Reflexiones sobre las etnias sordas

Boris-FridmanPor Boris Fridman Mintz,

México, 2012.

Sección: Artículos, cultura sorda

 

Enfrentarse a la otredad será siempre un misterio, nos cruzamos con otro hombre u otra mujer y de inmediato, de manera casi instintiva, nos percatamos de que somos a la vez iguales y distintos.  Cada vez que nos vemos a nosotros mismos en el espejo sabemos que no somos los mismos, no del todo, y sin embargo seguimos siendo.  La multiplicidad de seres que nos rodean, nuestra capacidad para agruparlos y desagruparlos mientras que interactuamos con ellos es algo indudable y asombroso.

Pero algo sucede en nuestra sociedad que muchas de estas diferencias se convierten en causa aparente de relaciones opresivas. Por ejemplo, hombres y mujeres somos por naturaleza iguales y distintos; iguales por ser humanos, distintos porque las mujeres pueden parir y amamantar, mientras que los hombres no pueden preñarse, aunque en general sean más robustos.  En la familia contemporánea estas diferencias naturales tienden a transmutarse en división social del trabajo: la mujer se dedica al hogar, el hombre trabaja y aporta el soporte económico de la familia.  Tal vez la mujer tenga otro trabajo, pero no se puede o no se debe desprender totalmente de las labores caseras.  De ahí la doble jornada.  Por su parte, el hombre se desentiende con relativa facilidad del quehacer hogareño y goza del relativo poder económico que le otorga su trabajo fuera de la casa.

Esta división social del trabajo forma parte de un conjunto de relaciones de poder que subordinan a la mujer y que,  en el sentido común, se asumen como naturales: la dedicación de las mujeres al hogar es lo natural; como si el cordón umbilical permaneciese adherido al útero después del parto y mantuviese a las mujeres atadas a la cocina, la recámara y el tendedero.  De ahí que para corroer la opresión de la mujer es necesario empezar por rechazar su carácter natural.  La tendencia a restringir el desenvolvimiento de la mujer al ámbito de las labores hogareñas no se desprende mecánicamente de la maternidad.

De modo similar, se suele concebir a los sordos como discapacitados.  Se asume mecánicamente que quien no oye se encuentra en posición de desventaja y que, naturalmente, quien lo proteja gozará del necesario poder para ejercer sus funciones paternales.  Así como en el machismo se protege a la mujer por ser el sexo débil, en el sentido común del oyente se asume que hay que proteger al sordo por ser víctima de una enfermedad.

Para resistirse a cada forma de opresión no basta con decir que no es natural.  Resulta indispensable descubrir su calidad histórica, reconstruir el hilvanado de lo natural y lo social que se da en su interior. La opresión de los sordos en México, y en muchos otros países, se justifica con un discurso que resulta muy familiar para otros grupos oprimidos, se trata de la recreación de lo social como algo meramente natural, de la transformación de lo distinto en anormal, de la reducción de lo diferente a lo inferior.  El que la mujer sea diferente al hombre no debería colocarla en posición de inferioridad.  ¿Pero que pasa con los sordos?  Son distintos al resto de los normo-oyentes, ¿acaso son inferiores?, ¿están enfermos?

La identidad perdida

Cada vez que hablamos con alguien en el mismo idioma, por el sólo hecho de hacerlo manifestamos una identidad a la vez propia y compartida, individual y social.  Y aunque nos comuniquemos en la misma lengua, nunca podremos dar por sentado que manejamos exactamente la misma.  Siempre hablamos de manera más o menos distinta y para entendernos necesitamos redefinir constantemente lo que decimos.  En otras palabras, la lengua compartida es una presuposición de todo diálogo pero, al mismo tiempo, todo diálogo exige reinventar parcialmente la lengua, crear y recrear nuestras expresiones para poder comprender y ser comprendidos, identificar y ser identificados.

La lengua y la identidad de cada sujeto social nunca están acabadas.  Dado que nos definimos y redefinimos al dialogar con los demás, cara a cara, el perder esta capacidad de diálogo equivale a perder nuestra identidad, o cuando menos buena parte de nuestra capacidad para redefinirla socialmente.  Esto es lo que le sucede a un adulto que, acostumbrado a convivir platicando en su idioma oral, por un motivo o por otro un buen día pierde el oído y se ve sumido en una soledad abrumadora.

Para un adulto o un anciano, la sordera es una condición que puede o no obligar a buscar una vida social alternativa.  Algunos sobrellevan su soledad hasta morir. Según sus peculiares circunstancias o preferencias, otros buscan refugio en la lecto-escritura, la lectura labio facial o los auxiliares auditivos.

En busca de una identidad

La niña o el adolescente que nacen sordos o ensordecen antes de haber desarrollado su propia identidad social, ellos no pueden parchar lo que no han tenido, sobre todo si únicamente han estado rodeados de oyentes.  Su única alternativa digna se encuentra en el encuentro con otros sordos, cuya identidad lingüística y cultural abre para ellos un sendero transitable, perceptible, vivible.

La antropología ha prestado especial atención a como las culturas desarrollan toda clase de implementos para adaptarse a los diversos medios ambientes en que se desenvuelven los seres humanos.  Los esquimales construyen iglúes, comen y se visten con la carne y las pieles de los animales que cazan (al menos solían hacerlo hasta hace poco tiempo)  Por su parte, los sordos viven en el mismo medio físico que los oyentes, y básicamente echan mano de los mismos implementos materiales, aunque tienen que vivir en un mundo silencioso, de conformidad con su propio cuerpo.

El cuerpo humano es parte de la naturaleza y la cultura únicamente existe en y con la especificidad de los cuerpos de los sujetos en que florece.  Por lo mismo, no nos debería sorprender que la cultura del sordo se centre en la percepción visual, con una concepción del mundo basada en la vista y con idiomas de naturaleza visual, las lenguas de señas de las comunidades lingüísticas de sordos.[1]

Tampoco nos debería sorprender que los niños y los adolescentes sordos se deslumbren en su primer encuentro con otros sordos.  Desde que descubren que existe una lengua echa a la medida de sus capacidades, los sordos la aprenden lo más rápido que pueden y buscan con ansiedad la convivencia con sus símiles, empezando por las amistades y los clubes, hasta llegar a las pasiones y los matrimonios (alrededor del 90% de los sordos se casan con sordos) Es en este medio social que los niños y los adolescentes sordos encuentran un tradición que les permite forjar una identidad propia y compartida.

El oralismo: ¡Habla! luego existes

El primer espacio en el que el sordo se topa con la intolerancia suele ser su propia familia, sus padres.  Alrededor del 95% de los sordos nacen en familias de oyentes.  Si en donde les tocó nacer prevalece la ignorancia respecto de la lengua y la cultura de los sordos, en tanto que colectividad, entonces sus padres serán presa fácil de los consejos de los ‘especialistas en audición,’ médicos y educadores entre los que predomina no solamente la ignorancia, sino también la intolerancia respecto de dicha comunidad y su patrimonio.

La situación del niño sordo de padres oyentes contrasta de modo ilustrativo con la de los niños oyentes de padres sordos.  Alrededor del 95% de los hijos de parejas sordas son oyentes.  Naturalmente, su idioma materno suele ser la lengua de señas de sus padres.  Pero además, desde muy pequeños se hacen bilingües y empiezan a dominar el idioma sonoro circundante.  Los propios padres sordos del niño oyente lo esperan y lo propician, a pesar de que suele suceder que sus hijos asuman la identidad de la mayoría oyente, asuman su sentido común, se alejen de su propia lengua materna e incluso lleguen a distanciarse de sus padres, subestimándolos por ser sordos.

Entre las instituciones y los especialistas mexicanos de la audición predomina una ideología según la cual los sordos son enfermos, lo que requieren es de prótesis (auxiliares auditivos) y de terapias.  Desde esta perspectiva, los comportamientos que suelen estar asociados a la sordera, como el lenguaje manual o la congregación de los sordos entre sí, son todos ellos síntomas de la enfermedad, forman parte de la naturaleza patológica de la sordera y son, por lo tanto, inferiores respecto de lo normalidad, la oralidad y la vida social de los normo-oyentes.

“…  es un hecho perfectamente aceptado que la mejor posibilidad comunicativa de un individuo se logra por medio del lenguaje oral.  El lenguaje manual limita al sujeto porque carece de la amplitud, la magnitud y la profundidad del lenguaje oral.  Una persona que se expresa sólo con el lenguaje manual difícilmente puede expresar algo fuera de lo concreto, como sus sentimientos, su moral o sus conceptos abstractos.” [2]

Quienes emiten juicios como estos no son científicos que se hayan tomado la molestia de comprobar sus aseveraciones, que conozcan a profundidad la naturaleza del lenguaje visual empleado por los sordos.  Simplemente apelan al sentido común para que se acepte lo que a ellos les parece evidente.  Y al hacerlo perpetúan un prejuicio que ayuda a reproducir su propia posición de poder, la cual sólo se justifica si la otredad se define como inferior, como enfermedad.

En una ponencia del profesor Octavio Herrera,[3] quién goza de gran autoridad en el ámbito de la Educación Especial del gobierno mexicano, compara la mendicidad de los indígenas que transitan por las calles de la Ciudad de México con la de los sordos que usan señas y se concluye que, al igual que los indígenas, si los sordos quieren escapar a tal degradación social su única salida es aprender a hablar el español.  El discurso de este profesor es bastante transparente: lo natural es que quien se ajuste a los estereotipos de la mayoría hispanohablante goce de privilegios y aceptación; quien se desvié de tal norma sufrirá las consecuencias.  Luego entonces, los indígenas y los sordos sufren en su pobreza las consecuencias de atreverse a ser diferentes.

Resulta entonces que la fuente de la opresión es la diversidad y no, como en realidad sucede, que la diversidad se utiliza para justificar la opresión y la explotación.[4]

Es importante no perder de vista que el oralismo no es nuevo, ni nació en México.  Se originó a fines del siglo pasado, en un ambiente intelectual victoriano y como parte de una corriente política que buscaba la pureza racial de las naciones imperiales, la eugenesia.  Su principal ideólogo fue Alexander Graham Bell, quién defendió, entre otras cosas, que los matrimonios entre sordos se proscribieran o, cuando menos, se desalentaran sistemáticamente.[5]

Los límites de la identidad familiar

Los padres oyentes de niños sordos son presa fácil de los ‘especialistas’, no simplemente por el poder que sobre ellos ejercen estos últimos.  Su vulnerabilidad también se debe a sus propias expectativas culturales, a la naturaleza misma de la institución familiar.  La mayoría oyente nace en el seno de una familia y crece con la expectativa de que, en su momento, sus propios hijos habrán de asumir una identidad cultural como la suya, hablarán el mismo idioma y, al menos durante sus años mozos, habrán de crecer a imagen y semejanza de su entorno familiar.  No en balde la noción de la familia como unidad básica de la sociedad y, en particular, la idea de que los padres son los primeros que habrán de socializar a la niña o el niño se encuentra tan arraigada, consagrada incluso en los Derechos Universales del Niño.

En casi todas las culturas las relaciones de parentesco son las que dan forma a la simbiosis de la reproducción cultural y la biológica.  Esto es lo que casi todas las definiciones de etnia presuponen.  Aunque de manera infrecuente, esto también sucede en el caso de los sordos.  Por ejemplo, cuando la lengua de señas es percibida por la mayoría oyente como parte de su propia identidad cultural: Hasta principios de este siglo, en la otrora isla ballenera de Martha’s Vineyard los isleños se casaban mucho entre sí y, debido a un gen recesivo, muchos bebés nacían sordos.  Sin embargo, los sordos no eran tratados ni concebidos como discapacitados, ni por sus padres ni por los demás isleños, muchos de los cuales departían con ellos en una lengua de señas que pertenecía a todos por igual.[6]

Algo similar sucede a escala reducida en las familias de hijos sordos con padres sordos.  Cuando estos padres tienen un niño sordo esperan que crezca y se enorgullezca de la lengua y las tradiciones de su grupo.  Por su parte, el niño absorbe de su familia lengua y valores de manera tan natural como cualquier otro niño en el seno de su familia, aunque en este caso se trate de una cultura silente, una visión del mundo centrada en la vista y una lengua de señas.

Ahora bien, al igual que en la mayor parte del mundo urbano contemporáneo, en sociedades como la nuestra las cosas se complican.  Por una parte, la Comunidad de los Sordos es abrumadoramente minoritaria y está arrinconada.

Por la otra, los padres oyentes suelen tener la esperanza de que sus hijos sordos sean o se comporten como si fueran oyentes, aunque acaben siendo remedos de su propia imagen.  De modo paralelo, se ignora o se denigra la presencia histórica de la lengua y la cultura de los sordos, en tanto que identidad colectiva.  En este contexto, los padres biológicos se constituyen en un obstáculo a vencer para su hija sorda o hijo sordo, el cual necesita y busca un modelo adulto para la conformación de su propia identidad.  La niña o niño no podrán entablar un diálogo inteligente y gratificante con sus padres mientras estos ignoren o rechacen el único patrimonio cultural que puede satisfacer las necesidades de sus hijos sordos: la lengua de señas, los conocimientos y la experiencia de la que son depositarios muchos sordos adultos.

Generalmente la niña o el niño acabará por reencontrarse a sí mismos al toparse con la Comunidad de Sordos.[7]  Sin embargo, por lo general esto sucede muy a pesar de la voluntad de sus padres.  Si asumimos que el ser humano es en esencia un ser social –y lingüístico– habremos de concluir que todo aquello que impida su socialización plena va contra su naturaleza.  Luego entonces, los padres oyentes actúan contra natura cuando impiden a los jóvenes sordos que se integren a la Comunidad Silente, propician la desintegración de sus propios hijos, aunque lo hagan con la mejor de las intenciones y en nombre de su integración a la sociedad mayoritaria.  Pierden de vista que no se puede integrar a un niño al que se le impide desarrollar su propia identidad, con una lengua y una cultura que correspondan a sus capacidades, a su cuerpo.

Para salir del aislamiento al que los condena el pretender ser oyentes, el pretender platicar en una lengua que no pueden escuchar –si es que la aprendieron antes de haber perdido el oído–, los sordos no tienen otra opción más que asumirse como lo que son, en una cultura que les permita aprehender una imagen positiva de sí mismos.  En todo caso son sus familiares oyentes, los especialistas en ‘audición’ y los oyentes en general los que sí tienen la opción de acercarse a su cultura, ir a su encuentro aprendiendo su lengua y sus costumbres.

Una minoría que no desaparece

Para el Sordo, con ‘S’ mayúscula, la Sordera constituye el mundo social donde puede desarrollarse plenamente. Donde lo que cuenta son sus capacidades y la discapacidad, el no poder oír, resulta irrelevante.  Donde la sordera, en tanto que discapacidad, se vive como discriminación de la mayoría oyente, que a veces parece incapaz de tolerar, comprender o aceptar al Sordo como lo que es, que no como lo que el oyente quisiera que fuera.

Por lo que se refiere a su idioma, los Sordos de México hablan la Lengua de Señas Mexicana  (LSM), la cual han heredado y reproducido de generación en generación. Hoy en día podemos asegurar con certeza que se trata de un lenguaje natural, como el español o las lenguas indígenas de México.  Entre otras muchas propiedades, la LSM posee dos que la lingüística contemporánea considera esenciales:

  1. Constituye el patrimonio histórico de determinada comunidad y
  2. ha sido la primera lengua para más de una generación de sujetos de dicha comunidad.

Si la investigación lingüística de las lenguas de señas tiene poco más de 30 años, el estudio de las culturas de las comunidades Sordas es aún más reciente.  En el caso de México apenas comienza.  Sin embargo, una cultura no requiere de sesudos estudios para existir. Por ahora, baste decir que, por una parte, los oyentes perciben a los Sordos como poseedores de otra cultura, cuyas manifestaciones más notorias son la LSM y sus múltiples clubes y asociaciones.  Los oralistas la consideran inferior, se refieren a ella despectivamente como la cultura de un gheto, pero al hacerlo de facto la reconocen como otra cultura.

Por su parte, los Sordos tienen plena conciencia de su propia identidad colectiva.  Esta autoconciencia se manifiesta de muchas maneras, entre otras con chistes como el que a continuación se traduce.

Tres pasajeros viajaban en un avión, se trataba de dos oyentes y un sordo.  Los oyentes eran un norteamericano y un ruso.  El sordo era mexicano.  La azafata se acercó al norteamericano para que tomará una hamburguesa, la cual él mordió y tiró al pisó.  Los demás preguntaron sorprendidos: “¿Por qué la tiras?”, a lo que respondió: “¡Que más da!, en mi país nos sobran la hamburguesas.”  Acto seguido, la azafata se aproximó al ruso para que agarrara un vasito con vodka. El ruso tomó un trago y tiró el resto para atrás, con todo y vaso.  El norteamericano y el mexicano, sorprendidos, preguntaron que por qué había tirado la copa, a lo que el ruso respondió: “¡A los rusos nos sobran las copas y el vodka!”  Por último, la azafata se acercó al Sordo mexicano, quien de inmediato la sujetó con fuerza y la arrojó.  Azorados, el norteamericano y el ruso le preguntaron que por qué aventó a la azafata, a lo que el Sordo respondió: “¡En México nos sobran los oyentes!”

Los cojos, los tuertos y los ciegos tienen necesidades culturales y materiales diferentes a las de la población que los circunda.  Podríamos preguntarnos si tienen o no una identidad colectiva que les es propia.  Y en efecto la tienen.  Además, en buena medida son ‘discapacitados’ porque la mayoría de la población no ha construido una cultura material adecuada a sus necesidades, creando así las condiciones de su discapacidad cotidiana.

Si los sordos son una minoría étnica, ¿por qué no lo son los cojos, los mancos y los ciegos?  El motivo es a la vez obvio y sutil.  Los cojos, los mancos o los ciegos pueden departir con el grueso de las personas que los rodean; tal vez no siempre se les dé el lugar que se merecen, pero ellos pueden levantar su voz y protestar para que se les comprenda, de tal modo que pueden tender una red social que no tiene que reducirse a otros cojos, mancos o ciegos.

Por su parte, los sordos, como cualquier ser humano, necesitan de un lenguaje y una identidad social en común para establecer un diálogo con quienes los rodean.  Tiene que ser un lenguaje que puedan percibir a cabalidad, como las lenguas de señas, y una interacción social que se base en la vista, en la mirada: Llamar la atención, intervenir, interrumpir, todos estos rituales tienes que hacerse ostensiblemente visibles, perceptibles para el interlocutor. Puede parecer que no vale la pena decir algo tan obvio pero, desgraciadamente, los oyentes omiten sistemáticamente estas obviedades cuando interactúan con los sordos.  Quien asista a una escuela de educación especial en México podrá notar que los profesores oyentes suelen dar instrucciones cuando los niños no los están viendo, hablan con el pizarrón y hasta regañan a un niño mientras que éste está observando su cuaderno, a pesar de que estos niños no oyen nada de lo que les dicen.  Y quién no ha visto gritar o ha gritado a un anciano que no puede escuchar.

Una sorda no puede tener más que una convivencia superficial con la mayoría de las personas que diariamente circulan en su derredor, pues comparte con ellos el espacio, las mercancías y muchas cosas más, pero no sus pensamientos, sus anhelos y sus sentimientos.  Y no hay metodologías educativas ni terapias de comunicación para este aislamiento, pues una lengua en común no se vende como las sillas de ruedas o los auxiliares auditivos, no se construye como las rampas de acceso, ni tampoco se puede inventar, enseñar y aprender como el código de Braille.  La LSM es parte de la identidad cultural del Sordo mexicano.

Las lenguas de señas son lenguajes naturales y, en cuanto tales son siempre patrimonios de una colectividad humana, coexisten con una identidad cultural de la que nadie en particular es propietario en exclusividad.  Las lenguas y las culturas son patrimonios colectivos tan fundamentales para la existencia humana como el propio cuerpo y no hay prótesis que los pueda suplir, ni siquiera arremedar.  Precisamente por eso se debería reconocer el derecho inalienable de los niños sordos a su lengua materna de señas y a su propia cultura silente.

Vidas próximas pero separadas

La lengua y la cultura de los Sordos son importantes no sólo para los que nacen o se hacen sordos en su infancia temprana.  Son indispensables para los oyentes que quieren dialogar con ellos, para los adolescentes que pierden el oído pero no se resignan a la soledad, para un número cada vez mayor de ancianos que a pesar de haberse quedado sordos no quieren verse obligados al ostracismo …

Están también los sordo-ciegos.  En muchos casos su sordo-ceguera se debe al síndrome de Usher, un gen recesivo que primero provoca la sordera y luego la ceguera.  Ellos no pueden huir de su cuerpo, ni los médicos o los terapistas oralistas les pueden aconsejar que utilicen la lectura labiofacial del español por el resto de sus vidas.  Por lo general, ellos acuden a la Comunidad de Sordos y aprenden la LSM mientras que pueden ver, sin que resulte relevante qué tan sordos estén.  Cuando queden ciegos podrán seguirse comunicando con la LSM, pues aunque no puedan ver si podrán tocar, poniendo sus manos sobre las manos y la cara de su interlocutor.

Si los Sordos son una minoría, los sordo-ciegos son una minoría dentro de esta minoría.  Pero los sordo-ciegos no son una minoría étnica más, su vida social es la del Sordo y su destino está atado al de la Comunidad Silente.  Si la mayoría oyente de México no reconoce la LSM, no proporciona intérpretes calificados a los Sordos, entonces tampoco se los proporciona a los sordo-ciegos.  Si los Sordos no tiene acceso a la educación, menos aún los sordo-ciegos.  Si no hay respeto por la identidad y cultura de los Sordos en general, entonces tampoco se reconocerá al sordo-ciego como sujeto social digno.

Resulta, pues, que el ser humano se adapta tanto a la naturaleza que lo rodea, como a la que lo constituye.  Y si bien el grueso de las lenguas y las cultura humanas no tienen fronteras raciales (un niño cuyos progenitores fueron esquimales puede crecer y forjarse una identidad en el seno de una familia tibetana), algunas culturas y sus lenguas responden de manera especial a la conformación fisiológica de fragmentos importantes de la población humana: los que nacen o se hacen sordos.

Las personas que habitan un mismo espacio tienden a convivir entre sí, a reproducirse entre sí y a compartir una misma historia.  Pero ésta es solamente una tendencia, la proximidad física propicia la identificación social, mas no la garantiza.  De ahí que los Sordos compartan con los oyentes muchos espacios en su vida diaria y, sin embargo, esta proximidad física no resulte suficiente para el acortamiento de las distancias sociales.  La sordera constituye una barrera natural que no se puede traspasar sin una lengua en común.

Buscando el reencuentro en espacios propios y compartidos

Los Sordos mexicanos han luchado por sus propios espacios. Tienen sus asociaciones, sus clubes, sus eventos deportivos, sus entornos familiares, sus iglesias preferidas, pocas escuelas y algunos rincones en plazas y jardines públicos de todo el país.  Algunos de estos espacios los controlan con soberanía, otros les han sido enajenados.

La Escuela Nacional de Sordos fue aniquilada por los médicos oralistas, con una larga campaña que se inició en los años cuarentas y culminó con Gustavo Días Ordaz. Los oralistas la convirtieron en lo que hoy es el Instituto Nacional de Comunicación Humana.  Paso de ser la Meca de la cultura de los Sordos mexicanos, a convertirse en un lugar donde los sordos solamente se reciben en calidad de enfermos. Los oralistas se apoderaron de los centros educativos de los Sordos, despidieron y proscribieron a los profesores Sordos de todas las escuelas donde se reciben niños sordos.

A pesar de todo, la existencia colectiva de los Sordos no ha fenecido, la Sordera prevalece.  Los niños Sordos se siguen comunicando a señas, incluso en las escuelas oralistas en donde se prohibe la LSM.  Y, paradójicamente, aunque los oralistas pregonan la integración, su actitud persecutoria ha propiciado que los Sordos se defiendan y se definan cada vez más claramente como minoría oprimida.

Las distancias sociales entre oyentes y Sordos se pueden acortar.  El problema no es físico, no se trata de meter a una niña sorda en un aula repleta de niños oyentes.[8]  Lo que se requiere es una sociedad y un Estado que al verse al espejo se reconozcan como pluriétnicos y multilingües.  Se requiere, por ejemplo, una política educativa que estimule el aprecio de la diversidad, que permite que cada minoría o grupo oprimido participe con su propia identidad en el proceso educativo.  Al igual que las mujeres y otros grupos oprimidos, los sordos y las sordas necesitan reconquistar estos  espacios educativos, y muchos otros más.

En México hay muchos espacios dentro del territorio nacional, muchos cuerpos y culturas singulares.  Pretender la homogeneización social ya ha provocado una fragmentación lacerante de nuestras identidades.  Hay que ir al encuentro de  cada cual según su cuerpo y su cultura.

Notas:

[1]  Quien desee adentrarse más en el tema puede consultar una magnífica introducción general que contiene un gran número de referencias bastante actualizadas:  Lane, Harlan, Robert Hoffmeister y Ben Bahan.  A Journey into the Deaf World.  DawnSignPress.  San Diego, California.  1996

[2]  Flores, Lilián y Pedro Berruecos Villalobos.  1991.  El niño sordo de edad preescolar.  Identificación, diagnóstico y tartamiento.   Guía para padres, médicos y maestros.   Editorial Trillas.   México, D.F.  P 29.

[3]  Presentada en el Seminario-Taller. El Bilingüismo en el niño con discapacidad auditiva. 6 de diciembre de 1997. SEP, Subsecretaría de Servicios Educativos del Distrito Federal, Dirección de Educación Especial. México D.F.

[4]  Sánchez, Carlos M.  G. La increíble y triste historia de la sordera.  Ceprosord.  Caracas.  Venezuela. 1990.

[5]  Alexander Graham Bell. Memoir Upon the Formation of a Deaf Variety of the Human Race. 1883. Volta Bureau. Washington D.C. Reimprimido en 1969.

[6]  Nora Ellen Groce.  Everyone Here Spoke Sign Language.  Hereditary Deafness on Martha’s Vineyard.  Harvad University Press. Cambridge, Massachusetts, E.U.A. 1985.

[7]  Boris Fridman Mintz. La Comunidad Silente: Una minoría étnica ignorada. Seminario de Teorías de frontera. En proceso de publicación por la revista Noesis  de la Universidad Autónoma de Cd. Juárez.  1996 [en realidad, terminó siendo publicado en Vientos del Sur. Núm. 14. Marzo de 1999 ].

[8] Para una revisión histórica de la educación de los sordos véase Lane, Harlan.  1984.  When the mind hears.  A history of the deaf.  Random House Inc.  New York.  E.U.A.

 

Texto publicado originalmente en Géneros. Universidad de Colima. Núm. 13. Marzo de 1998. Salvo por la paginación, el contenido del presente texto es igual al entonces publicado.

(*) Ponencia presentada en el II Congreso iberoamericano de educación bilingüe para sordos. Asunción, Paraguay. 24/28 de abril de 2012.

 

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