La vida y la obra de Samuel Heinicke (1727 ‐ 1790)

Alejandro OviedoPor Alejandro Oviedo,

Berlín, 2007.

Sección: Biografías.

 

 

Samuel Heinicke fue el fundador de las primeras escuelas para sordos en Alemania. Su orientación pedagógica, que privilegiaba el aprendizaje del habla por encima de otras habilidades, le ha ganado en la historia el ser considerado la quintaesencia del oralismo, al punto que la corriente oralista fue conocida, debido a él, como “método alemán”. Eso la ponía en oposición al “método francés”, como se llamaba la filosofía escolar seguida en París por el Abad Michel de l ́Epée, cuyo acento estaba en el aprendizaje a través de la lengua de señas.

Esta es la historia de Samuel Heinicke.

Sus primeros años

Samuel Heinicke. Autor desconocido (Wikipedia)
Samuel Heinicke. Autor desconocido (Wikipedia )

Samuel Heinicke nació el 10 de abril de 1727, en una familia de campesinos ricos de Nautschütz, una población ubicada en la zona de Weißenfels (hoy perteneciente al estado alemán de Turingia). Su padre venía de una familia muy tradicional de granjeros, y se empeñó en que Samuel fuera su sucesor, con lo cual le negó al muchacho la posibilidad de seguir estudios, como recomendaban sus maestros. Hasta los 24 años de edad permaneció el joven en la granja, dedicado a ella.

Entonces, por una disputa con su padre, quien lo quería obligar a casarse con una muchacha que Samuel no quería, abandonó el joven la granja, y se enroló como soldado en la guardia personal del Príncipe Federico Augusto II de Sajonia. En sus ratos libres, cuentan sus biógrafos, se dedicaba el soldado Heinicke a aprender lenguas extranjeras, ciencias y música.

Tres años más tarde, cuando formó su propia familia, Heinicke completaba su paga de soldado dando clases privadas de ciencias y de música. Se dice que entonces, en 1754 ó 1755, tuvo su primer alumno sordo, a quien intentó enseñar a leer y escribir valiéndose del alfabeto manual. En todo lo que emprendía era Heinicke un autodidacta: en su labor como maestro de sordos parece haberse inspirado en un libro publicado en 1692 por Johahn Conrad Ammann (1669‐1724), un médico suizo‐holandés que había teorizado acerca de la posibilidad de desarrollar el habla en sordos. Su obra había alcanzado mucha difusión en esa época. Según ella, la enseñanza de la lengua hablada en el país debía ser el objetivo de la escuela de sordos, y era un objetivo realizable (Ammann conocía el trabajo publicado en español, en 1620, por Juan Pablo Bonet, acerca de la educación de los sordos).

Heinicke, maestro de sordos

El estallido de la guerra de los siete años (en 1756) hizo que Heinicke desertara de sus labores militares y volviera secretamente a Turingia, a la granja de sus padres. Poco después se inscribió en la Universidad de Jena, y se ganaba la vida dando clases de danza. Pero pronto, temiendo ser descubierto por alguien y ser condenado por desertor, decidió mudarse a Hamburgo, que era entonces otra nación. Allí se dedicó a enseñar como maestro privado ciencias y música, y a trabajar como organista de iglesia.

En esas labores lo encontramos cuando, en 1769, recibió a un alumno sordo de 13 años, hijo del molinero de Eppendorf, la zona donde estaba viviendo. Heinicke se propuso enseñarlo a leer y escribir, y comenzó a hacerlo a través del alfabeto manual y materiales gráficos. Su éxito con el muchacho fue lograr que se preparara, a través de la escritura, para recibir la confirmación.

Sus logros con este primer alumno le ganaron fama. Por eso le fueron confiados otros cinco alumnos, y Heinicke decidió abrir una escuela de sordos, y dedicarse por completo a esa actividad. Los muchachos vivían con él, en la misma casa, y todo el proyecto se financiaba con donaciones hechas por los familiares de los niños.

En sus clases, Heinicke no concentraba su interés en que los muchachos aprendieran textos complejos, como el catecismo, sino más bien en que identificaran, en textos sencillos, sílabas y palabras. Una vez que los muchachos las conocían, Heinicke usaba recursos tales como señas, dibujos u objetos para que los alumnos relacionaran un significado con la forma escrita. Las señas eran para él, a pesar de que se valía de ellas al enseñar, un recurso menor, que él mismo recomendaba no usar en demasía.

A partir de esa base continuaba con la enseñanza de la pronunciación. Debido a lo trabajoso de su método, Heinicke proponía usar tan poco material de enseñanza como fuera necesario. Los muchachos necesitaban muchos años para completar el trabajo, pero en la época se consideraba que entre dos y cuatro años debían alcanzar para terminar la escuela. Eso ponía en problemas a Heinicke, que tenía siempre problemas para completar la formación de sus alumnos. Estos, aunque no llegaban a hablar bien, lo hacían de modo inteligible, según relatan testigos de la época.

El instituto de Leipzig En 1777, debido a varias tragedias familiares, Heinicke volvió a la zona donde había nacido, y se estableció en Leipzig, donde se casó con una viuda cuyos dos hermanos eran sordos. En esa ciudad, acompañado de su familia y nueve de sus alumnos hamburgueses, abrió en 1778 el „Instituto Sajón para Mudos y Otras Personas con Desórdenes del Habla“ (Chursächsisches Institut für Stumme und andere mit Sprachgebrechen behaftete Personen).

El Instituto cobró pronto fama en toda Europa, aunque nunca, en vida de Heinicke, logró ayuda estatal. Apenas en 1822 le cedió la ciudad un edificio propio a la escuela.

Heicnicke murió el 29 de abril de 1790, cuando tenía 63 años. A su muerte, la escuela tenía muchos problemas económicos. Heinicke encargó a su familia continuar dirigiéndola, y les dejó un documento sellado en el que exponía los secretos de su trabajo con los alumnos sordos. Su esposa asumió la dirección de la escuela, y la mantuvo abierta con la ayuda de otro maestro.

Esa institución funciona todavía. Sólo su nombre ha cambiado. Hoy se la conoce como Escuela de Sordos de Leipzig.

Heinicke y el “método alemán“

Aun cuando su filosofía pedagógica imponía el aprendizaje del habla como objetivo, la verdad es que Heinicke, al igual que otros maestros “oralistas” previos y posteriores a él (como Ponce de León y Rodrigues Pereira), hacía uso amplio y necesario de las señas como recurso de enseñanza. Heinicke recurría a las señas y al alfabeto manual para resolver problemas cuando quería que sus alumnos comprendieran el significado de una palabra. Esto último, la comprensión del significado, era la base de su trabajo posterior de entrenamiento en la pronunciación de la palabra.

Heinicke y de l ́Epée mantuvieron una correspondencia en la que polemizaron acerca de sus respectivas filosofías pedagógicas. Motivo de ese intercambio epistolar fue una discusión, muy difundida en la época, acerca de cuál método de enseñanza convenía más a los sordos. De l ́Epée envió sus argumentos a varias academias europeas, entre ellas las de San Petersburgo, en Rusia, y las de Viena, Zürich y Leipzig, pidiendo que emitieran veredictos al respecto. Heinicke se defendió, y procuró inclinar las cosas hacia su lado, pero todas las academias fallaron a favor de los métodos de trabajo de Michel de l ́Epée, que consideraban mucho más convincentes que el promulgado por Heinicke. Se acusó entonces, también, los métodos oralistas de ser excesivamente severos y crueles con los alumnos. Incluso la Universidad de Leipzig, una institución con la que Heinicke trabajaba directamente, se puso en los meses siguientes de lado de de l ́Epée.

Todo eso fue para Heinicke muy duro: el gobierno local rechazó sus peticiones de ayuda económica, y el número de estudiantes de su escuela disminuyó considerablemente. La reacción de Heinicke fue la de continuar defendiendo sus puntos de vista, en diferentes publicaciones. Según lo que afirmaba, los que negaban a los Sordos el derecho a aprender a hablar les cerraban con ello el acceso a la plena condición humana, ya que el habla y la humanidad eran concomitantes. Heinicke no solamente escribió acerca de los sordos: hizo también muchos estudios acerca de todo el sistema educativo alemán, que consideraba sumido en una crisis.

Tras las disputas públicas con los defensores del uso de la lengua de señas en las escuelas de sordos, y luego con la publicación de sus diversos escritos a favor de la enseñanza del habla a los sordos, Heinicke se granjeó la fama de sumo sacerdote del oralismo: él fue, en la historia, el primer pedagogo en exigir que los sordos debían, como los oyentes, pensar y hablar la lengua oral, pues la lengua hablada era el sustento del pensamiento abstracto. Antes de él, otros maestros habían defendido tal idea, pero ninguna la llegó a formular de modo tan preciso, ni a aplicar durante tanto tiempo y a tantos alumnos como él.

Cuando Heinicke murió, en 1790, sus ideas estaban bastante desacreditadas, y su instituto en una profunda crisis. Su esposa logró mantenerlo a flote, sin embargo, con muchos esfuerzos. Incluso su yerno, Ernst Adolf Eschke, quien había trabajado a su lado por un tiempo, decidió abandonar el camino de Heinicke y fundó su propia escuela en Berlín, donde usaba una combinación de los métodos de Heinicke con los de de l ́Epée (esta escuela existe todavía, también, y lleva el nombre de su fundador).

En ese tiempo parecía que el oralismo estaba en camino a desaparecer. Décadas más tarde, sin embargo, volvió a cobrar ánimos, y terminó imponiéndose como LA verdad en cuanto al modo de educar a los Sordos. Eso es particularmente fuerte en Alemania, la patria de Heinicke, donde aún hay mucha gente orgullosa de la herencia dejada por él. Pero es esa ya otra historia.

Fuentes consultadas:

Harmon, R. (1987) “Heinicke, Samuel”. En: Van Cleve, John V. Gallaudet Encyclopedia of Deaf People and Deafness. Nueva York: McGraw Hill.

Lane, H. (1984) When the Mind hears. Nueva York: Pelikan

Vogel, H. (2002) “Geschichte der Gehörlosenbildung”. En: Beecken, A. y otros. Grundkurs Deutsche Gebärdensprache. Signum: Hamburg, págs. 47‐50

Samuel Heinicke. Enciclopedia digital Wikipedia : en alemán http://de.wikipedia.org/wiki/Samuel_Heinicke visitada el 07 de octubre de 2006.

 

 

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