede independizarse. Es lo que se llama el modelo social. Para el Sordo esto implica la oferta de servicios de traducción, oferta de prótesis auditivas, sub‐titulado en los medios de comunicación, teléfonos de texto, etc.

El modelo social de la sordera, sin embargo, ofrece alternativas de acceso exclusivamente para un sector de personas que pueden beneficiarse de ellas. La situación de los Sordos profundos, que por regla no aprenden a leer, ni captan señales auditivas significativas con la ayuda de los audífonos, por ejemplo, no se ve mejorada con tales medidas (Ladd 2003). El modelo social de la discapacidad deja al Sordo inmerso en la misma situación de invalidez.

El hecho de que la mayoría de los Sordos sean incapaces de usar la lengua escrita explica la ausencia que la temática de la Sordera tiene en la discusión actual sobre la discapacidad.

El ser colonizado no desaparece: los sectores subalternos

Una sociedad colonial se organiza, por definición, sobre un principio de desigualdad. El objetivo de la sociedad colonial no es la eliminación de la inequidad, sino el establecimiento de mecanismos de control más eficientes sobre los colonizados. El colonizado no desaparece físicamente, sino que, alienado, continua reproduciendo las contradicciones del sistema colonial. En el interior del grupo colonizado permanecen también formas de su cultura original, que se oponen a la del colonizador, y constituyen el germen de una oposición al sistema colonial. Los individuos en los que se manifiesta con más fuerza esta contradicción hacen parte de los sectores más marginalizados de la sociedad colonial, en los cuales se ha mantenido la cultura originaria. son los llamados « subalternos ».

El sector subalterno y la descolonización

El proceso de descolonización, es decir, la recuperación de la cultura local y el restablecimiento de un cierto equilibrio social es únicamente posible a través del empoderamiento de los sectores subalternos.

En el caso de los Sordos, este sector es representado por los grupos de Sordos que han permanecido al margen de toda capacidad de decisión, los fracasados de la escuela y los que nunca la visitaron. Es en estos grupos donde tiene la cultura Sorda sus formas más definidas, donde surgen las alternativas de organización, donde se manifiesta con más claridad la oposición al sistema colonial.

De allí que los estudios recientes acerca de la cultura Sorda enfatizan la necesidad de trabajar con estos grupos subalternos como modelo (Ladd 2003 y 2005, Padden y Humphries 2005).

Referencias

Betten, H. (1996) “Bevrijdend Gebaar: Writing Deaf History”, En: R. Fischer y T. Vollhaber (eds.) Collage. Works on International Deaf History. Hamburgo: Signum, págs. 63‐68.

Ferreiro‐Brito, L. (1983). “A Comparative Study of Signs for Time and Space in Sao Paolo and Urubu‐Kaapor Sign Language”. En: W.C Stokoe y V. Volterra (eds.) SLR’ 83. Proceedings of the 3rd. International Symposium on Sign Language Research. Roma y Silver Spring: CNR y Linstok Press.

Fischer, R. (2001) “Das Auge des Gesetzes wacht hinter den Gardinen”. En : DafEG (ed.) Gehörlos –nur eine Ohrensache? Aspekte der Gehörlosigkeit. Hamburgo: Signum, págs. 7‐14.

Fischer, R. y H. Lane (1996). Looking Back. Hamburgo: Signum.

Foucault, M. (1972). The Archaeology of Knowledge & the Discourse of Language. Nueva York: Pantheon Books.

Groce, N. (1985) Everybody here spoke sign language. Cambridge: Harvard University Press.

Günther, K. (1996) “The Role of the Manual Alphabet in Deaf Education in the 16th/17th Centuries”. En: R. Fischer y T. Vollhaber (eds.) Collage. Works on International Deaf History. Hamburgo: Signum, págs. 107‐116

Ladd, P. (2005) “Blows against the Empire”. Conferencia presentada ante el XX Congreso Internacional de Educación del Sordo, Maastricht, Holanda, 19 de Julio de 2005.

Ladd, P. (2003) Understanding Deaf Culture. In Search of Deafhood. Sydney: Multilingual Matters.

Lane, H. y F. Philip (eds.) (1984). The Deaf Experience. Classics in Language and Education. Cambridge: Harvard University Press.

Lane, H. (1984) When the Mind Hears. Nueva York: Random House Nyst, Victoria (2003) “The Phonology of Name Signs: a Comparison between the Sign Languages of Uganda, Mali, Adamorobe and The Netherlands”. En Baker et al. (ed.) Cross‐linguistic Perspectives in Sign Language Research. Hamburg: Signum, págs. 71‐80.

Padden, C. y T. Humphries (2005) Inside Deaf Culture. Cambridge: Harvard University Press.

Quartararo, A. (1996) “Celebrating Abbé de L´Epée´s Birthday: Investigating Cultural Ritual in the French Deaf Community in the Early Twentieth Century” En: R. Fischer y T. Vollhaber (eds.) Collage. Works on International Deaf History. Hamburgo: Signum, págs. 233‐242

Sánchez, C. (1990) La increíble y triste historia de la Sordera. Caracas: CEPROSORD.

Schmaling, C. (1996). “Hausa Sign Language: Deaf People in Kano State, Northern Nigeria, and their Sign Language”. En: R. Fischer y T. Vollhaber (eds.) (1996) Collage. Works on International Deaf History. Hamburgo: Signum, págs. 243‐56.

Séguillon, D. (1996). “Deaf Education at the National Institute of Paris: A Story of Sound and Fury”, En: R. Fischer y T. Vollhaber (eds.) (1996) Collage. Works on International Deaf History. Hamburgo: Signum, págs. 257‐274.

Williams, H. (1996) “Czarist Contribution to the Care, Education and Welfare of the Deaf in the Imperial Russia (1898‐1917)”, En: R. Fischer y T. Vollhaber (eds.) Collage. Works on International Deaf History. Hamburgo: Signum, págs. 275‐286.

Woodward, J. (1978) “Attitudes toward deaf people on Providence Island”. Sign Language Studies (7,18), págs. 49‐68

 

3 Comentarios

  1. Leticia said:

    Estimado Sr. Oviedo:
    Me llamo Leticia y vivo en San Pabo, Brasil. Soy educadora y actriz, y actualmente me dedico a una investigación sobre la experiencia estética del sujeto sordo en el teatro para escribir mi monografía de conclusión de un posgrado en Arte y Educación en la Universidad de São Paulo. Me interesa reflexionar sobre la experiencia del sordo como espectador y como creador en el teatro, lo que, en realidad, es un fenómeno muy reciente una vez que hasta hace menos de quince años los proyectos de accesibilidad para sordos en el ámbito teatral eran prácticamente inexistentes en la ciudad. Resulta que he encontrado este texto suyo y me he interesado por conocer más a fondo esa perspectiva suya respecto a la relación entre sordos y oyentes. Si puede ser tan amable, quisiera saber si ha escrito algún artículo más sobre el tema y/o si me puede sugerir algún material de estudiosos que se dediquen a pensar sobra la poética teatral de actores sordos.
    Reciba un cordial saludo,
    Leticia

    1 noviembre, 2016
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    • Alejandro Oviedo said:

      Buenos días, Leticia! Gracias por tu carta! Conozco un libro que aborda particularmente el tema de las artes visuales en personas sordas. Se trata de Silent Poetry: Deafness, Sign, and Visual Culture in Modern France, por Nicholas Mirzoeff (1995) -Princeton University Press. Hay algunas cosas más recientes, publicadas en Gallaudet University Press, pero no las he leído y no puedo sugerirte nada más allá. Mucha suerte en tus estudios!!

      2 noviembre, 2016
      Reply
      • Leticia said:

        Buenas tardes, Alejadro! Gracias por tu respuesta y por el libro que me has recomendado. Lamentablemente no he podido adquirirlo a través de Amazon por las restricciones de su política de shipping, pero estoy tratando de encontrar otra forma de conseguirlo. He leído una entrevista que le hicieron una vez que estuvo en Argentina y me parece que la lectura del libro aportaría mucho a mi investigación. Así que lo voy a seguir intentando.
        Un abrazo,
        Leticia
        Leticia

        4 noviembre, 2016
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